A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 15
A los treinta años, Eugenia no conocía aún ninguna de las felicidades de la vida. Su triste y monótona infancia había transcurrido al lado de una madre cuyo corazón, ignorado y herido en sus más elevados sentimientos, había sufrido siempre. Al dejar con alegría la existencia, aquella madre compadeció a su hija porque tenía que seguir viviendo, y le dejó en el alma ligeros remordimientos y eternos pesares. El primero, el único amor de Eugenia, era para ella causa de melancolía. Después de haber entrevisto a su amante durante algunos días, la joven le había dado su corazón entre dos besos furtivamente aceptados y devueltos, y le había visto partir poniendo todo un mundo entre los dos. Aquel amor, maldito por su padre, casi había acarreado la muerte de su madre, y no le causaba más que dolores mezclados con esperanzas. En la vida moral, lo mismo que en la vida física, existe una aspiración y una respiración: el alma necesita absorber los sentimientos de otra alma y asimilárselos para restituirlos más ricos. Sin ese hermoso fenómeno humano, el corazón carece de vida, y por falta de aire sufre y perece. Eugenia empezaba a sufrir. Para ella, la fortuna no era un poder ni un consuelo: aquella joven sólo podía existir para el amor, para la religión y para su fe en el porvenir. El amor le explicaba la eternidad. Su corazón y el Evangelio le señalaban dos mundos para el porvenir. La huérfana se sumía noche y día en el seno de dos pensamientos infinitos, que para ella eran sin duda uno solo, y se concentraba en si misma amando y creyéndose amada. Hacía siete años que su pasión lo había invadido todo. Sus tesoros no eran los millones cuyas rentas se iban amontonando, sino el neceser de Carlos, los dos retratos suspendidos en la cabecera de su cama, las chucherías que le había comprado su padre y el dedal de su tía, del que se había servido su madre y que ella se ponía religiosamente todos los días para hacer un bordado, obra de Penélope, comenzado únicamente con el objeto de meter su dedo en aquel objeto de oro lleno de recuerdos.
No parecía verosímil que la señorita Grandet quisiese casarse mientras durase su luto. Su sincera piedad era conocida; así es que la familia Cruchot, cuya política era sabiamente dirigida por el cura, se contentó con cercar a la heredera prodigándola las más afectuosas atenciones. La casa de Eugenia se llenaba todas las noches de una sociedad compuesta de los más ardientes cruchotistas del país, que se esforzaban por cantar en todos los tonos las alabanzas de la dueña de la casa. La huérfana tenía su médico ordinario de cabecera, su gran limosnero, su chambelán, su primera dama de compañía, su primer ministro, su canciller, y si hubiera deseado un caudatario, se lo hubieran proporcionado. Eugenia no sólo era una reina, sino que era la más adulada de todas las reinas. La adulación no emana nunca de las almas grandes, sino que es patrimonio de los espíritus pequeños, que logran empequeñecerse aun más para entrar mejor en la esfera vital de la persona en torno de la cual gravitan. La adulación presupone un interés; así es que las personas que llenaban todas las noches la sala de la señorita Grandet, llamada por ellos la señorita de Froidfond, lograban perfectamente agobiarla de alabanzas. Este concierto de elogios, nuevos para Eugenia, le hicieron en un principio ruborizarse; pero, insensiblemente, y a pesar de lo burdos que eran los cumplidos, su oído se acostumbró de tal modo a oír alabar su belleza, que si alguno la hubiese encontrado fea, este reproche le hubiera parecido más sensible entonces que ocho años antes. De modo que Eugenia acabó al fin por gustar de aquellas adulaciones y se fue acostumbrando gradualmente a dejarse tratar como soberana y a ver su corte llena todas las noches. El señor presidente Bonfons era el héroe de esta reunión, donde su talento, su persona, su instrucción y su amabilidad eran alabados sin cesar. El uno hacía observar que hacía siete años que había aumentado mucho su fortuna, que Bonfons daba por lo menos diez mil francos de renta, y se encontraba enclavado, como todos los bienes de los Cruchot, en los vastos dominios de la heredera.
-Señorita, decía un concurrente, ¿sabe usted que los Cruchot tienen cuarenta mil francos de renta?
-Y sus economías, añadía la vieja cruchotista señorita de Gribeaucourt. Últimamente ha venido un señor de París y ha ofrecido doscientos mil francos al señor Cruchot por su notaría. Si logra que le nombren juez de paz, me parece que llevará a cabo esa venta.
-¡Oh! quiere suceder al señor Bonfons en la presidencia de la audiencia y está tomando sus precauciones, respondió la señora de Dorsonval, pues el señor presidente llegará a ser consejero y presidente del supremo, toda vez que no le faltan medios para ello.
-Sí, es un hombre muy distinguido, ¿no le parece a usted, señorita?
El señor presidente Bonfons había procurado ponerse en armonía con el papel que quería desempeñar. A pesar de sus cuarenta años y de su cara morena, avinagrada y ajada como lo son casi todas las fisonomías judiciales, vestía como un joven, jugaba con un bastoncito, no tomaba tabaco en casa de la señorita de Froidfond, se presentaba siempre de punta en blanco y hablaba familiarmente a la heredera diciéndole: «Querida Eugenia». En fin, exceptuando el número de personas, reemplazando la lotería por el whist y suprimiendo las figuras de los señores Grandet, la escena con que comienza esta historia se repetía a la sazón todas las noches. La jauría seguía persiguiendo a Eugenia y a sus millones, pero como era más numerosa, ladraba más y cercaba a su presa por completo. Si Carlos hubiese llegado de las Indias, hubiese visto allí los mismos personajes y los mismos intereses. La señora de Grassins, que se mostraba amabilísima con Eugenia, persistía en atormentar a los Cruchot. Pero entonces, como antaño, la figura de Eugenia dominaba aquel cuadro; como antaño, Carlos hubiese sido allí el soberano. Sin embargo, se había operado en aquella reunión un progreso: el ramillete que el presidente regalaba a Eugenia el día de su santo y cumpleaños se había hecho periódico, y el magistrado llevaba todas las noches a la rica heredera un magnífico ramo que la señora Cornoiller colocaba ostensiblemente en un florero, y arrojaba secretamente a un rincón del patio tan pronto como los concurrentes se habían marchado. Al principio de la primavera, la señora de Grassins intentó turbar la dicha de los cruchotistas hablando a Eugenia del marqués de Froidfond, cuya arruinada casa podía levantarse si la heredera quería devolverle sus propiedades mediante un contrato de matrimonio. La señora de Grassins recalcaba la dignidad de par y el título de marquesa, y, tomando la sonrisa de desprecio de Eugenia por aprobación, iba diciendo que el casamiento del presidente Cruchot no estaba tan adelantado como se creía.
-Aunque el señor Froidfond tenga cincuenta años, no parece más viejo que el señor presidente Bonfons, y si bien es verdad que es viudo y tiene hijos, no hay que olvidar que es marqués, que será par de Francia y que en los tiempos que corren es difícil encontrar un partido análogo, decía la señora de Grassins. Yo sé a ciencia cierta que el padre Grandet, al unir todos sus bienes a la tierra de Froidfond, lo hacía con la intención de aliarse con el marqués. Él mismo me lo había dicho muchas veces. ¡Qué pícaro era aquel hombre!
-¡Cómo! Nanón, dijo una noche Eugenia al acostarse, ¡y no me escribirá ni siquiera una vez en siete años!...
Mientras pasaban estas cosas en Saumur, Carlos hacía fortuna en las Indias. Al llegar vendió perfectamente su pacotilla y no tardó en reunir una suma de mil dollars. El bautismo de los trópicos le hizo perder muchas preocupaciones; vio que el mejor medio de hacer fortuna, lo mismo en las regiones tropicales que en Europa, era comprando hombres, y, en su consecuencia, se fue a las costas de África y se hizo negrero, uniendo a su comercio de hombres el de las mercancías que más daban en los diversos mercados que él frecuentaba. Carlos empleó en los negocios una actividad que no le dejaba un momento libre y obraba en todo dominado por la idea de aparecer en París en posición más brillante que la que había tenido. A fuerza de tratar hombres, de ver países y de observar sus contrarias costumbres, sus ideas se modificaron, se volvió escéptico y perdió las ideas de lo justo y de lo injusto al ver que se tachaba de crimen en un país lo que era virtud en otro. En contacto perpetuo con el interés, su corazón se enfrió, se contrajo y acabó por disecarse. La sangre de los Grandet no negó su destino, y Carlos se volvió duro e inhumano, y vendió chinos, negros, niños y artistas, y practicó la usura en grande escala. La costumbre de defraudar los derechos de aduanas lo volvió menos escrupuloso con los derechos del hombre, e iba a Santo Tomás a comprar a vil precio las mercancías robadas por los piratas y las llevaba a las plazas en que faltaban. Si la noble y pura figura de Eugenia le acompañó en su primer viaje, como aquella imagen de la Virgen que colocan en sus buques los marinos españoles, y si atribuyó sus primeros éxitos a la mágica influencia de los votos y a las oraciones de aquella joven angelical, más tarde, las negras, las mulatas, las blancas, las almeas, sus orgías de todas clases y las aventuras que le ocurrieron en los diversos países que recorrió, borraron por completo el recuerdo de su prima, de Saumur, de la casa, del banco y del beso cambiado en el pasillo. Carlos se acordaba únicamente del jardinito porque allí había empezado su vida aventurera; pero renegaba de su familia: su tío era un perro viejo que le había estafado sus alhajas, y Eugenia no ocupaba su corazón ni sus pensamientos más que como acreedora a quien debía seis mil francos. Esta conducta y estas ideas explican el silencio de Carlos Grandet. En las Indias, en Santo Tomás, en la costa de África, en Lisboa y en los Estados Unidos, el especulador había tomado el pseudónimo de Sepherd para no comprometer su nombre. Carl Sepherd podía así, sin peligro, mostrarse infatigable, audaz y hábil como hombre que, resuelto a hacer fortuna quibuscumque viis, se dispone a acabar pronto la senda de la infamia para ser honrado el resto de sus días. Con este sistema, su fortuna fue rápida y brillante, y en 1827 llegaba a Burdeos en el bonito bergantín María Carolina, perteneciente a una casa de comercio realista, y traía un millón novecientos mil francos, en tres toneles de polvo de oro, de los cuales contaba sacar un siete u ocho por ciento reduciéndolos a moneda en Paris. En este bergantín venía también un noble de la cámara de Su Majestad el rey Carlos X, un tal señor de Aubrión, anciano que había cometido la locura de casarse con una mujer joven y gastadora, que tenía la fortuna en América. Para reparar las prodigalidades de la señora de Aubrión, el noble había ido a vender sus propiedades. Los señores Aubrión, de la casa Aubrión de Buch, cuyo jefe último murió antes de 1789, estaban reducidos a una renta de veinte mil francos, y tenían una hija bastante fea que la madre quería casar sin dote, toda vez que su fortuna apenas les bastaba para vivir en Paris. A pesar de la habilidad que despliegan las mujeres elegantes, el éxito de esta empresa hubiese parecido muy problemático a todo el mundo, tanto, que la misma señora de Aubrión, al ver a su hija, desesperaba de poder casarla sin dote, ni aun con un hombre a quien embriagase la idea de ser noble. La señorita de Aubrión era una joven alta, delgada y estrecha, de boca desdeñosa, hasta la cual bajaba una nariz demasiado larga, gorda por la punta, amarillenta en su estado normal, pero completamente roja después de las comidas, especie de fenómeno vegetal más desagradable en un rostro pálido e insípido, que en cualquier otro. En una palabra, que era tal como podía desearla una madre de treinta y ocho años que siendo aún guapa, tenía pretensiones. Pero para compensar estas desventajas, la marquesa de Aubrión le había enseñado a su hija a afectar aire distinguido, la había sometido a una higiene que mantenía provisionalmente la nariz en un color pasable, la había enseñado el arte de componerse con gusto, la había dotado de bonitos modales, la había enseñado a dirigir esas miradas melancólicas que interesan a un hombre y que le hacen creer que va a encontrar el ángel tan vanamente rebuscado, la había enseñado a mostrar el pie para que admirasen su pequeñez en el momento en que la nariz tenía la impertinencia de enrojecer, y, finalmente, había sacado de ella todo el partido posible. Por medio de mangas anchas, de engañosos cuerpos, de trajes huecos y de exquisito gusto y de un magnífico corsé, había obtenido un ejemplar digno de ser expuesto en un museo para ejemplo de las madres que tienen hijas feas. Carlos hizo conocimiento con la señora de Aubrión, que no deseaba otra cosa, y no faltan personas que aseguren que, durante la travesía, la señora de Aubrión no perdonó medio para capturar a un yerno tan rico, Al desembarcar en Burdeos, en el mes de julio de 1827, la familia Aubrión y Carlos se alojaron en la misma fonda y partieron juntos a París. El palacio de Aubrión estaba plagado de hipotecas, y Carlos debía libertarlo. La madre hablaba ya de la satisfacción que tendría en ceder el piso bajo de su palacio a su yerno y a su hija, y como no participaba de las preocupaciones del señor de Aubrión acerca de la nobleza, había prometido a Carlos Grandet que obtendría una real orden del buen Carlos X autorizando a Grandet para llevar el nombre de Aubrión, usar sus armas y sucederle en el titulo de jefe de Buch y marqués de Aubrión, mediante la constitución de un mayorazgo de treinta y seis mil francos de renta. Reuniendo sus fortunas, viviendo en buena armonía y mediante alguna sinecura, se podrían reunir cien y tantos mil francos de renta al palacio de Aubrión.
-Y cuando se tienen cien mil francos de renta, un nombre, una familia y se frecuenta la corte (pues yo haré que le nombren a usted gentilhombre de cámara), se llega a ser todo lo que se quiere, decía la madre a Carlos. Así es que será usted relator del consejo de Estado, prefecto, secretario de embajada, embajador, lo que usted elija. Carlos X quiere mucho a Aubrión, a quien conoce desde la infancia.
Embriagado de ambición por aquella mujer, Carlos había acariciado durante la travesía todas aquellas esperanzas que le presentaba como cosa cierta una mujer hábil, bajo la forma de secretas confidencias. Creyendo que su tío habría arreglado ya los asuntos de su padre, Carlos se veía ya acomodado en el arrabal Saint-Germain donde todo el mundo pretendía a la sazón entrar, y donde, a la sombra de la azulada nariz de la señorita Matilde, reaparecería como conde de Aubrión. Deslumbrado por la prosperidad de la Restauración y por el brillo de las ideas aristocráticas, su embriaguez empezada en el navío se mantuvo en París, donde resolvió no perdonar medio para alcanzar la elevada posición que su egoísta suegra le hacia entrever. Su prima no fue para él más que un punto en el espacio de aquella brillante perspectiva. Carlos volvió a ver a Anita, y ésta, como mujer de mundo, aconsejó vivamente a su antiguo amigo que contrajese aquella alianza y le prometió ayudarle en todas sus empresas ambiciosas. Anita estaba encantada ante la idea de que aquella señorita fea y fastidiosa llegase a ser mujer de Carlos, que se habla vuelto verdaderamente seductor durante su permanencia en las Indias, pues su tez se habla vuelto más morena y sus maneras eran decididas y desenvueltas como las del hombre acostumbrado a dominar y a salir airoso en todo. Carlos respiró más a su gusto en París al ver el hermoso papel que allí le tocaría representar. De Grassins, al saber su vuelta, su casamiento próximo y su fortuna, fue a verle para hablarle de los trescientos mil francos mediante los cuales podía pagar las deudas de su padre. El banquero encontró a Carlos en conferencia con el joyero, que le enseñaba los dibujos de las alhajas que habían de formar parte de la canastilla de la señorita de Aubrión. A pesar de los magníficos diamantes que Carlos había traído de las Indias, la obra de mano y la plata del joven matrimonio ascendía a más de doscientos mil francos. Carlos recibió al señor de Grassins, a quien no conoció, con la impertinencia de un joven elegante que había matado a cuatro hombres en las Indias en diferentes duelos. El señor de Grassins había ido ya tres veces. Carlos le escuchó fríamente, y después le respondió, antes de dejarle explicarse por completo:
-Los asuntos de mi padre no son los míos, y le agradezco a usted, caballero, el interés que se ha tomado, que me resulta completamente inútil. Ya comprenderá usted que yo no he ido a ganar dos millones con el sudor de mi rostro para llenarles los bolsillos a los acreedores de mi padre.
-¿Y si su señor padre fuese declarado en quiebra dentro de algunos días?
-Caballero, dentro de algunos días me llamaré el conde de Aubrión, y eso me será completamente indiferente. Por otra parte, usted sabe mejor que yo que cuando un hombre tiene cien mil francos de renta, su padre no ha hecho nunca quiebra, añadió señalando cortésmente la puerta al señor de Grassins.
A principios del mes de agosto de este mismo año, Eugenia estaba sentada en el banco de madera en que su primo le había jurado un amor eterno y al que iba a almorzar cuando hacía buen tiempo. La mañana estaba fresca y alegre, y la pobre joven se complacía en aquel momento en repasar en su memoria los grandes y pequeños acontecimientos de su amor y las catástrofes de que había sido seguido. El sol iluminaba el bonito lienzo del muro todo agrietado y casi en ruinas, que la caprichosa heredera había prohibido tocar, a pesar de que Cornoiller hubiese dicho varias veces a su mujer que corrían peligro de morir algún día aplastadas. En este momento, el cartero llamó a la puerta y entregó una carta a la señora Cornoiller, la cual se fue al jardín gritando:
-¡Señorita, una carta!
Y al mismo tiempo se la entregó, diciéndole:
-¿Es la que usted espera?
Estas palabras resonaron tan fuertemente en el corazón de Eugenia, como entre las paredes del patio y del jardín.
-¡París!... Es de él, ya está de vuelta.
Eugenia palideció y conservó por un momento intacta la carta, pues palpitaba demasiado su corazón para poder abrirla y leerla. La gran Nanón permaneció de pie con los brazos en jarras y con su moreno rostro radiante de alegría.
-Lea usted, señorita...
-¡Ah! Nanón, ¿por qué vuelve por París habiéndose ido por Saumur?
-Lea usted y lo sabrá.
Eugenia abrió la carta temblando y, al abrirla, cayó al suelo una letra contra la casa Señora de Grassins y Corret, de Saumur. Nanón la recogió.
«Mi querida prima...»
-¡Ya no me llama Eugenia! pensó la joven. Y su corazón se oprimió.
«Creo que tendrá usted...»
-¡Antes me decía tú!
Y cruzándose de brazos, permaneció un instante sin atreverse a proseguir la lectura, y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos.
-¿Ha muerto? preguntó Nanón.
-Si hubiera muerto no me escribiría, respondió Eugenia, la cual prosiguió al fin la lectura de la carta, que decía lo siguiente:
«Mi querida prima: Creo que tendrá usted una satisfacción en saber el éxito de mi viaje. Usted me ha dado suerte, he vuelto rico y he seguido los consejos de mi tío, cuya muerte, así como la de mi tía, acaba de comunicarme el señor de Grassins. La muerte de nuestros padres es natural, y nosotros debemos sucederles. Supongo que hoy ya estará usted consolada. Nada resiste a la acción del tiempo, yo lo experimento. Sí, querida prima, desgraciadamente, el momento de las ilusiones ha pasado ya para mí. ¡Qué quiere usted! Recorriendo multitud de países, he reflexionado acerca de la vida, y me fui niño, y vuelvo hombre. Hoy pienso en muchas cosas que no me preocupaban antaño. Usted es libre, prima mía, y yo soy libre aún, y al parecer, nada se opone a la realización de nuestros proyectos: pero yo soy demasiado leal para ocultarle a usted la situación de mis asuntos. No he olvidado que no me pertenezco, y, durante mis largas travesías, me he acordado muchas veces del banquito de madera...»
Eugenia se levantó como si estuviese sobre ascuas y fue a sentarse en uno de los peldaños de la escalera del patio.
«... del banquito de madera en que nos juramos amarnos siempre, del pasillo, de la sala, de mi cuarto y de la noche en que facilitó usted mi suerte mediante un generoso préstamo. Sí, estos recuerdos me han animado, y me he dicho muchas veces que usted pensaba siempre en mí, como yo pensaba en usted a la hora convenida entre nosotros. ¿Ha mirado usted bien las nubes las nueve? Sí, ¿verdad? Pues bien, no quiero ser traidor a una amistad sagrada para mi; no, no quiero engañarla a usted. En este momento se trata para mí de una alianza que satisface completamente las ideas que he formado acerca del matrimonio. El amor en el matrimonio es una quimera. Hoy mi experiencia me dice que al casarse hay que obedecer a todas las leyes sociales y reunir todas las conveniencias que para ello exige el mundo. Ahora bien, entre nosotros existe ya una diferencia de edad que, sin duda, influiría más en su porvenir, prima querida, que en el mío. No le hablaré a usted de sus costumbres ni de su educación, que no están en armonía con la vida de París, y que sin duda no se amoldarían a mis proyectos ulteriores. Pienso tener una gran casa, recibir a mucha gente, y creo acordarme de que usted prefiere una vida apacible y sosegada. Pero, no, le seré a usted más franco, y sea usted juez de mi situación, que tiene usted derecho a conocer y a juzgar. Hoy poseo ochenta mil francos de renta. Esta fortuna me permite unirme a la familia de Aubrión, cuya heredera, joven de diez y nueve años, me aporta al matrimonio su nombre, un título, el cargo de gentilhombre honorario de la cámara de Su Majestad y una de las más brillantes posiciones. He de confesarle a usted, querida prima, que no amo absolutamente nada a la señorita de Aubrión; pero, casándome con ella, aseguro a mis hijos una posición social cuyas ventajas serán incalculables algún día, toda vez que van ganando terreno de día en día las ideas monárquicas. De modo que dentro de algunos años, mi hijo, que será marqués de Aubrión y que contará con un mayorazgo de cuarenta mil francos de renta, podrá escoger el cargo del Estado que más le agrade. Los hombres nos debemos a los hijos. Ya ve usted, prima mía, con qué buena fe le expongo el estado de mi corazón, de mis esperanzas y de mi fortuna. Es muy posible que, después de siete años de ausencia, haya usted olvidado por su parte nuestras niñerías; pero yo no he olvidado ni su indulgencia ni mis palabras, y me acuerdo de todas, hasta de las que he dado con más ligereza y en las cuales no pensaría siquiera un hombre menos concienzudo que yo y de corazón menos leal. Decirle a usted que sólo pienso hacer un matrimonio de conveniencia y que me acuerdo aún de nuestros amores de niños, ¿no equivale a ponerme a su disposición, a hacerla dueña de mi suerte y a decirle que si tengo que renunciar a mis ambiciones sociales, me contentaré gustoso con esa dicha pura y sencilla cuyas conmovedoras imágenes me ha hecho usted ver tantas veces?...»
-Tan, ta, ta. -Tan, ta, ti.-Tun. -Tun, ta, ti,--Tinn, ta, ta, ta, etc... había cantado Carlos Grandet con el aire de Non piu andrai, al firmar:
«Su afectuoso primo,
«CARLOS.»
-¡Por vida de...! me parece que me muestro cortés, se dijo.
Después buscó la letra, y añadió lo siguiente:
«P. D.-Le remito adjunta una letra a su orden contra la casa de Grassins, pagadera en oro, y que comprende los intereses y capital de la suma que tuvo usted la bondad de prestarme. Espero de Burdeos una caja que contiene algunos objetos que aguardo me permitirá usted ofrecerle como testimonio de mi eterno agradecimiento. Mi neceser puede usted mandarlo por la diligencia al palacio Aubrión, calle de HillerinBertin.»