A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 13
-¿Era yo libre o no de hacer de él lo que me diese la gana? ¿Era mío o no?
-Tú eres una chiquilla.
-Sí, pero mayor de edad.
Aturdido por la lógica de su hija, Grandet palideció, pataleó y juró, acabando por decir:
-¡Maldita serpiente de hija! ¡Ah, mala hierba! como sabes que te quiero, abusas de mí y atragantas a tu padre. ¡Voto a...! ¡Habrás dado nuestra fortuna a ese pelagatos con botas de marroquí! ¡Por vida de...! ¡no puedo desheredarte! ¡Mil rayos! ¡pero te maldigo a ti, a tu primo y a tus hijos! Nunca tendrás suerte, nunca, ¿oyes? Si fuese a Carlos a quien... Pero no, no es posible; ¿sería capaz aquel petimetre de desvalijarme de ese modo?...
El avaro miró a su hija, que permanecía muda y fría.
-¡Ca! ¡no pestañeará, no dirá una palabra, es más Grandet que yo mismo! Pero supongo que no habrás dado tu oro por nada. Vamos a ver, dime.
Eugenia miró a su padre dirigiéndole una mirada irónica que le ofendió.
-Eugenia, está usted en mi casa, en casa de su padre, y, para permanecer en ella, debe usted someterse a mis órdenes. Los sacerdotes le ordenan a usted que me obedezca.
Eugenia bajó la cabeza.
-Me ofende usted en lo más íntimo, y no quiero verla más en mi presencia a no ser sumisa. Váyase a su cuarto y permanezca allí hasta que yo le mande salir. Nanón le llevará pan y agua. ¿Ha oído usted? ¡arriba!
Eugenia rompió en amargo llanto y se fue al lado de su madre. Grandet, después de haber dado algunas vueltas por el jardín, que estaba lleno de nieve, sin sentir frío, sospechó que su hija debía estar en el cuarto de su mujer, y, satisfecho de poderla coger en desobediencia, subió las escaleras con la agilidad de un gato y apareció en el cuarto de la señora Grandet en el momento en que ésta acariciaba los cabellos de Eugenia, cuyo rostro estaba bañado en lágrimas.
-Consuélate, hijita mía, que ya sé aplacará tu padre.
-¡Esa muchacha ya no tiene padre! dijo el tonelero. Señora Grandet, ¿hemos sido en realidad usted y yo los que hemos criado una hija desobediente como ésta? ¡Bonita educación, y, sobre todo, religiosa! ¡Cómo! ¿no está usted en su cuarto? Vamos, señorita, al encierro, al encierro.
-¡Cómo! quiere usted privarme de mi hija dijo la señora Grandet mostrando su rostro enardecido por la fiebre.
-Si quiere usted conservarla a su lado, llévesela; pero lárguense las dos de mi casa. ¡Por vida de...! ¿dónde está el oro? ¿qué ha sido del oro?
Eugenia se levantó, dirigió una mirada orgullosa a su padre y se fue a su cuarto, que Grandet se apresuró a cerrar con llave.
-¡Nanón! gritó el avaro, apaga el fuego de la sala.
Y fue a sentarse en un sofá situado en el rincón de la chimenea del cuarto de su mujer, diciéndole:
-¡Sin duda se lo ha dado a ese miserable seductor de Carlos, que no quería más que nuestro dinero!
En medio del peligro que amenazaba a su hija y a pesar del cariño que la profesaba, la señora Grandet tuvo valor bastante para permanecer indiferente, sorda y muda en apariencia.
-Yo no sabía una palabra de todo eso, dijo la pobre mujer volviéndose del otro lado para no sufrir las terribles miradas de su marido. Sufro tanto viéndoos reñir, que presiento que no saldré de este cuarto, a no ser con los pies para adelante. Debía usted haberme ahorrado este disgusto, a mí, que creo que no le he causado ninguno en su vida. Su hija le ama a usted, y yo la creo inocente como un recién nacido; así es que no le cause usted pena y revoque su sentencia, El frío es muy intenso y podría usted ser causa de que Eugenia cogiese alguna grave enfermedad.
-No quiero verla ni hablarla, y la tendré en su cuarto a pan y agua hasta que no dé una cumplida satisfacción a su padre. ¡Qué diablo! un jefe de familia debe saber dónde ha ido a parar el oro de su casa. Poseía las únicas rupias que había sin duda en Francia, y, además, genovesas, ducados de Holanda...
-Amigo mío, Eugenia es nuestra única hija, y aunque los hubiese arrojado al río...
-¡Al río! ¡al río! gritó el avaro. Usted está loca, señora Grandet. Lo dicho está dicho, ya lo sabe usted. Si quiere tener paz en su casa, confiese a su hija y averigüe dónde ha echado el dinero. Para esas cosas, las mujeres se entienden mejor entre sí que con nosotros. Haya hecho lo que haya hecho, yo no me la comeré; ¿me tiene miedo acaso? Aunque hubiese dorado a su primo de la cabeza a los pies, como ya está en alta mar, no podemos ir tras él.
-Pues bien, amigo mío...
Excitada por la crisis nerviosa en que se encontraba, o por la desgracia de su hija, que le hacía desarrollar toda su ternura e inteligencia, la perspicacia de la señora Grandet le hizo ver un movimiento terrible en la lupia de su marido en el momento en que iba a revelarle el secreto. Así es que cambió de ideas, sin cambiar de tono, diciéndole:
-Pues bien, amigo mío yo no tengo sobre ella más imperio que tú, y te aseguro que no me ha dicho nada: se parece a ti.
-¡Pardiez! ¡qué lengua más larga tienes hoy! Ta, ta, ta, ta. Me parece que estáis tomando esto a mofa y que tú te entiendes con ella, dijo el avaro mirando fijamente a su mujer.
-Grandet, si quieres matar a tu mujer, no tienes más que continuar de ese modo. Te lo digo y te lo repetiré, aunque me cueste la vida: no tienes razón con tu hija, y ella es más razonable que tú. Ese dinero le pertenecía, ha podido hacer un buen uso de él, y sólo Dios tiene derecho a conocer nuestras buenas obras. Amigo mío, te lo suplico, haz las paces con Eugenia, y así disminuirás el efecto que me ha causado tu cólera y acaso me salves la vida. ¡Mi hija, señor! ¡devuélvame a mi hija!
-Me voy. Mi casa es insoportable. La madre y la hija razonan y hablan como si... ¡Brrrr! ¡Puuuuf! ¡Mala entrada de año me has proporcionado, Eugenia! gritó. Sí, sí, llore usted, lo que ha hecho le causará remordimientos, ¿me oye? ¿De qué le sirve a usted comulgar dos veces al mes, si da el oro de su padre a escondidas a un holgazán que le devorará el corazón cuando ya no tenga qué prestarle? ¡Ya verá usted lo que vale su Carlos con sus botas de marroquí y su aire de mirame y no me toques! Ese muchacho no tiene corazón ni alma cuando se ha atrevido a llevarse el tesoro de una pobre muchacha sin el consentimiento de sus padres.
Cuando Eugenia oyó que su padre cerraba la puerta de la calle, salió de su cuarto y se fue al lado de su madre.
-¡Cuán valerosa se ha mostrado usted por mí! dijo Eugenia a la enferma.
-Ya ves, hija, adonde nos llevan las cosas ilícitas... Me has hecho decir una mentira.
-¡Oh! yo pediré a Dios que me castigue a mí sola.
-¿Es verdad que está la señorita a pan y agua para el resto de sus días? dijo Nanón presentándose.
-¡Qué más me da a mí eso, Nanón! dijo tranquilamente Eugenia.
-¡Ah! ¿había yo de comer tranquila sabiendo que la hija de la casa comía pan seco? ¡Dios me libre! no, no.
-Nanón, no hablemos más de eso.
-No tema usted, aunque yo haya de pasar hambre, añadió Nanón.
Por la primera vez en veinticuatro años, Grandet comió solo.
-Ya está usted viudo, señor, le dijo Nanón, y la verdad que es bien desagradable estar viudo teniendo dos mujeres en casa.
-¿Quién te habla a ti, bestia? ten la lengua, o te echo a la calle. ¿Qué tienes hirviendo en el fuego?
-Estoy cociendo la manteca.
-Enciende el fuego, que vendrá gente esta noche.
Los Cruchot, la señora de Grassins y su hijo llegaron a las ocho, y se asombraron de no ver en la sala a la señora Grandet ni a su hija.
-Mi mujer está algo indispuesta, y Eugenia está con ella, respondió el anciano viñero, cuyo rostro no expresó emoción alguna.
Después de una hora empleada en conversaciones insignificantes, la señora de Grassins, que había subido a hacer una visita a la señora Grandet, bajó, y entonces todo el mundo le preguntó:
-¿Cómo está la señora Grandet?
-No del todo bien, no. El estado de su salud parece inspirar temores. A su edad hay que cuidarla mucho, señor Grandet.
-Ya veremos eso, respondió el avaro con aire distraído.
Un momento después, los contertulios se despidieron. Cuando los Cruchot estuvieron en la calle, la señora de Grassins les dijo:
-Algo pasa en casa de los Grandet. La madre está muy mala, aunque ella no lo sospecha, y la hija tiene los ojos hinchados, como si hubiese llorado muchas horas. ¿Querrán casarla acaso contra su gusto?
Cuando Grandet se hubo acostado, Nanón descalzóse, se fue de puntillas al cuarto de Eugenia y le presentó una empanada.
-Tenga usted, señorita, le dijo la pobre muchacha. Cornoiller me ha dado una liebre, y como usted come tan poco, este pastel puede durarle ocho días, y con la helada no hay temor de que se pierda. Al menos no tendrá usted que estar a pan seco, que no tiene nada de sano.
-¡Pobre Nanón! dijo Eugenia estrechándole la mano.
-¡Está muy rico! y él no lo ha notado siquiera. He comprado el tocino, el laurel y la manteca con los seis francos que me ha dado! que son bien míos.
Y dicho esto, la criada se fue creyendo oír a Grandet.
Durante algunos meses, el viñero fue a ver constantemente a su mujer a horas diferentes del día sin hacer la menor alusión a su hija, sin pronunciar su nombre y sin verla. La señora Grandet no pudo abandonar su cuarto y fue empeorando de día en día: pero no por eso se doblegó el tonelero, sino que siguió permaneciendo duro, áspero y frío como una roca de granito. Grandet continuó yendo y viniendo, según sus costumbres, pero no tartamudeó ya, habló menos y se mostró en sus negocios más intransigente. A veces, sufría algún error en sus cálculos, y entonces decían los cruchotistas y grassinistas:
-Algo ha pasado en casa del señor Grandet.
En las veladas nocturnas de Saumur, la pregunta: «¿Qué habrá pasado en casa de los Grandet?» corría de boca en boca.
Eugenia iba a los oficios acompañada de Nanón, y si, al salir de la iglesia, le dirigía la señora de Grassins alguna pregunta, la joven le respondía de una manera evasiva y sin satisfacer su curiosidad. Sin embargo, al cabo de dos meses fue ya imposible ocultar a los tres Cruchot y a la señora de Grassins el secreto de la reclusión, de Eugenia, pues hubo un momento en que llegaron a faltar los pretextos para justificar su perpetua ausencia. Además, sin que se hubiese sabido cómo ni por quién, es lo cierto que el secreto se descubrió, y toda la villa supo que desde el día primero de año la señorita Eugenia estaba encerrada en su cuarto a pan y agua y sin fuego, por orden de su padre; que Nanón le hacía golosinas y se las llevaba a escondidas por la noche, y hasta se llegó a saber que la joven no podía ver ni cuidar a su madre más que durante el tiempo que su padre estaba fuera de casa. La conducta de Grandet fue entonces juzgada muy severamente. La villa entera le puso, por decirlo así, fuera de la ley, se acordó de sus traiciones y de sus durezas, y le excomulgó. Cuando pasaba por la calle, todo el mundo le señalaba con el dedo cuchicheando. Cuando Eugenia bajaba la tortuosa calle para ir a misa o a las vísperas, acompañada de Nanón, todos los vecinos se asomaban a las ventanas para examinar con curiosidad la actitud de la rica heredera y su rostro que denotaba una melancolía y bondad angelicales. Su reclusión y la dureza de su padre no eran nada para ella. ¿No veía el mapamundi, el banco y el jardín, y no gustaba en sus labios la miel que había dejado en ellos los besos del amor? Durante algún tiempo, lo mismo la joven que el padre ignoraron las conversaciones de que eran objeto en el pueblo. Religiosa y pura ante Dios, su conciencia y su amor le ayudaban a soportar pacientemente la cólera y la venganza paternas. Pero un dolor profundo hacia enmudecer todos sus demás dolores. Su madre, bondadosa y tierna criatura que se embellecía con el brillo que comunicaba a su alma su proximidad a la tumba, desmejoraba de día en día, y muchas veces Eugenia se acusaba de haber sido causa inocente de la cruel y lenta enfermedad que la devoraba. Estos remordimientos, aunque calmados por su madre, la unían más estrechamente a su amor por Carlos. Todas las mañanas, tan pronto como el avaro salía, la joven iba a la cabecera del lecho de su madre, y Nanón le llevaba allí el almuerzo; pero la pobre Eugenia, triste y abatida al ver los sufrimientos de su madre, señalaba a Nanón la cara de la enferma, lloraba y no se atrevía a hablar de su primo. La señora Grandet se veía obligada a ser la primera en decirle:
-¿Dónde está Carlos? ¿por qué no te escribe?
-Mamá, pensemos en él, pero no hablemos, le respondía Eugenia. Usted sufre mucho, y usted es antes que todo.
El todo era él.
-Hijos míos, decía la señora Grandet, no siento la vida. Dios me protege haciéndome esperar gozosa el fin de mis días.
Las palabras de aquella mujer eran siempre santas y cristianas. Cuando Grandet iba a pasearse por su cuarto, su mujer le repetía siempre los mismos discursos con una dulzura angelical y con la firmeza de una mujer a quien la seguridad de una muerte próxima comunicaba un valor de que había carecido toda su vida.
-Esposo mío, te doy las gracias por el interes que te tomas por mi salud, le respondía cuando Grandet le interrogaba acerca de su estado. Pero si quieres aliviarme los dolores y hacer menos amargos mis últimos momentos, haz las paces con tu hija y muéstrate buen cristiano, buen esposo y buen padre.
Al oír estas palabras, Grandet se sentaba a los pies de la cama y obraba como hombre que, viendo venir un aguacero, procura atecharse tranquilamente, y ya en esta situación, escuchaba tranquilamente a su mujer y no respondía nada. Cuando ésta le había dirigido las súplicas más conmovedoras, más tiernas y más religiosas, Grandet le decía:
-Estás un poco palidilla hoy, esposa mía.
El olvido más completo de su hija parecía estar grabado en su blanca frente y en sus apretados labios, sin que se conmoviese lo más mínimo al ver las lágrimas que sus vagas respuestas hacían correr a lo largo del lívido rostro de su pobre mujer.
-¡Que Dios te perdone como yo te perdono! le decía la enferma; pero veo que algún día necesitarás indulgencia.
Desde que su mujer había caído enferma, el avaro no se había atrevido a servirse de su terrible: «Ta, ta, ta, ta»; pero aquel ángel de dulzura, cuya fealdad desaparecía de día en día eclipsada por la expresión de las cualidades morales que denotaban su rostro, no fue capaz de desarmar su despotismo. Aquella mujer era todo alma, y la oración parecía purificar y embellecer las groseras facciones de su cara haciéndolas resplandecer. ¿Quién no ha observado este fenómeno de transfiguración en caras santas cuyas virtudes acaban por embellecer las facciones más duras imprimiéndoles la animación propia de la nobleza y de la pureza de los pensamientos elevados? El espectáculo de esta transformación operado por los sufrimientos que iban consumiendo a aquella santa mujer, impresionaba, aunque débilmente, al antiguo tonelero, cuyo carácter se había vuelto de hierro. Si su palabra no fue ya desdeñosa, un imperturbable silencio imperó en su conducta. Cuando su fiel Nanón iba al mercado, algunas pullas y algunas quejas contra su amo llegaron a veces a sus oídos; pero aunque la opinión pública condenase al padre Grandet, la criada lo defendía por el orgullo de la casa.
-Pues qué, ¿no vemos todos los días que la gente se vuelve dura al llegar a la vejez? decía Nanón a los detractores de su amo. ¿Por qué no le ha de pasar lo mismo a mi señor? No digan ustedes mentiras. La señorita vive como una reina, y si está sola, es por su gusto. Además, mis amos tienen razones superiores para obrar como lo hacen.
Por fin, una noche, al final de la primavera, la señora Grandet, devorada más bien por la pena que por la enfermedad, y como no hubiese logrado reconciliar a Eugenia con su padre, confió sus secretos y penas a los Cruchot.
-¡Poner a pan y agua a una muchacha de veintitrés años, y sin motivo! exclamó el presidente Bonfons. Eso está previsto en el código en el capítulo de las torturas, y puede protestarse y...
-Bueno, sobrino mío, dijo el notario, dejémonos de leyes. No tenga usted cuidado, señora, mañana mismo haré yo que acabe esa reclusión.
Al oír que hablaban de ella, Eugenia salió de su cuarto, y entrando en el de su madre, dijo con altivez:
-Les ruego encarecidamente que no se ocupen de este asunto. Mi padre es muy dueño de hacer en su casa lo que quiera, Y, mientras yo viva con él, estoy obligada a obedecerle. Su conducta no puede someterse a la aprobación ni a la desaprobación del mundo, y sólo Dios puede pedir cuenta de ella; así es que exijo de su amistad el más secreto silencio respecto a este punto. Vituperar a mi padre sería atacar nuestra propia estimación. Les agradezco a ustedes mucho el interés que se toman por mí: pero les estaría mucho más agradecida aún si hiciesen cesar los rumores ofensivos que corren por la villa, los cuales han llegado a mis oídos por casualidad.
-Eugenia tiene razón, dijo la señora Grandet.
-Señorita, la mejor manera de impedir que el mundo charle, es devolviéndole a usted la libertad, le respondió respetuosamente el anciano notario, impresionado al ver la belleza que el encierro, la melancolía y el amor habían comunicado a Eugenia.
-Hija mía, ya que el señor Cruchot responde del éxito, déjale que arregle este asunto. El señor conoce a tu padre y sabe cómo debe obrar. Si quieres verme feliz durante los pocos días que me quedan de vida, es preciso que tu padre y tú os reconciliéis.
Al día siguiente, Grandet, siguiendo una costumbre que había adquirido desde que ordenó la reclusión de Eugenia, fue a dar algunas vueltas por el jardín. El avaro había escogido para dar este paseo el momento en que Eugenia se peinaba, y, cuando llegaba debajo del nogal, se escondía detrás del tronco y permanecía allí algunos instantes contemplando los largos cabellos de Eugenia y dudando entre los pensamientos que le sugería la tenacidad de su carácter y el deseo de abrazar a su hija. A veces se sentaba en el banco de madera en que Carlos y Eugenia se habían jurado un amor eterno, y entonces la joven miraba también a su padre, a hurtadillas o en su espejo. Si el anciano se levantaba para reanudar su paseo, su hija se sentaba complacientemente a la ventana y se ponía a examinar el trozo de pared de donde pendían las flores más bonitas y de donde brotaban, entre sus grietas, campanillas, correhuelas y una planta carnosa, amarilla o blanca, que abunda mucho en los viñedos de Saumur y de Tours. Maese Cruchot se presentó en casa del avaro muy temprano, y lo encontró sentado en el banco, con la espalda apoyada en la pared y ocupado en contemplar a su hija.
-¿Qué hay de bueno, maese Cruchot? dijo Grandet al ver al notario.
-Vengo a hablarle a usted de negocios.
-¡Ah! ¡ah! ¿Tiene usted acaso oro que cambiarme por escudos?
-No, no, no se trata de dinero, sino de su hija Eugenia; todo el mundo habla de ella y de usted.
-Y ¿qué tiene que meterse nadie en mis asuntos? Cada uno en su casa hace lo que quiere.
-Conformes; cada uno en su casa también es dueño de matarse, o, lo que es peor, tirar el dinero por la ventana.
-¿Cómo es eso?
-Ya verá usted, su mujer está muy enferma, amigo mío, está en peligro de muerte, y usted debía consultar al señor Bergerín, porque si llegase a morir, sin haber recibido los auxilios necesarios, me parece que no estaría usted tranquilo.
-Ta, ta, ta, ta, ¿qué sabe usted lo que tiene mi mujer? Esos médicos, una vez que ponen los pies en una casa, van cinco o seis veces al día.
-En fin, Grandet, usted hará lo que le parezca. Somos verdaderos amigos, no hay nadie en Saumur que se tome más interés que yo por lo que a usted le concierne, y he creído que era un deber mío hacerle a usted esta advertencia. Ahora, usted es mayor de edad y hará lo que le parezca. Pero no es este el único asunto que me trae aquí: se trata de algo más grave para usted. Después de todo, su mujer le es demasiado útil para que tenga usted deseos de matarla. Piense usted, pues, en la situación en que quedaría usted con su hija, si la señora Grandet llegase a morir. Como existe comunidad de bienes entre usted y su mujer, tendría usted que rendir cuentas a Eugenia, y su hija tendría derecho a reclamar el reparto, de su fortuna y a hacer que se vendiese Froidfond. En una palabra, que la hija heredaría a la madre, cuyos bienes no pueden pasar de ningún modo a las manos de usted.
Estas palabras fueron un rayo para el avaro, que no entendía tanto en legislación como en comercio, y que no había pensado nunca en repartir su fortuna.
-Así es que le aconsejo que la trate usted con cariño, dijo Cruchot terminando.
-Pero ¿sabe usted lo que ha hecho, Cruchot?
-¿Qué? dijo el notario, ansioso de recibir una confidencia del padre Grandet y de conocer la causa de la querella.
-Ha dado su docena.
-Pero ¿no eran suyos?
-¡Todo el mundo dice lo mismo! dijo el avaro dejando caer los brazos de un modo trágico.
-Vamos, hombre, ¿va usted a poner trabas por una miseria a las concesiones que tendrá usted que pedirle a la muerte de su madre? repuso Cruchot.
-¡Oh! ¿llama usted miseria a seis mil francos en oro?
-¡Claro que sí, amigo mío! ¿Sabe usted lo que le costaría el inventario y la partición de la herencia de su mujer, si Eugenia la exige?
-¿Qué?
-Dos, tres, o tal vez cuatrocientos mil francos. ¿No habría que tasar y vender para conocer su verdadero valor? Mientras que si ustedes estuviesen de acuerdo...
-¡Por vida de...! exclamó el avaro palideciendo y sentándose. Ya hablaremos de eso, Cruchot.
Después de un momento de silencio o de agonía, Grandet miró al notario, y le dijo:
-¡Qué triste es la vida! ¡Cuántos dolores encierra Cruchot, repuso solemnemente, supongo que no me engañará usted; júreme por su honor que lo que acaba de decir está fundado en derecho. Enséñeme usted el código; quiero verlo.
-Pero, amigo mío, ¡si conoceré yo mi profesión! respondió el notario.
-¿De modo que es verdad eso? ¡Y habré de ser despojado, traicionado, muerto y devorado por mi hija!
-El hijo hereda a la madre.
-¿Para qué sirven, pues, los hijos? ¡Ah! yo amo a mi mujer, que, por fortuna, es fuerte: es una Bertelliere.
-Pues a la pobre no le queda ni un mes de vida.
El tonelero se dio una palmada en la frente, se levantó, fue, vino, y después, dirigiéndole una espantosa mirada a Cruchot, le dijo:
-¿Qué hacer?
-Es muy sencillo: Eugenia puede renunciar pura y simplemente a la herencia de su madre. Usted no querrá desheredarla, ¿verdad? Pero para obtener de ella una concesión de ese género, no la maltrate. Lo que estoy diciéndole, amigo mío, va contra mis intereses, porque ¿qué deseo yo sino hacer liquidaciones, inventarios, ventas, particiones?...
-Ya veremos, ya veremos, no hablemos más de eso, Cruchot. Me atraviesa usted las entrañas. ¿Ha recibido usted oro?
-No: pero tengo una decena de luises viejos, y ya se la daré. Amigo mío, haga usted las paces con Eugenia. Mire, todo Saumur le señala ya a usted con el dedo.
-¡Pillastres!
-Vamos, las rentas están a noventa y nueve, muestrese usted contento una vez en su vida.
-¿A noventa y nueve, Cruchot?
-Sí.
-Vaya, vaya, a noventa y nueve, dijo el buen hombre acompañando al notario hasta la calle.
Una vez que éste se hubo marchado, como el avaro se hubiese puesto demasiado nervioso por lo que acababa de oír, subió a la habitación de su mujer, y le dijo:
-Vamos, mujer mía, puedes pasar el día con tu hija, que yo me voy a Froidfond. Sed juiciosas. Mujercita mía, hoy es el cumpleaños de nuestro casamiento; toma, aquí tienes diez escudos para tu altar del Corpus, ¡qué diablo! hace ya bastante tiempo que deseas hacer uno, regálate. Divertiros, daos buena vida. ¡Viva la alegría! añadió arrojando diez escudos sobre la cama de su mujer y cogiéndole la cabeza para besarla en la frente. Estás mejor, mujercita mía, ¿verdad?
-¿Cómo puede usted pensar en recibir en su casa al Dios que perdona, teniendo a su hija desterrada de su corazón? dijo la enferma emocionada.
-Ta, ta, ta, ta, ya veremos eso, contestó el anciano con voz cariñosa.
-¡Santo cielo! ¡Eugenia! gritó la madre con alegría, ¡ven a abrazar a tu padre, que ya te perdona!