Estudios históricos del reinado de Felipe II

Chapter 19

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¿Escuchó el Rey las súplicas? Si pudiera en algo darse crédito al mismo Pérez, Enrique tomó con grandísimo empeño su causa: los plenipotenciarios de Francia presentaron en Vervins la propuesta, respondiendo los de España, Richardot y Tassis, que Antonio Pérez no era emigrado político como el Duque de Aumale, sino fugitivo sentenciado por la Inquisición[189].

[Nota 189: Colección Ochoa. Cartas á un señor amigo, parte II, carta CXLVIII.]

Posible es que el Rey le dijera esto; mas por entonces no estaba satisfecho del Consejero de modo que fuera á entorpecer por él las negociaciones. M. Mignet, que examinó exprofeso las instrucciones y despachos de los plenipotenciarios franceses Bellièvre y Sillery; no sólo no encontró comprobación del interés que se les hubiera encomendado, sino que, por el contrario, dió con la orden precisa de rechazar en el tratado cuanto pudiera tener relación con el Duque de Aumale. El nombre de éste figura en los protocolos por esta razón; el de Antonio Pérez no se menciona siquiera, y el hecho es que en la paz de Vervins, firmada el 2 de mayo de 1598, no se comprendió á ninguno de los dos[190].

[Nota 190: Cita en comprobación las _Mémoires de Bellièvre et de Sillery_: La Haye, 1696.]

Dos incidentes derivados del descubrimiento de las inteligencias de Antonio merecen especial atención. El primero el de la propuesta de un convenio nuevo que envió al Conde de Essex al darle cuenta de los disgustos que había sufrido; consistía: 1.º, en la completa seguridad de la persona que en lo sucesivo se encargara de llevar las cartas; 2.º, que reuniendo el Conde todas las que tenía en su poder y las que poseía Bacon, las quemaría, _sin lástima de las bellezas literarias_, avisándole de su propia mano estar cumplida la destrucción; 3.º, que había de asegurarle haría lo mismo con todas las cartas sucesivas, sin mostrarlas á nadie más que á la Reina; 4.º, que si por resultado de la correspondencia, contra lo que podía suponerse, llegaba á perder la situación que tenía en Francia, volvería á tomarle el Conde bajo su protección en Inglaterra. En postdata hacía saber hallarse necesitado de alguna ayuda de costa[191].

[Nota 191: Colección Birch, tomo II, pág. 314.]

El segundo curioso incidente consiste en el escrúpulo de conciencia que llegó á sentir por la prosecución de estas inteligencias, que consideraba «las de su verdadera vocación.» Un confesor italiano desvaneció aquél, diciéndole que, por los deseos de venganza que abrigaba contra su antiguo señor, pecaba mortalmente; pero que tratando, como Consejero del Rey de Francia y como católico, del bien general de Europa, considerados los fines que se proponía, su inteligencia con Estados heréticos no sólo era excusable, sino altamente meritoria[192].

[Nota 192: Nanton al Conde de Essex. Colección Birch, tomo II, pág. 314.]

IV.

Después del tratado de paz de Vervins, son más escasas las noticias auténticas del Peregrino. Por las que recogió Bermúdez de Castro, aparece domiciliado en París, en trato íntimo con el Soberano, que gustaba mucho de sus pláticas y le llamaba «su maestro de cuentos;» obsequiado de los palaciegos y de los personajes de la alta nobleza, con regalos y favores; siendo objeto de todas las conversaciones; en todas partes buscado y atendido; pasando la vida entre festines; haciendo ostentación de criados extranjeros y manifestaciones múltiples del lujo[193].

[Nota 193: Bermúdez de Castro, páginas 262, 263.]

Hay algo de verdad en la indicación general de la vida; hay no poca exageración en cambio.

Se estableció en París y ocupó tres años una casa enfrente del hotel de Borgoña, donde se representaban las comedias, y al lado del hotel Mendoza, así llamado por un volteador de maroma que hacía notables habilidades[194]. En la puerta estaban los suizos de la guardia real, que le seguían por las calles, á uno y otro lado de la carroza, preciándose de que ésta fuera _la más linda de la corte_[195], así como de tener _metresa_[196].

No siempre recibía con puntualidad el importe de las pensiones, ni de ordinario ganaba en actividad á los que avisaban primero las vacantes de beneficios y gracias: harto se quejaba de ello[197]; con todo, lo que percibía en Francia, junto con las liberalidades del Conde de Essex, bastaba al sostenimiento de la situación de Ministro en que se había colocado. Los Embajadores de Inglaterra y de Venecia, el Condestable, el Marqués de Pisani, el Duque de Bouillon, con otros personajes, y más que todos M. Zamet, el gran anfitrión de París, el confidente servicial de Enrique IV, recibían asiduamente á Antonio Pérez, estimando el don, que como pocos poseía, de hacerse escuchar en la mesa y salones, gracioso, ocurrente y oportuno. Las anécdotas de la corte de España, principalmente aquéllas amorosas en que hacía papel el Rey D. Felipe, tenido por austero personaje, y tan sólo visto por el lado de la política, interesaban vivísimamente al auditorio, pendiente de la narración del ex-Secretario, no lerdo para presentar en semejantes pláticas á _Nabucodonosor_ ó á la _bestia salvaje_, antes siguiendo el plan de las _Relaciones_ de nombrarle en público _su amo_, que no era óbice á las confidencias de interioridad, ejemplo aquélla de que _nunca olió ni conoció diferencia de olores_[198].

[Nota 194: Colección Ochoa, parte I, carta CXXXVIII.]

[Nota 195: Apéndice, documento XLIV.]

[Nota 196: Idem, documento XXVIII.]

[Nota 197: Idem, documentos XI, XIII, XIV, XV, etc.]

[Nota 198: Colección Ochoa, parte II, carta XXXI.]

Gozaba, pues, de estimación y aprecio en ciertos círculos de la sociedad, sin ser por ello figura de primera notoriedad, cual admitió Bermúdez de Castro. Las memorias de Sully, como las de Villeroy, tan ricas en pormenores de la corte francesa por aquellos tiempos, no hacen una sola vez mención de Antonio Pérez; y si no hay que olvidar que ambos escritores y políticos le quisieron mal, no estaban en el mismo caso Pierre de Lestoile ni Palma Cayet, cronistas minuciosos de las calles y las ocurrencias, ni de Thou, Jean Choisnin, Claude Groulart, que ilustraron las memorias del reinado sin dedicar dos líneas de escritura al español refugiado.

En cuanto a Enrique IV, mirábale después del descubrimiento de los manejos ingleses con prevención, y tras de la paz de Vervins como inútil y aun perjudicial á sus intereses[199]. No era el Rey quien le llamara _maestro de cuentos_: la frase debía proceder de un ofendido ó de un chusco, á juzgar por la respuesta: «Que no es malo saber cuentos, pues que enseñan entreteniendo; que cuando el que le criticaba supiera muchos, sabría más que ignorándolos[200].» Sin embargo, los cuentos ó las indiscreciones granjearon á Antonio Pérez enemigos mortales en las familias de Guisa y de Montpensier, sin contar los de menos altura.

[Nota 199: Mignet, páginas 360, 381.]

[Nota 200: Colección Ochoa, parte I, carta XLI.]

En visitas, reclamaciones y banquetes, aparte de los quehaceres del cargo oficial, pasaba efectivamente la mayor parte del día; alguna distraía la audiencia de las muchas personas de cierto género que acudían á su casa: aragoneses, italianos, portugueses, que tenían alguna razón para esquivarse de la justicia; _foragidos_, en el concepto del Embajador de España, con los que tenía constituído un centro de conspiración permanente. De noche escribía[201] las sentenciosas obras.

Empezó publicando nueva edición corregida y aumentada de las _Relaciones_, con dedicatoria al Rey Enrique IV, fechada en París á 24 de septiembre de 1598, y á poco aparecieron separadamente los _Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum Fortunæ_. Quería dar á entender que la publicación se hizo contra su gusto, á devoción de un gran personaje (el Rey), y que un curioso había sacado los aforismos de todo el libro, «á imitación del Bitonto, que destiló á Cornelio Tácito[202]:» ello es que remitió este libro á varios de sus favorecedores y amigos[203], y que lo hizo también de la edición de Lyon titulada «_Pedazos de historia ó Relaciones_, así llamadas por sus autores los peregrinos. Retrato al vivo del natural de la Fortuna[204].»

El éxito le animó á dar sucesivamente á la estampa primera, segunda y tercera serie de memoriales y cartas, excusando, sin necesidad, el propósito de alimentar la curiosidad. Ya decía «que un amigo le arrebató varias cartas, y por haberle agradado las ha hecho imprimir; temía que lo mismo sucediera con unas ciento cincuenta más españolas y una centuria de latinas que envió á Gil de Mesa á instancias de un gran personaje[205].» Anunciaba á poco la aparición de las _Cartas españolas y latinas, y aforismos_[206], diciendo luego: «Saltaron las cartas españolas y latinas á mi desgusto[207].» «Un amigo se quiso meter á hacer imprimir las cartas á devoción de un gran personaje: no lo ha podido remediar[208].»

Enviando ejemplar al Duque de _Humayne_ (Du Maine), volvía á decir «que un amigo había impreso las cartas á demanda de una dama aficionada á la lengua española: el daño estaba hecho[209].» Á otro personaje confiaba lo ocurrido por diferente modo: «Hacía él que un escribiente, antes de cerrar las cartas, las fuera copiando en un libro. El que copiaba, las iba copiando por sí también: curiosidad natural á criados. Á este tal parecía que se las había sacado una dama. No le acontecería más[210].»

En la colección de las cartas andan revueltas, con las ahora citadas, aquéllas con que remitía á Gil de Mesa la primera, la segunda y la tercera parte, para que se encargara de la impresión[211], así como las que le inspiraban el enojo de la corrección de pruebas y las demoras de cajistas. Por lo demás, aun reservando las piezas demostrativas de que «para morder no hay colmillo de jabalí que tal navajada dé como la pluma[212],» razón sobrada tenía estando satisfecho de la acogida otorgada por el público á sus obras, si «no había semana que no acudieran á su posada de varias partes á preguntar si estaban ya impresos los memoriales[213].»

«¿Qué culpa tengo yo, ponía, de que llamen por esas calles sentencias, y doradas, aquellos aforismos de mis cartas?[214].»

«Pregúntanme si algunas cartas que andan entre las impresas con nombres de otros, son en realidad de verdad mías ó de aquéllos. Porque el estilo, quien quiera que leyere las unas y las otras con un poco de atención, no le juzgará diferente, como ni una persona vestida de máscara, por mucho que se quiera disfrazar, podrá dejar de ser conoscido, yo diré francamente la verdad. Todas cuantas cartas andan en nombre de otros con las mías, son desa mi pluma grosera, tal cual la que me cupo por suerte. Lo mismo digo de cuanto anda en el libro de las _Relaciones_, ó sea debajo del nombre de _El Curioso_ ó de cualquiera otro, ó de la pluma arrojada, cual la mía vive, por muy ruín, justamente[215].»

[Nota 201: Apéndice, documento XXXII.]

[Nota 202: Colección Ochoa, parte II, cartas XVIII y XIX.]

[Nota 203: Apéndice, documentos XVI, XVII.]

[Nota 204: Colección Ochoa, parte II, carta LXXXIX.]

[Nota 205: Idem, parte II, carta CXIII.]

[Nota 206: Idem, parte II, carta XVII.]

[Nota 207: Idem, parte II, carta XVIII.]

[Nota 208: Colección Ochoa, parte II, carta XIX.]

[Nota 209: Idem, parte II, carta LXV.]

[Nota 210: Idem, parte II, carta LXXXI.]

[Nota 211: Idem, parte I, carta XLII y última carta; parte II, carta CXLVII.]

[Nota 212: Idem, parte II, carta LXXXIII.]

[Nota 213: Colección Ochoa, parte II, carta CXIV.]

[Nota 214: Idem, parte II, carta CXIII.]

[Nota 215: Idem, parte II, carta CXXIX.]

«Las cartas familiares y de amigo á amigo declaran más el natural que el rostro propio á un fisiógnomo, y así las llamó no sé quién retrato del ánimo[216].»

Han sido juzgadas con alguna variedad estas cartas, bien que generalmente se reconozca su mérito. D. Eugenio de Ochoa, que las reimprimió, pensaba que el escritor brilla más en ellas por la novedad de los pensamientos y la valentía de los giros, que por la pureza y corrección del lenguaje[217]; Bermúdez de Castro, en el supuesto de que todos los personajes de la corte de Francia querían testimonio de su estilo y de tener que poner en prensa el ingenio para discurrir lisonjera y graciosamente sobre fútiles consultas, alaba al escritor fácil y sentencioso, moralista divagador al gusto de la época, entendiendo que por estar entonces menos formada la lengua francesa que la nuestra, se enriqueció con los giros que introducía el español proscripto[218].

[Nota 216: Colección Ochoa, parte I, carta XCVI.]

[Nota 217: Idem, introducción.]

[Nota 218: Bermúdez de Castro.]

Reconocen efectivamente la influencia literatos de esta nación[219], por más que alguno piense fuera en parte debido al favor que por entonces gozaba en la corte y en la buena sociedad la lengua castellana[220], al que se debió la publicación de varias ediciones en la misma en que las cartas habían sido escritas[221], sin perjuicio de las traducciones[222]. Ticknor estimaba las cartas por su variedad de estilo, propias, castizas y muy interesantes[223]; Morel Fatio cree se deben de poner en la literatura epistolar española al nivel de las del autor del _Centón_ dicho de Cibdadreal[224]; no falta, sin embargo, quien las encuentre un tanto cansadas (_tedious_)[225].

[Nota 219: M. Philarète Chasles, _Antonio Pérez, Revue de Deux-Mondes_, tomo XXII, serie 4.ª: París, 1840, páginas 701 á 716. Dice: «L'éloquent exilé avait donné l'impulsion castellane a cet esprit français que le moindre souffle fait vibrer, et qui se laisse entrainer avec tant de facilité et de force vers des regions inconnues. Alors l'Espagnole Anne d'Autriche, épouse Louis XIII; tout devient espagnol en France. Perez vient d'ouvrir une voie nouvelle au mouvement rapide des esprits français... le refugié Perez fut évidemment l'initiateur de cette inondation espagnole dont Corneille fut le dieu... qui alla se perdre, non sans laisser des traces énergiques de son pasage, sous le trône de Louis XIV.»]

[Nota 220: Pierre Larousse, _Grand Dictionnaire universel_, art. _Antonio Pérez_. Nous lui devons d'avoir introduit chez nous le goût de la litterature déja fort avancée de son pays.]

[Nota 221: También se publicó en París, sin fecha, la primera centuria de cartas en latín; otra edición en Nuremberg en 1683.]

[Nota 222: D'Alibrey tradujo al francés _Relaciones_ y _Memoriales_ con el título de _OEuvres amoureuses et politiques d'Antonio Perez_: París, 1641, y un tomo de epístolas: París, 1638.]

[Nota 223: _Hist. de la literatura española_, traducción de D. P. de Gayangos y D. E. de Vedia: Madrid, 1854, tomo III, pág. 365.]

[Nota 224: _L'Espagne_, cit., pág. 264. En otro libro, _Études sur l'Espagne_, première serie, París, 1888, escribe: «Qui sait si Voiture et nos autres virtuoses dans l'art d'écrire une lettre ne lui doivent pas quelque chose?»]

[Nota 225: _The Enciclopædia Britanica_: Edimburgh, 1885, art. _Antonio Pérez_.]

En más honda consideración se reconoce la exactitud con que el autor definía las cartas familiares: en éstas se halla su retrato moral pareciendo entre los rasgos, que si alguno excedía al de la adulación[226], era el de la vanidad. Por ella no es mejor la colección epistolar, limpia de las fútiles misivas á que Bermúdez de Castro se refiere, que repiten unos mismos conceptos rebuscados; por ella no está despojada de personales alabanzas, que por otro lado sirven grandemente á la pintura: la del docto amigo á quien ruega «pase los ojos por los renglones que le han caído de la pluma para esculpir en un reló destinado á Gonzalo, su hijo[227];» la que anuncia un anillo de dos rengleras de diamantes á su mujer[228]; la de los retratos que se manda hacer[229].

[Nota 226: Colección Ochoa, parte I, carta LXII.]

[Nota 227: Idem, parte II, carta CXXXV.]

[Nota 228: Idem, parte II, cartas CXLIV, CXLVI.]

[Nota 229: Idem, parte I, carta CXVII; parte II, cartas CLVI, CLXI.]

Se ha atribuído injustamente al Peregrino otra obra literaria, cuya malignidad tratando de supuestas inteligencias entre D. Juan de Austria y el Duque de Guisa ó sobre la muerte del Príncipe D. Carlos, y cuya complacencia en describir la agonía del Rey Felipe II, podían estimarse en consonancia con las que trazaba la pluma aquélla, _más temible que colmillo de jabalí_. La vanidad sirviera justamente para reconocer cuán ajeno fué de tal escrito, si el estilo no lo dijera á primera vista. Se habla en este libro con extrema parquedad de Antonio Pérez, y él no sabía hacerlo, _por mucho que se quisiera disfrazar_.

La obra se titula _Breve compendio y elogio de la vida de el Rey Phelipe segundo de España, por Antonio Pérez_, y de ella existen varias copias manuscritas, habiéndolas en la Biblioteca Nacional de París y en el Museo Británico de Londres. M. Mignet, que poseía una con otro título, _Vida reservada del Señor Rey Phelipe 2.º, por Antonio Pérez_, no dudó que el autor fuese realmente el ex-Secretario del Rey _elogiado_, y transcribió la relación de los últimos momentos del Soberano, porque se supiera que «la muerte no le quiso arrebatar antes de haberle hecho sentir que los príncipes y monarcas de la tierra tienen tan miserables y vergonzosas salidas de la vida como los pobres de ella. Ella le embistió al fin con una asquerosa phitiriase con un ejército innumerable de piojos...[230].»

[Nota 230: Mignet, páginas 366, 370.]

En el Catálogo de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional de París, formado por M. Morel Fatio (pág. 65, núm. 178), se explica cómo el _Breve compendio_, atribuído á Antonio Pérez, es simplemente traducción de un capítulo del libro primero de la _Histoire de France et des choses memorables advenues aux provinces etrangères durant sept années de paix, etc._, par Pierre Mathieu: París, 1606, en 4.º, tomo I, páginas 35 á 148, versión española que publicó D. Antonio Valladares de Sotomayor con título de _Vida interior del Rey D. Felipe II, atribuída comunmente al Abad de San Real, y por algunos al célebre español Antonio Pérez, su Secretario de Estado_: Madrid, 1788, en 8.º

V.

La muerte del Rey de España debía de influir en el ánimo de su expatriado Ministro, mitigando cuando menos el odio personal en que principalmente se inspiraban sus acciones. Teníale además probado la experiencia que la medida de sus fuerzas no llenaba la del orgullo loco con que se creyó capaz de luchar mano á mano frente al coloso de la política; en Inglaterra como en Francia veía declinar de día en día las estrellas de su reputación y su influencia, que formaban constelación con la de la fortuna. En esta disposición, la idea de recobrar la posicion antigua; el deseo de ver el cielo de la patria y el techo del hogar, no ajeno á las almas más escépticas y depravadas, se iba haciendo sentir en la suya.

Algún amigo oficioso hizo vibrar las sensaciones apoyadas con la falsa nueva de haber recaído resolución importante por disposición testamentaria de D. Felipe. «Corrió voz y aviso del testamento que dejaba... con capítulo tocante _al descargo del alma_ en las cosas de Antonio Pérez... Unos referían que había dejado orden que diesen luego libertad á la mujer é hijos; que le restituyesen toda su hacienda, y aun 8.000 ducados de renta en satisfacción de lo padecido...[231].» Otros hablaban de recomendación especial al Príncipe para emplear á Antonio Pérez en Flandes ó en Italia...

¿Qué razón se opondría al regreso de Pérez, influyendo en el nuevo Rey D. Francisco Gómez de Sandoval, Marqués de Denia, amigo de la juventud, que le había visitado en la prisión arrostrando la cólera del Soberano?[232]. Bien se podía saber que salió de España huyendo del enojo de su Príncipe, sin haber cometido delito de felonía ni hecho cosa contra la corona[233]; bien se podía juzgar que si había servido con algún consejo ó advertimiento á reyes extraños, era obligado de las circunstancias: ¿no es de ley natural servir al que da amparo?[234].»

[Nota 231: Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.]

[Nota 232: Idem id.]

[Nota 233: Idem id.]

El Sr. Antonio pensaba en aquellos días en admirable conformidad con M. Morel Fatio en los presentes; los contemporáneos eran los que no la tenían, por más que el natural piadoso de Felipe III le estimulase doblemente á señalar su advenimiento con actos de clemencia y de dulzura.

Habían transcurrido seis meses sin variación alguna: por fin, en abril de 1599 se expidió la orden de libertad de Doña Juana Coello[235]; luego la de sus hijos, con licencia de reclamar la restitución de 20.000 escudos distraídos de la renta eclesiástica que correspondía al mayor, Gonzalo[236]; pero de Antonio Pérez nadie se acordaba. Aunque la entrada del Rey en Zaragoza se solemnizara con el perdón de los proscriptos, la libertad de los presos, el derribo de los padrones de infamia de los caudillos de la revolución aragonesa[237], Antonio Pérez seguía exceptuado, recibiendo mortificación y desengaño nuevo. «¡Ah! escribía, á cabo de nueve años de prisiones han soltado á madre é hijos; pero se les ha mandado que no puedan salir de España. Paresce cosa de rehenes del tiempo de aquellos reyes moros; paresce que valgo algo, y no valgo nada[238].»

Sin desesperar por esto, acudió á los resortes ejercitados del halago, del ruego y de la amenaza, tocándolos á la vez en España y Francia. A la primera envió sentidas cartas para el Ministro universal, entre ellas una que había de enseñarle los medios de conservarse en el poder, ampliando el texto de aquélla que figuraba en su colección de las publicadas con epígrafe _Á un gran privado_[239].

[Nota 234: Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.]

[Nota 235: Idem id. Cabrera de Córdoba refiere en las _Relaciones_ que la mujer de Antonio Pérez fué puesta en libertad el 17 de abril de 1599; los hijos el 14 de agosto.]

[Nota 236: Idem id.]

[Nota 237: Idem id.]

[Nota 238: Colección Ochoa, parte I, carta XXXII. Cabrera de Córdoba refiere en las _Relaciones_ que la mujer de Antonio Pérez fué puesta en libertad el 17 de abril de 1599: los hijos el 14 de agosto.]

[Nota 239: Idem, parte II, carta XLI.]

La nueva se halla traducida al italiano por un anónimo que dice oyó elogiar en Ferrara á Antonio Pérez como uno de los maestros en el arte cortesano. Despertada su curiosidad, pudo procurarse noticias que recopiló con el título de _Vita et qualitá di Anton Perez_; y pareciéndole que la carta era joya preciosa, no sólo procedió á traducirla, la estudió y comentó en volumen de 154 fojas. Existe copia en el Museo Británico de Londres; otra en la Biblioteca Nacional de París (_Fr-3.444_), ambas con título de _Lettera di Antonio Perez scritta al Duca di Lerma circa il modo che si doueno gouernare li fauoriti di Principi per conseruare la loro fortuna_[240].

[Nota 240: En Italia incluyó Bulifon, en la colección titulada _Lettere memorabili_, tomo II, páginas 50 á 68, dos cartas de Antonio Pérez al Duque de Lerma.]

En lo de Francia, acudió al Condestable exponiendo que desde que estaba en el reino, con haber tenido del Rey muchas promesas y las prendas firmadas en Ruan, ninguna cosa se le había cumplido ni año había pasado en que creciera en fortuna un dedo, sino menguado de día en día, y no quería morir, que á los hijos y á él no les quedaba sino la vida para ver más de lo visto[241]. Acompañaba memorial al Rey diciendo:

[Nota 241: Apéndice, documento XVIII.]