Estudios históricos del reinado de Felipe II
Chapter 9
Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos, y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos, publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á ganarles los pozos.
Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear, dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.
D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen desde allí sus partidas.
Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese el dedo pulgar.
La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella. Comenzando á salir, se dió por nombre _Jesús_, dando á entender á todos que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.
Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.
Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia, questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20 particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron, pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:--«¡Vitoria, vitoria!» que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales. En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.
Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería como solían y flechas, como otras veces.
Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir la gente de arrancada.
A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio de Nápoles, tomaron en prisión.
Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros particulares se recogieron al castillo.
El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila, D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.
Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán, Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.
El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías, y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados. Respondióle Juan Pérez de Vargas que fuese él. Dende á poco salieron fuera y anduvieron en concilios de una á otra sobre lo que harían, sin resolverse en nada. Antonio de Avila fué á D. Juan de Castilla de parte de algunos Capitanes, diciendo que le habían estado esperando para que dijiese su parecer, para darle el cargo del gobierno de aquel fuerte. D. Juan le respondió que por no dejar la batería sola no había ido. El Antonio de Avila prosiguió diciendo que todos holgarían que acetase el gobierno, que por estar el fuerte de manera que no se podría defender, ni había gente para ello ni agua que beber, que alzase una bandera para tratar partidos con el Bajá. D. Juan respondió que si él acetase el gobierno, había de ser para defender el fuerte y no para rendirle: que si para esto querían, que él tomaría el cargo. El Antonio Dávila se fué con esta respuesta.
Juntáronse esta mañana en la tienda del Capitán Zapata, que estaba en la cama herido de una flecha, y acordóse entre los que allí se hallaban de escribir una carta á D. Alvaro dándole á entender cómo su ida había alborotado toda la gente; que viniese á dar orden de lo que había de hacer; donde no, que ellos harían lo que viesen que cumplía. Hecha esta carta y firmada de muchos, no la enviaron por parecer á algunos que tardaría en venir respuesta para sus disinios, que era rendir el fuerte, temiendo que los enemigos diesen asalto.
Tratándose en la misma tienda que era bien ver el agua que había en la cisterna para gobernarse por ella, dijo Juan de Funes que en lo del agua no había que tratar, que no había para más de aquel día. Corrales les dijo que no era posible porque él había tenido cuenta del agua que se había echado en la cisterna y con los días que se bebía della; que había agua para más de quince días. Acordóse que los dos, con D. Guillén de Barbarán y el Sargento Hidalgo, fuesen á verlo en presencia de muchos soldados, y hicieron entrar en la cisterna un moro que se llamaba Xama, que era de los que les pesaba de ver que se tratase de rendir el fuerte, porque era muy valiente y había mucho que servía en nuestra caballería, en la Goleta y Sicilia, y habiendo salido de la isla á acompañar al Infante de Túnez, le dejó en tierra firme y se volvió á meter en el fuerte, diciendo que, pues en tiempo de paz había llevado el sueldo del Rey, quería venir á servirle en la guerra.
El agua que tenía la cisterna daba á este moro, con ser alto, cerca de la horcajadura. Después entró otro y lo midió con una cana de la medida italiana, y halló tres palmos y medio de agua, ques una vara de España, y más la cisterna tenía cuatro canas de hueco. Cada cana verná á ser dos varas y una tercia de la medida de España.
Como el Joan de Funes vido el agua que había, comenzóse á santiguar diciendo: «Buena casquetada han hecho hacer á D. Alvaro.»
Los mismos que fueron á ver la agua llamaron á Pedro Ginovés, que repartía las raciones por la lista que tenía, y demandáronle que menguaba cada día la cisterna, y dijo que no llegaban á tres dedos; de manera que, dando las raciones que se daban, había agua para quince días; y si se tomara reseña de la gente que había, para que no se diesen raciones demasiadas, como se daban, había agua para mucho más; y sin nada desto, los alambiques solos de la munición y los de particulares bastaban á sustentar 800 hombres y más cada día, dándoles ración sin mezcla de agua salada y darles un tercio más de agua que se les daba.
En esto iba por el fuerte un capellán de Don Alvaro, que se decía Carnero, animando los soldados, diciendo que los que se habían ido lo habían hecho de cobardes y ruínes. Iba muy alborotado porque le habían dicho que se juntaban en la iglesia muchos Oficiales y soldados, donde él tenía las conservas quél había retirado del hospital porque no hicieran mal á los enfermos, y los dineros que habían dejado los muertos á quien él era amigo. De cuán flojamente se pasó con los enfermos, porque se dió mejor maña á ser albacea que á hacerles curar, que si los que morían dejaban algunos dineros á los clérigos y frailes que allí les servían, se lo tomaba. Hallando en la iglesia muchos Capitanes que se habían recogido para tratar lo que habían de hacer, les dijo mirasen que estaban en la casa de Dios, donde se había de tratar verdad y lo que cumpliese á su servicio y al de Su Majestad, y á la honra y provecho de todos, que era morir por la fe de Jesucristo. Después vino al castillo á reñir con el Gobernador Olivera y el Castellano, exhortándoles lo mismo. Si los Oficiales tuvieran el ánimo y determinación deste clérigo, no viniéramos á lo que hemos venido.
El Capitán Pedro y el Secretario Alarcón fueron en una barca á las galeras, donde llevaron agua y bizcocho y los remos y velas de una fragata. Fueron en esta barca el Coronel Mas y Mos de Indón, diciendo que iban á traer á D. Alvaro, pero no volvieron más al fuerte. A medio día se tornaron á juntar los Capitanes y hicieron Gobernador del fuerte al Capitán Rodrigo Zapata, que se había levantado de la cama. Después de haberle elegido le dijeron los mismos Capitanes que por estar el fuerte como estaba no se podía defender; sería bien alzar una bandera para tratar partidos con el Bajá. Respondió que no había acetado el cargo para rendir la fuerza, sino para morir en ella defendiéndola; por lo demás, acudieran á Olivera, Gobernador, y ansí fué el Capitán Collazos á hablar á Olivera de parte de todos. Respondióles que hiciesen una carta quél la firmaría, y daría por bien todo lo que hiciesen.
La carta se escribió en la misma tienda y llevóla á firmar el sargento de Francisco Henríquez. No la pudo firmar Olivera por la herida que tenía en la mano. Envióles á decir que la firmase uno por él, que daría por bueno todo lo que los Capitanes hiciesen; con todo esto, el Zapata salió de allí y fué dando orden por toda la muralla que todos tomasen sus armas, porque los enemigos estaban de manera de querer dar el asalto. Los tudescos estuvieron todo aquel día en orden sin partirse del cuartel que tenían á cargo, diciendo que harían lo que los españoles y italianos y franceses. Ansí Oficiales como soldados se fueron con las armas á sus postas, ofreciéndose de guardarlas ó morir en ellas: muy buenos soldados.
Andando en esto, encontró con el Sargento mayor Antonio Dávila, que venía hacia el castillo, y díjole que se fuese por 30 soldados y los llevase al caballero de la Cerda. Respondióle que, pues había Gobernador nuevo, hiciesen Sargento mayor también. Mientras el Zapata andaba por la muralla, se juntaron en la tienda de Juan Osorio de Ulloa, que estaba en la cama malato, cuatro Capitanes: Joan de Funes, Joan del Aguila, Zayas y Borja. Estos trataron que se rindiese el fuerte y enviaron al Zayas á hablar á Zapata de parte de todos para que hiciese alzar bandera. El Zapata le dió por respuesta lo mismo que había dicho en la tienda de Joan Pérez de Vargas. Viniendo todos juntos á persuadírselo, porfiándole que lo hiciese, respondió que nunca Dios quisiese quél acabase de perder lo que otros habían comenzado. Joan de Funes respondió que ya no era tiempo de aguardar más; que los enemigos estaban para dar el asalto; quél tenía orden de D. Alvaro de lo que se había de hacer; que D. Alvaro no había salido del fuerte con disinio de volver más á él.
Dende á poco fueron Zayas y Joan de Funes y hicieron á un soldado, llamado Villacis, que arbolase una bandera en una pica. Éste lo hizo luego. Viendo esto los turcos, arbolaron una toca, y ansí se fué el Villacis y los dos Capitanes tras él. Joan del Aguila se echó por otra parte, y ansí se fueron todos al Bajá, de su propia autoridad.
Mientras ellos hablaban con el Bajá, se llegaron muchos turcos junto al fuerte. Los soldados estaban con sus armas á la muralla diciéndoles que se alargasen. Dragut envió á llamar á Zapata, questaba en el caballero de San Joan, y no quiso ir, diciendo que no tenía licencia de sus compañeros.
El Bajá tuvo nueva aquella mañana, de un italiano que se huyó, cómo D. Alvaro estaba en las galeras, y mandó volver dos piezas de artillería que les tirasen. Primero había sabido que faltaba D. Alvaro del fuerte, del Sargento mayor Moroto, que era de los que iban con él á las galeras. Acertáronle á prender. Desta manera, estando un turco que escapó de la galera de Joan Andrea, llamado Uzaín, á quien hizo Alí Portu Capitán de fanal, su Lugarteniente, por ser turco principal y buen marinero, cavando en el caballero de San Joan y sacando palmas dél con otros turcos, oyendo las voces y arcabucería de la otra parte del fuerte, salieron á la mar por descubrir lo que era, y vieron la vuelta de las galeras cuatro ó cinco hombres. Creyendo que eran de los que solían llevar provisión, los siguieron hasta pasar de un barcón questaba junto á las galeras, y llegaron cerca del reparo que las galeras tenían en torno. De allí se retiraron porque la guardia de las galeras comenzó á tirarles. Este Uzaín prendió al Moroto, que venía un poco atrás. Como vió que los demás seguían á D. Alvaro, no supo decir si era vivo ó muerto, y ansí le hizo el Bajá mostrar algunas cabezas para que viese si era alguna la de Don Alvaro.
A él y al Capitán Pedro recogió el Capitán Clemente y metió en su galera. Aunque oían voces junto al barcón que decían: «Ríndete á buena guerra,» como no veían los que eran con la obscuridad que hacía, no se atrevían á salir de las galeras, creyendo que los turcos lo hacían aposta por hacerles salir.
Estando los Capitanes fuera del fuerte, llegaron muchos esquifes que venían del armada, y tomando la vuelta de las galeras, el Capitán Clemente, que estaba por cabeza de la gente que allí estaba, mandó que tomasen todos las armas. Viendo esto D. Alvaro le preguntó qué quería hacer. El Clemente respondió que pelear y defender las galeras. D. Alvaro le dijo que no haría nada, estando como estaban los del fuerte. Que tratase él también partidos. Clemente le respondió que no acostumbraba á tratar partidos, sino pelear, y pues él era de aquel parecer y era su General, que tratase lo que quisiese, que él le tenía como la persona del Rey, y así acordó que el Coronel Mas tratase partidos con los enemigos; y tardaron tanto en ello, que dieron lugar á que los esquifes llegasen y rompiesen la palizada y saqueasen las galeras, donde tomaron á todos en prisión.
Darmux Arráez, Cómitre real, llevó á D. Alvaro en su esquife al Bajá. Joán de Funes volvió al fuerte, dando á entender que había tratado con el Bajá que dejase ir libres á los Capitanes con 25 soldados por compañía. Entrando en el castillo le dijo Diego de Vera: «¿No habemos de saber en qué ley vivimos ó cómo nos rendimos?» Respondióle no quisiese saber más de que él y sus amigos iban libres. Después fué el castellano Fuentes á rendir el castillo y el municionero Joan Daza á ofrescer el dinero, que tenía á cargo, del Rey, pues no faltaba otra cosa, que la sangre y libertad nuestra ya la habían rendido.
Los primeros, Joan del Aguila, se fué de armada; Zayas volvió con Villacis y un renegado que se decía Mamy, diciendo que el Bajá y D. Alvaro mandaban que toda la gente se entrase á puesta de sol en el castillo; que les diesen un moro que se llamaba Sayte y el hijo del jeque que habíamos traído de Sicilia para hacerle señor de la isla, con otros tres rehenes que habían dejado los alarbes que habían venido á servir. Á todos quebró el corazón ver llevar éstos en prisión, porque se tenía entendido las crueldades que los turcos harían con ellos. Por sólo esto habíamos de morir primero todos, que darlos, pues habían dejado de irse con los de su ley, por el amor y afición que tenían con nosotros.
El mandar entrar la gente en el castillo fué por dar lugar á que los jenízaros y turcos saqueasen el fuerte, aunque ellos se dieron tanta priesa á entrar, que mataron y prendieron muchos fuera del castillo. Todos los enfermos y heridos que hubo por las tiendas degollaron, que era gran compasión. Aquí prendieron al Capitán D. Joan de Castilla; ni fué nunca de parescer que se rindiese el fuerte: siempre dijo que quería morir peleando y defendiendo la parte que le tocaba con sus soldados, y ansí le mataron muchos dellos.
Los del castillo, viendo lo que pasaba fuera, se abestionaron y pusieron sus guardias porque no entrasen los turcos. Aquella noche llamaron dos turcos á la puerta; la guardia les preguntó qué querían: dijéronles que les llamasen un Capitán cojo y otro que tenía las narices rajadas, que los llamaba el mayordomo del Bajá. Entendiendo que lo decían por Joan de Funes y Zayas, se los llamaron. Vino con ellos Diego de Vera. El mayordomo les dijo que se los encomendaba el Bajá; que estuviesen de buen ánimo, quél cumpliría con ellos lo que les había prometido, y quellos cumpliesen con él lo que le habían mandado. Los Capitanes fueron á Joan Daza á pedir dineros para el mayordomo, diciendo que era su libertad. Dióselos en plata y con firma de todos 250 escudos: llevóselos el castellano Fuentes.
Otro día por la mañana se sentaron el Bajá y Dragut en el muro de la marina con muchos jenízaros y espayes, con sus arcos y escopetas en las manos en torno dellos; mandaron salir primero los Capitanes, después todos los soldados. Embarcábanlos como iban saliendo; lleváronlos todos á escribir á la galera del Bajá; de allí los repartieron por las otras galeras. Toda la gente que se recogió al castillo serían hasta 1.000 hombres; los demás se perdieron fuera dél.
Aquí hizo fin la mal fortunada jornada que se comenzó para Trípol, que de haber tenido ruín principio y peor medio, vino á acabar tan vergonzosa y vilmente como acabó. Si ruinmente lo hicieron los de las galeras, muy peor lo hicimos los del fuerte, como si anduviéramos á porfía unos de otros sobre quién haría mayor error, y ansí fué desde el principio de la empresa, que parece que estudiábamos para no acertar en nada. Es salir de juicio pensar los desvaríos y mal gobierno nuestro, y ansí no hay que decir sino que quiso Dios castigar nuestra soberbia para darnos á entender que Él es el que guarda las tierras y el que vence las batallas, y que no hay poder que pueda sino el suyo.
Rustán Bajá, yerno del gran Turco y Vicario general suyo, dice una cosa muy acertada, como hombre sabio y valeroso: que los cristianos nos veníamos á perder por querernos sacar los ojos unos á los otros, por rencor y odio particular que tenemos, como hombres de poca fe, y por fiar más en nosotros que en Dios.
Plegue á Él, por S. M., que cese aquí el flajelo de su pueblo, y sirva esta desgracia para despertador de los Reyes y Príncipes cristianos, para que unánimes, con el amor y hermandad que se debe á nuestra fe y religión, miren con tiempo por el beneficio y aumento de la cristiandad. Los turcos mismos que se han hallado en esta empresa están espantados de lo que han hecho, diciendo que no saben á quién atribuirlo sino á la buena fortuna del gran Señor. No se les quite al Bajá y á los que se hallaban con él de haber hecho la más principal y más señalada cosa que han hecho mahometanos después que comenzó su imperio.
Como el Bajá se entregó en la fuerza, tardó ocho días allí hasta que llegaron cinco galeras que habían ido á Túnez por bizcocho. Fuese luego á hacer agua y tomó el camino de Trípol, donde entró con gran gazara y grita, colgados nuestros estandartes y banderas, lo de abajo arriba, en las popas y entenas de las galeras. Disparóse mucha artillería dellas y del castillo, y de las galeras de la presa no disparó ninguna. Entraron demostrando el descontento que todos traíamos en vernos llevar á Trípol tan al contrario de como pensábamos ir á él.