Estudios históricos del reinado de Felipe II
Chapter 2
En todo tiempo ha sido el logro norte de los contratistas; en ningún acaso se echa de ver tanto como en la época de continuas guerras marítimas de que se va tratando, en que sin previsión, sin fiscalización, antes con la premura que no admite examen ni advertencia se demandaban los artículos en enormes proporciones. Bien puede decirse que más vidas ha perdido España por asentistas que por enemigos.
Hábiles y entendidos como nadie en estos negocios los genoveses, habían tomado á cargo el suministro de raciones de la expedición, calculadas en 3.600.000, ó sean las suficientes para 30.000 hombres en cuatro meses, y antes de salir del puerto se advirtió que estaban en putrefacción, siendo indispensable reemplazar una parte al menos, que familiarizara á los estómagos soldadescos con la menos adulterada ó mala.
Pasada nueva revista, resultó por enfermedades y deserciones baja de más de 3.000 hombres, componiéndose el ejército de 37 banderas ó compañías de españoles, 4 de alemanes, 35 de italianos, 2 de franceses y 100 caballos, griegos y sicilianos. La armada, entre naves de combate y transporte, alcanzaba la cifra de más de 100 velas, descomponiéndose de esta suerte:
Capitán general, Juan Andrea Doria, en la Real.--16 galeras más de su escuadra.
General de la escuadra de Nápoles, D. Sancho de Leyva.--7 galeras, 2 de ellas de Stefano di Mare ó Mari.
General de la escuadra de Sicilia, D. Berenguer de Requesens.--10 galeras, 2 de ellas del Marqués de Terranova, 2 de Mónaco, 2 de Visconte Cicala.
General de la escuadra pontificia, Flaminio de Languillara[20].--4 galeras.
[Nota 20: Herrera le nombra Flaminio Orsino.]
General de la escuadra del Duque de Florencia, Nicolo Gentile.--4 galeras.
General de la escuadra de Malta, el Comendador Carlo de Tixeres.--4 galeras, una galeota, un galeón.
Galeras sueltas de particulares.--5 galeras de Antonio Doria, mandadas por su hijo Scipión Doria, 2 galeras de Bendinello Sauli, 2 galeotas de D. Luis Osorio, una galeota de Federico Stait.
General de las naos, Andrea Gonzaga.--Un galeón de Fernando Cicala, 28 naves gruesas, 12 escorchapines, 7 bergantines, 16 fragatas[21].
[Nota 21: En la composición de las escuadras hay variedad en las relaciones: en el total de vasos están conformes las más.]
Salieron del puerto de Zaragoza todas las naves en los días 17 al 20 de noviembre de 1559 con desdichada estrella; un cambio brusco del tiempo las obligó á arribar desde Cabo Passaro con dolencia de las tropas y graves síntomas de descontento. La compañía de Don Lope de Figueroa, formada con bandidos de Sicilia[22], que iba en el galeón de Cicala, se sublevó; dió muerte al sargento, saqueó la carga, y poniendo fuego al resto escapó á tierra, sin que pudieran aprehender más de 25 ó 30 individuos los que acudieran á remediar el desorden. Otro tanto quiso hacer la compañía de Vicente Castañola, asimismo de sicilianos; y aunque el general, por justicia y escarmiento, mandó ahorcar á tres de los culpables, perdieron otros las orejas y fueron sentenciados á galeras los demás, la impresión pesimista á que contribuía el naufragio de una de las galeras de Juan Andrea Doria se dejó sentir en los ánimos, desconfiados de la estrella y aun de la autoridad del caudillo que los regía.
[Nota 22: Foragidos, dice Ulloa.]
Los menos asustadizos, aquellos capitanes y soldados viejos que servían de núcleo al ejército, pensaban que la empresa no era ya de provecho, habiendo pasado tanto tiempo y entrado el invierno, y dábales razón la mortandad de la gente que continuaba adoleciendo, y echándola en tierra los patrones, perecían de hambre y mal pasar en las playas sin que se hallase fácilmente quien les diese sepultura[23]. Apenas quedaban ya en la armada 8.000 hombres, y no sanos; mas no por ello quiso el Duque apartarse de su propósito y suspender el viaje.
[Nota 23: Herrera, lib. I, cap. IX.--Cabrera de Córdova, tomo I, página 284.]
Parcial ó totalmente se volvió á intentar en los días de diciembre, sin que las naves lograran montar el Cabo Passaro por la constancia de los vientos contrarios, ni aun á remolque de las galeras. Todo el mes fué preciso para que en dispersión llegaran á Marza Mussetto, en Malta, punto de reunión que se les había señalado, y que las últimas alcanzaron el 10 de enero de 1560.
Desembarcó la gente á refrescarse, y se organizó el hospital por pasar de 3.000 los enfermos; y así, mientras el gran Maestre y Caballeros de San Juan celebraban con salvas de artillería y arcos triunfales la llegada de los expedicionarios, nada menos que alegría se dibujaba en el semblante de éstos.
Mandó el Duque Coroneles para reclutar en Italia 2.000 hombres más; pidió al Virrey de Nápoles, Duque de Alcalá, auxilio, á que acudió enviándole tres naves con siete compañías de españoles, que sumaban 1.000 hombres; despachó al Proveedor general de la armada, D. Pedro Velázquez, en comisión de procurar víveres en Cerdeña y otros lugares; en una palabra, procuró rehacer aquel armamento tan castigado.
Hasta el 10 de febrero no se concluyeron los aprestos, cuya duración, llevados al principio, era en esta fecha de seis meses. Unido á la armada el contingente preparado por la religión de San Juan, que consistía en las cuatro galeras y una galeota dichas, un galeón bien artillado, con nueve piezas gruesas, sin las menores, 40 caballeros y 700 arcabuceros escogidos, dió la vela, con viento próspero de Levante, hacia Seco del Palo, fondeadero situado entre Trípoli y la isla de los Gelves, que había de servir de punto de reunión. En este momento empezaba en realidad la jornada.
Las galeras hicieron su derrota por las escalas de las islas Gozzo, Lampadosa y Querquenes, bajando de ésta á tomar el canal de Alcántara y costear la isla de los Gelbes, entre ella y la tierra firme hacia Oriente, con objeto de entrar en la Roqueta de los Gelves, donde se hace aguada.
Acercándose las escuadras hacia la torre que construyeron los catalanes en 1284, donde suele residir el jeque con alguna población, descubrieron dos naos: la una surta en el canal que llaman de la Cántara; la otra entre la Cántara y la Roqueta, y una milla más adentro, cerca de la puente que comunica á la isla con la tierra firme, dos galeotas. El Duque ordenó que aquellas embarcaciones se apresaran ó destruyeran, y las galeras fueron en tropel, á boga arrancada, por llegar primero al saco, sin tener en cuenta la dificultad de los canalizos. D. Sancho de Leyva, que tenía á bordo un excelente práctico moro, abordó la primera de las naos; á la otra llegaron Scipión Doria y Gil de Andrada con sus respectivas galeras, hallando que dichas naos, que eran de Alejandría, cargadas de mercancías, estaban abandonadas. De las dos galeotas enemigas nadie se ocupó por la codicia del saco en que todos querían poner mano, y fué falta militar de graves consecuencias. Dragut no poseía más que aquellas dos embarcaciones, con las que luego pudo dar aviso á Constantinopla y recibir socorro, como más adelante se supo; y por mayor mortificación de descuidados, vino á ser conocida la certeza de tener á bordo su tesoro por desconfianza de los moros de tierra.
¡Cuántas veces por causas pequeñísimas se han malogrado los mejores cálculos! ¡Cuántas ha conducido al desastre la excesiva confianza!
En ese mismo canal de la Cántara, mejor dicho de Alcántara, callejón sin salida, sorprendió el viejo Andrea Doria á la escuadrilla de Dragut después de la toma de África. Seguro de apresarla en totalidad, ya porque quisiera hacerlo con menos efusión de sangre, ya porque pensara estrecharle poco á poco, se contentó con asegurar la boca del canal, dejando descansar á sus tripulaciones; y en tanto, el inteligente corsario con las suyas y el refuerzo de 2.000 trabajadores, generosamente pagados, abrió canal por donde no lo había. Durante la noche arrastró por él una á una sus embarcaciones, y al amanecer, con asombro del Capitán general de la mar, el puerto estaba vacío: sólo quedaba en él una señal infame con que Dragut mofaba á su enemigo, y una vez más daba á entender el valor que tiene el tiempo en acciones de guerra.
Habiendo comprendido el Duque de Medinaceli la conveniencia de destruir ó tomar las dos galeotas que ahora estaban cerca del puente, en el fondo del caño, mal podían dejar de sentirla los generales de mar, sabedores de lo que fuera capaz de hacer con ellas Dragut; y no obstante, ni Juan Andrea Doria, bien que se hallara enfermo por entonces, ni Gasparín Doria, su Capitán de bandera, ni D. Sancho de Leyva, atendieron las reiteradas instancias del Capitán general de la empresa, desdeñando la operación de acometer con tan gran armada á dos embarcaciones, con menosprecio de la autoridad del jefe, y con carga de la responsabilidad que sobre ellos vino á caer por entero.
Fueron todas las galeras á dar fondo en la Roqueta, con prevención de Juan Andrea Doria de prepararse al aguada al amanecer el día 15 de febrero, y de desembarcar la tropa que había de proteger la operación. D. Álvaro de Sande la dirigió en persona, formando cuatro escuadrones de picas con mangas de arcabuceros; y aunque trataron de defender el desembarco unos 400 turcos escopeteros á caballo, apoyados por 300 moros á pie, y de cargar á los que llenaban los barriles, no lo consiguieron.
Tampoco á los nuestros fué posible tomar hombre vivo á los enemigos por la ventaja de la caballería con que se reparaban, aunque dieron con tal propósito algunas cargas á la carrera los arcabuceros, por lo que importaba tomar lengua. De haber sabido que Dragut se hallaba en aquel momento en la isla con poca gente, en hostilidad con la de los naturales y lo de las dos galeras, tomara otro sesgo la jornada.
Duraron las escaramuzas hasta el obscurecer. Concluída la operación del agua, que vino á costar algunos heridos, entre ellos Don Álvaro de Sande de arcabuzazo en la ijada y el Capitán Pedro de Aguayo en un brazo. Aquella noche, después del reembarco, marchó Uluch-Alí con las dos galeras á pedir socorro al gran Señor, y Dragut pasó por el puente á tierra firme, temeroso de que se lo cortaran.
No parece que ocurriera á nadie hacerlo: las galeras zarparon al amanecer del día 16, pasando á Seco del Palo en espera de las naves y aun de las galeras rezagadas, en número de ocho, á saber: las cuatro de Malta, dos de Mónaco y las patronas de Doria y de Sicilia. Cuando llegaron estas ocho á la Roqueta, echando gente á tierra para la aguada sin el orden debido, por competencia sobre quién había de hacer cabeza, los turcos, que vieron el desorden y las proas de las galeras á la mar, descuido inconcebible, por vengar los muertos de la escaramuza anterior, cargaron con furia, matando 150 españoles, comprendidos los Capitanes Alonso de Guzmán, Antonio Mercado, Adrián García, Pedro Venegas y Pedro Bermúdez[24].
[Nota 24: Hay diferencias de apreciación de bajas en las dos aguadas en las narraciones de Cabrera de Córdova y Herrera: el primero dice que en la dirigida por D. Álvaro de Sande hubo 157 muertos y 30 heridos, y en la de las galeras de Malta 80 muertos y cautivos, comprendidos los cinco Capitanes. Ulloa no consigna este suceso.]
Próximos al Seco de Palo estaban acampadas las tribus Mahamidas, enemigas de los turcos, y al llegar las galeras se pusieron en comunicación, informando al Duque de cuanto va aquí indicado, del paso de Dragut hacia Trípoli con 800 caballos y de la partida de Uluch-Alí con las galeras. Ofrecían su cooperación y la del Rey de Caraván, que por entonces estaba en el interior, pretendiendo fuera la armada cristiana á los Gelves y pusieran en posesión de ella á Mazaud, jeque elegido, expeliendo á los turcos, y que hecho esto podía pasarse á Trípoli, para cuya conquista todos ayudarían. Llevaban la voz en la proposición los principales de la isla.
En parlamentos, consejos y discusiones, pasaron quince días sin llegar á ningún acuerdo. Quién opinaba por la vuelta á Sicilia, visto que Trípoli se hallaba en defensa; quién proponía la ocupación de los Gelves, como empleo de la expedición y base para continuar lo de Trípoli en el otoño próximo, y quién sostenía se cumpliera el objeto del armamento, que había sido el ataque de Trípoli.
Durante las conferencias, á los efectos de la mala calidad de los víveres, se unían los del agua salobre de aquellos lugares y las emanaciones de los pantanos de Zuara, creciendo el número de los enfermos. Lo estaba Juan Andrea Doria y el Comisario de Florencia Pedro Machiaveli; habían fallecido Quirco Espínola, cuatro Caballeros de San Juan y más de 2.000 hombres; escaseaban las raciones por haberse perdido en los Querquenes en aquellos mismos días dos naves de provisiones, y en la propia costa de Trípoli la nao capitana nombrada _La Imperial_, por andar en malos tiempos en sitio de tantos bajíos.
El Duque encomendó separadamente á los jefes discurriesen lo que más convenía, citándolos á Consejo definitivo, que había de celebrarse en la galera Real. Al reunirse reconocieron unánimes la necesidad de la empresa de Trípoli, pues que para ella los había enviado S. M. Católica, juntando la armada; pero juzgáronla por de pronto irrealizable, conviniendo al fin en ir á los Gelves en espera de la gente y naos con que se había de reforzar la expedición. Quedaron por amigos los Mahamidas, recibiendo regalos, con oferta de guardar el paso de la puente á los turcos, y aun de formar un cuerpo de 400 caballos, pagados por los cristianos.
El 2 de marzo se trasladó la armada á las cercanías del cabo Valguarnera con mal tiempo, que estorbó el desembarco. Había de hacerse al Oeste del castillo unas seis millas, por ser el terreno á propósito y cercano á once pozos de agua dulce, aunque no muy buena, según las noticias de los confidentes, confirmadas en el reconocimiento que hicieron el Cómitre Real y el Maese de campo Miguel de Barahona.
Se puso toda la gente en tierra el 7 de marzo sin oposición alguna; antes vinieron dos moros á hablar al Duque de parte del jeque Mazaud, haciendo saber que había sido recibido de toda la gente de la isla por Señor, y en este concepto se reconocía buen vasallo de S. M. Católica: por tanto, podía volver á embarcar la tropa; y si quería comprar algunos refrescos, que se trasladara á la Roqueta, donde el jeque iría á verse con él para tratar del ataque de Trípoli.
Conocida la malicia de semejante embajada, aunque se contestó blandamente y con razones que requerían el alojamiento de la gente, se previnieron las guardias, sabiendo por un cautivo cristiano escapado cómo toda la gente de la isla estaba unida con pensamiento de dar la batalla juntamente con los turcos que había en el castillo.
Á 8 de marzo, formado el ejército en tres cuerpos, llevando la vanguardia el Comendador de Malta con sus caballeros y las compañías alemanas y francesas; el centro Andrea Gonzaga con las italianas, y la retaguardia D. Luis Osorio con las españolas, emprendió la marcha hacia los pozos, distantes ocho ó nueve millas de camino llano y espacioso. El Duque desplegó el guión de Capitán general, donde tenía pintada la torre de Babel en ruínas con esta letra: NISI DOMINUS ÆDIFICAVERIT DOMUM IN VANUM LABORAVERUNT QUI ÆDIFICANT EAM.
Los berberiscos se prometían repetir la acción que tuvieron con D. García de Toledo, dejando que la tropa marchara sin otra molestia que la sed para atacarla en los pozos, que habían cegado con piedra y arena, á excepción de uno. Confiaban en la dolencia que traía postrados á los más de los expedicionarios, y más les animó el accidente de haberse atascado la artillería en un pantano: mas no les salió la cuenta.
Cuando los escuadrones se acercaban al bosque, mientras lo flanqueaban las mangas de mosqueteros, salió á limpiar los pozos una sección de gastadores, y los berberiscos emboscados tuvieron que avanzar antes de lo que querían, cargando la caballería con alaridos espantosos tres veces, á pesar del destrozo que hizo en ellos la arcabucería. La escaramuza se prolongó luego hasta el anochecer, sin que hubiera de nuestra parte más de 30 muertos y 50 heridos, muy graves los Capitanes Gregorio Ruiz, Bartolomé González y Frías, mientras los enemigos tuvieron 300 muertos y 500 heridos, sin contar el desengaño.
Vieron que les convenía más el sistema de contemporización, por el cual el jeque Mazuad hizo sumisión en forma, obligándose á pagar el tributo mismo que la isla satisfacía al Sultán Solimán y á Dragut. Entregó en consecuencia el castillo, y el Rey de Caraván, el jeque de Túnez y los de las tribus Mahamidas visitaron al Duque ofreciendo servicios y tomando á cargo la custodia del puente de la isla contra los turcos.
El ejército se alojó en campo atrincherado, al que acudían los moros con provisiones, mientras se adoptaba en Consejo de generales el plan sucesivo, que no dejó de tener vacilaciones, siendo por último el de fortificar aquel castillo de fábrica romana para dejar guarnición que tuviera segura la isla é impidiera el armamento de corsarios, á favor de otro fuerte más pequeño en la Cántara, como llave del puerto y de la puente.
Hizo el trazado de las obras el ingeniero Antonio Conde de concierto con el general de artillería Bernardo de Aldana y del de marina Sancho de Leyva, y consistía en cuatro grandes caballeros ó baluartes, que con bastiones y cortinas encerraban la fábrica antigua; el ejército vino á alojarse á la inmediación el 17 de marzo, distribuyéndose los trabajos ordenadamente. Á los alemanes se encargó la excavación del foso; uno de los baluartes á los caballeros de Malta; otro á los italianos; otro á los españoles; el cuarto á la gente de mar, independientemente de las secciones que acopiaban material de palmas, olivos, greda y fagina, transportándola con camellos de la isla.
La emulación de las naciones fué muy provechosa á la rapidez de la construcción, aunque mucha gente adolecía de fiebres malignas. En el castillo antiguo se derribaron las almenas morunas, sustituyéndolas con plataformas artilladas; se aderezaron las cisternas abiertas en peña viva, ordenando á la gente de las galeras echara cada día 50 barriles de agua y fuera trasladando á los almacenes las vituallas embarcadas. En todo se adelantó de modo que el 23 de abril estaba el fuerte en estado de defensa, faltando obras ligeras que podían hacer los de la guarnición.
Constaba la designada de 2.000 infantes, españoles, italianos y alemanes, y la compañía de caballos, teniendo por gobernador al Maestre de campo Barahona y lugarteniente el capitán Olivera. Bendecido por el Obispo de Mallorca, se arboló el estandarte real, saludado por la artillería y arcabucería, y se trató de embarcar la gente que no hacía falta.
En todo este tiempo habían ido llevando las naves desde Sicilia y Cerdeña mantenimientos, dinero y más soldados, y se había hecho la ceremonia de la sumisión y juramento del jeque y principales de la isla, que lo verificaron sobre el Corán, capitulando el tributo de 6.000 escudos, cuatro avestruces, cuatro gacelas, cuatro neblíes y un camello. Habían ocurrido por otro lado riñas y muertes entre moros y soldados, y llegaban nuevas de armamentos en Constantinopla. Con su vista había reclamado el gran Maestre de Malta el regreso de las galeras y gente que necesitaba para la defensa de la isla: marcharon el 8 de abril. El Virrey de Nápoles reclamaba también la infantería con urgencia, influyendo todo en la terminación de la campaña.
Dióse pregón y orden de embarco el 6 de mayo, haciéndolo la infantería italiana y parte de la española, con mucha calma: durante la operación, dos horas antes de anochecer el día 10, llegó una fragata despachada por el gran Maestre haciendo saber que la armada turca había tocado en la isla de Gozzo cuatro ó cinco días antes, en número de 80 velas, que había hecho aguada y continuaba su derrota á Trípoli al parecer, aunque por una presa sabía el número de naves y galeras que estaban en los Gelves.
En efecto, ocho días habían sido suficientes á Piali-Bajá para armar 74 galeras reforzadas, embarcar en cada una 100 genízaros y salir á la mar con fuerza de vela.
Esparcida la nueva por el campamento, empaquetaron por encanto los soldados sus efectos, corriendo á la playa en tropel y metiéndose en el agua por asaltar los esquifes. El desorden, la gritería, la obscuridad que comenzaba, daban á la escena un aspecto que no es fácil describir: nadie pensaba más que en su interés, en tanto llegaba el momento de pensar sólo en la persona. D. Álvaro de Sande dió acicate á los de la guarnición del fuerte para entrar más municiones y víveres por un lado, y para embarcar enfermos por el otro. El aplomo con que ordenaba y se hacía obedecer en medio del desbarajuste, de la confusión parecida á la de la ruína que en el guión tenía pintada el general, daba esfuerzo á los buenos[25].
[Nota 25: D. Álvaro de Sande disponía las cosas á su gusto. (Cabrera de Córdova, lib. I, pág. 295.)]
No estaban más serenos los ánimos en la escuadra. Reunido el Consejo á bordo de la Real, sin pedirlo, manifestó Juan Andrea Doria que sólo iba á tratarse de la manera de salir cuanto antes de los bajos, y de dar la vela aprovechando el buen viento del Sur que felizmente estaba entablado. Las opiniones, como de ordinario sucede, no se concertaban; había, sin embargo, mayoría en la estimación de contar con unas doce horas antes de amanecer, en cuyo espacio se podía embarcar la tropa y salir con buen orden. D. Sancho de Leyva insistió en que enviados esquifes y barcas á tierra, y trayendo una barcada de gente, salieran á la mar las galeras: si no se descubría al amanecer la armada turca, volverían por el resto de los soldados; en caso de avistarla, procederían á lo que se decidiera. Debían quedar en el puerto dos galeras destinadas al General Duque de Medinaceli y su casa.
En punto á combate, el mismo Leyva, sostenido de Scipión Doria y pocos más votos, juzgaba que, bien combinadas las galeras con las naves, formaban fuerza no inferior á la de los turcos, ya fondearan en línea, interpolados, ya navegaran en grupos, pues sólo las naos, que eran 30, y los tres galeones habían de hacer con la artillería mucho daño. No prevaleció la opinión, sosteniendo, con Orsini, Juan Andrea Doria la suya, de que no teniendo el Rey Católico otra escuadra, era necesario ante todo conservarla para que junta con las galeras de España tuviera en respeto al gran turco. Contra todos los medios indicados halló razones, ya en la poca agua que tenían á bordo las galeras, ya en el peligro de los bajos para las naos, ya en la imposibilidad real de que unas y otras navegasen ó combatiesen juntas y de concierto. Decía que los turcos llegaban descansados y fuertes, mientras en la armada cristiana estaban fatigados y enfermos de los trabajos pasados. Tenía por seguro que ningún hombre prudente se obstinaría en poner en aventura las fuerzas del Rey, y, por consiguiente, protestando de cualquiera otra opinión decidía valer más _una buena escapada que un combate en que evidentemente se perdieran_[26]. Determinó en consecuencia que las naves se pusieran en franquía desde luego y se preparasen para hacerlo las galeras.
[Nota 26: _Un bel fuggire che un bravo combattere e perdersi á fatto._ (Antón Cirni Corso.)]
Llegó en esto el Duque á bordo de la Real, con lo que se prolongó el Consejo: Juan Andrea se felicitaba de la circunstancia que consentía practicar su plan, pues nada impedía ya que las galeras marcharan desde el momento; el Duque observó que lo impedían los soldados, pues no los quería abandonar, y á pesar de la insistencia de Doria y de las protestas de seguridad de la armada, se volvió á la playa, dejando acordado un viaje de los esquifes y la permanencia en el puerto de dos galeras ligeras para que el General embarcara con los últimos al amanecer.