Estudios históricos del reinado de Felipe II

Chapter 20

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«Que apretándole cada vez más las quejas de los suyos y los disfavores y desconsuelos aquí, sin ser de ningún servicio, le era forzoso consignar que en promesas de príncipes, fuera de lo que toca á su honra, era de consideración excusar desengaño. Decíanle los suyos no menos sino que no esperase verlos en Francia, y que se resolviera á que no lo tuvieran ni por marido, ni por padre, ni por hombre de entrañas humanas ni agradecidas á lo que habían padecido... Que pues aquí vivía inútil para S. M., y el estado en que se hallaba era de tanto daño si le tomaba la muerte dejándolos hijos de francés por el pan de la boca, le diera licencia para irse á alguna ciudad neutral á donde probar si estaba en esto el efecto de verse junto á los suyos[242].»

[Nota 242: Apéndice, documento XIX.]

Algún efecto produjeron las últimas gestiones: el Conde de la Rochepot, enviado como Embajador á España en 1600, recibió encargo de interesarse por Pérez con la eficacia que acredita el siguiente párrafo de las instrucciones:

«Cuidará particularmente de inquirir lo que podrá hacerse en favor del Sr. Antonio Pérez, por la suerte del cual tiene gran compasión Su Majestad, pues ha llegado á la desdicha en que se encuentra por desgracia y no por malignidad. Se informará de la manera con que son tratados la mujer é hijos, intercediendo por ellos á fin de conseguir que se restituyan en totalidad los bienes pertenecientes al padre y á los hijos, para que disfruten los beneficios de la paz y de la recomendación de S. M.[243].»

[Nota 243: _Memoirs_ de Duplessis Mornay: París, 1824, tomo IX, página 355, cit. por M. Mignet, pág. 365.]

Conocida la instrucción, decía la pluma incorregible del Peregrino: «Este Rey está fuerte en no consentir á los franceses absentes gozar sus casas y bienes si á Antonio Pérez no le dan su mujer, hijos y hacienda. Quizá este mismo favor dañará, pero serán gloriosos daños. Del nuevo Rey de España quiero esperar que imitará á David, _por no probar los azotes de su reino por pecados ajenos_[244].»

[Nota 244: Colección Ochoa, parte I, carta CXXVII.]

Debió de dañar en verdad, más que la recomendación, la advertencia; en nada se alteró la resolución del Ministro de dejar las cosas como estaban, mientras que la bilis del expatriado sufría alteraciones graves al punto de obscurecer las dotes de hombre de negocios.

«Roni me trata mal, escribía al Condestable; el Rey manda que no me mude mi pensión, y Roni no quiere: no entiendo; y si lo entendiendo, que si me faltare el pan, buscaré un amo á quien servir, y esta licencia no me la negará el Rey[245].»

[Nota 245: Apéndice, documento XXX.]

Más agrio á medida que el tiempo trascurría, volvía á decir al Condestable en 1604:

«Dijo el Rey á Roni que no me tocase en la consignación, y Roni no quiere, y há tres meses que debo el pan que como. Pero más ha hecho el Sr. Gil de Mesa hoy, que ha dicho á M. de la Varenne que, si el Rey no quiere, que hable claro y no nos traiga engañados, que buscará Antonio Pérez un amo á quien servir. Por cierto, chico estómago tiene la corona de Francia si tan pequeña partida embaraza[246].»

[Nota 246: Apéndice, documento XXXVI.]

Sin embargo, por un resto de consideración ó indulgencia solía Enrique IV defender alguna vez á su Consejero de la malquerencia de Villeroy y de Rosny; prueba esta carta dirigida al último:

«Antonio Pérez ha venido á darme gracias por los tres mil escudos que se le han dado, y á suplicarme se extiendan á la cantidad de cuatro mil, con el fin de que si llega á saberse en España no digan que recibe menos que en los años anteriores. Así, por satisfacer la vanidad de este hombre, os ruego se le complete la referida suma de cuatro mil escudos[247].»

[Nota 247: Mignet, pág. 383.]

De todos modos, empeoraban la situación crítica del proscripto el peso de su inutilidad, la humillación del descrédito, la necesidad apremiante de la subsistencia, instándole á redoblar las diligencias que le abrieran la puerta del destierro. En los preliminares de paz entre España é Inglaterra entrevió la ocasión de descorrer por sí mismo el cerrojo, haciendo valer servicios é influencias que parecieran grandes, y con la osadía que no le faltó nunca acometió el plan rápidamente concebido.

En la preparación hay pormenores que no están suficientemente esclarecidos. Birch[248] presumía que los artificios de la corte de España, empleados para apartarle de Enrique IV, le engañaron; que persona de la embajada de España en París, garantida por la palabra de un Grande que pasaba por allí hacia Flandes, le aseguró, en el caso de renunciar á la pensión que disfrutaba en Francia, que antes de seis meses sería reintegrado en los bienes y honores que había tenido en su país.

[Nota 248: _Memoirs_, cit.]

Bermúdez de Castro, dando crédito en esto, como en otras cosas, al interesado, consigna que el Conde de Miranda, Presidente del Consejo de Castilla, declaró explícitamente á Doña Juana Coello que sólo dejando el servicio del Rey de Francia podría abrigar esperanzas de acomodar satisfactoriamente los asuntos. Con este conocimiento fué Antonio Pérez á visitar al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, quien no sólo aprobó los consejos del Conde, sino que informó al Peregrino de los despachos del Duque de Lerma, en los mismos términos concebidos[249].

[Nota 249: Bermúdez de Castro, pág. 274.]

Hay pruebas fehacientes de la inexactitud de tal relato: podrían muy bien, los que de veras se interesaban por la suerte del emigrado, hacerle indicación de no ser su proceder el más á propósito para alcanzar el olvido de los anteriores; porque ello es que al tiempo mismo en que solicitaba con empeño y amenaza lo que creía pertenecerle, pasaba por Consejero oficial del Rey de Francia; continuaba siendo confidente secreto del de Inglaterra, dando á los Embajadores Winwood y Parry avisos que ellos transmitían al Secretario de Estado Cecil[250], y seguía reuniendo en su casa el foco de la conspiración de los refugiados enemigos de España. Podría también ser cierto que las personas á quienes Antonio Perez demandaba recomendación alimentaran vagamente sus esperanzas, por no tener parte en el desengaño; todo cabe menos la idea de que hubiera persona que intencionadamente se propusiera agravar un estado que inspiraba conmiseración.

[Nota 250: Ed. Sawyer, _Memorials of affaires of State in the reigns of Queen Elizabeth and James I_: London, 1725, tomo I, páginas 366 á 407.--Birch, _Memoirs_, cit.--Mignet, pág. 384.]

Bermúdez de Castro agrega que con la intervención del Condestable de Castilla, del Embajador de Venecia, del Cardenal Legado, se presentó á Enrique IV, exponiendo humildemente su situación y suplicándole que, alzando los juramentos, admitiese la renuncia de la pensión que gozaba. Oyóle con calma el Rey y preguntóle si había reflexionado maduramente; hízole mil ofertas para que no le dejase, y prometió pagarle el sueldo en secreto si juzgaba que argüía infamia el público socorro. Aunque con agradecimiento y respetuosa cortesía se mantuvo firme Antonio Pérez en su resolución, é irritado el Monarca del desaire, declaró al Embajador de España que el Ministro emigrado nada tenía ya que ver con su servicio[251].

M. Mignet no ha encontrado indicio que acredite este incidente más que los anteriores, ni en la Colección Birch se justifica tampoco: hay, como se verá, documentos que en una parte lo contradicen.

Para apartarse de París, donde se ponía en duda su lealtad y la sinceridad de sus deseos (continúa diciendo Bermúdez de Castro), pensó marcharse á Venecia, entendiéndose con el Nuncio y con el cambista Alejandro Teregli; pero renunció á este plan, porque se movieron tratos para que se presentase en San Juan de Luz á una entrevista con los comisionados del Santo Oficio. Deshecho también este proyecto, determinó retirarse á Inglaterra á esperar su suerte á la sombra de sus antiguos protectores[252].

[Nota 251: Bermúdez de Castro, pág. 275.]

[Nota 252: Idem, páginas 275 y 276.]

Lo de Venecia es evidentemente fantasía de aquéllas que continuamente inventaba el autor de las _Relaciones_; no lo es menos el retiro pensado en Inglaterra. ¡Protectores allí! Después de la desgracia y suplicio del Conde de Essex, seguido de la muerte de Antonio Bacon, en 1601, no le quedaban más que enemigos. Así no pensaba en arrimo ni sombra que le cobijara en las islas, sino en puente que desde ellas le pasara á la corte de España. Con el Embajador Zúñiga y con el Condestable de Castilla, contaba á ciencia cierta que habían de encarecer el valor de su intervención en el tratado de paces, porque se le acordara siquiera domiciliarse en Flandes al lado del segundo; por el lado del Embajador de Inglaterra, Tomás Parry, se había provisto de cartas para Cecil.

Completamente equivocado el Sr. Bermúdez de Castro, acaba el episodio explicando que al despedirse Antonio Pérez de Enrique IV recibióle con suma frialdad, pues sospechaba que iba á Londres con misión secreta del Soberano español para concertar, de acuerdo con el Condestable de Castilla, la paz entre ambos reinos (!), que en vano le protestó Manuel Don Lope la verdad: no se desengañó hasta más tarde[253].

[Nota 253: Bermúdez de Castro, pág. 276.]

Enrique IV sabía positivamente ser la intención de su ex-Consejero insinuarse con el Rey Jacobo I, penetrar sus disposiciones y comunicarlas al Condestable D. Juan de Velasco, que podría sacar partido en beneficio de las negociaciones. Tan lo sabía, que lo advirtió anticipadamente en carta personal á su Embajador en Londres, Conde de Beaumont, escribiendo esta frase: «Cree hacerse el necesario y me parece que se equivoca[254];» y antes lo había advertido su Ministro de Estado M. de Villeroy diciendo: «Cuidado con Antonio Pérez, que nos ha informado de su marcha, no vaya á sorprender, como se promete, á los cortesanos y á las damas con las lisonjas y adulaciones de costumbre, y dé á entender con motivo de las paces que ha prestado servicio de tal naturaleza, que merece ser reintegrado en los bienes y honores que tuvo. No he visto jamás en hombre impudencia, vanidad y desenfado como los suyos... tened cuenta con todo lo que haga y diga, hasta en las menores cosas, porque da contento al Rey saberlo, y me encarga os lo recomiende[255].»

[Nota 254: Enrique IV á M. de Beaumont, en 6 de marzo 1604.--Mignet, pág. 386.]

[Nota 255: M. de Villeroy á M. de Beaumont, en 29 febrero 1604.--Mignet, pág. 385.]

Los despachos atestiguan que el conocimiento de la persona era tan exacto como el de las intenciones. No menos le conocían en Inglaterra.

Antes de desembarcar en la isla, recibió carta del Conde de Devonshire haciéndole saber que el Rey no le acordaba licencia de entrar en sus Estados _por tener de él muy mala opinión y merecer á lord Cecil odio y desprecio_[256]. No había motivo para tenerse por lisonjeado; no se dió tampoco por entendido: con la atrevida inconsideración genial puso pie en tierra, avanzando hasta Canterbury, desde cuya ciudad escribió al Rey larga carta en latín, manifestando la extrañeza que le había causado recibir una orden inusitada en vez de los favores que se le habían hecho esperar. Invocaba la autoridad del Embajador Parry, que le había dado cartas, diciendo: «Por eso me dirijo á V. M. y apelo á su justicia, poniendo por delante su nombre y palabra para que se sirva examinar con prudencia, pesar y decidir si el punto á que han llegado las cosas, según la ley natural, conviene á la Majestad real y es debido á un extranjero no desconocido en el mundo y que se ha fiado en tal palabra. Si por otro lado puede servir mi persona de obstáculo en los negocios que actualmente se tratan, pues en tal caso, aunque yo no sea un Jonás que haga alborotar la mar y los otros elementos, me retiraré á cualquier rincón del reino bajo el favor y protección de V. M., que lo consentirá, para que las gentes no se admiren y quieran saber por qué sólo se niega á Antonio Pérez lo que á ningún desterrado ni á ningún fugitivo en un reino libre y poderoso[257].»

[Nota 256: His Majesty having a very ill opinion of him, and the lord Cecil both hating and despising him. Colección Birch, pág. 142.--Carta de M. de Beaumont á M. de Villeroy de 29 febrero 1604.--Mignet, pág. 386.]

[Nota 257: M. Mignet inserta el texto íntegro en latín, pág. 388.]

La epístola produjo en Jacobo paroxismo de cólera; mesándose la barba[258] tildó de animal á su Embajador en París[259] y reiteró la orden que Pérez tuvo que cumplir, volviendo corrido al continente á saber que sin su agencia ni concurso se había firmado el tratado de paz en Londres en agosto de aquel año, 1604.

[Nota 258: Falling into such a rage, that he tore his beard. Birch, pág. 142.]

[Nota 259: M. de Beaumont á M. de Villeroy en 29 febrero 1604.--Mignet, pág. 389.]

«Los ingleses nos han devuelto algo incivilmente á Antonio Pérez, escribía Villeroy al Conde de Beaumont. Ahora pide al Rey, de limosna, la pensión de 12.000 libras que le daba S. M. antes de marchar; pero le conocemos y estimamos en lo que merece, como ahí y acaso más. Viene contando que Cecil le ha jugado esta pasada, de acuerdo con el Embajador de España, por la amistad que tuvo con el Conde de Essex: lo cierto es que la adversidad no le ha enseñado á ser más cauto y prudente que el auje[260].»

[Nota 260: M. de Villeroy á M. de Beaumont en 9 de marzo de 1604.--Mignet, pág. 389.]

No perdió momento Pérez, como Villeroy refiere, en el ensayo de reconquistar el terreno perdido en Francia; por intermisión del Condestable y embajada de Manuel Don Lope quiso justificar el viaje por aventura arriesgada de necesidad, de la que volvía postrado con gran calentura. Empezaba por pedir al Rey, con la disculpa, mandara le admitieran en el Convento de San _Denis_, para que si muriese tuviera cerca la sepultura, y por final ponía: «Con esta prueba, Syre, que he hecho por mi mujer é hijos, habré cumplido con ellos y con estas obligaciones generales y cristianas; y si á poco más que les daré de término, que no pasarán de dos ó tres meses, para ver si me los quieren dar, con que habré cumplido con todo, yo me resolveré á morir siervo de V. M. en sus reinos, sin dejarme engañar más[261].»

Manuel Don Lope estaba encargado de encaminar la insinuación á favor de memorandum trazado por la pluma del hábil intrigante, sin olvidar la amenaza de buscar otro amo, testimonio de la penetración de Villeroy[262].

[Nota 261: Apéndice, documento XXXVIII.]

[Nota 262: Idem, documento XXXIX.]

Sin perjuicio de estas diligencias, cumplía realmente el Sr. Antonio la indicación puesta en la carta á Enrique IV de intentar otra prueba en España, que sería la última. Comunicado el proyecto con D. Juan de Velasco, ofrecía formalmente al Embajador de España servir de espía, utilizando las relaciones que tenía en Francia, y comunicar los secretos de la política de esta nación, estableciendo, por más seguridad, su residencia en Besançon ó en Constanza, siempre que se le dieran 150 escudos al mes. D. Baltasar de Zúñiga se procuró informaciones, tuvo varias conferencias con el pretendiente y hubo de dar curso á la proposición, remitiéndola, con despacho suyo, al Duque de Lerma, que la puso en trámite secreto del Consejo de Estado.

En tanto, no parece que logró Pérez la celda gratuita en San Dionisio[263] ni en otro Convento de Bernardos[264], volviendo á París al barrio de San Lázaro[265], vendidos los coches y mobiliario para subsistir. Pudiera dar lo mismo por perdida la ilusión de pasar los Pirineos á tener conocimiento de lo que en la corte de España ocurría. En despacho al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, de Valladolid á 10 de junio de 1604, decía el Rey Don Felipe:

[Nota 263: Apéndice, documentos XLIII y XLIV.]

[Nota 264: Idem, documentos XLIV y XLV.]

[Nota 265: Mignet, pág. 392.]

«Cuanto á lo que os dijo el Rey por Manuel Don Lope, será acertado que pase en disimulación, pues la calidad de su delito no permite otra cosa, y así daréis allá la salida que mejor os pareciere[266].»

[Nota 266: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_, _K-1.451_, _A-58_, pág. 116.]

Es decir, que Enrique IV mostraba por un emigrado de la causa de Antonio Pérez un interés que no era ya extensivo á éste, y que considerado sin remisión el delito del subalterno, necesariamente se había de tener en España igual, si no mayor rigor, con el jefe. De lo primero es confirmación el proyecto de tratado definitivo de paz entregado en 31 de agosto del propio año á M. Emery de Barrault, nuevo Embajador de Francia en España, sin mención de Antonio Pérez[267]; de lo otro no deja duda la plática que entre el otro Embajador, La Rochepot y el Duque de Lerma, se verificó el mismo mes de agosto. Quejándose el de Lerma de muchas cosas pasadas después de la paz de Vervins, en perjuicio de los juramentos solemnes de conservarla, y enumerándolas, dijo: «Que Antonio Pérez y otros españoles y portugueses se acogieron de muy poco acá á Francia, y que tal manera de vivir cría muy gran desconfianza entre los dos Reyes é impide una verdadera reconciliación tal cual está deseada.»

[Nota 267: Biblioteca Nacional de París, Esp., 336, fol. 109.]

Contestó el Embajador «que Antonio Pérez y los demás acogidos á Francia, á todos es muy manifiesto que eso fué en tiempo de la guerra y no después de la paz hecha[268].»

[Nota 268: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_, _K-1.593_, _B-81_, pág. 51. M. Mignet vió este documento: lo cita pág. 390.]

Pero un documento de mayor importancia, que no conocieron Bermúdez de Castro ni Mignet, explica con mayor claridad por qué el Duque de Lerma entretenía indefinidamente la solución tan esperada. La sección secreta del Consejo de Estado había informado al Rey en estos términos:

«Señor: En la Junta de dos se vió una carta del Condestable de Castilla para el Duque de Lerma, de 25 de julio, y la copia de un capítulo de carta de D. Baltasar de Zúñiga para el Condestable, y en las dos hablan de Antonio Pérez; y la substancia es que á Antonio Pérez se le dé algún dinero por mano del Embajador, y que salga de allí y vaya á residir á alguna parte neutral, donde dicen que podrá ser de provecho para las materias de Francia cuando estuvieren en estado de poder negociar en él las cosas de substancia, como si aquel Rey faltase, porque tiene particular noticia de las cosas de çuiços y es estrecho amigo de venecianos y ingleses, digo, de sus Embajadores, y del Condestable de Francia y del Duque de Suessons [así], y que en Bisanson ó en Constancia se le podrían dar 100 ó 150 escudos al mes por vía de la Embajada de Francia; y la conveniencia de sacarle de Francia es por quitar que portugueses, aragoneses y otros foragidos no acudan á él, sobre lo cual se votó como se sigue.

»El Comendador mayor, que Antonio Pérez ha sido y es el que se sabe, y de ninguna prudencia y consejo, y que muchas veces se ha maravillado de que, tras tantos trabajos y en su edad, no se haya retirado á un rincón á hacer penitencia de sus pecados, y que agora que se halla desvalido y desfavorescido y desautorizado en Francia, mueve nuevas pláticas, y por ventura fingidas, para engañar y poder deservir mejor, como lo ha hecho siempre y se puede creer del acto que hizo de despedirse de aquel Rey, y en ese color quiso ir á Ingalaterra, donde no tenía que hacer; y pues no iba por cuenta y orden de V. M., se ha de creer que iba por la del Rey de Francia, como se verifica, pues cuando el de Ingalaterra no le dió entrada, se volvió á París y allí fué recibido; y habiéndole dejado de admitir en su reino el de Ingalaterra, por tener respecto á V. M., le podría dar mucho que pensar si agora le viese amparado de V. M., cuanto más que el quererle guardar para cosas de Francia para adelante, se dice como si Antonio Pérez no tuviese más años que el Rey de Francia, y por lo menos confiesan las cartas que de presente no es de ningún fruto, y en lo de adelante es muy dudoso todo lo que dél se puede esperar, aun cuando de su fidelidad se pudiera tener certeza, y lo que se debe tener está bien entendido; y entretenerle en çuiços de ninguna manera convendría, pues se ha negociado con ellos cuanto se ha deseado, y podría ser que allí hiciese, por lo menos, oficios por todos, y revolviese lo que está bien asentado. Y yo no hallo que en Francia pueda ser de daño, ni en ninguna parte de provecho para el servicio de Dios ni de V. M., y que de los daños que hiciese en otras partes no habría disculpa, pues no hay razón para prometerse dél mejores cosas que las pasadas. Y que cuando se hubiese de hacer algo por él, sería entretenerle en alguna isla remota, no para que haga algo, sino para que se salve, y aun dará cuidado que allí no haga daño.

»El Conde de Miranda, que él ha sido el que ha hecho más oficios con V. M. por la mujer y hijos de este hombre, para que V. M., apiadándose de la grandeza de su necesidad, les hiciese la merced que les ha hecho; pero que por el hombre no puede interceder, siendo el que ha sido y el que es, y que si estuviera en un calabozo, por ventura se doliera dél; y que lo que conviene para el ejemplo público y para todo, es que, si puede ser habido, se castigue como obligan las leyes divinas y humanas, pues ha sido infiel á Dios y á su Rey y Señor natural; y que aun cuando entregara á V. M. dos ó tres fuerzas, no sabe si viniera en lo que se propone, y tanto menos estando agora actualmente ofendiendo á ambas Majestades; y que él se ve reducido á términos que ya el de Francia ni nadie se fía dél, y que tanto más sería de mal ejemplo y consecuencia que V. M. se sirviese ni fiase dél; y que aunque en los Reyes no ha de haber rencor, han de ser constantes y firmes en favor de la justicia, y que así en lo que se ha de poner la mira es en procurar de haberle á las manos, porque la misericordia de los Reyes no ha de ser para tan malos y perversos hombres; y que no es menos necesario que los Ministros entiendan que si cayeren en semejantes delitos, no ha de haber misericordia para ellos; y que á la mujer y hijos podrá V. M. hacerles la merced y bien que fuere servido.

»El Comendador mayor de León añadió que D. Juan de Luna, castellano de Milán, por un disgusto se fué á París, y que, aunque no hizo ningún otro deservicio, se exceptuó en cédula aparte en las paces del año de 59, sin que S. M., que haya gloria, se dejase vencer por ninguna consideración.--V. M. mandará lo que sea servido. En Valladolid á 30 de agosto de 1604.--Rúbrica[269].»

[Nota 269: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_, _K-1.593_, _B-81_, pág. 53.]

En Inglaterra, en Francia, en España, el juicio y la opinión de Antonio Pérez eran, como se ve, de paridad nada envidiable: si el Gobierno, en la última de estas naciones, en la patria del desdichado, dejaba sin respuesta las súplicas; si las personas á quienes particularmente pedía recomendación en su favor el proscripto ocultaban la verdad y alimentaban vagamente la esperanza, á piadoso engaño, no á cruel animosidad, obedecían.

VI.

En Francia se iban cerrando una tras otra las puertas que el español suntuoso atravesaba al concurrir á los saraos y festines de los cortesanos parisienses, imitadores de su Rey; el comensal picante, el que un día por gala se decía _Antonio Pérez, mendigo en Francia_[270], veía con espanto la horrible faz de la miseria, sin encontrar reparo que le escudara; sordo el monarca á las súplicas, pretendía llegaran á los personajes influyentes con agasajos de aquellas industrias españolas de estimación galante. Se dedicó al adobo de pieles en ámbar con que hacer guantes[271], á la preparación de perfumes y aun de mondadientes, lisonjeando la vanidad incurable con ejemplos de mayor desventura. «Dionisio el tirano, habiendo perdido su reino, dió en ser maestro de escuela por pasar la pérdida mejor con oficio en algo semejante de mandar y castigar; él daba en maestro de plumas por conservar los dientes para morder como herido[272].

[Nota 270: Carta á M. Jamet, Colección Ochoa, parte II, carta XCV.]