A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 10

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-¡Qué cansado debe estar! se dijo la joven mirando unas diez cartas cerradas. Después leyó las siguientes direcciones: A los señores Farry Breilman y Compª: fabricantes de coches. Al señor Buisson, sastre; etc.

-Sin duda ha arreglado todos sus asuntos para marcharse fuera de Francia, pensó Eugenia.

Sus ojos se fijaron en dos cartas abiertas, una de las cuales empezaba con estas palabras: «Mi querida Anita...» que le causaron un deslumbramiento. El corazón de la enamorada palpitó, y Eugenia se quedó como si la hubieran clavado en el suelo.

-¡Su querida Anita! ¡ama, ama! ¡ya no hay esperanza! ¿Qué le dirá?

Estas ideas le atravesaron el corazón, y aquel «Querida Anita» lo veía Eugenia escrito en todas partes con letras de fuego.

-¡Renunciar ya a él! No, yo no debo leer esa carta. Debo marcharme... sin embargo, si la leyera...

La joven miró a Carlos, le cogió cuidadosamente la cabeza, se la apoyó en el respaldo del sofá y él la dejó obrar como el niño que conoce durmiendo a su madre y que recibe sin despertarse sus cuidados y sus besos. Como una madre, Eugenia levantó la mano que le colgaba, y como una madre le besó los cabellos. «Querida Anita...» Un demonio parecía gritarle estas palabras al oído.

-Ya sé que hago mal, pero voy a leer la carta.

Eugenia volvió la cabeza, pues su noble honradez se sublevó. Por la primera vez en su vida el bien y el mal luchaban en su corazón. Hasta entonces no había tenido que avergonzarse por ninguna acción. La pasión y la curiosidad pudieron más que ella. A cada frase que leía, su corazón palpitaba más, y el ardor picante que animó su vida durante aquella lectura contribuyó a hacerle más gratos los placeres del amor.

«Mi querida Anita: Nada podía separarnos, a no ser la desgracia que me anonada y que ningún ser humano podría prever. Mi padre se ha matado, y su fortuna y la mía están completamente perdidas. Quedo huérfano a una edad en que, por la clase de educación que he recibido, puedo pasar por un niño, y, sin embargo, debo levantarme siendo hombre del abismo en que he caído. Acabo de emplear una parte de la noche en hacer mis cálculos. Quiero salir de Francia como hombre honrado, y, para ello, no hay duda, no me quedan ni cien francos para ir a buscar fortuna a las Indias o a América. Sí, Anita mía, iré a buscar fortuna a los climas más mortíferos. Según he oído decir, bajo aquellos cielos es segura y pronta. Me sería imposible quedar en París; ni mi alma ni mi cara están hechas para soportar las afrentas, la frialdad y el desprecio que esperan al hombre arruinado, al hijo del quebrado. ¡Dios mío! ¡deber dos millones! sería muerto en duelo la primera semana. Así es que no volveré a París. Ni tu amor, que es el más tierno y el más puro que jamás haya podido animar el corazón de un hombre, sería capaz de atraerme. ¡Ay de mí! amada mía, ni siquiera tengo el dinero bastante para ir adonde estás, a darte y a recibir un último beso, que me daría la fuerza necesaria para llevar a cabo mi empresa...»

-¡Pobre Carlos! he hecho bien en leer esta carta, yo tengo dinero y se lo daré, dijo Eugenia.

Y después de enjugarse las lágrimas, prosiguió la lectura.

«Yo no había pensado nunca en las desgracias de la miseria, y si me quedan los cien luises, indispensables para el pasaje, no tendré en cambio ni un céntimo para hacerme una pacotilla. Pero no; acaso no tenga cien luises; ni siquiera uno; pues no sé el dinero que me quedará hasta después de haber pagado mis deudas en París. Si no me queda nada, me iré tranquilamente Nantes, me embarcaré allí como simple marinero y empezaré como han empezado los hombres de energía que, habiendo salido de su patria sin un céntimo, vuelven ricos de las Indias. Desde esta mañana he considerado fríamente mi porvenir, y veo que para mí, que he sido criado por una madre que me adoraba, mimado por el mejor de los padres y amado por una Ana, tiene que ser más horrible que para ningún otro. Yo no conocí más que las flores de la vida, y aquella dicha no podía durar. Sin embargo, Anita mía, tengo más valor del que tendría otro en mi caso, sobre todo si estuviese acostumbrado como yo a las caricias de la mujer más bonita de París a los mimos de una madre cariñosa y a ver satisfechos todos sus deseos por un padre amante. He reflexionado maduramente acerca de mi posición y acerca de la tuya. Anita querida, si para conservarme a tu lado en París sacrificases todos los goces que te proporciona tu lujo, su coste no bastaría aún para cubrir los gastos necesarios para mi vida, y yo, por otra parte, no podría aceptar tantos sacrificios. Nos separamos hoy pues, para siempre...»

-¡Virgen santa! la deja. ¡Oh dicha!

Eugenia saltó de alegría. Carlos hizo un movimiento, y su prima se sintió helada de espanto; pero afortunadamente para ella, no despertó pudiendo así proseguir la lectura.

«¿Cuándo volveré? No lo sé. El clima de las Indias envejece pronto al europeo, y sobre todo, al europeo que trabaja. Supongamos que venga dentro de diez años. Dentro de diez años tu hija tendrá diez y ocho, y será tu compañera, tu espía. Para ti el mundo habrá sido muy cruel, pero tu hija lo será aún más. Hemos visto en el mundo muchos ejemplos de esto: aprovechémonos de ellos. Guarda, como haré yo, en el fondo de tu alma, el recuerdo de estos cuatro años de dicha, y sé fiel, si puedes, a tu pobre amigo. Yo no puedo exigírtelo, porque mira, Anita querida, tengo que conformarme con mi posición y considerar la vida tal cual es. Tengo que pensar en mi matrimonio, que se convierte en una de las necesidades de mi nueva vida, y te confesaré que he encontrado aquí, en Saumur, en casa de mi tío, una prima cuyos modales, figura, corazón y talento te agradarían, y que, por otra parte, me parece que tiene...»

-Debía estar bien cansado para haber dejado de escribir, se dijo Eugenia al ver que dejaba sin acabar la frase.

¡Ella lo justificaba! ¿No era casi imposible que aquella inocente joven dejase de notar en aquel momento la frialdad que para ella encerraba aquella carta? Para las jóvenes educadas religiosamente, santas y puras, todo es amor cuando ponen los pies en las regiones encantadas del amor, y marchan por ellas rodeadas de la celestial luz que aquél proyecta y que envuelve con sus rayos a su amante. Los errores de la mujer provienen casi siempre de su creencia en el bien o de su desconfianza de la verdad. Para Eugenia, aquellas palabras: «Mi querida Anita, Amada mía», resonaban en su corazón como el más grato lenguaje del amor y le acariciaban el alma, como le acariciaban en su infancia el oído las palabras divinas del Venite adoremus, repetidas por el órgano. Por otra parte, las lágrimas que bañaban aún los ojos de Carlos le demostraban esa nobleza de corazón que tanto seduce a las jóvenes. ¿Era ella capaz de adivinar que si Carlos amaba tanto a su padre y lo lloraba tanto, lo hacía más bien por la pérdida de las bondades paternas, que por el cariño que le tenía? Los señores Grandet, satisfaciendo siempre los menores caprichos de su hijo y procurándole todos los placeres de la fortuna, habían impedido que éste hiciese los horribles cálculos de que son más o menos culpables en París la mayor parte de los hijos cuando, en presencia de los goces parisienses, sienten deseos y conciben planes que ven con pena aplazados y retardados incesantemente por la vida de sus padres. La prodigalidad del padre llegó, pues, hasta el punto de engendrar un verdadero amor filial en el corazón de su hijo, un amor desinteresado.

Sin embargo, Carlos era un hijo de París, habituado por las costumbres de París y por Anita a calcularlo todo. Era un vicio con apariencias de joven, y había recibido la espantosa educación de ese mundo en que en una noche se cometen de pensamiento y de palabra más crímenes que los que castiga en un año la audiencia, en donde las buenas palabras asesinan las más grandes ideas, y en donde se pasa por hombre de mundo cuando se ve claro, entendiéndose allí que ver claro, es no creer en nada, ni en los sentimientos, ni en los hombres, ni hasta en los acontecimientos. Allí, para ver claro, es preciso pesar todos los días la bolsa de un amigo, saber ponerse políticamente por encima de todo sin admirar las obras de arte ni las acciones nobles, y no tener más móvil que el interés personal. Después de mil locuras, la gran dama, la hermosa Anita, obligaba a Carlos a pensar gravemente, le hablaba de su posición futura pasándole por los cabellos su mano perfumada, y, al mismo tiempo que le arreglaba un rizo, le hacía calcular la vida: ella lo afeminaba y lo materializaba. ¡Doble corrupción! pero corrupción elegante y de buen gusto.

-¡Qué tonto es usted, Carlos! le decía a veces. Veo que me va a costar mucho trabajo enseñarle a conocer el mundo. Se ha portado usted mal con el señor de Lupeaulx. Ya sé que es un hombre poco honrado; pero espere usted a que no esté en el poder, y entonces lo despreciará a su antojo. ¿Sabe usted lo que nos decía la señora Campán? «Hijos míos, mientras un hombre esté en el poder, adoradle; pero, una vez que haya caído, ayudad a llevarle al muladar. Poderoso, es una especie de Dios; destruido, está por debajo de Marat en su sumidero, porque él vive, y Marat estaba muerto. La vida es una serie de combinaciones que es preciso estudiar y analizar para llegar a mantenerse siempre en buena posición».

Carlos era un hombre de demasiado mundo, y se había visto demasiado feliz y demasiado adulado para tener grandes sentimientos. El grano de oro que su madre le había dejado en el corazón se había perdido casi. Pero Carlos no tenía entonces más que veintiún años, y a esa edad la frescura de la vida parece ser inseparable del candor del alma. La voz, la mirada, la figura, parecen estar en armonía con los sentimientos. Así es que el juez más duro, el procurador más incrédulo y el usurero más empedernido llegan pocas veces a creer en la vejez del corazón y en la corrupción de las miradas cuando los ojos del hombre nadan aún en un fluido puro y cuando su frente no tiene aún arrugas. Carlos no había tenido nunca ocasión de aplicar las máximas de la moral parisiense y hasta aquel día carecía en absoluto de experiencia; pero, sin saberlo, le había sido inoculado el egoísmo. Los gérmenes de la economía política empleados en París, latentes en su corazón, no podían tardar en florecer, tan pronto como se convirtiese de espectador ocioso en actor del drama de la vida real. Casi todas las jóvenes creen en las gratas promesas de un hermoso exterior: pero aunque Eugenia hubiese sido prudente y observadora como lo son algunas jóvenes de provincias, ¿hubiera podido desconfiar de su primo cuando sus modales, sus palabras y sus acciones estaban de acuerdo con las aspiraciones de su corazón? Una casualidad, fatal para ella, le hizo ver las últimas efusiones de sinceridad verdadera que existían en el corazón de su primo y oír los últimos suspiros de su conciencia. Eugenia dejó, pues, aquella carta, que ella creyó llena de amor, y se puso a contemplar el sueño de su primo: las frescas ilusiones de la vida animaban aún aquel rostro, y Eugenia se juró a sí misma amarle siempre. Después fijó sus ojos en la otra carta, sin dar gran importancia a esta segunda indiscreción; y, si comenzó a leerla, lo hizo por adquirir nuevas pruebas de las nobles cualidades que ella atribuía, como todas las mujeres, al elegido de su corazón.

«Mi querido Alfonso: En el momento en que leas esta carta ya no tendré amigos:, pero te confieso que si he dudado de las gentes de mundo acostumbradas a prodigar esta palabra, no he dudado en lo más mínimo de tu amistad. Te encargo, pues, que arregles mis asuntos, y cuento contigo para sacar el mejor partido posible de lo poco que poseo. En este momento te supongo enterado de mi situación. No me queda nada, y me propongo marchar para las Indias. Acabo de escribir a todas las personas a quienes creo deber algo, y te remito adjunta una lista de las mismas: mi biblioteca, mis muebles, mis coches, mis caballos, etc., supongo que bastarán para pagar mis deudas. No quiero reservarme más que las bagatelas sin valor, que podrán servirme para hacer mi pacotilla. Para hacer la venta, querido Alfonso, te enviaré de aquí un poder en forma, caso de que hubiera protestas. Remíteme únicamente las armas. Brilón deseo que lo conserves como recuerdo, pues nadie querrá pagar lo que vale ese admirable animal, y prefiero ofrecértelo como anillo que lega un moribundo a su albacea testamentario. En casa de los Farry, Breilman. y Comp.ª acaban de hacerme un magnífico coche de viaje, pero como no me lo han entregado aún, mira a ver si puedes lograr que se lo queden sin pedirme indemnización. Le debo seis luises, que perdí en el juego, al insular. Espero que no dejarás de...»

-¡Pobre primo mío! dijo Eugenia dejando la carta y yéndose a su cuarto de puntillas con una de las bujías en la mano.

Una vez en él, abrió, no sin viva emoción de placer, el cajón de una antigua cómoda de encina, una de las obras más hermosas de la época llamada del Renacimiento, en la cual se veía aún la famosa salamandra real. Cuando hubo abierto el cajón, Eugenia sacó de él una bolsa de terciopelo rojo que provenía de la herencia de su abuela, y después se puso a sacar la olvidada cuenta de su pequeño peculio. Primeramente sacó veinte portuguesas, nuevas aún, acuñadas bajo el reinado de Juan V, en 1725., y que valían, según decía su padre, ciento sesenta y ocho francos y sesenta y cuatro céntimos cada una, pero cuyo valor convencional era de ciento ochenta francos, teniendo en cuenta la rareza y la belleza de las referidas monedas, que relucían como Soles. Item, cinco genovesas, o monedas de cien libras de Génova, moneda también muy rara, cuyo cambio estaba al ochenta y siete, pero por la cual daban cien francos los numismáticos. Éstas le provenían del anciano señor Bertelliere. Item, tres cuádruplos de oro españoles de Felipe V, acuñados en 1729, y que le provenían de la señora Gentillet, la cual, al regalárselos, le decía siempre la misma frase: «Esta monedita amarilla vale noventa y seis francos; guárdala bien, hija mía, que será la flor de tu tesoro». Item, lo que su padre estimaba más, cien ducados de Holanda, acuñados el año 1756, y que valían doce francos cada uno (el oro de esta moneda estaba a veintitrés quilates y una fracción). Item, ¡una gran curiosidad! unas especies de medallas preciosas para los avaros, tres rupias con la Balanza, y cinco rupias con la Virgen, todas de oro puro de veinticuatro quilates, magnifica moneda del Gran Mogol, que tiene peso por valor de treinta y siete francos, pero que vale lo menos cincuenta para los entendedores. Item, el napoleón de cuarenta francos que había recibido la víspera y que había metido negligentemente en la bolsa.

Este tesoro contenía monedas completamente nuevas, verdaderas obras de arte, cuyo valor averiguaba el padre Grandet, y de cuya vista le gustaba disfrutar a veces, a fin de detallar a su hija sus virtudes intrínsecas, como la belleza del cordoncillo, el brillo del relieve y la riqueza de las letras, cuyas aristas no estaban aun rayadas. Pero Eugenia no pensaba en estas rarezas, ni en las manías de su padre, ni en el peligro que tenía para ella el hecho de desprenderse de aquel tesoro que tanto apreciaba el autor de sus días, sino en su primo, y llegó, por fin, a comprender, después de algunos errores de cálculo, que poseía unos cinco mil ochocientos francos en valores reales, los cuales, convencionalmente, podían venderse por dos mil escudos. Al ver su riqueza, la joven se puso a saltar de alegría como una chiquilla. Aquel día, padre e hija habían contado su tesoro; él para ir a venderlo; Eugenia para arrojar el suyo a un océano de afecto. La joven volvió a colocar las monedas en la bolsa, la tomó y subió sin titubear. La secreta miseria de su primo le hacía olvidar la noche, las conveniencias, y, por otra parte, tenía la firme conciencia de sí misma, de su abnegación y de su dicha. En el momento en que aparecía en el umbral de la puerta, llevando en una mano la vela y en la otra la bolsa, Carlos se despertó, vio a su prima y quedó embobado de sorpresa, Eugenia avanzó, colocó el candelero sobre la mesa, y le dijo con voz emocionada:

-Primo mío, voy a pedirle perdón por una falta grave que he cometido con usted, falta que Dios me perdonará, si usted quiere.

-¿Qué es ello? dijo Carlos frotándose los ojos.

-He leído estas dos cartas.

Carlos se puso rojo.

-¿Cómo he hecho esto? ¿por qué he subido? Ni yo misma lo sé. Pero estoy tentada a no arrepentirme de haber leído estas cartas, puesto que ellas me han hecho conocer el corazón de usted, su alma y...

-Y ¿qué más? preguntó Carlos.

-Y sus proyectos: la necesidad que tiene de dinero.

-Prima querida...

-¡Chits! ¡chits! no hable usted tan alto, no despertemos a nadie. Aquí tiene usted, dijo abriendo la bolsa, las economías de una pobre joven que no necesita nada. Carlos, acéptelas. Esta mañana ignoraba lo que valía el dinero, y usted me lo ha enseñado. Un primo es casi un hermano: bien puede usted, pues, aceptar los ahorros de su hermana.

Eugenia no había previsto las negativas, y su primo permanecía mudo.

-¡Cómo! ¿se niega usted a aceptarlas? preguntó Eugenia, cuyas palpitaciones resonaron en medio del profundo silencio que reinaba.

Las dudas de su primo la humillaron; pero al recordar la viva necesidad en que se encontraba Carlos, Eugenia hincó una rodilla en tierra y le dijo:

-No me levantaré de aquí hasta que haya aceptado usted este oro. Por favor, primo mío, una respuesta, que sepa si usted me honra, si es usted generoso, si...

Al oír estas explicaciones, Carlos cogió por las manos a su prima para impedir que se arrodillase, y las bañó con sus lágrimas. Eugenia, al ver esto, tomó la bolsa, la vació sobre la mesa y le dijo, llorando de alegría:

-Lo acepta usted, ¿verdad, No tema nada, primo mío, usted será rico. Este oro le dará buena suerte, y día llegará en que podrá devolvérmelo. Además, podemos asociarnos; en fin, con tal que usted lo tome, acepto todas las condiciones que me imponga. Pero no debía usted dar tanta importancia a tan poca cosa.

Carlos pudo, al fin, expresar sus sentimientos.

-Sí, Eugenia, tendría que tener el alma muy pequeña si no aceptase sus ofertas. Sin embargo, confianza por confianza.

-¿Qué quiere usted? le dijo la joven asustada.

-Escuche prima mía, tengo aquí... , y se interrumpió para mostrar una cajita cuadrada con estuche de cuero que había sobre la cómoda, tengo aquí, repito, una cosa que aprecio tanto como mi vida. Esa cajita es un regalo de mi madre. Esta mañana pensaba que si ella pudiese salir de su tumba se apresuraría a vender el oro que su ternura le hizo prodigar en ese neceser, pero, hecha por mí, esa profanación me parecería un sacrilegio.

Al oír estas últimas palabras, Eugenia estrechó convulsivamente la mano de su primo.

-No, repuso Carlos después de una pausa, durante la cual se dirigieron los dos primos una mirada velada por las lágrimas; no, no quiero destruirlo ni aventurarlo en mis viajes. Querida Eugenia, usted será la depositaria. Jamás amigo alguno habrá confiado a otro una cosa más sagrada. Juzgue usted misma.

Y tomando la cajita, la sacó del estuche, la abrió y se la enseñó tristemente a su prima, que quedó maravillada al ver un neceser en que el trabajo daba al oro un valor muy superior al de su peso.

-Esto que usted admira no es nada, dijo Carlos apretando un botón, que puso al descubierto un doble fondo; he aquí lo que vale para mí más que el mundo entero.

Y esto diciendo, sacó dos retratos, dos obras maestras de la señora Mirbel, ricamente rodeados de perlas.

-¡Oh! ¡qué mujer más hermosa! ¿Es a esta a la que usted le escribe?

-No, dijo Carlos sonriéndose, esta mujer es mi madre, y este mi padre. Eugenia, yo tendría que suplicarle de rodillas que me guardase este tesoro. Si yo pereciese y perdiese su fortunita, esta alhaja la indemnizaría a usted. A usted sola puedo dejar estos dos retratos, pues usted es digna de conservarlos; pero destrúyalos antes de que puedan pasar a otras manos...

Eugenia guardaba silencio.

-Acepta usted mi encargo, ¿verdad? añadió el joven con gracia:

Al oír que su primo repetía las palabras que ella acababa de decirle, Eugenia le dirigió su primera mirada de mujer amante, una de esas miradas que encierran tanta coquetería como profundidad, y Carlos, al observarlo, le tomó las manos y se las besó.

-¡Ángel de pureza! Entre nosotros el dinero no será nunca nada, ¿verdad? En lo sucesivo, los sentimientos serán para nosotros lo principal.

-Se parece usted a su madre. ¿Tenía ella la voz tan dulce como usted?

-¡Oh! ¡mucho más!

-Sí, para usted, dijo Eugenia bajando los ojos. Vamos, Carlos, acuéstese que está muy cansado, yo lo quiero. ¡Hasta mañana!

Y esto diciendo, la joven tomó por la mano a su primo, el cual la acompañó hasta la puerta de su cuarto para alumbrarle. Cuando llegaron al dintel, Carlos le dijo:

-¡Ah! ¡por qué estaré arruinado!

-¡Bah! No importa, yo creo que mi padre es rico, respondió Eugenia.

-¡Pobre niña! dijo Carlos apoyándose en pared del cuarto; si fuese rico, no hubiera dejado morir al mío, y ustedes vivirían con mayor lujo del que viven.

-Pero ¡si es suyo Froidfond!

-Y ¿qué vale Froidfond?

-No lo sé, Carlos; pero es suyo también Noyers.

-Alguna mala quinta.

-Y viñas, y prados...

-¡Miserias! dijo Carlos con aire displicente. Si su padre tuviese solamente veinticuatro mil francos de renta, no habitaría esta casa fría y húmeda.

-Vaya usted a dormir, dijo Eugenia para pedir que su primo entrase en su desordenado cuarto.

Carlos se retiró, y ambos se despidieron con una mutua sonrisa.

Uno y otro durmieron con el mismo sueño, Carlos empezó desde entonces a cubrir con algunas rosas su duelo.

Al día siguiente por la mañana, antes de almorzar, la señora Grandet encontró a su hija paseándose en compañía de Carlos. Éste estaba triste aún, como debía estarlo un desgraciado que comprendía toda la negrura que encerraba su porvenir.

-Papá no vendrá hasta la hora de la comida, dijo Eugenia viendo pintada la inquietud en el rostro de su madre.

En la cara y en los modales de Eugenia y en la singular dulzura que adquirió su voz era fácil ver una conformidad de pensamiento entre ella y su primo. Sus almas se habían enlazado ardientemente antes de haber experimentado la fuerza de los sentimientos que les unían. Carlos permaneció en la sala, y su melancolía fue respetada; las tres mujeres tenían bastante en que ocuparse, pues como Grandet había abandonado por aquel día sus negocios, se presentó infinidad de gente: el trastejador, el hojalatero, el albañil, los jornaleros, el carpintero, los colonos, que iban, los unos a ajustar sus trabajos, y los otros a pagar su alquiler o a recibir dinero. La señora Grandet y Eugenia se vieron, pues, obligadas a ir y a venir, respondiendo a las interminables preguntas de los obreros y de los campesinos. Nanón transportaba los productos a la cocina y esperaba las órdenes de su amo para saber lo que se había de guardar para la casa y lo que había que llevar al mercado. El avaro acostumbraba a guardar el vino malo y las frutas malas para él y a llevar las buenas a vender. A eso de las cinco de la tarde, Grandet volvió de Angers, habiendo ganado catorce mil francos con el cambio del oro y llevando ya en su cartera el papel del Estado que le produciría interés hasta el día que tuviera que pagar los impuestos. Había dejado a Cornoiller en Angers para que cuidase los caballos, que estaban medio reventados, y los trajese despacio, después de haberles dado descanso.

-Vengo de Angers, y traigo hambre.

-¿Es que no ha comido usted nada desde ayer? le gritó Nanón desde la cocina.

-Absolutamente nada, respondió el avaro.

Nanón sirvió la sopa. En el momento en que la familia estaba en la mesa y cuando el padre Grandet no había visto aún siquiera a su sobrino, de Grassins se presentó para recibir órdenes de su cliente.