A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 11
-¡Coma usted tranquilamente, Grandet! le dijo el banquero, que hay tiempo para hablar. ¿Sabe a cómo está el oro en Angers, donde hay multitud de especuladores que quieren llevárselo a Nantes? Yo voy a enviar allí.
-No, no envíe usted, dijo Grandet, que ya hay bastante. Somos demasiado amigos para no ahorrarle el viaje.
-¡Pero si el oro gana allí trece francos cincuenta!
-Diga usted ganaba.
-Pero ¿de dónde diablo ha ido tanto oro?
-Esta noche he estado yo en Angers, le respondió Grandet en voz baja.
El banquero quedó estupefacto un momento, y después entabló en voz baja una conversación con Grandet, durante la cual ambos miraron varias veces a Carlos. En el momento en que el antiguo tonelero dijo al banquero que le comprase por valor de cien mil francos de renta, de Grassins hizo involuntariamente un gesto de asombro.
-Señor Grandet, dijo de Grassins a Carlos, voy a París, y si se le ocurre a usted alguna cosa...
-Nada, señor, muchas gracias, respondió Carlos.
-Sobrino mío, ya puede usted estarle agradecido; este señor va a arreglar los asuntos de la casa Guillermo Grandet.
-¿Hay acaso alguna esperanza? preguntó Carlos.
-¿Por ventura no es usted sobrino mío? exclamó el tonelero con fingido orgullo. Su honor es el nuestro. ¿No se llama usted Grandet?
Carlos se levantó, abrazó al padre Grandet, lo besó, palideció y se fue. Eugenia contemplaba a su padre con admiración.
-Bueno, adiós, mi buen de Grassins; a ver si ajusta usted bien las cuentas a esa buena gente.
Los dos diplomáticos se dieron un apretón de manos; el antiguo tonelero acompañó al banquero hasta la puerta, y después de haberla cerrado, volvió a la sala, y, sentándose en su sofá, le dijo a su criada:
-Nanón, trae el casis.
Pero como estaba demasiado emocionado para permanecer quieto, se levantó, miró el retrato del señor de la Bertelliere, y se puso a cantar, haciendo lo que Nanón llamaba pasos de danza:
A la Habana me voy, te lo vengo a decir...
Nanón, la señora Grandet y Eugenia se examinaron mutuamente en silencio. Cuando la alegría del viñero llegaba a su apogeo, les asombraba. La velada duró muy poco; en primer lugar, porque el padre Grandet quiso acostarse temprano, y cuando él se acostaba todo el mundo debía irse a dormir, y además, porque Nanón, Eugenia y Carlos no estaban menos cansados que él. Respecto a la señora Grandet, la pobre comía, bebía y andaba con arreglo a los deseos de su marido. Sin embargo, durante las dos horas concedidas a la digestión, el tonelero, que estaba más ocurrente que nunca, dijo alguno de sus apotegmas propios, uno de los cuales bastará para dar idea de su gracia. Cuando acabó de beber el casis, miró la copa, y dijo:
-Aun no ha puesto uno los labios en la copa, cuando ya está vacía: esta es nuestra historia. No se puede ser y haber sido. Los escudos no pueden rodar y permanecer en nuestra bolsa, pues de otro modo la vida sería demasiado hermosa.
El avaro estuvo jovial y clemente, y cuando Nanón se presentó con la rueca, le dijo:
-Debes estar ya cansada; deja el cáñamo.
-¡Mecachis! ¿para qué? me aburriría, respondió la criada.
-¡Pobre Nanón! ¿Quieres beber una copita de casis?
-¡Ah! tratándose del casis, no digo nunca que no; la señora le hace mejor que los boticarios; el que ellos venden es una droga.
-Sí, ponen demasiado azúcar y no sabe a nada, dijo Grandet.
Al día siguiente, la familia, reunida a las ocho para almorzar, ofrecía el cuadro de una intimidad positiva. La desgracia no tardó en poner de acuerdo a la señora Grandet, a Eugenia y a Carlos, con los cuales simpatizaba también Nanón sin saberlo. Estos cuatro seres comenzaron a constituir una misma familia. Respecto al viñero, como estaba satisfecha su avaricia y tenía la seguridad de ver marchar bien pronto a su sobrino sin tener que pagarle más que su viaje a Nantes, su presencia en la casa llegó a serle indiferente. El avaro dejó a los dos niños, como él llamaba a Carlos y a Eugenia, en completa libertad para obrar como mejor les pareciese, bajo la vigilancia de la señora Grandet, en la cual tenía completa confianza en todo lo concerniente a la moral pública y religiosa. El allanamiento y abono de sus praderas, sus plantaciones de álamos a orillas del Loire y los trabajos de invierno en sus cercados y en Froidfond, le ocuparon exclusivamente. Desde entonces empezó para Eugenia la primavera del amor. Desde la escena de la noche en que la prima había dado su tesoro al primo, el corazón había acompañado al tesoro. Cómplices ambos de un mismo pensamiento, se miraban expresando una mutua inteligencia que aumentaba sus sentimientos y los hacía comunes y más íntimos, poniendo, por decirlo así, a los dos jóvenes fuera de la vida ordinaria. ¿No les autorizaba el parentesco para emplear cierta dulzura en el acento y cierta ternura en las miradas? Eugenia se complació en adormecer los sufrimientos de su primo mediante los goces infantiles de un amor naciente. ¿No hay cierta graciosa semejanza entre los principios del amor y de la vida? ¿No se mece al niño con dulces cantos y cariñosas miradas? ¿No se le cuentan historias maravillosas que le doran el porvenir? ¿No despliega para él incesantemente la esperanza sus radiantes alas? No derrama el niño sucesivamente lágrimas de alegría, y de amor ¿No disputa por insignificancias, por chinitas con las cuales intenta construirse un frágil palacio, y por ramos de flores que olvida cuando apenas le han sido entregados? ¿No esta ávido por ver transcurrir el tiempo y por avanzar en la vida? El amor es nuestra segunda transformación. La infancia y el amor fueron una misma cosa para Eugenia y Carlos: su amor fue la pasión primera con todas sus puerilidades, tanto más gratas para sus corazones cuanto que estaban impregnadas de melancolía. Agitándose al nacer bajo las gasas del luto, aquel amor no dejaba de estar en armonía con la sencillez provinciana de aquella casa ruinosa. Cambiando algunas palabras con su prima a la vera del pozo, en aquel silencioso patio; permaneciendo en aquel jardinito sentados en un banco musgoso hasta la hora en que el sol se ponía, ocupados en decirse naderías, o sumidos en la calma que reinaba entre los muros y la casa, como se está bajo las bóvedas de una iglesia, Carlos comprendió la santidad del amor, pues su gran dama, su querida Anita, no le había hecho conocer más que sus terribles tormentas. En aquel momento el joven dejaba la pasión parisiense, coqueta y vanidosa, por el amor puro y verdadero. Amaba aquella casa, cuyas costumbres no le parecieron ya ridículas; salía de su cuarto por las mañanas a fin de poder hablar con Eugenia algunos instantes, antes de que Grandet se presentase, y, cuando los pasos del avaro resonaban en la escalera, se escapaba al jardín. La pequeña criminalidad de aquella cita matinal, que la madre de Eugenia ignoraba y que Nanón fingía no notar, imprimía al amor más inocente del mundo la vivacidad de los placeres prohibidos. Más tarde, cuando, después del almuerzo, el padre Grandet salía para ir a ver sus propiedades y vigilar a los jornaleros, Carlos permanecía entre la madre y la hija, experimentando desconocidas delicias ayudándoles a devanar el hilo, viéndolas trabajar y oyéndolas charlar. La sencillez de aquella vida casi monástica que le reveló la sencillez de aquellas almas que desconocían el mundo, le conmovió vivamente. Carlos creía que aquellas costumbres eran imposibles en Francia, y no admitía su existencia mas que en Alemania, si bien fabulosamente, y como las describían las novelas de Augusto La Fontaine. Eugenia no tardó en convertirse para él en el ideal de la Margarita de Goethe, pero sin haber cometido la falta. Por fin, de día en día, sus miradas y sus palabras enamoraron locamente a la joven, que se dejó llevar de la deliciosa corriente del amor, y Eugenia se agarraba a su felicidad como se agarra un nadador a la rama de sauce para salir del río y reposar en la orilla. Los pesares de una próxima ausencia, ¿no entristecían ya las horas más gozosas de aquellos fugitivos días? Cada día, el más pequeño acontecimiento les recordaba la próxima separación.
Tres días después de la marcha de Grassins, Carlos fue llevado por su tío al juzgado de primera instancia, con la solemnidad que los provincianos emplean en tales actos, para firmar allí una renuncia a la herencia de su padre. ¡Terrible repudiación! ¡especie de apostasía doméstica! El joven fue después a casa de maese Cruchot a hacer dos poderes, el uno a favor de Grassins y el otro a favor del amigo a quien había encargado que vendiese su mobiliario. Acto continuo fue necesario dar los primeros pasos para obtener un pasaporte para el extranjero. Por fin, cuando llegaron los sencillos trajes de luto que Carlos había encargado a París, éste llamó a un sastre de Saumur para venderle su inútil ajuar. Este acto agradó extraordinariamente al padre Grandet.
-¡Ah! heos ya como un hombre que debe embarcarse y que quiere hacer fortuna, le dijo al verlo vestido con una levita de grueso paño negro. Bien, así me gusta.
-Señor, le respondió Carlos, ya comprenderá usted que no soy tan tonto para no darme cuenta de mi situación.
-¿Qué es eso? dijo el avaro cuyos ojos se animaron al ver que Carlos le enseñaba un puñado de oro.
-Tío, he reunido los botones, los anillos y todas las superfluidades que poseo y que pudiesen tener algún valor; pero como no conozco a nadie en Saumur, quería rogarle que...
-¿Que le compre a usted eso? dijo Grandet interrumpiéndole.
-No, tío, que me indique usted un hombre que..
-Deme usted eso, sobrino, yo iré a mi cuarto a pesarlo y, céntimo más, céntimo menos, le diré lo que vale. ¡Oro de alhajas! dijo examinando una gran cadena, de diez y ocho a diez y nueve quilates.
Grandet tendió su ancha mano y se llevó el puñado de oro.
-Prima, dijo Carlos, permítame usted que le ofrezca estos dos botones que podrán servirle para ponerse unas cintas en las muñecas. Con ellos puede usted hacer un brazalete, que está ahora muy de moda.
-Primo, acepto sin titubear, le dijo Eugenia dirigiéndole una mirada de inteligencia.
-Tía querida, aquí tiene usted el dedal de mi madre que yo guardaba religiosamente, dijo Carlos ofreciendo un bonito dedal de oro a la señora Grandet, que hacía más de diez años que deseaba tener uno.
-Sobrino, no tengo palabras bastantes para expresarle mi agradecimiento, dijo la anciana madre, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.. Mañana y tarde, a mis oraciones por los caminantes, añadiré una especial para usted. Si yo muriese, Eugenia conservará esta alhaja.
-Esto vale novecientos ochenta y siete francos y setenta y cinco céntimos, sobrino mío, dijo Grandet abriendo la puerta. Pero para ahorrarle el trabajo de vender esto, yo se lo abonaré a usted... en libras.
En el litoral del Loire, decir en libras, significa que los escudos de seis libras deben ser aceptados por seis francos sin deducción.
-Aunque me repugnaba vender mis alhajas en el pueblo que usted habita, no me atrevía a proponerle a usted eso, respondió Carlos. Napoleón decía que la ropa sucia debe lavarse en casa. Le doy a usted, pues, las gracias por su complacencia, Grandet se rascó la oreja, y todo el mundo guardó silencio por algunos instantes.
-Tío, dijo Carlos mirándole con aire inquieto, como si temiese herir su susceptibilidad, mi tía y mi prima me han hecho el favor de aceptar un pequeño recuerdo mío; dígnese usted también aceptar estos gemelos que me son inútiles, que le recordarán a un pobre muchacho que, lejos de ustedes, no ha de olvidar ciertamente a los que constituyen su única familia.
-Muchacho, muchacho, no hay que ser tan pródigo... ¿Qué te ha dado a ti, mujer mía? dijo volviéndose con avidez hacia su mujer. ¿Y tú, hijita? ¡Calla! ¡unos broches de diamantes! Vamos, acepto tus gemelos, hijo mío, repuso estrechando la mano a Carlos. Pero... tú me permitirás que... te pague... sí, tu pasaje a las Indias. Sí, qué diablo, quiero pagarte el pasaje... Tanto más, hijo mío, cuanto que, mira, estimando tus alhajas, no he estimado más que el oro en bruto, y acaso se pueda sacar algo del trabajo. ¡Ea! ya está dicho, Te daré mil quinientos francos... en libras, que Cruchot me prestará, porque en casa no tengo un céntimo, a menos que Perrotet, que se ha atrasado en el alquiler, no venga a pagarme. Mira, ahora mismo voy a verle.
Y tomando el sombrero y los guantes se marchó.
-De modo que se marcha usted, dijo Eugenia a Carlos dirigiéndole una mirada mezclada de tristeza y de admiración.
-No hay más remedio, respondió el joven bajando la cabeza.
Al cabo de algunos días, la actitud, las palabras Y los modales de Carlos se habían convertido en las de un hombre profundamente afligido, pero que, comprendiendo que pesaban sobre él inmensas obligaciones, procura sacar fuerzas de flaqueza. Ya no suspiraba, se había hecho hombre; así es que Eugenia nunca juzgó mejor el carácter de su primo que cuando le vio bajar con sus ropas de tosco paño negro, que sentaban admirablemente a su cara pálida y a su sombría actitud. Aquel día las dos mujeres se pusieron de luto y asistieron con Carlos a un Requiem celebrado en la parroquia por el alma del difunto Guillermo Grandet.
Al mediodía, Carlos recibió cartas de París y las leyó.
-Y bien, Carlos, ¿está usted contento de sus negocios? le dijo Eugenia en voz baja.
-No hagas nunca esas preguntas, hija mía, observó Grandet. ¡Qué diablo! yo, que soy tu padre, no te doy cuenta de mis negocios, ¿y vas a enterarte de los de tu primo? Deja a ese muchacho.
-¡Oh! yo no tengo secretos, dijo Carlos.
-Ta, ta, ta, ta. Sobrino mío, ya aprenderás con el tiempo que en cuestión de negocios hay que saber tener la lengua.
Cuando los dos amantes estuvieron solos en el jardín, Carlos dijo a Eugenia llevándola hacia el banco que estaba debajo del nogal y tomando allí asiento:
-No me había engañado respecto a Alfonso. Se ha portado muy bien y ha dirigido mis asuntos con prudencia y lealtad. No debo nda a nadie en París: todos mis muebles han sido vendidos, Y me comunica que, por consejo de un capitán mercante, ha empleado tres mil francos que le quedaban en una pacotilla de curiosidades europeas, de las cuales se saca un gran partido en las Indias. Ha facturado mis fardos para Nantes, donde hay un buque mercante próximo a partir para Java. Eugenia, dentro de cinco días tendré que decirle a usted adiós, sino para siempre, al menos por muchos años. Prima mía, no una su vida feliz a la mía azarosa; acaso se le presente a usted un buen partido.
-¿Me ama usted? le dijo Eugenia interrumpiéndole.
-¡Oh! sí, mucho, le respondió Carlos con sincero acento que revelaba la profundidad de sus sentimientos.
-Pues le esperaré, Carlos. ¡Dios mío! mi padre está en la ventana, dijo la joven rechazando a su primo, que se aproximaba para besarla.
Eugenia se escapó a la bóveda de entrada y Carlos la siguió. Al ver que la seguía, Eugenia subió precipitadamente la escalera y se fue al lugar más obscuro del pasillo, al lado del chiribitil de Nanón, donde Carlos la alcanzó, y, tomándole una mano, la cogió por el talle y la estrechó fuertemente contra su corazón. Eugenia no resistió ya, y recibió y dio el más puro, el más suave, así como también el más franco de los besos.
-Eugenia querida, un primo es mejor que un hermano, porque puede casarse contigo, le dijo Carlos.
-¡Así sea! gritó Nanón abriendo la puerta de su chiribitil.
Los dos amantes, asustados, echaron a correr a la sala, donde Eugenia reanudó su labor y donde Carlos se puso a leer las letanías de la Virgen en el devocionario de la señora Grandet.
-¡Mecachis! dijo Nanón, veo que todos estamos haciendo nuestras oraciones.
Tan pronto como Carlos anunció su partida, Grandet se puso en movimiento para hacer creer que se tomaba gran interés por él, se mostró liberal en todo lo que no costaba nada, se encargó de buscarle un embalador y, so pretexto de que aquel hombre quería vender las cajas demasiado caras, se empeño en hacerlas él mismo de las viejas; se levantó muy de mañana para cepillar, ajustar, clavar maderas y confeccionar unos hermosos cajones en los que embaló todos los efectos de Carlos. Después se encargó de asegurárselos y remitírselos en tiempo oportuno a Nantes.
Desde que había recibido el beso en el pasillo, las horas pasaban para Eugenia con espantosa rapidez. A veces, quería seguir a su primo. El que haya sentido una pasión pura, esa pasión cuya duración aumenta con el tiempo como una enfermedad mortal o como alguna otra fatalidad humana, comprenderá los tormentos de Eugenia, la cual lloraba a veces paseándose por el jardín, que le parecía demasiado estrecho para ella, así como el patio, la casa y la villa entera: la joven se trasladó de antemano a la vasta extensión de los mares. Por fin, llegó la víspera de la marcha. Por la mañana, aprovechando la ausencia de Grandet y de Nanón, el precioso cofre que contenía los dos retratos fue solemnemente instalado en el único cajón del armario que se cerraba con llave, cajón donde yacía en aquel momento la bolsa vacía. La entrega de aquel tesoro no se llevó a cabo sin buen número de besos y de lágrimas. Cuando Eugenia se metió la llave en el seno, no tuvo valor para prohibirle a Carlos que besase el lugar que aquélla ocupaba.
-Nunca saldrá de aquí amigo mío.
-Pues bien, mi corazón estará también ahí siempre.
-¡Ah! Carlos, eso no está bien, dijo Eugenia con acento de reproche.
-¿No estamos ya casados? respondió el joven. Yo tengo tu palabra, y tú tienes la mía.
-¡Tuyo para siempre! repitieron los dos enamorados.
Ninguna promesa hecha en la tierra fue más pura que aquella.
Al día siguiente por la mañana el almuerzo fue triste, y a pesar de la bata de oro y de la crucecita que Carlos regaló a Nanón, ésta no pudo menos de llorar.
-¡Pobre señorito, que tiene que pasar la mar!... ¡Qué Dios le acompañe!
A las diez y media, la familia se puso en marcha para acompañar a Carlos hasta la diligencia de Nantes. Nanón había soltado el perro y cerrado la puerta y quiso llevar la maleta de Carlos. Todos los tenderos de la vieja calle estaban en el umbral de sus puertas para ver pasar aquel cortejo, al que se unió en la plaza el notario Cruchot.
-No vayas a llorar, Eugenia, le dijo su madre.
-Sobrino mío, dijo Grandet cuando llegaron al coche, besando a Carlos, se va usted pobre, pero trabaje y vuelva rico, que encontrará salvo el honor de su padre. Yo, Grandet, le respondo de ello, y entonces, sólo de usted dependerá...
-¡Ah! tío mío, usted dulcifica la amargura de mi marcha. ¿No es ese el mejor regalo que podía usted hacerme.
Sin comprender las palabras del antiguo tonelero, a quien había interrumpido, Carlos bañó con lágrimas de agradecimiento el rostro de su tío, mientras que Eugenia estrechaba con todas sus fuerzas la mano de su primo y la de su padre. El notario era el único que sonreía, admirando la astucia de Grandet, pues él era el único que conocía a fondo al avaro. Los cuatro acompañantes, rodeados de varias personas, permanecieron al lado del coche hasta que partió, y una vez que éste hubo desaparecido y dejó de oírse el ruido de sus ruedas, el viñero dijo:
-¡Buen viaje!
Afortunadamente, maese Cruchot fue el único que oyó esta exclamación. Eugenia y su madre habían ido a un lugar desde donde se veía aún la diligencia y agitaban sus pañuelos blancos, a los que respondió Carlos agitando el suyo.
-Madre mía, quisiera tener por un momento el poder de Dios, dijo Eugenia en el momento en que dejó de ver el pañuelo de Carlos.
Para no interrumpir el curso de los acontecimientos que pasaron en el seno de la familia Grandet, es necesario dirigir antes una ojeada a las operaciones que el avaro hizo en Paris por mediación de la familia de Grassins.
Un mes después de la marcha del banquero, Grandet poseía una inscripción de cien mil francos de renta que fueron adquiridos al ochenta. Los datos que se adquirieron a su muerte por el inventario, no han arrojado ninguna luz acerca de los medios que su desconfianza le sugirió para adquirir el dinero de la inscripción. Maese Cruchot pensó que Nanón habría sido, sin saberlo, el instrumento fiel del transporte de los fondos. Por aquella época, la criada estuvo ausente cinco días, so pretexto de ir a arreglar algunas cosas a Froidfond. En lo concerniente a los asuntos de la casa Guillermo Grandet, todas las previsiones del tonelero se realizaron.
Como todo el mundo sabe, en el Banco de Francia existen exactos informes acerca de todas las grandes fortunas de Paris y de los departamentos. Los nombres de Grassins y de Félix Grandet, de Saumur, eran allí conocidos y gozaban de la estimación de que gozan las celebridades financieras que poseen inmensas propiedades territoriales libres de hipotecas. La llegada del banquero de Saumur, encargado de liquidar por honor las deudas de la casa Grandet, de París, bastó, pues, para evitar la vergüenza de los protestos. El levantamiento de los sellos se hizo en presencia de los acreedores, y el notario de la familia procedió regularmente a hacer el inventario de la herencia. Grassins no tardó en reunir a los acreedores, que lo eligieron por unanimidad liquidador, en unión de Francisco Keller, jefe de una gran casa de banca y uno de los principales interesados, y le confiaron los poderes necesarios para salvar a la vez el honor de la familia y los créditos. El crédito de Grandet, de Saumur, y la esperanza que dio a los acreedores, por mediación de Grassins, de que cobrarían, facilitaron las transacciones, y no se encontró ningún intransigente entre los acreedores. Nadie pensó en ceder su crédito con pérdida, y todo el mundo decía:
-¡El Grandet, de Saumur, pagará!
Seis meses transcurrieron de este modo, y los parisienses habían recogido los efectos en circulación y los conservaban en cartera. Este era el primer resultado que quería obtener el tonelero.
Nueve meses, después de la primera reunión de acreedores, los dos liquidadores distribuyeron el cuarenta y siete por ciento a cada uno. Esta suma fue obtenida mediante la venta de los valores, bienes y propiedades que pertenecían al difunto Guillermo Grandet, venta que fue hecha con escrupulosa fidelidad. Aquella liquidación fue llevada a cabo con la más absoluta probidad, y los acreedores se complacieron en reconocer el admirable e incontestable honor de los Grandet. Cuando estas alabanzas hubieron circulado convenientemente, los acreedores pidieron el resto de sus créditos mediante una carta que escribieron en colectividad a Grandet.
-Esto marcha bien, dijo el antiguo tonelero arrojando la carta al fuego. ¡Paciencia, amigos míos!
En contestación a las proposiciones contenidas en aquella carta, Grandet, de Saumur, exigió el depósito de todos los títulos de crédito existentes contra la herencia de su hermano, acompañándolos de un recibo de los pagos hechos ya, bajo pretexto de liquidar las cuentas y establecer correctamente el estado de la herencia. Este depósito originó mil dificultades. Generalmente, el acreedor es una especie de maniático. Hoy se presta a transigir, mañana lo quiere llevar todo a sangre y fuego, y más tarde se vuelve excesivamente bondadoso. Hoy, su mujer está de buen humor, su hijo menor ha echado los dientes, todo va bien en su casa y no quiere perder ni un céntimo; mañana llueve, no puede salir, está melancólico y dice que sí a todas las proposiciones que puedan poner fin a un asunto; dos días después, exige garantías, y, a fin de mes, quiere citaros, ¡pide, en fin, el verdugo! Grandet conocía las variaciones atmosféricas de los acreedores, y los de su hermano obedecieron en un todo a sus cálculos. Los unos se enfadaron y se negaron rotundamente a hacer el depósito.
-¡Bueno, esto va bien! decía Grandet frotándose las manos, después de leer las cartas que de Grassins le escribía respecto a este punto.