Estudios históricos del reinado de Felipe II

Chapter 6

Chapter 64,244 wordsPublic domain

Desde que se entró en la isla hasta mediado de abril, enfermó y murió muy mucha gente de fiebres contagiosas. Hubo día que murieron 50 y 60 hombres, hasta que comenzó la gente á hacerse al aire de la tierra, ques muy sano. El Visorrey envió á decir al jeque que viese cuándo querían venir á tratar lo que había dicho, quél enviaría el seguro. Él se resolvió en no querer venir, diciendo que á su padre habían muerto turcos por fiarse dellos; que no quería que le sucediese á él lo mismo con cristianos, y ansí acordaron que se viesen un día en la campaña. El jeque vino acompañado de más de 4.000 moros, y firmóse una milla del castillo. D. Alvaro salió á él con muchos caballeros, por ver si le podría hacer entrar en el campo, pero no aprovechó nada con él.

Viendo que no quería pasar adelante, volvió D. Alvaro y llevó al Duque, y llegando, se saludaron el uno al otro con mucho amor, y apartados de la gente hablaron un rato por una lengua que tenían consigo, y dende á poco se despidieron y se volvió el Virrey al campo y el jeque á su casa, questaba dentro en la isla, 10 ó 12 millas de allí, y dende á pocos días vino el Papa del Caruán. El Visorrey lo recibió y hospedó honrosísimamente.

En este medio todos trabajaban á porfía en levantar el fuerte, aunque muchos eran de parescer que no se hiciese allí, por la falta que había de agua y por no poder dar socorro á los navíos que le vernían á vituallar. Cuanto más lo contradecían, tanto más priesa se daban en la obra. Unos traían fajina, otros palmas, otros entendían en la fábrica, otros abrir el foso. Esto hacían los tudescos porque se lo pagaban muy bien. Todo lo demás hacían los soldados por no haber ya gastadores: todos eran muertos de mal pasar, y harta parte dellos en Sicilia: en las mismas cárceles en que estaban depositados moríanse por no darles de comer.

La obra del fuerte crecía cada día cosa no creedera, por andar como andaban trabajando en él los soldados á porfía. El gran Comendador de Francia, General de las galeras, á cuyo cargo venían los 1.000 hombres que la Religión daba entre caballeros y soldados, viendo que se atendía solamente á la fortificación de la fuerza, sin tratarse más de ir á Trípol, que era para el efeto que daba la Religión aquella gente, sin cinco galeras y una galeota y dos galeones y seis piezas de artillería de batir, sin otras piezas de campaña, con el recaudo de municiones que convenía para todas, demandó licencia y se fué con ellas, y mucha gente y caballeros enfermos.

Por la misma causa se pudieran licenciar todas las naves que allí estaban detenidas, con los soldados que no eran menester y gente inútil, reservando los que habían de quedar en el fuerte y los que pudieran ir en las galeras, y mandar asimismo á Sicilia para que despidiesen la gente que se había mandado hacer desde Malta, y no hacerla venir, como vino, sin ser menester. No solamente no se hizo esto, ni aun nos acordamos de dar aviso nunca de lo que hacíamos ni dónde estábamos, porque desde los 10 de hebrero que partimos de Malta hasta de mediado de abril, no supieron allí ni en Sicilia de nosotros. Con este descuido teníamos á todos con pena, temiendo no fuésemos perdidos por los malos tiempos que habían corrido los meses pasados.

En esto llegó un Caballero de la Religión en una fragata que inviaba el Maestre á buscarnos. Éste dió aviso que estaban en Malta naves detenidas con gente y municiones, por no saber dónde nos venían á buscar, y así se acordó de inviar á Cigala con 10 ó 12 galeras á hacer venir estas naves. Vinieron á la fin de abril con muchas municiones y cuatro compañías de sicilianos. No desembarcaron todos, por estar, como estábamos, de partida. Con Cigala volvieron tres galeras de la Religión, que por la mucha gente que les había enfermado y muerto, habían desarmado las dos.

En este tiempo vino al Visorrey un moro gervino y le dijo que venía de Trípol y que hacía saber que teniendo Dragut nueva cierta que la armada del turco era en viaje para venirle á socorrer y que la nuestra estaba para partir, había mandado llamar á él y á otros moros de la isla y dícholes que viniesen á los Gelves, encargándoles muy mucho que procurasen con los moros de la isla y alarbes, hacer alguna revuelta con los cristianos para entretenerlos que no partiesen tan presto, hasta que llegase su armada, certificando este moro al Visorrey que el armada sería allí dentro de ocho ó diez días; y cuando no hallase ser verdad lo que decía, se pondría en prisión con dos hijos que tenía, para que les cortasen las cabezas. El Duque le agradeció mucho el aviso y le mandó dar diez escudos.

Dende á dos días sucedió la revuelta de quel moro había avisado, en el zoco, donde ellos se ajuntaban á vender el día de mercado. Fueron alarbes los que comenzaron, pero no ganaron nada. En ella murieron dellos más de 50, sin otros muchos que se tornaron en prisión. Acertóse otro día á ahorcar un ladrón que estaba días había condenado. Los moros se dieron á entender que era por la revuelta, y así tornaron á la contratación como de primero. El jeque ahorcó otro moro de los que habían sido origen del alboroto. El Duque mandó soltar todos los prisioneros y volverles lo que les habían tomado, y envió con su secretario Monreal al jeque, siete esclavos negros que se habían huído de sus amos para venir á ser cristianos. Paresció mal á todos, porque cuando quisieran complacer al jeque y á sus dueños, pudieran pagárselos. No tuvo tanto cuidado el jeque de inviarnos los que se iban á él de nuestro campo á tornar moros, que fueron tres ó cuatro mozuelos mal informados. No solamente no los inviaba, pero teníaselos en su casa públicamente, que los viesen todos los cristianos que iban á negociar con él. Dende á dos días tornaron á tocar arma á las compañías questaban de guardia fuera del campo, sin haber otra cosa más.

En esto llegaron dos fragatas de Nápoles, en que venía Hernando Zapata de parte del Visorrey, á dar aviso cómo era fuera el armada turquesca, y á dar priesa á D. Sancho de Leyva y D. Álvaro de Sande y al Maestre de campo Aldana, que se fuesen con la gente que allí había de aquel reino. Juan Andrea había días que daba priesa á la partida, por estar ya el fuerte en defensa, que no le faltaba más que el parapeto, y el caballero que él había tomado á cargo le había ya hecho. Lo demás, la gente que quedaba de guarnición lo podía hacer, pues no le faltaba otra cosa, estando ya las dos cisternas llenas de agua.

Á los 25 de abril se había determinado que partiésemos, y pudiéramoslo hacer, quedando el fuerte de la manera questá dicho. Con toda esta solicitud de Joan Andrea y la furia que había de nuevas de armada estábamos tan de reposo como si tuviéramos certinidad que estuviese en el atarazonal de Constantinopla, sin considerar la falta que hacía al reino de Nápoles la gente que allí teníamos suya y haber dejado á Sicilia empeñada y sin un hombre de guerra, habiendo traído parte de los pocos soldados que tenían los castillos y dejando á muchos dellos sin pólvora ni municiones, y estando allí los más de los Capitanes darmas de las tierras de marina y los Sargentos mayores de las milicias del reino de Sicilia.

Después de haber hecho muchas visitas el secretario Monreal al jeque, trajo los capítulos del concierto, y contenían que los moros de la isla diesen á S. M. cada un año, en reconocimiento de vasallaje, 6.000 doblas y ciertos halcones, y con ellos otros animales pequeños del tamaño de cabras salvajes, que tienen la piel pintada, á manera de gamos. Esto se pregonó por bando público, mandando que tratásemos y tuviésemos los zervinos por leales vasallos de S. M. Tanto duró su lealtad cuanto comenzó el armada turquesca á parecer.

Al principio de mayo comenzó á embarcarse la gente. Á los diez en la tarde, á hora de vísperas, llegó una fragata de Malta que inviaba el Maestre, y dió aviso cómo el armada del turco había hecho agua en el Gozo, isla ocho millas de Malta, y había partido de allí tres días había, cuatro horas antes que esta fragata partiese. Á esta isla del Gozo vino el armada desde Modón sin dar nueva de sí ni tocar en otra banda. Llevaba la proa á Trípol, y el tiempo los hizo descaer á Malta. Allí, en el Gozo, tomó la armada un maltés que había poco que faltaba de los Gelves, y fué tan ruin y tan mal cristiano, que porque le prometió el Bajá libertad, dió nueva de nuestra armada y le dijo de la manera que estaba, y le dió orden para que se pudiese aprovechar mejor de nuestras galeras. Después le dijo otro moro de los Alfaques lo mismo, certificando lo que el maltés había dicho, diciéndole que había discordia entre el General de la mar y el de la tierra sobre el partir. Estos le dieron ánimo de venir á buscar nuestra armada, y viniendo hacia los Gelves costeando la Berbería, Luchalí y Caromostafá venían tres ó cuatro millas del armada y descubrieron unas naves nuestras á la vela, que salían de los Gelves ya tarde á puesta de sol. Hicieron humo desde las galeras para que el armada amainase, que iba á la vela, y así viendo la señal amainaron. Este Caromostafá y Luchalí vinieron aquella noche en una barca á reconocer nuestras galeras, y dieron nueva al Bajá cómo las dejaban surtas.

Cuando la fragata de Malta llegó, la más de la gente estaba embarcada; y como se entendió nueva cierta quel armada turquesca teníamos tan cerca, los que hasta allí se burlaban de las nuevas pasadas, diciendo que eran cosas fingidas con invidia, para poner miedo, porque dejase de dar fin á una cosa tan principal como la que se hacía, conosciendo su error y mal gobierno, andaban como fuera de sí, caminando de una parte á otra sin hablarse unos con otros, ni publicar la nueva, ni dar expediente á lo que en semejantes casos suelen hacer los prudentes.

Juan Andrea Doria llamó á su galera los Generales y Capitanes de galeras y les dijo la nueva que la fragata había dado, para que viesen lo que se debía hacer. En estas juntas y consejos de mar, habiendo propuesto Juan Andrea el caso, el primer voto era el del General del Papa; tras éstos hablaban D. Sancho y D. Berenguel, y el del Duque de Florencia, Cigala y Scipión Doria y los demás.

Flaminio del Angilara dijo que se entendiese en la partida, porque ya quel enemigo hobiese pasado á Trípol, como se tenía por cierto, no podía faltar de venir presto á buscar nuestras galeras.

D. Sancho de Leyva dijo que partiesen luego las naves, pues las hacía buen tiempo para salir á la mar, y entre tanto que cargaban las naves tuviesen los esquifes de las galeras en tierra para que se embarcase el Visorrey y toda la más gente que pudiese venir, y se fuesen con las naves sin apartarse dellas, porque yendo juntos no era parte á enojar las 64 ó 66 galeras que los enemigos traían; y pues el fuerte quedaba tan bien artillado, no era mucho que en un tiempo como aquél le quedase más gente de los 2.000 soldados que se había acordado dejar en él, que después vendría á tomarlos.

Cigala dijo que era poca vergüenza y poca reputación embarcarse el Visorrey sin la gente que había de ir, y que parescería que iba huyendo. Que si el armada hubiera tomado el camino de los Gelves aquel día hobiera amanecido allí, habiendo partido del Gozo antes de la fragata que trajo el aviso, y que se fuesen las naves y esperasen con las galeras á tomar la gente que quedaba por embarcar y hacer su aguada.

Scipión Doria fué del parescer de Cigala y algunos otros que allí estaban.

Estando en el Consejo, vinieron el General de la Religión y Sicilia, y fueron del parecer de Don Sancho. En estos dos pareceres se resolvieron todos, aprobando unos el parescer de D. Sancho y otros el de Cigala. Á Joan Andrea paresció bien lo que D. Sancho había dicho, y llamó al patrón de la fragata de Malta y demandóle con qué tiempo había venido y por dónde. Después de habérselo dicho, se aseguraron todos más diciendo que pues el armada no había parescido aquel día, sería ida á Trípol.

El Comendador Guimarán se halló presente á esto. Fué requerido que dijese su parescer, y no quiso, diciendo algunos que no tenían agua para sus galeras y que por esto que no se debían de partir tan presto, por lo que se tornó á altercar sobre los paresceres.

Dijo Scipión Doria que se saliesen 10 ó 12 millas á la mar, y si al día no descubriesen larmada, volverían por la gente y harían su aguada. A todos paresció bien el consejo deste mozo. Acordaron de hacerlo así. Guimarán, aunque no había hablado hasta allí, viendo esta determinación, decía que era muy mal hecho hacer embarcar al Virrey tan arrebatadamente.

Este Guimarán era favorito de Juan Andrea y medio ayo suyo, aunque era harto más discreto el Juan Andrea que él. Este fué siempre torcedor á que tardase allí tanto el Juan Andrea, por complacer al Virrey, porque los Maestres y los Caballeros de Malta han menester tanto los Virreyes de Sicilia, que no pueden vivir si no los tienen contentos. El Cigala, que era de la misma opinión, andaba por reconciliarse con el Virrey, porque aunque al principio aprobaba la empresa, diciendo que no era menester para ella más que pan y paciencia, después anduvo remontado con los demás; y viendo ya que estaban al cabo y que le había menester en Sicilia para cobrar el sueldo de sus galeras, ya siete, y el Guimarán por no tener designio á más de lo que les cumplía, fueron parte á hacer perder el armada.

Guimarán se fué á tierra y dió parte al Virrey de lo que pasaba en las galeras. El Duque vino á las galeras, pasadas dos horas de noche, y dijo que le faltaban por embarcar los tudescos; que les había dado su palabra de no ir sin ellos, y que le diesen los esquifes de las galeras para embarcarlos. Juan Andrea mandó á todas las galeras que inviasen todos los esquifes en tierra, y que si él se levase antes que viniesen, que le siguiesen sin aguardarlos, y que todos guardasen muy bien el agua que tenían.

Juan Andrea se levó, pasadas tres horas de noche y más, para salir á la mar, como habían acordado, sin aguardar los esquifes, y fué causa que se dejase de salvar mucha gente principal que se embarcara en ellos de las galeras que encallaron.

Dende á poco se metió viento de afuera y mar, que no les dejaba pasar adelante, por venir por proa, y por no cansar la chusma dió fondo bien cerca de donde el armada turquesca estaba surta, sin que nuestras galeras ni Scipión, que era de guardia, las descubriesen hasta que era ya el día. Algunas galeras nuestras acertaron á dar fondo junto al armada, y en descubriéndola hicieron trinquetes y se metieron en huída, y así vinieron otras muchas á hacer lo mismo, de mano en mano; y siendo ya todas á la vela, trabajaban por salir á la mar, teniéndose á la orza cuanto podían, por hallarse muy dentro y sotavento del armada de los enemigos.

Como los turcos vieron huir nuestras galeras tan derramadas, sin orden ninguna, hicieron vela sobre ellas, y como venían en popa, ganábanles mucho camino, y la Real, viéndose tan dentro á tierra que no podía salir á la mar, hizo el caro para entrarse por el canal al fuerte. Siguiéronla 26 ó 27 galeras y las 4 galeotas. Tomaron dellas los turcos las 18 ó 19. La Real encalló tan lejos del fuerte, que no se pudo favorecer dél. Las galeotas y otras tres galeras ligeras se entraron por el canal hasta surgir en el reparo, sin perder nada. La patrona de Sicilia y otras dos galeras de las de aquel reino se perdieron muy ruinmente por desampararlas, así los capitanes dellas, como los de infantería que iban allí con sus soldados, aun encallado tan cerca del fuerte que no podían llegar á ellas sino con esquifes, porque la artillería dél hacía estar á largo las galeotas de los turcos que las habían seguido. Como las desampararon, huyéronse los más de los esclavos y forzados dellas y saqueáronlas. Ayudáronles á ello los mismos marineros con muchos esquifes y fragatas que entendían en este servicio, sin haber quien se lo estorbase ni castigase. La _Condesa_, que había encallado junto á éstas, combatió todo el día muy bien, disparando artillería á las galeotas y á la Real, que estaba ya por los turcos. Á la tarde, con la creciente, se entró ésta con las demás en el reparo, y salieron dos galeotas de las nuestras por ver si podían recobrar una galera; y después de haber disparádose artillería de una y otra parte, se tornaron sin osar llegar á las manos. A una galera del Marqués de Terranova, que la habían desamparado como las otras, se metió fuego, porque no se aprovechasen della los turcos. Estaba llena de olio soto, cubierta y embarazada con lana y mercancías. Desta manera iban las más de nuestras galeras, que tuvieran trabajo escapar puestas en caza, aunque las de los enemigos eran tales, que no había en todas 20 galeras ligeras para poderlas alcanzar.

Las galeras que se tuvieron á la mar se escaparon. De las naves se perdieron nueve de las más pequeñas; parte dellas había ya desamparado la gente, y pasádose á los galeones y naves gruesas que iban bien artilladas. Nenguna destas se perdió, ni de otras que quisieron pelear. Una nave arragucesa peleó muy bien: dió un cañonazo á una galera que la seguía, que le llevó 19 remeros y cinco soldados, y viendo esto los demás, se alargaron della. Á otra daba caza el Bajá, después de haber tomado una galera. Disparó un cañón que le pasó por entre los fanales, que espantó á Dramuxo, Arráiz y Cómitre Real, y le dijo qué quería hacer de aquélla, si quería perder de gozar de la victoria que había habido. Los galeones fueron siempre disparando artillería á las galeras que los seguían, haciéndolas estar bien largas dellos, sin perder de hacer su camino.

Perdiéronse nuestras galeras tan ruinmente, que entre todas sólo dos ó tres pelearon. La _Mendoza_ de Nápoles quedó sin gente: toda murió combatiendo. Murieron en ellas el Alférez Gil de Oli y el Alférez Sebastián Hurtado y otro Alférez que se decía Iñigo de Soto, peleando como muy buenos soldados. Aunque en las demás no se peleó, no por eso dejaron de matar los turcos mucha gente en ellas, paresciéndoles que no era vitoria si no la ensangrentasen.

Á Flaminio, General del Papa, mató una bala de artillería. Prendieron á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, con dos hijos suyos, D. Juan y D. Diego. El D. Juan venía en la _Leyva_ con gente de su compañía, y sólo él tomó armas para los enemigos, y se fué á la proa de la galera con una espada y una rodela para defender que no entrasen los turcos.

Prendieron á D. Berenguel, General de las galeras de Sicilia, con D. Juan de Cardona, su yerno. Estos se perdieron por hacer lo que debían en seguir al General. Prendieron á D. Gastón de la Cerda, hijo del Visorrey de Sicilia, y al Obispo de Mallorca, y D. Fadrique de Cardona, y el Maestre de campo Aldana y otros muchos caballeros y Capitanes. Salvóse Juan Andrea en una fragata. Estaba muy flaco de una recaída. Había llegado dos veces á morir, y como llegó en tierra, vinieron algunos á consolarle; respondió que se contentaba de haber perdido la hacienda y no la honra, como otros, aunque de esta vuelta no se le puede dar honra alguna ni loar su buen gobierno, pues dejó de salir con tiempo á la mar, y desamparó las naves, que no lo había nunca de pensar. Había de entender que los queran de opinión que se fuesen de por sí las naves, no tenían gana de pelear ni hacer lo que debían; solamente lo hacían por ir escapulos para huir, y ya que se determinaran á ir sin ellas, si quisieran, pelear con las 45 ó 46 galeras que tenían, y cuatro galeotas tan buenas, que pasaban por galeras, sin muchas fragatas y bergantines.

En teniendo nueva de los enemigos, tomaran más gente, que en esto pudieran llevar la ventaja que ellos tenían de más galeras; hiciéranlos estar día y noche con las armas en la mano y no llevarlas en cubierta como las llevaban. Debieran tomar ejemplo de Faser Bay, renegado corso, General de Rodas, el cual, teniendo nueva que el gran Prior de Francia andaba por aquellas mares con cinco galeras de la Religión y una fragata, pudiendo armar más galeras, armó solamente cuatro y le fué á buscar, y hallándolas en la isla de Candía, combatió con ellas y les tomó una galera.

Podrá decir el Rey nuestro Señor por el suceso de estas galeras, lo que dijo la buena memoria del Emperador su padre por lo de la Previsa: «que donde no está su dueño, ahí está su duelo.»

Disparando este día una pieza de artillería de lo alto del castillo á unas galeotas, reventó y hirió y mató siete ó ocho hombres. Erró muy poco de matar al Duque. De los heridos y muertos, los cuatro ó cinco eran criados suyos.

Aquella noche se embarcaron el Duque y Juan Andrea secretamente en sendas fragatas para ir á Sicilia. No les hizo tiempo para partirse: fuéronse la noche siguiente. No se tuvo nada bien el Duque, ya que se iba, irse sin hablar á la gente. Fueron cinco ó seis fragatas juntas, en que iban el Conde de Vicar, D. Pedro de Urrias y otros muchos caballeros.

Tratándose aquel día si los enemigos metiesen gente en tierra ir á estorbárselo, preguntó D. Alvaro al Duque qué armas llevaría. El Duque le respondió que allí tenía armas y un volante; pero que no iría, por quedar en el fuerte á dar orden de lo que era menester. D. Alvaro dijo que tampoco saldría él. Este mismo salieron de la isla el Papa del Caruán y el Infante de Túnez y el jeque con los moros de su parcialidad.

El Bajá se recogió dende á dos días con las galeras que allí habían quedado: era la mayor parte de la armada, porque hasta con 30 fué dando caza el Bajá á las galeras y naves. Dispararon mucha artillería las unas y las otras. Al juntarse tuvimos miedo no hubiesen tomado las fragatas en que iban el Virrey y Juan Andrea: dende á pocos días supimos cómo habían llegado á Malta en salvamento, donde hallaron algunas de las galeras que se habían escapado.

D. Alvaro de Sande, después de ido el Duque y los que iban con él, comenzó á cortar dellos, y inviando D. Enrique de Mendoza, uno de los que se habían ido, por una armadura que había dejado, dijo D. Alvaro que llevasen las armas del conejo. Quejábase ansí mismo de D. Pedro Velázquez, diciendo que por culpa suya, sin 200 botas de vino y más, sin otras vituallas que se llevaban las naves, por no haber dado orden que lo desembarcasen. En esto tenía muy gran razón, aunque por lo que él estaba más mal con él, era por no haberle querido dar dineros de la corte á cuenta de su salario, y porque había dicho el Duque que no se fuese de la fuerza hasta que se fuese Don Alvaro. No decía mal en conservador, porque si el Duque no se iba, hacía lo que debía á buen caballero y buen Capitán, quedándose á favorescer la gente que había traído consigo, para morir con ellos, y nunca el fuerte se perdía, que todavía se diera orden á pelear; el jeque se viniera con él al castillo y el Papa y el Infante no se fueran, y no osaron los turcos meter gente en tierra, sino vieran idos éstos; ni el Rey de Túnez diera las vituallas con que se entretuvo el armada, si el Visorrey desde allí le escribiera agradeciéndole lo que le había inviado á ofrecer, reconciliándole con Don Alvaro de la Cueva, alcaide y General de la Goleta.

Cinco días después de perdidas las galeras, nos estuvimos mano sobre mano mirándonos unos á otros sin trabajar en el fuerte. Después se comenzó á traer fajina, que era menester pelear para tomarla. En muy pocos días se hizo el parapeto del fuerte, y el lienzo de la marina, questaba á la parte de poniente, se detuvo, por ser de piedra. Tornóse á hacer de fajina y tierra, porque se pensó que los enemigos batieran por aquella parte. En esto llegó de Trípol Dragut con sus galeras, y determinóse el Bajá á echar gente en tierra, y envió á Monsalve, uno de los que se habían preso en las galeras, con una carta suya para D. Alvaro; pero no la quiso tomar ni ver: trató mal de palabra al Monsalve, y dijo que si no mirara al amistad que tenía con el Capitán Monsalve su hermano, le hiciera un castigo ejemplar, y así le invió luego con su carta diciéndole que dijese al Bajá que pues Dios les había dado una tan gran vitoria en mar, sin pelear, que viniese á probar su ventura en tierra.