Estudios históricos del reinado de Felipe II
Chapter 15
17. _D. Álvaro de Sande._--Dicen algunos que la salida que hice la última noche fuera mejor hacerla cuando los turcos desembarcaron, que éramos más, y más enteros y fuertes podíamos pelear con ellos con 2 ó 3.000 hombres ó más: éstos hablan como mal pláticos ó mal informados, ó demasiadamente apasionados, porque allende de que mi intento principal fuese entretener allí el armada, y sólo este particular me había hecho quedar allí, por las causas dichas, no había de salir temerariamente á perder aquella gente y hacer á los enemigos breve su empresa, sin poderles hacer daño; porque ellos se desembarcaron y alojaron en el propio alojamiento é fuerte que nuestro campo tuvo después de ganada la batalla cuando en aquella isla saltamos con el ejército, que ultra de estar cuatro ó cinco millas del fuerte, estaban ellos no menos fuertes en él que nosotros en el nuestro, y no sé cómo paresciera ó con qué razón se podía hacer ir con 2 ó 3.000 hombres que entre buenos y malos podía sacar, dejando el fuerte desamparado, no solamente á combatir con 12.000 turcos que estaban tan lejos de donde me podía retirar, y en un alojamiento muy fuerte y atrincheado, con 20 piezas de artillería, pero con todos los moros, que siendo nosotros 7 ó 8.000 hombres cuando saltamos en aquella isla, sin ayuda ninguna de turcos nos acometieron á dar batalla é pelearon de manera que tuvimos la victoria dudosa, y se habían puesto y alojado á nuestra mano izquierda, y por las espaldas teníamos los árabes que habían entrado en la isla por orden del Dragut, que serían 1.500 caballos; é ultra de todas estas dificultades, había otra que no era menor, y era, para haber yo de acometer á los turcos en su alojamiento, me era fuerza ir de marina á marina, donde ellos con sus galeotas, fustas é bergantines me batían por costado; así que de salir á buscar los enemigos é irlos á combatir á su alojamiento, no podía suceder sino la pérdida de todos los que saliéramos y de los que quedaran en el fuerte. Dicen también que después que los turcos se me llegaron, salí menos veces de las que debiera, y éstos, si se hallaron allí, se acuerdan mal, ó si no lo estuvieron, están mal informados, porque ultra de lo que creo yo que ninguna tierra que haya asediada y combatida ha echado tantas veces gente fuera ni con mejor orden, no se deben acordar que siempre que la eché volvieron huyendo con pérdida, é de que una vez que entre las otras, estando los turcos combatiéndonos las galeras, por disturbarlas y parescerme que se les podía hacer algún daño en aquella conjunctura, mandé á dos capitanes que con 300 soldados españoles é italianos saliesen asaltar las trincheas de los enemigos por la parte del Poniente, é que no solamente lo hicieran, pero que después de salidos, sin pasar del foso ni hacer ningún efecto, se volvieron al fuerte huyendo, y de que muchos que la quise echar, teniéndola á puncto é para salir, se iban las propias centinelas á dar aviso á los turcos; y también se les debe de haber olvidado que se me fueron á los turcos más de 1.000 hombres, de su propia voluntad, así por la mucha sed como por flaqueza de ánimo, é que no había hora ninguna de las del día ó noche que los enemigos no supiesen ni fuesen avisados de los nuestros propios de lo que dentro del fuerte se hacía, sin haber bastado remedio ninguno á que pudiese dejar de ser, buscando los que fueron posibles, porque para este particular tuve guardia, y porque de la mesma que mandaba poner se me iban, hice echar un bando que cualquier soldado que matase ó prendiese al fugitivo se le darían seis escudos al que le trujese vivo y cuatro al que le matase, y esto se observó y cumplió; y mandé hacer justicia de muchos que se huían, sin haber perdonado á ninguno. Las necesidades que allí se pasaron fueron con extremo grandes, las cuales no quiero tractar aquí todas, porque sé que V. M. está informado dellas; pero diré algunas del agua salada dulce. Comiéronse los caballos y otros animales, repartiéndolos por raciones, y hubo algunos, y no es manera de decir, que comieron hígados de turcos; y se vió vender una gallina en 14 ducados, y muchas cabezas de cebollas, que llevó una fragata que fué con unos despachos de Sicilia, á ducado cada una, y cada cabeza de ajos un real, y á este respecto, y otras cosas que llevó. El pan se amasaba con agua salada; y como la munición era queso y tocino y otras cosas saladas que apetecían á beber y la ración de agua era limitadísima, se entretuvo la gente por temor de la sal muchos días con garbanzos y algún bizcocho que se les daba y dió, y muchos murieron de sola sed, y eran los caniculares y en Berbería: trabajaba la gente toda la noche y peleaba el día sin tener ningún reposo. En ninguna parte se peleó donde no me hallase: defendí por mi persona y con pocos amigos el bestión de Gonzaga, abandonado de los que lo guardaban, dándole el asalto por un fuego que tomó un barril de pólvora: fuí allí herido en una mano é matáronme delante de los ojos al Capitán D. Hierónimo de Sande, mi sobrino, é otros amigos é muchas personas.
18. Había ochenta y un días que el armada estaba allí, y viendo que ya me faltaba el agua y no la había para poder dar más ración que dos ó tres días, determiné de salir á dar la batalla, como lo había propuesto desde el principio, y ansí, dejando la parte por donde más fácilmente y sin peligro de ser sentido podría salirme, paresció mandar abrir una puerta que estaba tapiada á la parte de la marina y sacar por allí la gente, porque bajando la mar había harta plaza para ponerla junta, y en aquella parte no hacían centinela los turcos, y por todas las otras partes las tenían pegadas con el fuerte y era imposible salir un hombre sin que fuese sentido, y dí orden que seis capitanes de todas naciones tomasen la vanguardia con 300 soldados, é que yo con la demás gente é capitanes é hombres particulares, que serían otros tantos, los seguiría, dejando algunos capitanes á la retaguardia con orden que hiciesen caminar adelante la gente y degollasen á todos los que se retirasen, y á mí el primero si lo hiciese, porque aquella salida no era para volver al fuerte sin victoria, y esto, poniéndome yo á una parte de la puerta y á la otra Maroto, Sargento mayor de la infantería española de Nápoles, lo estuvimos diciendo á toda la gente que salía. Ordené que la vanguardia acometiese y caminase derecho á las tiendas donde decían que alojaba el Bajá y Dragut, é que yo iría á una tienda grande que estaba más á la marina, donde los turcos hacían guardia á la artillería, é que rota aquélla me iría á junctar con la vanguardia, é todos en un cuerpo iríamos ejecutando la victoria degollando toda la gente que hallásemos hasta el caballero de San Juan, é que tenía por cierto que si acertábamos á degollar alguna de las cabezas, el campo se retiraría, é que si no, no se podía dejar de hacer tanto daño en los turcos que no fuesen forzados á recogerse más de lo que estaban, é darnos lugar para salir á tomar agua.
19. Estando sacando la gente dos horas antes que amanesciese, é que estaría del fuerte fuera más que la mitad, fuimos sentidos de los turcos y tocaron á arma, é por no dar lugar á que se recogiesen, ordené que la vanguardia partiese, é yo con obra de 60 hombres seguí el camino que había determinado, dejando atrás los capitanes que arriba digo, así para que hiciesen á la gente que iba saliendo que me siguiese, como para que hiciesen lo que tengo dicho, después de salida toda la vanguardia de á camino por donde le había yo ordenado, é rota la guardia de algunas trincheas, llegaron á las tiendas donde iban, é yo con la poca gente que me seguía rompí la guardia de la artillería, y pasando algunas trincheas para irme á junctar con la vanguardia, estando ya muy adelante, me dió voces Perucho de Morán Ricardo que dónde iba, que no me seguía nadie, é que la avanguardia se le iba dando la carga los turcos, y hallándonos solos el dicho Perucho y el Sargento mayor Maroto, que fueron los que no me desampararon, y estando irresolutos de lo que podíamos hacer, por ser imposible tomar el fuerte, por estar ya entre él y nosotros muchos turcos, el Perucho me dijo que le siguiera, que él me llevaría por parte que me pudiese salvar en nuestras galeras, é ayudándonos la escuridad de la noche lo hizo é me llevó á ellas, siguiéndonos algunos turcos, é peleando con ellos fué herido y preso el dicho Sargento mayor Maroto, y dél supo el Bajá Piali que yo estaba en las galeras, donde después, hasta que fuí preso, me dió una recia batería. Matáronme aquella noche al Capitán Alonso Golfín, que era mi primo hermano, yendo conmigo, y á otros caballeros muy deudos míos.
20. Como llegué á las galeras, envié un soldado que fuese á nado al fuerte para que diese aviso que yo estaba allí, y escribí al Contador Juan del Arcón que hablase á los capitanes y de mi parte les dijese que yo estaba en las galeras y que les rogaba se entretuviesen sin rendirse hasta que yo fuese, que lo haría en cresciendo la mar; y aunque es bien verdad que era imposible tenerse el fuerte y dejarse de perder aquel día ó el otro á más tardar, tengo con mucha razón queja de algunos capitanes que, no observando mi orden y sin darme parte, ni á algunos de los capitanes que estaban en el fuerte, no solamente eligieron y nombraron por Gobernador para que rindiese el fuerte al Capitán Rodrigo Zapata, que al presente está en esta corte, y él lo aceptó, pero aun por su orden, como paresce por unos carteles que el Capitán Juan de Zayas le ha puesto. Le salieron á rendir el Capitán Juan de Funes y otros, sin querer esperar lo que yo les quisiese dar, ni hacerme saber ninguna cosa, estando tan cerca dellos, y por ello el Bajá les dió libertad gratis, y después vinieron á esta corte y V. M. les hizo merced.
21. Después que fué rendido el fuerte, los turcos fueron á combatir las galeras en que yo estaba, é como del fuerte no me ayudasen, la gente dellas desmayó de manera que, echándose casi todos á la mar, no queriendo pelear, fuí preso sin poder hacer mucha resistencia. Habrá V. M. entendido sumariamente por esta relación las cosas de la jornada de Trípol que tocan á mi particular, de los cuales he querido informar á V. M. por las causas que al principio della digo; é para que entienda que en ello no hice cosa por la cual merezca reprensión, antes por el haber quedado en aquel fuerte sin tocarme, con sólo celo de servir á V. M. é por entretener todo el verano aquella armada que tanto daño pudiera haber hecho, como lo hizo, me paresce que todos los servicios que hice al Emperador nuestro señor y he hecho á V. M. no merescen la recompensa que sólo éste. É así yo venía muy confiado de que V. M. me haría mucha merced, considerando todo esto, y lo estoy de que informando y desengañándose de que en las cosas que se me han puesto hay más pasión que razón, me la hará, y estoy cierto que ningún asedio de tierra ha habido de muchos años á esta parte donde tanto se haya peleado, y que con tanta extremidad de necesidad y trabajos se haya entretenido tanto el enemigo, y así lo hallarán todos los que sin pasión lo quieran mirar y considerar.
Por tanto, á V. M. humildemente suplico mande hacer información de cómo es verdad todo lo contenido en ésta mi relación, y nombrar persona para ello que sea de confianza, para que por ella conste á V. M. ser verdad todo lo que en ella digo, y lo que algunas personas con dañada intención y malíbula voluntad de mí han dicho, queriendo inturnar los señalados servicios que á V. M. he hecho, así en esto como en otras cosas, maculando mi honra é reputación, ser falsedad muy notoria, en lo cual recibiré muy particular merced de V. M., é ofrezco á dar la dicha información ante V. M. ó ante la persona que V. M. nombrare.
EPIGRAMA
DEDICADO Á JUAN ANDREA DORIA[44].
PASQUIN. Marfodio, tuto vegno spaventato e non so si en le spalle sto ferito.
MARFODIO. ¿Del traditor Paschin forse ay fugito?
PASQUIN. Non, ma di buona voglia ritirato.
MARFODIO. ¿Quanti inimici nostri ay ammazzato?
PASQUIN. Ni un con mano armata, ben coldito, perche quel Mondo va tuto smarrito per le prodese che con luy e fato.
MARFODIO. Non dico questo, ferma per Dio il passo, che anchora par che di paura fugi e di me perche voltasti il fianco.
PASQUIN. Diro il vero fugir mi fe yl fracazo li tiri, le bombarde li archibugi ma sopra tute cose un moro bianco.
[Nota 44: Bibl. Nac., _M-375_. Obras de diversos recopiladas por D. Pedro de Rojas, 1582.]
ANTONIO PÉREZ
EN INGLATERRA Y FRANCIA
(1591-1612)
Por muchos años el libro de _Relaciones, memoriales y cartas de Rafael Peregrino_, escrito con suma habilidad por el Secretario de Estado que fué de Felipe II para vindicarse de las acusaciones de los tribunales y darse por víctima paciente de injustas persecuciones, ejemplo lastimoso de la crueldad del sino, ha servido al juicio de su persona, andando de mano en mano impreso en todas las lenguas y en multiplicadas ediciones, no por apología hecha de puño propio, parafraseada y puesta en la trompeta de la fama por el autor mismo, antes por _Retrato al vivo del natural de la fortuna de Antonio Pérez_, como título que aplicó más tarde al libro, ya que pasaba sin objeción ni respuesta.
Siglos adelante vino á dársela, hasta cierto punto, el Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro. Persuadido de que en las _Relaciones_ «la verdad se halla frecuentemente alterada, el sentido histórico camina forzado á un fin, y son, más bien que narración imparcial, alegato jurídico en propia defensa,» acometió el estudio del personaje acopiando materiales de la época que le dió notoriedad desdichada, y bosquejó otro retrato[45] en que, si por algo asoma la pasión humana, se ve influída de la conmiseración que no dejan nunca de despertar en almas generosas los grandes infortunios.
[Nota 45: _Antonio Pérez, Secretario de Estado del Rey Felipe II. Estudios históricos_ por D. Salvador Bermúdez de Castro: Madrid, 1841. En 8.º, 409 páginas, incluso el Apéndice de documentos inéditos.]
Con ser mucho el mérito del cuadro, tiene aún algún otro defecto, notado, dicho sea en verdad, donde la facilidad de comunicaciones consentía la disposición de elementos que no estaban al alcance del primer investigador. El Sr. Bermúdez de Castro no sabía que ya desde el siglo anterior circulaban en Inglaterra importantes documentos de la historia de Antonio Pérez; las cartas confidenciales que había dirigido al Conde de Essex, conservadas entre los papeles reservados de Antonio Bacon[46]. No pudo tampoco haber á las manos la correspondencia oficial de los embajadores de España en Francia, sustraída del Archivo de Simancas; y como hallara en la marcha de los sucesos lagunas infranqueables, buscó en el criterio vehículo con que pasarlas; recurso criticado por M. Mignet, al advertir que los pormenores, á su parecer de pura invención, amenguan el valor y la autoridad de tan buen trabajo.
[Nota 46: Se publicaron en la obra titulada _Memoirs of the reign of Queen Elisabeth, particularly illustrated from the original papers of Anthony Bacon, and others manuscripts never before published_, by Thomas Birch: London, 1754. En 4.º Actualmente se hallan los documentos originales en el Museo británico.]
No son, sin embargo, de fantasía todos esos pormenores: bastantes de ellos se encuentran, en una ú otra forma, en las cartas familiares de Antonio Pérez, dando ocasión, cuando más, á la conjetura de haberles prestado fe _por familiares_, el mismo que desconfiaba de la veracidad de las _Relaciones_. Es fácil la comprobación, ya que la Colección de las _Cartas_, por rara, fué incluída en el _Epistolario español_ que ordenó D. Eugenio de Ochoa[47].
[Nota 47: _Biblioteca de Autores españoles de Rivadeneyra. Epistolario español ordenado por D. Eugenio de Ochoa. Cartas de Antonio Pérez._ Tomo I: Madrid, 1850.]
El citado Académico francés M. Mignet, teniendo por base el estudio de Bermúdez de Castro, dispuso además del contingente de papeles conservados en los Archivos de París, que son muchos, contándose los referidos que pertenecieron al de Simancas y los de la Colección importante llamada de Llorente, llevados á Francia por el autor de la _Historia crítica de la Inquisición_, secretario que fué del Supremo Tribunal de la misma. Tuvo igualmente á su disposición la correspondencia encontrada en Flandes por el hispanófilo M. Gachard, y, por último, el registro del _State paper office_ de Londres; valiosos recursos en manos de quien sabía utilizarlos con maestría.
El nuevo libro que dió á la estampa, tres años después que el de Bermúdez de Castro[48], es aceptado por la crítica cual _retrato verdadero_. Ha de ser permitido pensar, no obstante, que pudiera ser más acabada la pintura. Sea porque los artistas se satisfacen más de las obras á grandes rasgos; sea porque también en el ánimo del historiador extranjero vibró la cuerda simpática de la piedad, parando mientes en la inmensa desventura del expatriado, las sombras de la figura que presenta están desvanecidas ó atenuadas. Es Antonio Pérez sin género de duda; es, en conjunto, el privado de Felipe II, tal cual debe de estar en la historia universal: no es todavía el de la historia de España, más severa en el juicio, más obligada á discernir los motivos en que lo sustente.
[Nota 48: _Antonio Pérez et Philippe II_, por M. Mignet: París, 1845. 8.º Se han publicado otras cuatro ediciones: la última del año 1881.]
Con posterioridad al libro de M. Mignet se han hecho en nuestro país investigaciones que van aportando más y más claridad á los sucesos del reinado de Felipe II (como á los otros), á medida que se desarrollan las colecciones de documentos inéditos. En no pocos de los que han servido á los estudios especiales; en el de _La Princesa de Eboli_, de D. Gaspar Muro, por ejemplo, hay piezas indispensables á la biografía ó historia definitiva de Antonio Pérez.
Algunas más, conocidas y aprovechadas por M. Mignet, mencionadas igualmente por el P. Le Long en la _Bibliothèque historique de la France_, dió á luz M. A. Morel Fatio al formar, con otros manuscritos interesantes de la Biblioteca Nacional de París, el tomo que tituló _España en los siglos XVI y XVII_[49]. Los relativos á Antonio Pérez son 57 cartas: las siete incluídas en la serie dada á la prensa en vida de su autor, aunque limadas y compuestas con aquel cuidado que el ex-secretario de D. Felipe ponía en lo que había de andar á vista de todos; las 50 íntimas, en casi totalidad dirigidas al Condestable de Francia, Duque de Montmorenci, ó á su secretario. La circunstancia de estar todas éstas juntas en un volumen, encabezadas por cédula que el Rey Felipe II envió al Condestable anterior, ofrece presunción de haber sido sacadas del Archivo particular de la casa, al formar Béthune la Colección de documentos relativos al reinado de Enrique IV, en la que tiene el volumen el número 3.652.
[Nota 49: _L'Espagne au XVI et au XVII siècle_: Heilbronn, 1878.]
M. Morel Fatio ha compuesto con ellas capítulo de su libro[50], emitiendo el juicio que de Antonio Pérez su autor tenía formado, sin que lo modifique la penosa impresión de las declaraciones que hace. «Las peticiones de favor y dinero al Rey; las protestas de adhesión dictadas por el hambre; las adulaciones bien pensadas en objeto y precio, no inspiran, dice, más que conmiseración. Si no puede estimarse del mismo modo la práctica de sacar partido de los secretos de Estado, no por ello debe juzgársele con demasiada severidad, porque el sentimiento harto complejo que definimos por la palabra _patriotismo_, no había nacido en el siglo XVI. No solamente el suelo, la raza, la nacionalidad, el medio, no representaban en aquella época lo que hoy representan, sino que el afecto á la patria se confundía entonces y aun se resumía en muchos conceptos, en el de la persona del soberano. El proceder de Felipe II no era de naturaleza para fortificar en su Ministro ese patriotismo personal. Perseguido en tierra extranjera, Pérez se consideraba desligado del juramento de fidelidad. Socorrido y protegido por Enrique IV, se creía obligado, como en efecto lo estaba, á conducirse como verdadero vasallo de éste, aun cuando las circunstancias del compromiso que le ligaba al Rey de Francia tuvieran la consecuencia de ir directamente contra los intereses de su antigua patria. Se cometería, pues, un anacronismo calificando de traición la conducta política de Pérez después de su salida de España. Permitido es lamentar que hombre de tan notable inteligencia se viera llevado por la fuerza de los acaecimientos á emplearla en beneficio de los enemigos de su país; mas no hay razón con que condenarle en absoluto, porque no tenía conciencia de los deberes que ni comprendían ni practicaban sus contemporáneos[51].»
[Nota 50: _Lettres d'Antonio Perez ecrits pendant son sejour en Angleterre et en France_, páginas 257 á 314.]
[Nota 51: Morel Fatio, _loc. cit._, pág. 263.]
El contemporáneo Gregorio Letti hizo estudio especial del patriotismo en España[52], que no abona semejantes consideraciones, sugeridas, bien se ve, por el mismo espíritu de compasiva benevolencia que blandeaba en Bermúdez de Castro y en M. Mignet la dureza del sentimiento de justicia, á favor del atractivo que mantienen los escritos de aquel maestro en las artes de la seducción y del artificio; acaso también por influencia inadvertida de ideas en paralelo.
[Nota 52: En la _Vita di D. Pietro Giron, Duca d'Ossuna._]
Contemporáneos de Antonio Pérez impuestos en sus más secretos manejos, familiarizados con su conversación y confidencia, enemigos declarados de España y de su Rey, le juzgaron de otro modo. ¿Daremos crédito, con preferencia á las declaraciones de los antiguos, á la crítica más ilustrada de los modernos, ó habrá todavía que dejar la decisión á tribunal de _Más Señores_?
La prudencia no es opuesta á revista de autos; no vagará, no, la exposición más completa, eslabonando por antecedentes las cartas de la Colección Béthune (copiadas nuevamente de los originales con su misma puntuación y ortografía), con las de la Colección Birch[53]; agregando tal cual papel inédito; citando de los conocidos los precisos al esclarecimiento tan sólo de lo que hizo Antonio Pérez fuera de España.
Manos á la obra.
[Nota 53: En las _Memoirs of the reign of Queen Elisabeth_, antes citadas.]
I.
Vencida la insurrección de Aragón, andaba oculto por la frontera de Francia Antonio Pérez, «como perro de fidelidad natural, que apaleado y mal tratado de su señor ó de los de su casa, no sabe apartarse de sus paredes[54].» Esperaba todavía que abriera Dios los ojos del entendimiento á quien podía remediar su situación; pero en tanto se aproximaban al último retiro de Sallent los soldados del ejército real, que se tendrían por afortunados poniéndole la mano encima.
Decidido á franquear los Pirineos por recurso único de salvación, despachó á su amigo Gil de Mesa con carta fechada á 18 de noviembre de 1591, en que pedía asilo y protección á Catalina de Borbón, hermana de Enrique IV, en términos discretamente dirigidos á mover juntamente la piedad y el interés de la Princesa de Bearn[55], y á medida de los deseos y las necesidades del momento, respondió la política tanto como la compasión á la demanda[56], brindándole acogida en Pau.
[Nota 54: _Relaciones_, pág. 163. Edición de Ginebra, 1644. La misma de las citas de M. Mignet.]
[Nota 55: La primera carta de la Colección Ochoa.]
[Nota 56: _Relaciones_, páginas 167, 168.]