A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 16
-¡Por la diligencia! dijo Eugenia. ¡Una cosa por la cual hubiese dado yo mil veces la vida!
Espantoso y completo desastre. El buque se hundía sin dejar ni una cuerda ni una tabla en el vasto océano de las esperanzas. Ciertas mujeres, al verse abandonadas, van a arrancar a su amante de los brazos de su rival, la matan y huyen al fin del mundo, al patíbulo o a la tumba. ¡Indudablemente esto es hermoso! El móvil de este crimen es una sublime pasión que impone a la justicia humana. Otras mujeres, bajan la cabeza y sufren en silencio, y llegan hasta el último momento de su vida tristes y resignadas, llorando y perdonando, rogando y acordándose. Esto es amor, amor verdadero, amor de ángel, amor digno que vive de su dolor y que no muere, y este fue el, amor de Eugenia después de haber leído aquella horrible carta. La joven fijó sus ojos en el cielo pensando en las últimas palabras de su madre, que, semejante a muchas moribundas, había dirigido una penetrante y lúcida mirada al porvenir, y después, Eugenia, recordando aquella muerte y aquella vida proféticas, abarcó con una mirada todo su porvenir. A la huérfana no le quedaba ya más que desplegar las alas, cifrar sus esperanzas en el cielo y vivir orando hasta el día de su libertad.
-¡Tenía razón mi madre! ¡Sufrir y morir!
Eugenia marchó con lentitud del jardín a la sala. Contra su costumbre, no pasó por el pasillo, pero encontró recuerdos de su primo en la vieja sala, sobre cuya chimenea estaba siempre un cierto platillo que utilizaba ella todas las mañanas al almorzar, así como un viejo azucarero. Aquella mañana tenía que ser solemne y memorable para ella. Nanón anunció al cura de la parroquia. Este cura, pariente de los Cruchot, se interesaba por el presidente Bonfons, y hacía ya algunos días que habla determinado hablar a la señorita Grandet, en sentido puramente religioso, de la obligación en que se encontraba de contraer matrimonio. Al ver a su pastor, Eugenia creyó que venía a buscar los mil francos que le daba mensualmente para los pobres, y dio orden a Nanón de que fuese a buscarlos; pero el cura empezó a sonreírse, y le dijo:
-Hoy, señorita, vengo a hablarle de una pobre muchacha que interesa vivamente a todo Saumur, y que, por no tener caridad de sí misma, no vive cristianamente.
-Dios mío, señor cura, me encuentra usted en un momento en que me es imposible ocuparme del prójimo y en que pienso únicamente en mí. Soy muy desgraciada, y no me queda más refugio que la Iglesia, la cual tiene un seno bastante vasto para contener todos nuestros dolores, y sentimientos bastante profundos para que podamos acudir a ellos sin temor a agotarlos.
-Pues bien, señorita, ocupándonos de esa muchacha, nos ocuparemos de usted. Escuche, si quiere usted salvarse, tiene usted que seguir una de estas dos sendas: o dejar el mundo, o seguir sus leyes; obedecerá su destino terrestre, o a su destino celestial.
-Su voz me habla en un momento en que deseaba oír una voz. Sí, señor, Dios le manda a usted aquí sin duda; voy a decir adiós al mundo y voy a vivir para Dios únicamente, en el retiro y la soledad.
-Hija mía, antes de tomar tan violenta decisión, hay que reflexionar maduramente. El matrimonio es una vida nueva, y el velo es una muerte.
-Pues bien, ¡la muerte, la muerte en seguida, señor cura! dijo Eugenia con espantosa vivacidad.
-¡La muerte! Señorita, no olvide usted que tiene que llenar grandes deberes para con la sociedad. ¿No es usted la madre de los pobres a quienes da ropa y leña en invierno y trabajo en verano? Su inmensa fortuna es un préstamo que hay que devolver, y usted la aceptó santamente de este modo. Sepultarse en un convento sería egoísmo, y permanecer soltera no debe usted hacerlo. En primer lugar, porque sola no podría usted administrar su inmensa fortuna, y acabaría por perderla; y en segundo lugar, porque tendría usted mil pleitos y se vería sumida en invencibles dificultades. Crea usted a su pastor: necesita usted un esposo para conservar lo que Dios le ha dado. Le hablo a usted como a mi más querida feligresa. Usted ama demasiado sinceramente a Dios para no lograr su salvación en medio del mundo, siendo como es uno de sus más preciosos adornos y dándole, como le da, tan santos ejemplos.
En aquel momento, la señora de Grassins se hizo anunciar; iba allí llevada por la venganza y por una gran desesperación.
-Señorita... dijo. ¡Ah! está aquí el señor cura... Me callo. Venía a hablarle a usted de ciertos negocios y veo que está usted en gran conferencia.
-Señora, dijo el cura, le dejo a usted el campo libre.
-¡Oh! señor cura, dijo Eugenia, vuelva usted en seguida, pues su apoyo me es en este momento muy necesario.
-Sí, pobre hija mía, sí, dijo la señora de Grassins.
-¿Por qué dice usted eso? preguntaron la señorita Grandet y el cura.
-Pues qué, ¿acaso no sé yo la vuelta de su primo y su casamiento con la señorita de Aubrión?... No en vano tiene alma una mujer.
Eugenia se puso roja como un tomate y guardó silencio. Pero se propuso afectar en lo sucesivo la impasible actitud de su padre.
-Pues yo debo tenerla en vano, señora, porque no comprendo nada, respondió Eugenia con ironía. Hable usted delante del cura, pues ya sabe usted que es mi director.
-Pues bien, señorita, he aquí lo que me escribe de Grassins, lea usted.
Eugenia leyó la siguiente carta:
«Mi querida esposa: Carlos Grandet ha llegado de las Indias y está en Paris hace un mes...»
-¡Un mes! se dijo Eugenia dejando caer el brazo. Después de una pausa, reanudó la lectura.
«... He tenido que hacer antesala dos veces para poder hablar a este futuro vizconde de Aubrión. Aunque todo París habla de su matrimonio y aunque estén publicadas todas las proclamas...»
-¡Cómo! ¿me había escrito en el momento en que...? se dijo Eugenia. Y no acabó la frase, no se dijo como una parisiense: «¡Pillastre!» pero su desprecio no por eso fue menos completo.
«... este matrimonio está muy lejos de llevarse a cabo; el marqués de Aubrión no dará su hija al hijo de un quebrado. He ido a darle cuenta de los trabajos que su tío y yo llevábamos hechos en el asunto de su padre y de las hábiles maniobras con que hemos sabido mantener tranquilos hasta hoy a los acreedores. ¿Querrás creer que ese impertinente ha tenido la desvergüenza de responderme a mí, que hace cinco años que me sacrifico noche y día por sus intereses y por su honor, que los intereses de su padre no eran los suyos? Un abogado estaría en el derecho de pedirle treinta o cuarenta mil francos de honorarios del uno por ciento de la suma de los acreedores. Pero, paciencia, y ya que su padre debe un millón doscientos mil francos, voy a hacer que declaren la quiebra. Me he comprometido en este asunto contando con la palabra de aquel viejo caimán de Grandet, y he hecho promesas en nombre de la familia. Si el señor vizconde de Aubrión se preocupa poco por su honor, a mí me interesa mucho el mío; así es que voy a explicar mi situación a los acreedores. Sin embargo, me inspira demasiado respeto la señorita Eugenia, a cuya mano aspirábamos en tiempos más felices, para obrar sin que tú le hayas hablado de este asunto...»
Al llegar aquí, Eugenia devolvió fríamente la carta sin acabarla a la señora de Grassins, y le dijo:
-Le doy a usted las gracias.
-En este momento tiene usted toda la voz de su difunto padre, dijo la señora de Grassins.
-Señora, tiene usted que darnos ocho mil cien francos en oro.
-¡Ah! es verdad, hágame usted el favor de venir conmigo, señora Cornoiller.
-Señor cura, ¿sería pecado permanecer en estado de virginidad en el matrimonio? le preguntó Eugenia con admirable sangre fría.
-Ese es un caso de conciencia cuya solución desconozco. Si quiere usted saber lo que opina el célebre Sánchez en su Suma de Matrimonio, podré decírselo a usted mañana.
El cura partió, y la señorita Grandet subió al despacho de su padre y pasó allí el día sola, sin querer bajar a la hora de comer, a pesar de las instancias de Nanón. La huérfana compareció por la noche a la hora en que llegaron los concurrentes a su salón, el cual no estuvo nunca tan lleno como aquel día. La noticia de la vuelta y de la estúpida infidelidad de Carlos había corrido por toda la villa; pero, por grande que fuese la curiosidad de los concurrentes, Eugenia no quiso satisfacerla y tuvo fuerza bastante para disimular las crueles emociones que la agitaban. La mujer abandonada supo afectar un rostro risueño para responder a los que le demostraron interés con miradas o con palabras melancólicas, y supo, en fin, ocultar su desgracia con la capa de la cortesía. A eso de las nueve, las partidas se acababan y los jugadores dejaban las mesas, se pagaban y discutían las últimas jugadas del whist reuniéndose en círculo. En el momento en que la reunión se levantó en masa para dejar el salón, ocurrió una escena teatral que resonó en Saumur y en las cuatro prefecturas de los alrededores.
-Quédese usted, señor presidente,. dijo Eugenia al señor de Bonfons al ver que éste tomaba su bastón.
Al oír estas palabras, no hubo nadie en aquella numerosa asamblea que no se sintiese emocionado. El presidente palideció y se vio obligado a sentarse.
-Los millones son para el presidente, dijo la señorita de Gribeaucourt.
-Es claro, el presidente Bonfons se casa con la señorita Grandet, añadió la señora de Orsonval.
-Esa es la mejor jugada de la noche, dijo el cura.
Cada uno dijo su frase e hizo su calambur, y todos veían a la heredera montada sobre sus millones como sobre un pedestal. El drama comenzado hacía diez y nueve años iba a tener un desenlace. Decir al presidente, delante de todo Saumur, que se quedase, ¿no era anunciar que quería hacerle su marido? En los pueblecitos, las conveniencias se observan tan severamente, que una infracción de este género constituye la más solemne de las promesas.
-Señor presidente, le dijo Eugenia con voz emocionada cuando estuvieron solos, ya sé lo que le gusta de mí. Júreme usted dejarme libre durante toda mi vida y no hacer uso de ninguno de los derechos que el matrimonio le da sobre mí, y mi mano será suya. ¡Ah! aun no he acabado, repuso al ver que el presidente se arrodillaba. No quiero engañarle a usted, caballero. Mi corazón está ocupado por un sentimiento inextinguible. La amistad será el único sentimiento que yo podré conceder a mí marido, y no quiero ofenderle ni contravenir las leyes de mi corazón. Pero usted no poseerá mi mano y mi fortuna a no ser a costa de un inmenso favor.
-Aquí me tiene usted dispuesto a todo, dijo el señor de Bonfons.
-Pues bien, señor presidente, aquí tiene un millón quinientos mil francos, dijo Eugenia sacándose del seno cien acciones del Banco de Francia. Vaya a París, no mañana, sino esta misma noche, al instante, y una vez allí, vea al señor de Grassins, averigüe el nombre de todos los acreedores de mi tío, reúnalos, pague todo lo que se les deba, incluso los intereses al cinco por ciento desde el día de la deuda hasta el del reembolso, y, finalmente, levante usted un acta en forma de la liquidación ante un notario. Usted es magistrado y sólo en usted confío para este asunto. Usted es un hombre leal y galante y confiaré en su palabra para atravesar los peligros de la vida al amparo de su nombre. Uno y otro nos mostraremos mutuamente indulgentes. Nos conocemos hace ya mucho tiempo, somos casi parientes, y usted no querrá, seguramente, hacerme desgraciada...
El presidente cayó a los pies de la rica heredera palpitante de alegría y de angustia, y le dijo:
-Seré su esclavo.
-Cuando tenga usted el acta de la liquidación, caballero, repuso Eugenia dirigiéndole una fría mirada, se la llevará usted a mi primo Grandet con todos los títulos y le entregará esta carta. A la vuelta, le cumpliré a usted mi palabra.
El presidente comprendió que debía la señorita Grandet a un despecho amoroso: así es que se apresuró a ejecutar sus órdenes con la mayor prontitud a fin de que no tuviese lugar una reconciliación entre los dos amantes.
Cuando el señor de Bonfons se hubo marchado, Eugenia cayó sobre un sofá y rompió en amargo llanto. La obra estaba consumada. El presidente tomó inmediatamente la diligencia, y el día siguiente por la noche estaba en París. La mañana del día que siguió, a su llegada, se fue a casa de Grassins y convocó a los acreedores en el despacho del notario en que estaban depositados los títulos, a la cual convocatoria no dejó de presentarse ninguno. Aunque eran acreedores, hay que hacerles justicia, fueron exactos. El presidente Bonfons, en nombre de la señorita Grandet, les pagó el capital y los intereses que se les debían. El pago de los intereses fue, para el comercio parisiense, uno de los acontecimientos más asombrosos de la época. Cuando el acta de finiquito estuvo registrada y de Grassins hubo cobrado por sus gestiones la suma de cincuenta mil francos que le había señalado Eugenia, el presidente se fue al palacio de Aubrión, y encontró allí a Carlos en el momento en que éste entraba en su habitación anonadado por las palabras de su futuro suegro. El anciano marqués acababa de declararle que su hija no sería nunca suya mientras no pagase a todos los acreedores de Guillermo Grandet.
El presidente le entregó primero la siguiente carta:
«Primo mío: El señor presidente de Bonfons lleva el encargo de entregarle el acta de finiquito de todas las sumas que debía mi tío, las cuales reconozco yo haber recibido de usted. Me han hablado de quiebra y he pensado que el hijo de un quebrado no podría casarse acaso con la señorita de Aubrión. Sí, primo mío, ha juzgado usted bien mi modo de ser y mis modales: yo no tengo mundo, ni conozco sus cálculos y sus costumbres, y no podría, por lo tanto, proporcionarle los placeres que encontrará usted en él. Sea usted, pues, feliz, sujetándose a las conveniencias sociales, por las cuales sacrifica usted nuestros primeros amores. Para hacer su dicha completa, yo no puedo ofrecerle más que el honor de su padre. Adiós. Tendrá usted siempre una fiel amiga en su prima
«EUGENIA.»
El presidente no pudo menos de sonreír al oír la exclamación que lanzó aquel ambicioso en el momento de recibir el acta de pago.
-Nos anunciamos recíprocamente nuestros casamientos, le dijo el señor de Bonfons.
-¡Ah! ¿Se casa usted con Eugenia? Está bien, me alegro, es una buena muchacha; pero, repuso de pronto haciéndose una reflexión, ¿entonces es muy rica?
-Hace cuatro días tenía diez y nueve millones, pero hoy no tiene más que diez y siete, respondió el presidente con aire chocarrero.
Carlos miró al presidente con aire alelado.
¡Diez y siete mi...!
-Sí, señor, diez y siete millones. Al casarnos, la señorita Grandet y yo reuniremos setecientos cincuenta mil francos de renta.
-¡Primo querido! dijo Carlos procurando reponerse; podremos ayudarnos mutuamente.
-Conformes, dijo el presidente. Aquí tiene usted, además, una cajita que tengo orden de no entregar a nadie más que a usted, añadió colocando sobre una mesa el neceser.
-Amigo mío, dijo la marquesa de Aubrión entrando sin fijarse en Cruchot, no haga usted caso de lo que acaba de decir ese pobre señor de Aubrión, a quien la duquesa de Chaulieu ha devanado los sesos. Yo se lo repito, nada impedirá su matrimonio, respondo de ello.
-Está bien, señora, respondió Carlos, los tres millones que debía mi padre fueron pagados ayer.
-¿En dinero? dijo la marquesa.
-Íntegramente, intereses y capital, y voy a hacer rehabilitar su memoria.
-¡Qué tontería! exclamó la futura suegra. ¿Quién es este señor? preguntó en voz baja a su futuro yerno al ver a Cruchot.
-Es mi administrador, le respondió Carlos en voz baja.
La marquesa saludó desdeñosamente al señor de Bonfons.
-Ya empezamos a ayudarnos, dijo el presidente tomando el sombrero. Adiós, primo.
-Ese cacatúa de Saumur parece que se burla de mí. Me dan ganas de meterle seis pulgadas de hierro en el estómago.
El presidente se había marchado.
Tres días después, el señor de Bonfons, de vuelta en Saumur, publicó su casamiento con Eugenia. Seis meses más tarde, fue nombrado consejero de la audiencia real de Angers. Antes de dejar Saumur, Eugenia mandó fundir el oro de las joyas que tan cuidadosamente había guardado, así como los ocho mil francos de su primo, y mandó construir una custodia de oro, que regaló a la parroquia en que tanto había rogado a Dios por él. Por lo demás, la señora de Bonfons hacía frecuentes excursiones a Saumur. Su marido, que prestó grandes servicios en una circunstancia política, logró ser presidente de cámara y primer presidente al cabo de algunos años. El magistrado esperó impacientemente las elecciones a fin de obtener una diputación, pues codiciaba la dignidad de par, y entonces...
-Entonces, ¿será primo del rey? decía Nanón, la gran Nanón, la señora Cornoiller, burguesa de Saumur, a quien su ama anunciaba las grandezas a que estaba llamada.
Sin embargo, el señor presidente de Bonfons, que había logrado abolir al fin su nombre patronímico de Cruchot, no llegó a realizar ninguna de sus ideas ambiciosas y murió ocho días después de haber sido nombrado diputado por Saumur. Dios, que lo ve todo y no hiere nunca en falso, le castigaba sin duda por sus cálculos ambiciosos y la habilidad jurídica con que había minutado, en unión del notario Cruchot, el contrato matrimonial, en el que los dos futuros esposos se daban mutuamente, en el caso de que no tuviesen hijos, la universalidad de sus bienes muebles e inmuebles, sin exceptuar ni reservar nada, dispensándose de la formalidad del inventario, sin que la omisión del referido inventario pudiera ser alegada por sus herederos o causahabientes, entendiéndose que, la dicha donación, etc. Esta cláusula bastará para explicar el profundo respeto que el presidente tuvo siempre por la voluntad y la soledad de la señora Bonfons. Las mujeres citaban al señor presidente como uno de los hombres más delicados, le compadecían y llegaron a criticar la pasión de Eugenia, como saben criticar esas cosas las mujeres.
-Muy mala debe estar la señora de Bonfons, para dejar solo a su marido. ¡Pobrecita! ¿Se curará pronto? Pero ¿qué tiene? ¿un cáncer o una gastritis? ¿Por qué no va a ver a los médicos? Hace algún tiempo que se vuelve muy amarilla. Debía ir a consultar las celebridades de París. ¿Cómo no deseará tener un hijo? Según dicen, quiere mucho al presidente, y no se explica cómo no procura darle un heredero, dada su posición. ¿Sabe usted que es espantoso eso? Y si fuese efecto de un capricho, su conducta sería vituperable... ¡Pobre presidente!
Dotada de esa fina perspicacia que el solitario adquiere con sus perpetuas meditaciones, y acostumbrada por su desgracia y su meditación a adivinarlo todo, Eugenia sabía que el presidente deseaba su muerte para entrar en posesión de aquella inmensa fortuna, aumentada aún con las herencias de sus tíos el notario y el cura, a los que Dios tuvo el capricho de llamar a sí. A la pobre reclusa le daba lástima el presidente. La providencia la vengó de los cálculos interesados y de la infame indiferencia de un esposo que respetaba, como la mayor de las garantías, la pasión sin esperanza de que se alimentaba Eugenia. Dar la vida a un hijo, ¿no era matar las esperanzas del egoísmo y los goces de la ambición acariciados por el presidente? Dios cubrió, pues, con masas de oro a su prisionera, que se mostraba indiferente al oro, que sólo aspiraba al cielo, que hacía vida piadosa y recogida y que socorría secreta e incesantemente a los desgraciados. La señora de Bonfons quedó viuda a los treinta y tres años, hermosa aún, como lo están las mujeres a esa edad, y con una renta de ochocientos mil francos. Su blanco rostro denota su calma y su resignación; su voz es dulce y armoniosa, y sus maneras son sencillas. La viuda posee todas las noblezas del dolor y la santidad de una persona que no ha manchado su alma con el contacto del mundo; pero posee también la rigidez de la solterona y los hábitos mezquinos que hace adquirir la miserable vida de provincias. A pesar de sus ochocientos mil francos de renta, vive como había vivido la pobre Eugenia Grandet, no enciende la chimenea de su cuarto más que los días que su padre permitía antaño encender el hogar de la sala, y lo apaga en la época en que se apagó siempre durante su juventud. Viste siempre como vestía su madre, y la casa de Saumur, casa sin sol, sin calor, sombría y melancólica, es la imagen de su vida. Acumula cuidadosamente sus rentas, y acaso parecería mezquina si no desmintiese la maledicencia empleando noblemente su fortuna. Piadosas y caritativas fundaciones, un hospicio para los ancianos y escuelas religiosas para los niños, y una biblioteca pública, convenientemente dotada, desmienten cada año la avaricia que le reprochan ciertas personas. Las iglesias de Saumur le deben algunas mejoras. La señora viuda de Bonfons, llamada por burla la señorita inspira generalmente un religioso respeto. Aquel noble corazón, que no latía más que por los sentimientos mis tiernos y más puros, tenía, pues, que someterse a los cálculos del interés humano. El dinero tenia que comunicar su frialdad a aquella vida celestial y hacer sentir desconfianza por los sentimientos a una mujer que era todo sentimiento.
-Tú eres la única que me amas, decía Eugenia a Nanón.
La mano de aquella mujer cura las llagas secretas de todas las familias. Eugenia se encamina al cielo acompañada de un cortejo de beneficios. La grandeza de su alma disimula las pequeñeces de su educación y los hábitos de su primera vida. Tal es la historia de esta mujer que vive aislada en medio del mundo, y que, constituida para ser excelente esposa y madre, no tiene marido, hijos, ni familia. Hace algunos días que se habla de su nuevo casamiento. La gente de Saumur se ocupa de ella y del señor marqués de Froidfond, cuya familia empieza a cercarla como la cercaron antes los Cruchot. Según se dice, Nanón y Cornoiller se interesan por el marqués; pero nada es más falso. Ni la gran Nanón ni Cornoiller tienen bastantes alcances para comprender las corrupciones del mundo.
París, septiembre de 1833.
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