A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 12

Chapter 124,252 wordsPublic domain

Algunos acreedores no consintieron en el dicho depósito a no ser con la condición de hacer constar bien sus derechos, reservándose el de hacer declarar la quiebra. Nueva correspondencia, después de la cual Grandet consintió en todas las garantías exigidas. Una vez hecha esta concesión, los acreedores benignos lograron convencer a los más duros, y el depósito se llevó a cabo, no sin sordas quejas.

-¡Ese hombre se burla de usted y de nosotros!, le decían a Grassins.

Veintitrés meses después de la muerte de Guillermo Grandet, muchos comerciantes, engolfados en el movimiento de los negocios de París, habían olvidado sus créditos Grandet, o sólo pensaban en ellos para decirse:

-Empiezo a creer que el cuarenta y siete por ciento será lo único que sacaré de eso.

Grandet había contado con el poder del tiempo, que, según decía el, es un diablillo. Al final del tercer año, de Grassins escribió a Grandet diciéndole que, mediante el pago del diez por ciento de los dos millones cuatrocientos mil francos que importaban el resto de la deuda de la casa Grandet, había logrado que los acreedores renunciasen a sus créditos. Grandet respondió que el notario y el agente de bolsa, cuyas quiebras habían causado la muerte de su hermano, vivían, y que, como ellos serían ya acaso solventes, era preciso demandarlos, a fin de sacarles algo y disminuir la cifra del déficit. Al final del cuarto año, el déficit quedó fijado en la suma de un millón doscientos mil francos, y transcurrieron seis meses en negociaciones entre los liquidadores y los acreedores, y entre Grandet y los liquidadores. En una palabra, que Grandet, viéndose ya obligado a hacer algo, y no teniendo salida, respondió a los liquidadores que su sobrino, que había hecho fortuna en las Indias, le había manifestado intenciones de pagar íntegramente las deudas de su padre; que él no podía pagar sin haberle consultado, y que esperaba respuesta. A mediados del quinto año, los acreedores estaban, aunque en jaque, con la palabra íntegramente que de cuando en cuando repetía el sublime tonelero, que se reía en sus barbas, y no decía nunca, sin dejar escapar una sonrisa y un juramento, las palabras: ¡Estos PARISIENSES! Pero los acreedores fueron reservados de un modo inaudito en los fastos del comercio, y los encontraremos en la misma posición en que los había mantenido Grandet en el momento en que los acontecimientos de esta historia les obliguen a reaparecer.

Cuando el papel estuvo a ciento quince, el padre Grandet vendió el suyo y retiró de París unos dos millones cuatrocientos mil francos en oro, que se unieron en sus barrilitos a los seiscientos mil francos de intereses compuestos que había obtenido de su renta.

El señor de Grassins seguía viviendo en París, y he aquí por qué. En primer lugar, fue nombrado diputado, y después, aunque era padre de familia, como estaba cansado de la vida de Saumur, se enamoró de Florina, que era una de las actrices más bonitas del teatro de Madame. No hay para qué decir que su conducta fue tachada de profundamente inmoral en Saumur. Su mujer se consideró muy feliz viéndose separada de bienes y continuando a la cabeza de la casa de Saumur, cuyos negocios continuó en su nombre a fin de reparar las brechas hechas a su fortuna por las locuras del señor de Grassins. Los cruchotistas empeoraron de tal modo la falsa situación de la casi viuda, que ésta casó muy mal a su hija y tuvo que renunciar a la alianza de Eugenia Grandet con su hijo. Éste fue a unirse a París con su padre, y, según dicen, se convirtió allí en un mal sujeto. Los Cruchot triunfaron.

-Su marido de usted tiene poco juicio, decía Grandet un día prestando una cantidad a la señora de Grassins, mediante las correspondientes garantías. La compadezco, porque es usted una buena mujer.

-¡Ah, señor! ¡quién había de decir que corría a su ruina el día que salió de esta casa para ir a París!

-Señora, el cielo es testigo de que hice cuanto pude hasta el último momento para impedir que fuese. El señor presidente quería a toda costa reemplazarle, y ahora ya sabemos por qué tenía él tanto interés en hacer ese viaje.

De este modo Grandet no debía ningún favor a los de Grassins.

En toda situación difícil, las mujeres tienen más motivos de dolor que el hombre y sufren más que él. El hombre ejercita su fuerza y su poder, se mueve, va, viene, se ocupa de algo, piensa, considera el porvenir y encuentra en él consuelos. Así le pasaba a Carlos. Pero la mujer permanece, tiene que afrontar las penas sin que nada la distraiga de ellas, llega hasta el fondo del abismo que ella misma se ha abierto, lo mide y a veces lo colma con sus promesas y sus lágrimas. Así le pasaba a Eugenia. Aquella joven empezaba a iniciarse en los dolores de la vida. Sentir, amar, sufrir y sacrificarse, será siempre el texto de la vida de las mujeres. Eugenia debía ser mujer en todo, menos en aquello que la sirviese de consuelo. Su felicidad no debía llenar nunca el hueco de su mano. Las penas no se dejan esperar nunca, y para ella no tardaron en llegar. Al día siguiente de la marcha de Carlos, la casa Grandet recobró su aspecto ordinario para todo el mundo, excepto para Eugenia, que la encontró de pronto vacía, sin que su padre lo supiese, la prima quiso que el cuarto de Carlos permaneciese en el mismo estado en que lo había dejado, y la señora Grandet y Nanón se hicieron con gusto cómplices de aquel statu quo.

-¿Quién sabe si no volverá antes de lo que creemos? dijo Eugenia.

-¡Ah! quisiera verle aquí siempre, respondió Nanón, ya me había acostumbrado a él. Era un señorito muy cariñoso, muy guapo y modoso como una señorita.

Eugenia miró a Nanón.

-¡Virgen santa! señorita, tiene usted unos ojos capaces de hacer pecar a un santo: no mire usted de esa manera a la gente.

Desde aquel día, la belleza de la señorita Grandet tomó un nuevo carácter, un nuevo aspecto. Los graves pensamientos que habían invadido lentamente su alma y la dignidad de mujer amada comunicaron a sus facciones ese brillo que los pintores representan mediante una aureola. Antes de la llegada de su primo, Eugenia podía compararse a la Virgen antes de la concepción, y cuando aquél hubo marchado se parecía a la Virgen madre: había concebido el amor. Estas dos Marías, tan diferentes y tan bien representadas por algunos pintores españoles, constituyen una de las figuras más brillantes del cristianismo. Al volver de misa, adonde fue al día siguiente de la marcha de Carlos y adonde se prometió ir todos los días, Eugenia compró en casa de un librero un mapa mundi que colocó al lado de su espejo, a fin de seguir a su primo en su viaje a las Indias, de trasladarse todos los días al barco que lo conducía, de verle, de dirigirle mil preguntas y de decirle:

-¿Estás bien? ¿sufres? ¿piensas en mí al ver aquella estrella cuyo objeto y bellezas me diste a conocer?

Después, por la mañana, permanecía pensativa bajo el nogal, sentada bajo el banco de madera carcomido donde se habían dicho tantas cosas y donde habían forjado tantos castillos en el aire acerca de su porvenir. Eugenia pensaba allí en su existencia futura, mirando el cielo por el pequeño espacio que las paredes le permitían abrazar, y luego fijaba sus miradas en el tejado bajo el cual se encontraba el cuarto de Carlos. En una palabra, el amor de aquella joven fue el amor solitario, el amor verdadero que persiste, que anima todos los pensamientos y que se convierte, por decirlo así, en la substancia de la vida. Cuando los reputados amigos del padre Grandet iban a jugar a la lotería por la noche, Eugenia estaba contenta, disimulaba; pero durante toda la mañana hablaba de Carlos con su madre y con Nanón. Ésta, comprendiendo que podía compartir los sufrimientos de su ama sin faltar a sus deberes para con su anciano señor, decía a Eugenia:

-Si yo hubiera tenido un hombre que me hubiese querido, le seguiría... hasta el infierno. Hubiera hecho... ¡qué se yo! En fin, me hubiera exterminado por él; pero nada. Moriré sin saber lo que es la vida. ¿Querrá usted creer, señorita, que ese viejo Cornoiller, que no deja de ser un buen hombre, anda detrás de mis rentas lo mismo que todos esos que vienen detrás de la bolsa de nuestro amo haciéndole a usted la corte? Yo veo perfectamente esto, pues soy bastante tuna, aunque no lo parezca. Pues bien, señorita, mire usted lo que son las cosas, aunque sé que no es amor, eso me causa placer.

Transcurrieron dos meses de este modo. Aquella vida doméstica, que era antes tan monótona, estaba aumentada por el inmenso interés del secreto que unía más íntimamente a aquellas tres mujeres. Para ellas, Carlos vivía y andaba aún bajo las grisáceas vigas de aquella sala. Mañana y tarde, Eugenia abría el neceser y contemplaba el retrato de su tía. Un domingo por la mañana fue sorprendida por su madre en el momento en que se ocupaba en encontrar parecido con su madre a Carlos. La señora Grandet conoció entonces el terrible secreto del cambio que había mediado entre los dos primos.

-¿Se lo has dado todo? dijo la madre asustada. Y ¿qué le dirás a tu padre el día de año nuevo cuando quiera ver tu tesoro?

Lo mismo Eugenia que su madre permanecieron la mitad de aquella mañana sumidas en an gran temor, que dejaron pasar la misa mayor y tuvieron que ir a la misa militar. Al cabo de tres días acabaría el año 1819 y empezaría para ellas una terrible escena, una tragedia sin puñal, ni veneno, ni sangre, pero más cruel que todos los dramas desarrollados en la ilustre familia de los Atridas.

-¡Qué va a ser de nosotras? dijo la señora Grandet a su hija dejando caer la calceta en su regazo.

La pobre madre sufría tales temores hacía dos meses, que las medias de lana que necesitaba para el invierno no estaban terminadas aún. Este hecho doméstico, insignificante en apariencia, tuvo para ella tristes resultados. Por falta de medias, cogió un enfriamiento atroz, en medio de un sudor originado por una espantosa cólera de su marido.

-¡Pobre hija mía! estaba pensando que si me hubieses confiado tu secreto hubiéramos tenido tiempo de escribir a París al señor de Grassins, éste hubiera podido enviarnos monedas de oro semejantes a las tuyas, y aunque Grandet las conoce perfectamente, acaso...

-Pero ¿de dónde hubiéramos sacado tanto dinero?

-Yo hubiera empeñado las mías. Además, el señor de Grassins nos hubiese...

-Ya no hay tiempo, respondió Eugenia con voz sorda y alterada interrumpiendo a su madre. ¿No tenemos que ir mañana por la mañana a felicitarle a su cuarto?

-Pero, hija mía, ¿porqué no vamos a ver si los Cruchot...?

-No, no, eso sería entregarme a ellos y ponerme a su disposición. Por otra parte, ya he tomado mi partido. He hecho bien, y no me arrepiento de ello. ¡Dios me protegerá! ¡Hágase su santa voluntad! ¡Oh! mamá, si hubiese usted leído su carta, no hubiera usted pensado más que en él.

Al día siguiente por la mañana, primero de enero de 1820, el inmenso terror de que eran presa la madre y la hija les sugirió una excusa natural para no entrar solemnemente a felicitar a Grandet en su cuarto. El invierno de 1819 a 1820 fue uno de los más rigurosos de la época. La nieve cubría las tejados. La señora Grandet dijo a su marido tan pronto como le oyó andar por su cuarto:

-Grandet, dile a Nanón que encienda fuego en mi cuarto, porque el frío es tan intenso, que me hielo, a pesar de la ropa. He llegado a una edad en que necesito cuidarme. Además, repuso después de una pausa, de ese modo Eugenia podrá venir a vestirse aquí, porque en su cuarto, con el frío que hace, podría coger una enfermedad. Ya iremos a felicitarte por la entrada de año a la sala, al lado del fuego.

-Ta, ta, ta, ta, ¡qué lengua! ¡cómo empiezas el año, señora Grandet! en tu vida has hablado tanto. Sin embargo, me parece que no has comido pan empapado en vino.

Hubo un momento de silencio.

-Está bien, repuso el buen hombre, que sin duda creyó justa la proposición de su mujer, voy a hacer lo que usted quiere, señora Grandet. Eres una buena mujer y no quiero que cojas alguna enfermedad con el frío, aunque, en general, los Bertelliere han muerto todos de viejos, ¿no es verdad? gritó después de una pausa. En fin, les hemos heredado y no quiero hablar mal de ellos.

Y tosió.

-Está usted muy contento esta mañana, señor mío, dijo gravemente la pobre mujer.

-Yo siempre estoy contento...

¡Alegre, alegre, el tonelero, trabaja y gana para el puchero!...

Añadió entrando ya vestido en el cuarto de su mujer. ¡Diablo! «¡sí que hace frío de veras! Hoy almorzaremos bien, mujercita mía. De Grassins me ha enviado de París un pastel de foie gras con trufas, y voy a buscarlo a la diligencia. Debe mandar también un doble napoleón para nuestra hija, fue a decirle el tonelero al oído. A mí se me ha acabado el oro, mujercita mía. A ti puedo decirte que tenía aún algunas monedas viejas, pero tuve que gastarlas en mis negocios.

Y esto diciendo, besó a su mujer en la frente para celebrar el año nuevo.

-¡Eugenia! gritó la buena madre, no sé qué mosca le ha picado a tu padre para levantarse de tan buen humor. ¡Bah! me parece que ya saldremos del paso.

-¿Qué tiene hoy nuestro amo? dijo Nanón entrando en el cuarto de la señora Grandet para encender el fuego. Primero me ha dicho: «¡Buenos días y buen año, gran bestia! Vete a encender el fuego al cuarto de mi mujer, que tiene frío». He quedado asombrada al ver que me tendía la mano para darme un escudo de seis francos que casi no está roñoso. ¡Mirelo usted, señora, mírelo usted. ¡Oh! ¡es un buen hombre, de todos modos!. Los hay que cuanto más viejos se hacen, peor humor se les pone: pero él cada vez se vuelve más cariñoso.

El secreto de aquella alegría estaba en el completo éxito de la especulación de Grandet. El señor de Grassins, después de haber deducido la suma que le debía el tonelero por el descuento de los ciento cincuenta mil francos de efectos holandeses y por el pico que le había prestado a fin de completar la compra de los cien mil francos de renta, le enviaba por la diligencia treinta mil francos en escudos, resto del semestre de los intereses, y le anunciaba la alza de los fondos públicos. Entonces estaban a ochenta y nueve, y los capitalistas más célebres los compraban a noventa y tres a fines de enero. En dos meses, Grandet aumentaba en un doce por ciento su capital e iba a percibir en lo sucesivo cincuenta mil francos cada seis meses, sin tener que pagar impuestos ni reparaciones. El avaro concibió por fin la renta, negocio por el que las gentes de provincia manifiestan una repugnancia invencible, y antes de cinco años se vería dueño de un capital de seis millones, aumentado sin grandes trabajos, el cual, unido al valor de sus propiedades, compondría una fortuna colosal. Los seis francos que había dado a Nanón, eran, sin duda, la recompensa de algún inmenso servicio que ella le había prestado sin saberlo.

-¡Oh! ¡oh! ¿adónde irá el padre Grandet corriendo de ese modo? se decían los comerciantes ocupados en abrir sus tiendas.

Después, cuando le vieron volver de la administración de coches seguido de un mozo que tiraba de un carrito cargado de sacos llenos, se decían unos a otros:

-El río siempre va a dar al mar, el buen hombre iba a buscar sus escudos, decía uno.

-¡Oh! ¿Él los recibe de París, de Froidfond y de Holanda, decía otro.

-¡Acabará por comprar Saumur! decía un tercero.

-¡Oh! él no hace caso del frío, y marcha siempre a su negocio, decía una mujer a su marido.

-¡Eh! ¡señor Grandet! ¡si le molesta a usted eso en casa, ya lo recogeré yo! le decía un comerciante en paños vecino suyo.

-¡Bah! ¡es calderilla! respondió el viñero.

-¿Calderilla? no, plata, dijo el mozo en voz baja.

-Si quieres estar bien conmigo, procura que no se te vaya la lengua, dijo el avaro al mozo al mismo tiempo que abría la puerta.

-¡Ah, viejo zorro! yo creía que era sordo, pensó el mozo; al, parecer, cuando hace frío oye.

-Ahí tienes un franco por tu trabajo, y ¡mutis! le dijo Grandet. Nanón te llevará el carrito.

-¡Nanón! ¿se han ido a misa las mujeres?

-Sí, señor.

-Pues ven aprisa, y ¡manos a la obra! gritó cargándola de sacos.

En un momento, los escudos fueron transportados al cuarto del avaro, donde éste permaneció encerrado.

-Cuando el almuerzo esté dispuesto, ven a avisarme. Lleva el carrito a la administración de coches.

-Aquí, tu padre no te dirá que le enseñes el tesoro, dijo la señora Grandet a su hija cuando volvieron de misa, estando en la sala. Tú procura hacer la friolenta. Para el día de tu cumpleaños, acaso logremos recobrar tu tesoro.

Grandet bajó la escalera pensando en cambiar sus escudos por oro y en su admirable especulación con las rentas del Estado. El avaro estaba decidido a emplear todo su dinero en papel hasta que llegase a estar al cien. ¡Meditación funesta para Eugenia! Tan pronto como entró, las dos mujeres le desearon un feliz año nuevo: la hija saltándole al cuello y acariciándole, y la señora Grandet gravemente y con dignidad.

-¡Ah! ¡ah! hija mía, dijo besando a Eugenia en las mejillas, ya ves como trabajo para ti y como procuro crearte una fortunita. El dinero es necesario para ser feliz. Sin dinero no se consigue nada. Toma, aquí tienes un napoleón completamente nuevo que he hecho venir de Paris. ¡Por vida de...! ¡no hay ni un grano de oro en Saumur! Tú eres la única que tiene oro.

-¡Bah! hace demasiado frío; almorcemos, le respondió Eugenia.

-Bien, me lo enseñarás después, ¿eh? eso nos ayudará a digerir bien. Ese buen de Grassins nos ha mandado esto; así es que, comed, hijas mías, que no nos cuesta nada. Se porta muy bien de Grassins, y estoy contento de él. El tonto está haciendo favores de balde a Carlos y arreglando a las mil maravillas los negocios del difunto Grandet. ¡Caramba! dijo con la boca llena después de una pausa, ¡está bueno este pastel! Come, mujer, que esto alimenta lo menos para dos días.

-No tengo gana, ya sabes que estoy muy débil.

-¡Eh! no te apures, que no te morirás. Tu eres una Bertelliere, una mujer fuerte. Pareces una brizna de paja, pero a mi me gusta el color amarillo.

La espera de una muerte ignominiosa y pública es sin duda menos horrible para un condenado que para la señora Grandet y su hija la espera de los acontecimientos que había de determinar aquel almuerzo en familia. Cuanto más alegremente comía y hablaba el anciano viñero, más se oprimía el corazón de las dos mujeres.

Sin embargo, la hija tenía un gran consuelo porque sacaba fuerzas de su amor, diciéndose:

-Por él sufriría dos muertes.

Y cuando acudía a su mente este pensamiento, dirigía a su madre animosas miradas.

-Quita todo esto, dijo Grandet a Nanón cuando, a eso de las once de la mañana, acabaron de almorzar; pero déjanos la mesita. Así podremos ver más a gusto tu pequeño tesoro, dijo mirando a Eugenia. Pero ¡qué digo pequeño! no, si posees por valor de cinco mil novecientos cincuenta y nueve francos, y cuarenta de esta mañana, hacen seis mil menos uno. Mira, yo te daré ese franco para completar la suma, hijita. ¿Qué escuchas tú, Nanón? Lárgate de aquí y vete a cumplir con tu deber, dijo Grandet.

Nanón desapareció.

-Escucha, Eugenia, tienes que darme tu oro. Supongo que no se lo negarás a tu papaíto, ¿eh, hijita?

Las dos mujeres permanecían mudas.

-A mí ya se me ha acabado; tenía, pero ya no tengo. Yo te daré seis mil francos en libras y los colocarás como yo voy a decirte. Ya no hay que pensar en tu docena. Cuando te case, que será muy pronto, he de encontrarte un novio que pueda ofrecerte la docena más hermosa que se haya visto jamás en la provincia. Escucha, hijita. Se presenta una hermosa ocasión en que puedes colocar tus seis mil francos en papel del Estado, y obtendrás cada seis meses cerca de doscientos francos de intereses, sin impuestos, ni reparaciones, ni hielo, ni nieve, ni marca, ni nada de lo que acostumbra a estropear nuestras rentas. ¿Te repugna, acaso, desprenderte de tu tesoro, hijita? Tráemelo de todos modos, que yo te daré después monedas de oro, holandesas, portuguesas, rupias del Mogol, genovesas; y, con las que yo te vaya dando el día de tu santo y de tu cumpleaños, dentro de tres años habrás restablecido la mitad de tu pequeño tesoro. ¿Qué dices a esto, hijita? Vamos, levántate y ve a buscarlos, hijita mía. Debías besarme los pies al ver que te descubro secretos y misterios de vida o muerte para los escudos. A decir verdad, los escudos viven y gruñen como hombres: tan pronto van, como vienen, como producen, como dejan de producir.

Eugenia se levantó; pero, después de haber dado algunos pasos hacia la puerta, se volvió bruscamente, miró a su padre de frente, y le dijo:

-Yo no tengo mi oro.

-¡Que no tienes tu oro! exclamó Grandet irguiéndose sobre sus corvas, al igual que un caballo que oye disparar cañonazos a diez pasos de él.

-No, ya no lo tengo.

-Tú te engañas, Eugenia.

-No.

-¡Por vida de...!

Cuando el tonelero juraba de este modo, los tabiques temblaban.

-¡Virgen santa! ¡que pálida se pone la señora! dijo Nanón.

-Grandet, tu cólera me matará, dijo la mujer.

-Ta, ta, ta, ta, en vuestra familia no morís nunca. Eugenia, ¿qué ha hecho usted de su oro? gritó el avaro precipitándose sobre su hija.

-Papá, mamá está sufriendo mucho, dijo la hija que estaba a los pies de su madre. No la mate usted: dejemos esto.

Grandet se asustó al ver la palidez de su mujer, que estaba tan amarilla algunos momentos antes.

-Nanón, venga usted a ayudarme a acostar, dijo la madre con voz débil. Me muero...

Acto continuo, Nanón dio el brazo a su ama, Eugenia hizo otro tanto, y, no sin grandes trabajos, pudieron subirla a su habitación, pues la pobre mujer se caía de debilidad en cada peldaño. Grandet quedó solo, y algunos instantes después subió siete u ocho tramos, y gritó:

-Eugenia, cuando haya acabado usted de acostar a su madre, baje.

-Está bien, papá.

La joven no tardó en presentarse, después de haber tranquilizado a su madre.

-Hija mía, le dijo Grandet, va usted a decirme dónde está su tesoro.

-Padre mío, si me ha de hacer usted regalos de los cuales no puedo disponer, ya puede guardárselos, respondió fríamente Eugenia cogiendo el napoleón de la chimenea y entregándoselo.

Grandet se apresuró a coger la moneda y se la metió en el bolsillo.

-Ten la seguridad de que nunca te daré nada, ¡ni esto! dijo haciendo sonar la uña de su pulgar contra los incisivos. ¿De modo que desprecia usted a su padre, que no tiene usted confianza en él? ¿Sabe usted lo que es un padre? O lo es todo para usted o no es nada. ¿Dónde está el oro?

-Papá, yo le amo y respeto, a pesar de su cólera; pero le advierto humildemente que tengo veintidós años, y usted me ha repetido muchas veces que soy mayor de edad para que yo lo sepa. He hecho de mi dinero lo que he querido, y tenga usted la seguridad de que está bien colocado.

-¿En dónde?

-Es un secreto inviolable. ¿No tiene usted también sus secretos?

-¿No soy el jefe de la familia? ¿No puedo tener mis negocios?

-Pues yo también tengo el mío.

-Pero debe ser muy malo cuando no quiere usted decírselo a su padre, señorita Grandet.

-Es excelente, pero no puedo decírselo a mi padre.

-Dígame usted, al menos, cuándo ha dado su oro.

Eugenia hizo con la cabeza un signo negativo.

-¿Lo tenía usted el día de su cumpleaños?

Eugenia, que se había vuelto tan astuta por amor como su padre por avaricia, repitió el mismo signo negativo con la cabeza.

-¡Habráse visto jamás semejante terquedad y semejante robo! dijo Grandet con voz que fue crescendo y que hizo retumbar la casa. ¡Cómo! aquí, en mi propia casa, en mi casa, ¿habrá quien haya cogido tu oro, el único que había en ella, y no he de saber yo quién es? El oro es una cosa muy cara. Las muchachas más honradas pueden cometer faltas, dar cualquier cosa: eso se ve lo mismo en las casas de los grandes señores que en la de los pobres; pero ¡dar oro! porque usted lo ha dado a alguno, ¿eh?

Eugenia permaneció impasible.

-¡Habráse visto muchacha semejante! ¿Soy o no tu padre? Si lo ha colocado usted en algún sitio, tendrá un recibo.