Estudios históricos del reinado de Felipe II

Chapter 7

Chapter 74,107 wordsPublic domain

Á muchos Capitanes pesó oir esta respuesta, así por no haber hecho caso dellos, como porque les paresció que se pudiera ver la carta entre todos y responder con el comedimiento que era razón, pues la crianza y cortesía no impidió jamás el combatir. Un esclavo cristiano que escribió la carta, dijo que el Bajá inviaba por ella á pedir el fuerte, ofresciendo en cambio todo buen partido que le pidiesen.

Con esta ocasión pudiéramos entretener algunos días el armada en demandas y respuestas, para que mientras ellos perdían tiempo en esto, tuviésemos lugar de fortificarnos mejor, y Sicilia y Nápoles proveer sus marinas y estar más apercibidos, porque cuanto más se detuvieran en esto, menos tiempo tuvieran para sitiarnos, y así no se pasara en el asedio el trabajo y necesidad que se pasó de agua.

D. Alvaro mandó llamar los Capitanes que allí habían quedado, aunque no todos tenían allí sus compañías, y díjoles que él había quedado allí para guardar aquel fuerte; que hiciesen todos como él y jurasen de no lo rendir hasta morir todos en la defensa. Los Capitanes dijeron todos que eran muy contentos. Dende á tres días los tornó a juntar diciéndoles que entre ellos eligiesen seis Capitanes para que uno de ellos gobernase si acaso matasen á él y al Gobernador Barahona. A esto dieron por respuesta que hiciese él la elección de los seis Capitanes como mejor le pareciese.

Los turcos asaltaron de noche nuestras galeras: no pudieron llegar á ellas por el reparo que tenían en torno de árboles y antenas; y así se retiraron luego sin la jornada, porque les tiraban del fuerte y de las mismas galeras.

Los turcos estaban muy confiados que las espías que traían en nuestro campo harían lo que les habían prometido. Fué de esta manera. Que teniendo Dragut nueva cierta que nuestra armada venía sobre él, invió un portugués y otros renegados á Italia á saber lo que se hacía. Algunos dellos, como hombres pláticos en la lengua, entraron por soldados en las compañías que venían á servir en la jornada: éstos dieron siempre aviso en Trípol á Dragut, y en los Gelves iban cada noche á hablarle. Uno se ofreció á quemar las municiones; otro, de atosigar el agua de las cisternas; otro, de dar fuego á las galeras. Con las promesas destos persuadió Dragut al Bajá que intentase tomar el fuerte. También inviaron algunos renegados que animasen y ayudasen en ello. Decían éstos que se huían de los turcos por tornarse á la fe, que los habían hecho renegar por fuerza siendo niños.

Vínose á descubrir el tratado una tarde. Puestas ya las guardias, estando unos soldados apartados un poco del campo, vieron ir uno hacia el de los enemigos. Llamáronle: él, por disimular más su bellaquería, esperó; llegaron á él y prendiéronle. Fué de tan poco estómago, que por el camino comenzó á turbarse y confesar su maldad. Prendieron algunos de la liga; otros, en ver prender sus compañeros, se pusieron en cobro. Los presos confesaron la traición, y así los ahorcaron de los pies como á traidores.

La noche primera que saltaron en tierra, que fué á los 16, vino un renegado á nuestro campo y dijo cómo los enemigos tenían en tierra ocho piezas de artillería por encabalgar, y que habían con ellas salido pocos más de 2.000 hombres, y que los demás se desembarcarían el día siguiente, y que en los de tierra había muchos desarmados, de los que venían por remeros en la armada, que habían salido para gastadores. Fueron muchos con él á D. Alvaro, diciéndole que pues había tan buena oportunidad para romper aquellos turcos que eran en tierra, que saliesen aquella noche á ellos. D. Alvaro respondió: «Dejadlos llegar, que yo haré de las mías.»

Esta noche se pudiera hacer harto daño en los enemigos. Excúsase D. Alvaro con decir que lo dejó, temiéndose de los moros de la isla no cargasen sobre nosotros al retirar, no sucediendo bien la salida, y los turcos por la otra parte, de manera que no pudiésemos resistir á todos. Teníamos la retirada marina á marina, llana y descubierta, y no era lejos del fuerte más de dos millas el lugar donde los turcos habían desembarcado, que era en los mismos pozos donde nosotros habíamos estado diez días, y teníamos más de 70 caballos, con los de la compañía, y los caballos que había dejado el Visorrey y otros caballeros, no teniéndolos los enemigos ni los de la isla caballos con que enojarnos, porque aún no eran llegados los caballos alarbes que esperaban; y si se dejó por entretener allí la armada, porque no fuese á hacer mal en Sicilia ó en el reino de Nápoles, el mejor entretenimiento fuera matarle la gente, de manera que no la pudiera echar en tierra, y tuviera harto que guardar sus galeras con los que llevaba. Los enemigos sacaron su artillería y municiones en tierra sin que les diésemos empacho, más que tocarles algún arma.

Otra noche invió D. Alvaro á un caballo ligero que se llama Miguel de Huerta, buen soldado, que fuese marina á marina y mirase si hallaba siete barriles pasada una mezquita que estaba entre el campo y el fuerte. Halló cinco barriles; caminando adelante por ver si toparía con los otros, halló dos medias botas. Volvióse á decirlo á D. Alvaro, y invióle á que lo dijera á Quirós, Capitán de caballos. Aquella noche estaba la gente y caballos á punto para salir fuera. Debía de haber concierto con algún renegado, y faltó el designio, pues se dejó de ir.

La noche siguiente inviaron al mismo por ver si estaban allí los barriles; no hallándolos, pasó adelante; vió salir del campo de los enemigos nueve caballos con dos antorchas encendidas; metiéronse adentro, en la isla; él se acercó á sus trincheas sin que nadie le sintiese ni viese; había gran silencio en el campo; parescióle que dormían todos; tocóles arma y vió que acudían todos á la marina huídos.

No partió de los pozos su campo hasta tener encabalgada la artillería y que llegasen los caballos y gente de pie que esperaba Dragut. Entre tanto caminaban por la isla muy á su placer, haciendo daño en las casas y posesiones de los que se habían ido con el jeque. Tomaron de su casa media culebrina y otras piezezuelas pequeñas de bronce.

Venían cada día los turcos á reconocer el fuerte desde unos palmares que estaban á tiro de cañón dél. De allí tiraban á la gente que estaba de guardia á los pozos, donde había cada día escaramuzas, donde había muertos y heridos de todas partes.

Mucha gente de la que se había escapado de las galeras perdidas y de la que se había quedado por embarcar, se iba cada noche á Sicilia en fragatas y barcos por no tener que comer, que no les daban ración á éstos ni á otros muchos que morían de hambre, y la que daban á los soldados era tan poca. Cuando tuvimos agua nos faltó el pan, y cuando volvió á faltar el agua, lo daban de sobra. Para esperar asedio, como esperábamos, no se acertó á dejar ir esta gente. Harto mejor fuera estivar las galeras, fragatas y barcos, y de toda la gente inútil y heridos inviarlos á Sicilia, y retener los sanos y gobernarlos de manera que se sustentaran para poder servir. Desta manera se aventuraban á salir las galeras y se deshacía de la gente que empachaba.

Luego que los enemigos fueron en tierra, mandó D. Alvaro entrar en el fuerte todos los españoles, dejando fuera los alemanes, italianos y franceses, llegados bien al fuerte y reparados con muy buena trinchea. Comenzóse á murmurar desto, y así los metió á todos dentro y mandó salir fuera banderas de españoles. Dende á pocos días mandó desamparar aquellas trincheas y metió toda la gente dentro. Estábamos tan estrechos, que no se podía andar por el fuerte. En el contraescarpe del foso quedaron hasta 400 soldados, y dende á poco los fueron á quitar porque se iban á los turcos. Dentro, en el fuerte, mudaban cada día compañías de una parte á otra, y con esta inquietud anduvimos hasta el cabo.

Los enemigos comenzaron á caminar la vuelta del fuerte diez días después de desembarcados, y firmáronse entre unos palmares, donde estuvieron tres días. Aquí se pudiera salir bien á hacerles daño, por estar tan cerca, que podía haber una milla entre su campo y el fuerte. Alcanzaba allá nuestra artillería.

Salieron una noche, estando allí los enemigos, hasta 150 soldados, y antes que llegasen á las trincheas de los turcos eran descubiertos, y así se volvieron sin hacer nada. De aquí comenzaron los enemigos á hacer trinchea para venir cubiertos con su artillería, sin que la nuestra les pudiese hacer mal.

Salían del fuerte cada día cuatro compañías á la guardia; la que más lejos estaba, serían 500 pasos del fuerte: una de la parte de poniente, donde los enemigos venían; las dos compañías, á los pozos; la otra, á las casas de Dragut, que estaban á la marina por la parte de levante. Teniendo bien reconocido los turcos la poca gente que había en ellas y el mal reparo que tenían, el último de mayo á medio día coménzaron á venir por la parte de poniente y á los pozos, dando muestra de querer escaramuzar como otras veces solían. Viendo que comenzaban á salir los nuestros á la escaramuza y retirábanse por alargarlos más, asegurándolos desta manera, cerraron con ellos de tropel más de 3.000 turcos y los caballos alarbes, que eran los que más daño hacían en los nuestros y mejor peleaban. Nuestra gente era tan poca, que ni los que estaban de guardia ni otros que habían ido á escaramuzar, pudieron resistir la furia de los enemigos, y así se retiraron con ruín orden y harta pérdida de buenos soldados que se hallaron delante en la escaramuza. Nuestra caballería no pareció nada á la de los enemigos; estúvose hecha alto sin osar salir á favorescer nuestra infantería. Los caballos de los enemigos que salieron á esto, serían hasta 100; los demás venían con otros 4 ó 5.000 turcos que venían atrás caminando con la artillería. Pelearon tan bien estos pocos caballos de alarbes y tan valerosamente, que vinieron entre los soldados hasta llegar á las propias trincheas que tenía por reparo la gente que alojaba fuera del fuerte, sin temer la arcabucería y artillería que se les disparaba dél. Si nuestros caballos lo hicieron ruinmente este día, muchos hubo entre los de á pie que, por tenerles compañía, huyeron muy sin vergüenza, y Capitanes con quien se tuvo gran cuenta.

D. Alvaro de Sande los trató muy mal de palabra, diciéndoles que renegaba de la parte que tenía de caballero, si ellos lo eran. Viendo la carga que los enemigos venían dando á los nuestros, acudieron muchos soldados por aquella parte para salir á socorrer. No lo pudieron hacer tan presto que ya los nuestros no fuesen recogidos en las trincheas, y queriendo de nuevo salir á los enemigos, se puso delante el Gobernador Barahona y los hizo tornar. Los turcos se quedaron en las trincheas viejas donde se solía alojar nuestro campo, y pusieron en ellas muchos estandartes y banderetas.

Los alemanes pelearon este día muy bien; mataron muchos turcos, favoreciendo las compañías que eran de guardia á los pozos. La compañía que estaba á la marina de levante, se retiró á su salvo sin recibir daño ninguno. Todo lo que quedó del día se entendió en tirar escopetas y arcabuces de una parte á otra, no cesando nuestra artillería de disparar á donde veía que podía hacer mal.

Aquella misma tarde, acabado de recoger su campo, comenzaron á tirarnos con dos piezas de artillería por la parte de poniente. Tomaban de una marina á otra en torno del castillo, ocupando harto más sitio del que podían guardar con la gente que ellos traían. En tanto que ellos estuvieron desta manera, hobo grande oportunidad para aprovecharnos dellos, si en nosotros hobiera juicio y valor para intentarlo, teniendo como teníamos gente para poder darles la batalla, aunque fueran hartos más de los que eran, porque sin la gente que había de quedar en el fuerte, quedaron los tudescos y compañías de italianos y españoles que estaban por embarcar, sin otros muchos que habían salido de las galeras que se perdieron y la gente que tenían las siete galeras y cuatro galeotas que allí estaban. Con todo esto nos sitiaron, y ganaron los pozos aquel día.

La pérdida de estos pozos fué toda nuestra ruína, porque si los manteníamos, como era razón que se hiciera, no se nos muriera la gente de sed ni se huyera á los enemigos. Fué muy gran bajeza perderlos, teniendo gente demasiada para guardarlos, estando tan cerca como estaban del fuerte y tan descubiertos para favorescer la gente que allí estuviese, con la artillería dél, estando, como estaban, quinientos pasos del fuerte. D. Bernaldino de Velasco dió voces sobre que se guardasen; el Capitán Clemente, siciliano, que es un valiente soldado, y de los que mejor entienden la fortificación, se obligaba á guardarlos con 500 hombres. Pudiéransele dar 2.000 y quedar el fuerte con más gente de la que había menester, y cuando bien éstos se perdieran, viniérales á faltar á los enemigos gente y tiempo para poder sitiar la fuerza: como no se sintiera en ella la falta de agua que hubo, no eran parte seis tantos turcos á tomarla. Toda la gente que allí había quedado se pudiera muy bien entretener con las municiones que quedaban en el castillo, de comer, porque para 2.000 hombres que allí habían de quedar en la fuerza, les quedaba de comer para diez y ocho meses, y dos cisternas de agua, la una con 18.000 barriles y la otra con 13.000, sin palmo y medio que tenía ella de agua cuando se comenzó á hinchir. Esta más pequeña estaba dentro del castillo. Sin tener más agua que ésta nos encerramos, con darse de ordinario 5.500 raciones, sin mucha otra gente á quien no se daba ración.

El Capitán de las galeotas del Duque vino á D. Alvaro á pedirle de comer para la gente dellas ó licencia para irse. Respondióle que no tenía que darle, y en lo de la licencia hiciese lo que quisiese, que él no entendía cosas de mar ni era marinero. Hallándose allí acaso Charles de la Vera, le dijo que pues al Duque no había quedado otra cosa que aquellas galeotas, que las remediase, porque no fuesen á perderse. Respondióle muy enojado que las remediase él; que el Duque se había ido y dejádole allí; que era un hombre remiso y su secretario flojo, no acababa nunca de concluir cosa, y así fué discurriendo por el mayordomo y los demás, tachando á cada uno de lo que le parescía.

Viendo esto el Capitán, que ya no había donde hacer agua, se fué otro día con sus galeotas y otras dos que había allí: una de D. Luis Osorio y la otra de Federico Stait. La de Stait se perdió por no seguir la conserva, habiendo ya escapulado el armada. Fué mal empleada la pérdida en su patrón, porque fué el que mejor se trató de cuantos sicilianos vinieron á ella. Dende á pocos días, queriendo hacer lo mismo la _Condesa_ del Príncipe y otra de Vindinelo, y alistadas ya y puestas en orden para partir, se les fué un esclavo y dió aviso á los enemigos, por lo que se dejó la ida.

A 2 de junio, primero día de Pascua de Espíritu Santo, salieron por la parte de Levante 600 hombres de todas naciones, y llegados á las trincheas de los enemigos, se las ganaron, matando y hiriendo muchos, hasta hacerles desamparar el artillería. Enclaváronle dos piezas della, con punteroles, por no llevar recado de otra cosa. Pudiéranles quemar la pólvora: no osaron hacerlo por no quemarse ellos también. Pasaron adelante secutando la vitoria hasta llegar cerca de la tienda de Dragut. Entrando en otra que estaba junto á ella, mataron muchos turcos, entrellos un hombre principal. Súpose después que era el Sanjach Bay de Negroponte. Todos iban huyendo, si no por unos turcos principales que los hicieron volver á cuchilladas, diciéndoles la poca gente de que huían, porque aún no habían llegado todos los que habían salido al efeto; y de los que entraron, hobo algunos que por embarazarse á robar, dieron lugar á que los enemigos se rehiciesen y degollasen muchos de los nuestros, los que mejor habían peleado y más se habían adelantado siguiendo los enemigos, y así ellos, al retirarse, que se retiraron los nuestros, los siguieron animosamente hasta meterlos en el fuerte, donde quedaron muchos turcos muertos á la marina, junto al muro del caballero Gonzaga. Murió este día el Conde Galván, placentín, y el Capitán Carlos de Haro, peleando como muy valerosos Capitanes. También murió Uncibay, Alférez de Galarza, con muy buenos soldados de su compañía, que entraron con él en la tienda del Visorrey de Negroponte. Era un muy valiente hombre este Alférez, y así peleó este día como tal.

Esta salida se conoció claramente el efeto que se hobiera hecho á haber salido 2 ó 3.000 hombres á pelear con los enemigos, porque si este día reforzaran con otros 1.500 ó 2.000 hombres más, no hay que dudar sino que era nuestra la vitoria. Después de retirada esta gente, dijo D. Alvaro al Capitán Galarza que se había dejado ganar la mano derecha de Carlos de Haro al estar por las trincheas de los turcos; que no había guardado la orden que le dió. El Galarza respondió que ninguno podía decir con verdad que había pasado á pelear delante dél, ni ganádole la mano; y á lo que decía de guardar la orden, que no le había dado orden ninguna. D. Alvaro le dijo que se fuese y que no respondiese otro día tan aficionadamente.

Esto de la orden paresce que se conforma con lo que dicen los soldados que salieron aquella mañana. Estando ya á la trinchea de los enemigos, se afirmaron un poco. Viendo esto los soldados, dijeron á los Capitanes: «¿Qué hacemos que no pasamos adelante? Asaetearnos han aquí los turcos, habiéndonos descubierto.» Respondió Carlos de Haro que no tenía orden para más. No pensó D. Alvaro que esta gente llegara donde llegó, ni que pasasen de las trincheas, pues no les tuvo socorro para pasar adelante. Este Capitán Galarza era un buen soldado, y sacó dos arcabuzazos en la rodela, y dende á pocos días le mataron en el caballero de San Juan de un arcabuzazo.

Desta salida comenzaron los enemigos á recogerse más y fortificarse con trincheas altas de tierra y fajina, y enviaron caballos y gente de pie al paso de la Cántara, por donde se entraba de tierra firme á la isla, creyendo que esperábamos socorro del jeque ó del Rey de Caruán.

A los 3 de junio hizo un calor tan excesivo y ardía tanto el sol, que teníamos por cierto que era fuego que los enemigos habían puesto á la campaña; y como había cuatro días que eran perdidos los pozos y no habían aún comenzado á dar agua de ración, padescióse tanto de sed, que murieron más de 50 hombres, sin más de 300 que quedaron muy al cabo, tendidos en tierra, dando voces por agua. Verdaderamente fué inhumanidad grande de Barahona dejar morir aquella gente, pudiéndola remediar con bien poca de agua.

Deste día hicieron principio de pasarse muchos á los turcos, y vinieron tantos á desvergonzarse tanto en la ida, que se habían huído más de 500 y muertos otros tantos y más de sed, porque los que no tenían ración, y algunos que no les bastaba dos cuartuchos de agua que daban, iban á beber á una gruta de una agua salada que había en ella, que mató á todos los que la bebieron. Corrompíalos, quitándoles la gana de comer, y los ponía secos, y así se iban consumiendo sin poderles dar remedio.

Ibamos cada día retirando y estrechando tanto, que perdimos un pozo de agua amarga que estaba junto á las trincheas donde estábamos, no 30 pasos de ellas. Este pozo tenía agua en abundancia, y aunque amargaba, mataba la sed y no hacía el daño que la salada hizo. A haber sustentado este pozo, remediara mucho la necesidad que se pasaba, y no se nos morían los caballos de sed, por no querer nunca beber de la salada. Cincuenta ó sesenta pasos deste pozo estaban otros dos de la misma suerte de agua.

Un siciliano que llamaban el Capitán Sebastián se ofreció á sacar agua dulce para beber de la de la mar. D. Alvaro le prometió 500 ducados en dinero y 200 de renta. Hiciéronse muchos alambiques y henchíanlos de agua de la mar y les daban fuego, y destilaba agua dulce y muy buena, sana, sin ningún sabor de sal. Hacía 40 barriles della, que bastaban á dar ración á 700 hombres. Cada Oficial, sin esto, hizo su alambico para su casa, y muchos vivanderos hicieron los suyos, con que sacaban agua para vender. Vendíanla al principio á un real el cuartucho; después fué faltando leña, y vino á valer á dos reales el cuartucho, ques media azumbre de la medida de España.

Esta agua fué muy gran parte á que no muriese mucha más gente de la que murió. La cisterna que estaba fuera del castillo, tuvo muy poca. No se dió á un mes entero ración della. O se salía, ó por el mal recado que pusieron en ella, porque la hallamos rota. Una mañana que habían sacado agua della, temióse no la hobiesen abierto para atosigarla. Súpose que lo habían hecho soldados por robar el agua.

Viendo ya al cabo esta cisterna, en quien más confianza teníamos, se comenzó á hacer la mezcla de la salada. Á dos barriles de agua de la cisterna y uno de los alambiques, se echaba otro barril de salada. Esto hizo mucho daño á la gente, que con saber á la sal, no solamente no quitaba sed, pero daba más. Los calores eran tan grandes, y así padescían los soldados más de lo que se puede encarescer; puestos todo el día al sol, sin beber agua que les matara la sed, y esa miseria de ración que se daba, quitaban parte della algunos Capitanes á sus soldados, por lo que vino D. Álvaro á tratarlos muy mal y deshonrarlos. Otros vendían el agua. Hubo Capitán en prisión por esto. Por otra parte, se hurtaban tantas raciones, que fué hasta causa que nos perdiésemos, porque por ello vino á faltarnos el agua tan presto, de que estaba D. Álvaro desesperado en ver la bellaquería y poco miramiento de los Capitanes en un tiempo de tanta necesidad, habiéndoles tomado juramento que dijesen los soldados que tenían, aunque harto mejor fuera tomarles muestra.

Diciendo á Juan Daza que cómo era posible que viniese á faltar tan presto el agua, le mostró cómo se daban 4.000 y tantas raciones. Esto fué ya al cabo de la jornada. Probóse de hacer pozos en el fuerte, de que se sacó agua en abundancia, tan salada, que no se podía beber.

Tratándose de tomar lengua para saber cómo estaban los enemigos, se acordó que saliese un soldado por la parte de levante de las galeras y se fuese la vuelta de las trincheas de los enemigos, como que se pasaba á ellos, como lo hacían otros cada hora, para salir con los caballos y tomar alguno de los que saliesen á tomarlo, que estaban ya tan arregostados los turcos de los que se iban, que en viendo ir uno la vuelta de las trincheas, no salían 20 á tomarle. Como éste partió de las galeras antes que se diese aviso en el fuerte para que le tirasen, salieron unos á él y hobiéranle de matar si no se acogiera á una barca. Después salió otro y salieron á él siete ú ocho turcos; como fueran un poco en la mar, él se iba deteniendo por alargarlos más. En esto salieron seis caballos y cortáronles el paso; alancearon dos dellos que no se dejaban prender, y dieron con uno en tierra dos veces, hasta que llegaron soldados de pie y lo prendieron. Los otros se escaparon: uno dellos hirió un caballo y otro tomó la lanza á otro de caballo. Este prisionero dijo cómo habíamos perdido de haber vitoria aquella mañana que se salió á ellos; que todos iban desbaratados, y que á importunación de Dragut estaba allí el Bajá. Que eran pocos más de 6.000 hombres, y que para sacar éstos había sido menester desarmar las galeras. Que cada día iban turcos á ellas á hacerles guardia, temiéndose no fuesen sobre ellas los cristianos, y que estando como estaban, 40 ó 50 galeras que viniesen las tomaban todas, por estar con tan pocos turcos y tan llenas de cristianos.

Otras muchas veces se salió á tomar lengua y no se pudo, porque todos se dejaban matar por no venir en prisión. Por la parte de poniente salieron cuatro Capitanes italianos á caballo haciendo lo mismo que los primeros, y mataron algunos turcos y trajeron á uno vivo. Estos dos solos se prendieron en todo el tiempo que duró el asedio. Este último dió aviso cómo los enemigos tenían desino de tomar las galeras.