A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 14
Pero Grandet desapareció, yéndose a toda prisa hacia sus propiedades, al mismo tiempo que coordinaba sus ideas. Grandet comenzaba a la sazón el septuagésimosexto año de su vida. De dos años a esta parte, principalmente, su avaricia había crecido como crecen a esa edad todas las pasiones persistentes del hombre. Como les ocurre a los avaros, a los ambiciosos y a todos aquellos que han consagrado su vida a una idea constante, Grandet sentía una satisfacción inmensa contemplando el símbolo de su pasión, y la vista del oro, la posesión del oro, se había convertido en él en una monomanía. Su carácter despótico había aumentado en proporción a su avaricia, y abandonar la administración de la menor parte de sus bienes a la muerte de su mujer, le parecía una cosa contra natura. ¿Declarar su fortuna a su hija e inventariar la universalidad de sus bienes muebles e inmuebles para tasarlos?
-¡Eso sería matarme! dijo el avaro involuntariamente en voz alta en medio de uno de sus viñedos.
Por fin, Grandet tomó su partido, volvió a Saumur a la hora de comer y resolvió someterse a Eugenia, mimándola y acariciándola, a fin de poder morir como rey, sosteniendo hasta el último suspiro las riendas de sus millones. En el momento en que el buen hombre, que por casualidad se había llevado el llavín, subía la escalera a paso de lobo para ir al cuarto de su mujer, Eugenia tenía el hermoso neceser de Carlos sobre la cama de su madre. Mientras Grandet estaba ausente, las dos mujeres se complacían en contemplar el retrato de la madre de Carlos, procurando sacarles parecido.
-Tiene su misma boca y su misma frente, decía Eugenia en el momento en que su padre abría la puerta.
Al ver la mirada que su marido dirigió al oro, la señora Grandet gritó:
-¡Dios mío, tened piedad de nosotros!
El avaro saltó sobre el neceser como un tigre sobre un niño dormido, y llevándolo a la ventana para examinarlo a su placer, dijo:
-¿Qué es esto? ¡Oro de ley! ¡oro! exclamó, ¡mucho oro! ¡Esto pesa lo menos dos libras! ¡Ah! ¿te dio Carlos esto por tus monedas de oro? ¿Porqué no me lo has dicho? Hija mía, has hecho un buen negocio. Eres mi hija, te reconozco.
Eugenia temblaba como una hoja.
-Esto es de Carlos, ¿verdad?
-Sí, papá, eso no es mío. Ese objeto es un depósito sagrado.
-Ta, ta, ta, ta, él se ha llevado tu fortuna y hay que restablecer tu tesoro.
-¡Padre mío!...
Grandet quiso sacar su navaja para hacer saltar una placa de oro, y tuvo que dejar el neceser sobre una silla. Eugenia se abalanzó para cogerlo; pero el tonelero, que tenía fijas sus miradas en su hija y en el cofre, la rechazó tan violentamente extendiendo el brazo, que la joven fue a caer sobre el lecho de su madre.
-¡Grandet! ¡Grandet! gritó la madre irguiéndose en la cama.
El avaro había abierto la navaja y se disponía a levantar el oro.
-¡Padre mío! gritó Eugenia arrodillándose y marchando de este modo hacia su padre para levantar las manos hacia él, ¡padre mío, en nombre de todos los santos y de la Virgen, en nombre de Cristo que murió en la cruz, en nombre de su salvación eterna, por mi vida, no toque usted eso! Ese neceser no es de usted ni mío: es de un pariente desgraciado que me lo confió, y a quien debo devolvérselo intacto.
-¿Por qué lo mirabas tú si es un depósito? Ver es peor que tocar.
-Papá, no lo destruya usted, o me deshonra. ¿Oye usted, padre mío?
¡Grandet! ¡Grandet! ¡Por favor! dijo la madre.
-¡Papá! gritó Eugenia con tal desesperación, que Nanón, asustada, subió.
Eugenia saltó sobre un cuchillo que halló a mano y se armó de él.
-¿Qué hay? le dijo Grandet sonriéndose con sangre fría.
-¡Grandet, Grandet, me estás matando! dijo la madre.
-¡Padre mío, si su navaja toca una partícula de ese oro, me atravieso el corazón con este cuchillo! Ha puesto usted ya gravemente enferma a mi madre, y acabará por matar a su hija. Ahora haga usted lo que quiera; herida por herida.
Grandet se detuvo, miró a su hija titubeando, y le dijo:
-¿Serías capaz de hacerlo, Eugenia?
-Sí, Grandet, lo haría.
-¡Lo haría como lo dice! gritó Nanón. Señor, sea usted razonable una vez en su vida.
El tonelero miró alternativamente el oro y a su hija. La señora Grandet se desmayó.
-¡Señor, el ama se muere! gritó Nanón.
-Toma, hija mía, no riñamos por un cofre. Toma, dijo el tonelero arrojando el neceser sobre la cama. Tú, Nanón, vete a buscar al señor Bergerín. Vamos, esposa mía, esto no ha sido nada, ya hemos hecho las paces, ¿verdad, hijita? dijo besando a su mujer. Ya no más a pan seco, y Eugenia comerá lo que quiera. ¡Ah! ya abre los ojos. Vamos, mamaíta; mamaíta, mira, esto no ha sido nada, mira como abrazo a Eugenia. Ella ama a su primo, se casará con él si quiere y le guardará el cofrecito; pero vive muchos años, esposa mía. Vamos, muévete. ¡Escucha! Tendrás el altar más hermoso que se haya visto nunca en Saumur.
-¡Dios mío! ¿cómo puedes tratar de ese modo a tu mujer y a tu hija? le dijo con voz débil la señora Grandet.
-Ya no lo haré más, ya no lo haré más, gritó el tonelero. Ya verás, esposa mía...
-Y esto diciendo, el avaro se fue a su despacho, volvió con un puñado de luises y, arrojándolos sobre la cama, dijo:
-¡Toma, Eugenia! ¡toma, esposa mía! ¡para vosotras! Vamos, alégrate, ponte buena, y ya verás como ni tú ni Eugenia careceréis de nada. Mira, aquí hay cien luises de oro para ella. Estos no se los darás a nadie, ¿verdad, Eugenia?
La señora Grandet y su hija se miraron asombradas.
-Recójalos usted, padre mío, que nosotras no necesitamos más que su cariño.
-Está bien, está bien, vivamos como buenos amigos, dijo el avaro embolsándose los luises.
Bajemos todos a la sala para comer y para jugar a la lotería a diez céntimos. Haced lo que queráis, ¿eh, mujercita mía?
-¡Ay! bien lo quisiera, puesto que así lo quieres; pero me será imposible levantarme, dijo la moribunda.
-¡Pobre mamaíta! dijo el tonelero. ¡Si supieses cuánto te quiero! Y a ti también hijita, añadió abrazando y besando a Eugenia. ¡Ah! ¡qué bien sabe abrazar a su hija después de una disputa! Mira, mamaíta. Ahora ya no somos más que uno solo. Vete a guardar eso, dijo a Eugenia señalándole el cofre, y no temas nada, que jamás te hablaré más de él.
El señor Bergerín, que era el médico más célebre de Saumur, no tardó en llegar. Después de examinar a la enferma, el galeno declaró a Grandet que su mujer estaba muy mala, pero que una gran tranquilidad de espíritu y numerosos cuidados podían prolongar su vida hasta el fin del otoño.
-Y ¿costará eso muy caro? ¿se necesitan muchas drogas? preguntó el avaro.
-Pocas drogas, pero muchos cuidados, respondió el médico, que no pudo menos de sonreír.
-En fin, señor Bergerín, usted es un hombre de honor, ¿verdad? respondió Grandet; confío en usted y puede venir a ver a mi mujer cuantas veces lo juzgue necesario. Consérveme a mi mujer, pues la quiero mucho, aunque no lo parezca. En mi casa todo pasa dentro y me tiene desesperado. Estoy pasando muchas penas. La desgracia ha entrado en casa con la muerte de mi hermano, porque estoy pagando en Paris sumas enormes... los ojos de la cara, y lo malo es que los gastos no acaban nunca. Adiós, señor. Si puede usted salvar a mi mujer, sálvela, aunque haya de gastar para ello cien o doscientos francos.
A pesar de los fervientes votos que Grandet hacía por la salud de su mujer, cuya herencia constituía para él la primera muerte; a pesar de la complacencia que manifestaba en todo por los menores caprichos de la madre y de la hija asombradas, y a pesar de que Eugenia le prodigó los más tiernos cuidados, la señora Grandet marchaba rápidamente hacia la muerte. Cada día se debilitaba más y desmejoraba como desmejoran la mayor parte de las mujeres que enferman a esa edad. La vida de aquella mujer vacilaba como vacilan las hojas de los árboles en otoño, y los rayos del sol la hacían resplandecer como aquellas hojas que el sol atraviesa y dora. Tuvo una muerte digna de su vida, una muerte completamente cristiana. ¿No equivale esto a decir que su fin fue sublime? En el mes de octubre de 1822 brillaron particularmente sus virtudes, su paciencia de ángel y su amor maternal, y su vida se extinguió sin pronunciar la menor queja. Cordero sin tacha, la buena madre subía al cielo, y no echaba de menos al morir más que a la grata compañera de su monótona vida, a la que sus últimas miradas parecieron predecir mil males, y temblaba ante la idea de dejar aquella oveja blanca como ella en medio de un mundo egoísta que quería arrancarle sus tesoros.
-Hija mía, le dijo antes de expirar, algún día sabrás que sólo en el cielo se encuentra la dicha. Esta muerte fue un motivo más para que Eugenia sintiese más apego por aquella casa donde tanto había sufrido y donde su madre acababa de morir. La joven no podía contemplar la ventana y la silla en que se sentaba su madre sin derramar lágrimas; y al ver los tiernos cuidados que su padre le prodigaba, creyó haberle juzgado mal: el avaro iba a darle el brazo para bajar a almorzar, la miraba cariñosamente durante horas enteras y la incubaba como si fuese oro. El anciano tonelero se parecía tan poco a sí mismo y temblaba de tal modo ante su hija, que Nanón y los cruchotistas, al ver su debilidad, la atribuyeron a sus muchos años y temieron algún trastorno en sus facultades; pero el día en que la familia se puso el luto, y después de la comida a la que estuvo convidado el notario Cruchot, que era el único que conocía el secreto de su cliente, la conducta del avaro quedó explicada.
-Hija querida, dijo a Eugenia cuando los manteles estuvieron levantados y las puertas de la casa fueron cuidadosamente cerradas, hete ya heredera de tu madre y en la necesidad de arreglar tus asuntos, ¿verdad, Cruchot?
-Sí.
-Pero, papá, es indispensable ocuparse hoy de esas cosas?
-Sí, sí, hijita, yo no podría seguir en la incertidumbre en que me encuentro. No creo que tú quieras causarme un disgusto.
-¡Oh! papá...
-Pues bien, hay que arreglar eso esta noche.
-Bueno, ¿qué he de hacer?
-Hijita, eso no es cosa mía. Dígaselo usted, Cruchot.
-Señorita, su señor padre desearía no hacer particiones, ni vender bienes, ni pagar enormes derechos por el dinero contante que pudiera poseer; y, para evitar eso, seria preciso dejar de inventariar toda la fortuna que se encuentra indivisa entre usted y su señor padre.
-Cruchot, ¿está usted seguro de eso para hablar de ese modo delante de una niña?
-Déjeme usted decir, Grandet.
-Sí, sí, amigo mío. Ni usted ni mi hija querrán despojarme de nada, ¿verdad, hijita?
-Pero, señor Cruchot, ¿qué tengo que hacer? preguntó Eugenia con impaciencia.
-Tendrá usted que firmar esta acta por la cual renuncia a la herencia de su señora madre y deja a su padre el usufructo de todos los bienes indivisos, cuya propiedad le asegura él para después de su muerte.
-No comprendo ni jota de lo que usted dice, respondió Eugenia. Deme el acta y señáleme el sitio en que debo firmar.
El padre Grandet miraba alternativamente el acta y a su hija, a su hija y el acta, experimentando tan violentas emociones, que el sudor invadió su frente, viéndose precisado a enjugárselo varias veces.
-Hijita, en lugar de firmar esta acta, que costaría mucho dinero registrar, si quisieras sencillamente renunciar a la herencia de tu pobre y difunta madre y fiarte de mí para el porvenir, yo lo preferiría. Entonces, yo te señalaría una renta de cien francos al mes para que puedas pagar todas las misas que quieras decir por quien te dé la gana. Cien francos al mes en libras, ¡eh! ¿qué te parece?
-Haré lo que usted quiera, padre mio.
-Señorita, dijo el notario, creo un deber mío advertirle que se despoja usted de...
-¡Dios mío! ¿qué me importa a mí todo eso? respondió la joven.
-Cállate, Cruchot, está dicho, está dicho, exclamó Grandet tomando la mano de su hija y chocándola contra la suya como cuando se cierra un trato. Eugenia, tú eres una muchacha honrada y supongo que no te volverás atrás, ¿verdad?
-¡Ah! papá...
El avaro abrazó a su hija con efusión, la estrechó entre sus brazos hasta ahogarla., y le dijo:
-Hija mía, hoy devuelves la vida a tu padre; pero no haces más que devolverle lo que te ha dado: estamos en paz. Así es como deben hacerse los negocios. La vida es un negocio. Yo te bendigo: eres una muchacha virtuosa que quiere bien a su padre. Ahora, haz lo que quieras. Bueno, hasta mañana, ¿eh, Cruchot? dijo mirando al notario que estaba asombrado. Procure usted preparar para mañana la renuncia.
Al día siguiente, al mediodía, quedó firmada la declaración mediante la cual Eugenia se expoliaba a sí misma. Sin embargo, a pesar de su palabra, pasó un año y el anciano tonelero no había dado aún un céntimo a su hija de los cien francos que tan solemnemente le había prometido; así es que cuando Eugenia le habló por bromear de su promesa, el avaro no pudo menos de ruborizarse, y, subiendo a su despacho, volvió a poco y le ofreció a su hija la tercera parte de las alhajas que había comprado a su sobrino, al mismo tiempo que le decía con acento irónico:
-Toma, hija mía, ¿quieres esto por los mil doscientos francos?
-¡Oh! papá, ¿me las da usted de veras?
-Sí, y te daré otras tantas el año próximo, dijo echándoselas en el delantal. De este modo, en poco tiempo serás dueña de todas sus chucherías, añadió frotándose las manos con satisfacción al ver que podía especular con el amor de su hija.
Aunque Grandet estaba aún robusto, no tardó en sentir la necesidad de iniciar a su hija en los secretos del hogar, y durante dos años consecutivos la obligó a llevar en su presencia la administración de la casa y a recibir las rentas, y le enseñó lenta y sucesivamente los nombres y el valor de sus propiedades y de sus quintas. Al tercer año, la había acostumbrado de tal modo a sus hábitos de avaricia, que le dejó sin temor las llaves de la despensa y la instituyó en dueña de la casa.
Cinco años pasaron sin que ningún acontecimiento alterase la monótona existencia de Eugenia y de su padre, los cuales repitieron constantemente los mismos actos con la regularidad cronométrica de su antiguo reloj. La profunda melancolía de la señorita Grandet no era un secreto para nadie; pero si todo el mundo presentía la causa, ella no pronunció nunca una palabra que justificase las sospechas que todos los habitantes de Saumur tenían formadas acerca del estado del corazón de la rica heredera. Su única compañía se componía de los tres Cruchot y de algunos amigos más que aquéllos habían introducido insensiblemente en la casa. Los contertulios habían aprendido a jugar al whist, e iban todas las noches a casa de Grandet a hacer una partida. El año 1827, Grandet, sintiendo ya el peso de sus achaques, se vio obligado a iniciar a su hija en los secretos de su fortuna territorial, y le decía que, en caso de dificultades, acudiese al notario Cruchot, cuya probidad no le inspiraba dudas. Por fin, a fines de este mismo año, el avaro, que contaba ya ochenta y dos años, sufrió una parálisis que hizo en él rápidos progresos. Grandet fue desahuciado por el señor Bergerín. Eugenia, al pensar que no tardaría en quedarse sola en el mundo, aumentó su cariño hacia su padre y se adhirió más fuertemente a aquel último eslabón de su afecto. En su mente, como en la de todas las mujeres amantes, el amor era para ella el mundo entero, y Carlos no estaba allí. La joven se mostró sublime prodigando atenciones y cuidados a su anciano padre, cuyas facultades empezaban a disminuir, pero cuya avaricia se sostenía instintivamente, tanto, que la muerte de aquel hombre no contrastó en nada con su vida. El avaro se hacía trasladar por la mañana al lugar situado entre la chimenea de su cuarto y la puerta de su despacho, lleno sin duda de oro; permanecía allí inmóvil, pero mirando con ansiedad a los que iban a verle y a la puerta forrada de hierro; se daba cuenta de los menores ruidos de la casa y, con gran asombro del notario, percibía hasta el bostezo de su perro en el patio. Grandet despertaba de su aparente estupor el día y a la hora en que había que recibir alquileres y dar recibos, y entonces se agitaba en su sofá hasta que le ponían enfrente de la puerta de su despacho. Una vez allí, mandaba a su hija abrir la puerta y procuraba que colocase en secreto por sí misma los sacos de plata unos sobre otros, recomendándole luego que cerrase bien la puerta. Una vez que recibía de manos de Eugenia la preciosa llave de sus tesoros, que llevaba siempre en el bolsillo de su chaleco y que tentaba de vez en cuando, mandaba que le trasladasen a su sitio ordinario y permanecía allí silencioso. Por lo demás, su antiguo amigo el notario, comprendiendo que la rica heredera se casaría necesariamente con su sobrino el presidente, si Carlos Grandet no volvía, redobló sus cuidados y sus atenciones, yendo todos los días a ponerse a las órdenes de Grandet, visitando por orden de éste Froidfond, las tierras, los prados y las viñas, vendiéndole las cosechas y reduciéndolas a oro y a plata, que iba a reunirse secretamente a los sacos apilados en el despacho. Por fin, llegaron los días de la agonía, durante los cuales la fuerte contextura del anciano luchó con la muerte. El avaro quiso permanecer sentado en el rincón del fuego, delante de la puerta de su despacho, arrollado en los cobertores, y diciéndole frecuentemente a Nanón:
-¡Cierra, cierra ahí, para que no nos roben! Cuando podía abrir los ojos, donde se había concentrado toda su vida, los volvía inmediatamente hacia la puerta del despacho donde estaba su tesoro, preguntándole a su hija con una especie de pánico:
-¿Están ahí? ¿están ahí?
-Si, padre mío.
-¡Vigilarlo!... ¡Ponme oro delante!
Eugenia le colocaba algunos luises sobre la mesa, y el avaro permanecía horas enteras con los ojos fijos en el oro, como el niño que, en el momento en que empieza a ver, contempla estúpidamente el mismo objeto, y como al niño, se le escapaba a veces alguna penosa sonrisa.
-¡Esto me reanima! solía decir Grandet dejando aparecer en su rostro una expresión de beatitud.
Cuando el cura de la parroquia fue a administrarle los últimos sacramentos, los ojos del avaro, muertos aparentemente hacía ya algunas horas, se reanimaron al ver la cruz, los candeleros y la pila de plata, que miró fijamente, y su lupia se dilató por última vez. Cuando el sacerdote le aproximó a los labios el crucifijo de plata sobredorada para hacerle besar la imagen del Cristo, Grandet hizo un espantoso esfuerzo para cogerlo, y aquel último esfuerzo le costó la vida. El moribundo llamó a Eugenia, a quien no veía ya, a pesar de que estaba arrodillada a su lado y de que le bañaba con lágrimas sus manos frías, diciéndole:
-Padre mío, padre mío, écheme usted la bendición.
-¡Cuida bien de todo! ¡Allá arriba me darás cuenta de ello! añadió, probando con estas últimas palabras que el cristianismo debe ser la religión de los avaros.
Eugenia Grandet se encontró, pues, sola en el mundo y en aquella casa, sin tener más ser que Nanón que la entendiese, que la amase desinteresadamente y que la consolase. La gran Nanón era una providencia para Eugenia, a la cual no la consideró ya como criada, sino como una humilde amiga. Después de la muerte de su padre, Eugenia supo por el notario Cruchot que poseía trescientos mil francos de renta en bienes inmuebles situados en el distrito de Saumur; seis millones en papel del Estado, al tres por ciento, que habían sido adquiridos al sesenta y que estaban a la sazón a setenta y siete; más de dos millones en oro y cien mil francos en escudos, sin contar las rentas que tenía que recibir. En total, la estima de su fortuna ascendía a diez y siete millones.
-¿Dónde estará mi primo? se preguntó Eugenia.
El día en que el notario Cruchot entregó a su cliente el inventario de la herencia, Eugenia se quedó sola con Nanón, sentadas las dos a ambos lados de la chimenea de aquella sala vacía, donde todo eran recuerdos, desde la silla en que se sentaba su madre, hasta el vaso en que habla bebido su primo.
-Nanón, estamos solas.
-Sí, señorita; y si yo supiese dónde está su primo, iría a buscarle a pie.
-Desgraciadamente, hay un mar entre nosotros, dijo Eugenia.
Mientras que la pobre heredera lloraba de este modo en compañía de su anciana criada en aquella fría y obscura casa, que encerraba para ella todo el universo, de Nantes a Orleans no se hablaba más que de los diez y siete millones de la señorita Grandet. Uno de los primeros actos de ésta fue dar mil doscientos francos de renta vitalicia a Nanón, la cual, como poseía ya seiscientos francos más, se convirtió en un excelente partido. En menos de un mes, la gran Nanón pasó del estado de doncella al de casada, bajo la protección de Antonio Cornoiller, el cual fue nombrado guarda general de las tierras de la señorita Grandet. La señora Cornoiller tuvo ura inmensa ventaja sobre sus contemporáneas: aunque contaba ya cincuenta y nueve años, parecía que no tenia más que cuarenta. Sus ordinarias facciones habían resistido los ataques del tiempo, y, gracias al régimen de una vida monástica, disimulaba la vejez con sus hermosos colores y su salud de hierro. Sin duda no estuvo nunca tan hermosa como el día de su casamiento, durante el cual respiró su casa una dicha tal, que no faltó quien envidiase la suerte de Cornoiller.
-Tiene unos colores hermosos, decía un tendero.
-Es capaz de tener hijos aún, le contestó un tratante en sal. Esa moza se ha conservado como un cerdo en salmuera, con perdón sea dicho.
-¡Oh! es rica, y Cornoiller ya sabe lo que ha hecho, decía otro vecino.
Al salir de la antigua morada de los Grandet para ir a la iglesia, Nanón, a quien todo el vecindario apreciaba, recibió mil felicitaciones. Como regalo de boda, Eugenia le dio tres docenas de cubiertos. Cornoiller, sorprendido ante tamaña magnificencia, hablaba de su ama con lágrimas en los ojos y se hubiera dejado matar por ella. El hecho de pasar a ser la mujer de confianza de Eugenia constituyó para la señora Cornoiller una dicha igual a la de tener marido. La pobre mujer tuvo al fin a su disposición una despensa como la que tenía su amo y la dirección de dos criadas, una cocinera y una camarera encargada de repasar la ropa de la casa y de hacer los vestidos de la señorita. Cornoiller acumuló las dobles funciones de guarda y administrador. No hay para qué decir que la camarera y la cocinera escogidas por Nanón eran verdaderas perlas. La señorita Grandet tuvo de este modo cuatro servidores cuya fidelidad no tenia límites. El avaro había establecido tan severamente los usos y costumbres de su administración, que fue continuada por el matrimonio Cornoiller, que los cortijeros apenas se apercibieron de su muerte.