Estudios históricos del reinado de Felipe II
Chapter 11
Con estas palabras y otras tales entretenían al Bajá, que en ninguna manera se quería entretener más allí, porque los cristianos desharían su armada, y estaba á gran peligro; y si como entonces se entendía de los mismos renegados, si 25 ó 30 galeras de cristianos bien en orden parecían, no solamente bastaban á dar socorro al fuerte, mas cobraban todo lo que se había perdido, con mucha honra, y desto tenía gran temor el Bajá, por tener toda su gente en tierra, así los soldados como la chusma, y así sus galeras como las que tomaron á los cristianos estaban todas desarmadas, que no tenían 50 hombres por galera, y tenían los remos y timones en la mar, temiendo que los esclavos cristianos se alzasen con las galeras, y así los cristianos perdieron en esto una gran ocasión, que á lo menos debían parecer y hacer muestra que eran vivos, que tocando solamente una arma en la mar, bastaba para hacer embarcar el Bajá con todos sus turcos, sin esperar más, y por lo menos el fuerte era socorrido y quedaba libre, porque los cristianos podían salir fuera á tomar agua y otros refrescos, y á deshacer las trincheras y reparos de los turcos. Allende desto, el Bajá estaba con gran recelo y duda de detenerse allí, y se quería embarcar, porque había entendido que dentro del fuerte los cristianos hacían agua dulce del agua de la mar, sacándola por alambiques, como en efecto era verdad que se hacía, mas no bastaba para dar recaudo á todos los cristianos, y así Dragut deshacía todas estas cosas diciendo que los españoles eran mañosos y cautelosos, y que daban á entender que hacían esta agua, mas que no era verdad, ni menos podía ser, y así hacía detener al Bajá, según se entendía dentro del fuerte por vía de un renegado, el cual venía muchas veces de noche á hablar con D. Alvaro, y le traía avisos de todo cuanto se hacía en el campo, y esto también se entendía por pólizas que otros renegados tiraban con las flechas y caían dentro del fuerte, y éstos no osaban venirse á él, dudando de la falta que después hobo del agua, que al fin habían de venir á perderse y que á ellos les harían pedazos.
En este medio, viendo los turcos que no les salían los ardides que probaban por tierra, acordaron una noche dar el asalto á las galeras y galeotas de cristianos que estaban cerca del fuerte retiradas, y combatiendo, las hallaron que estaban bien á recaudo, porque tenían muy buena guardia de soldados viejos de todas naciones, y el Coronel D. Alvaro, con los esquifes que estaban en tierra, luego á la hora les envió socorro con el capitán D. Juan de Castilla, y así los turcos se retiraron, con gran daño dentrambas partes de heridos, porque las galeras, cuando les fueron á dar el combate, se hallaron con las tiendas puestas; mas tenían lejos, un tiro de piedra, una cadena de árboles y entenas para que no se les pudiese llegar barca ninguna sin que se sintiese, y esto les hizo gran provecho.
De ahí á pocos días se fueron cuatro galeotas á la vuelta de Sicilia, con orden de llevar gran parte de la gente inútil del fuerte; mas ellas hicieron lo que les pareció que era más á su provecho y ganancia: las tres fueron á salvamento; la una vino á poder de los turcos. Las otras siete galeras que quedaron fueron combatidas otra vez á una hora de día, á tiempo que el agua iba menguando, porque allí, entre día y noche, crece y mengua el agua dos veces; y así por la parte de tierra las dieron combate 3 ó 4.000 turcos y moros, y el resto de su campo quedaba en las trincheras, dudando de aquello que podía fácilmente acaecer, como los capitanes y soldados querían tomallos en medio, que los otros estaban en la mar combatiendo con las galeras y con el socorro que había salido del fuerte, que ciertamente era una hermosa cosa de ver combatir los cristianos con los turcos dentro del agua hasta la cinta, y por habérseles mojado la pólvora dentro de los frascos no se podían aprovechar de los arcabuces, y así peleaban con las espadas y picas, y fueron muertos y heridos muchos turcos, porque el artillería del fuerte y mosquetes y arcabucería, allende de la que tiraban de las galeras, los tomaba por través y les hacía gran daño, y así se retiraron los turcos con gran pérdida, y de los cristianos hobo pocos heridos, entre los cuales dieron un arcabuzazo en una pierna al Maestre de campo Miguel de Barahona, porque él había salido fuera con el socorro, y de ahí á pocos días murió de la herida.
La mañana de Pascua de Espíritu Santo, el coronel D. Alvaro de Sande dió orden al Maestre de campo de los italianos, Hierónimo de Piantanido, milanés, que con los capitanes Galarza y Carlos de Haro, que habían de llevar sus compañías, él tomase hasta cumplimiento de 600 hombres, entre españoles é italianos, de la mejor gente que tenía, y fuese á acometer las trincheras de los turcos y procurasen de enclavar la artillería, y que para este efecto hallarían en compaña á Estéfano, coronel de los alemanes, y al capitán Olivera con su compañía de españoles, los cuales tenían 400 coseletes entre alemanes y españoles, que les harían espaldas para cuando se hubiesen de retirar, no hallando ocasión para pasar adelante; y con esta orden, los dichos Maese de campo y Capitanes salieron dos horas antes del día y acometieron á los turcos, los cuales estaban en arma, porque habían sentido el ruido; mas no obstante esto los acometieron, hicieron volver las espaldas y mataron muchos dellos, entre los cuales fué muerto el Agá de los jenízaros por mano de un alférez español que se llamaba Nuncibay, que era alférez del capitán Galarza y un muy valiente soldado, y jamás quiso tomalle por prisionero, sino matalle, y ansí siguiendo la victoria llegaron hasta la artillería y enclavaron parte della; y viendo los turcos que eran tan pocos los cristianos que les habían acometido, tornaron á rehacerse y encomenzaron á dalles la carga, de manera que siendo tan poco número de soldados, les fué forzado retirarse escaramuzando y recibiendo la carga de lo mejor que podían, hasta el lugar donde estaba el coronel Estéfano con los 400 coseletes, que para este efecto aguardaban allí.
Como los turcos vieron aquel cuerpo de guardia en aquella parte, no osaron pasar adelante, y los cristianos, no teniendo otra orden, se volvieron todos al fuerte, y al retirarse mataron al capitán Carlos de Haro y al alférez Nuncibay, porque la escaramuza fué muy trabada; y si este día, por lo que se vió, salieran 2.000 infantes, como los capitanes y soldados lo deseaban y decían públicamente, desbarataban todo el campo de los turcos, y así lo decían ellos mismos, y la jornada fuera acabada; pero D. Alvaro de Sande nunca quiso ni tuvo por bien de hacello, movido por ciertos respetos que á él le parescieron.
Hecha que fué esta facción, los capitanes y todos los soldados viejos de todas las naciones que allí se hallaron, deseaban cada día ir á combatir con los turcos, teniendo por cierta y segura la victoria con la ayuda de Dios, y todos pedían esta impresa; mas D. Alvaro no solamente no quiso otorgársela, mas los hizo retirar de tal suerte que jamás consintió en ninguna manera que se saliese fuera á escaramuzar con ellos. Hizo retirar á toda la guardia que tenía en el foso y metella dentro el fuerte, dejando guardia ordinaria de día y de noche en el dicho foso y en la gruta donde se sacaba alguna poca de agua, y de esto estaban muy desdeñados y con gran pesar todos, porque encomenzaban á pasarlo mal de sed y enfermaban muchos y se morían, y los heridos no podían ser bien curados, de manera que cada día venían á faltar y á ser menos, y los turcos se aumentaban y se acercaban más al fuerte con sus trincheras, mudando la artillería en más partes; y por hacer más daño dentro el fuerte, como cada hora se hacía, comenzaron á hacer ciertos garitones á modo de plataformas, tan altos como los caballeros del fuerte, y aun algo más levantados, donde ponían escopeteros que mataron muchas gentes dentro, porque descubrían á los que estaban en el fuerte hasta los pies, y estaban tan cerca que la artillería no les podía hacer daño.
Entonces los soldados, queriendo hacer por la parte dentro reparos para quitar estos garitones en la artillería, D. Alvaro les decía que los dejasen hacer, que él los quería que se acercasen más, y así no quiso dar orden de otro recaudo ninguno, tanto que los turcos, poco á poco, fueron ganando hasta dentro el foso donde estaba la gruta del agua salada, sobre la cual se hizo grande estrago de una parte y otra, hasta que se perdió del todo, porque de los traveses de los caballeros no podían defender nada el foso y los turcos podían estar seguros en él á su placer; y teniendo este aparejo y buena ocasión, comenzaron á cavar los bastiones á medio día sin estorbo ni embarazo ninguno, si no era algunas veces que arrojándoles fuegos artificiales quemaron muchos dellos y los hicieron apartar. En lo demás no recibían otra pesadumbre ni daño, porque estaban tan arrimados al fuerte, que si no era con gran desventaja de los cristianos, no se les podía hacer daño, y por esto no podían salir fuera á estorbarles que no cavasen, é ya desto no se daban mucho, deseando venir á las manos, y por esto tampoco reparaban las baterías[40], que eran de 70 ú 80 pasos y más, y tan llanas que podían entrar por ellas carros cargados. La una de ellas era dentro del caballero de Su Excelencia y la otra en el caballero del señor Andrea Gonzaga, y con todo esto los turcos aún no osaban dar el asalto.
[Nota 40: Brechas.]
Antes de noche se retiraban á sus trincheras y desamparaban el foso y las baterías, y de día muchas veces arremetían con gran furia y voces, tirando piedras y escopetazos, y muchos dellos llevaban picas de las que tomaron en las galeras de los cristianos, y se mostraban encima de la batería todos descubiertos, y asimismo los cristianos, y se combatían de manera que los turcos jamás podían pasar adelante ni ganar palmo de tierra, que siempre los hacían volver y retirarse con daño.
En esta sazón los cristianos comenzaban ya á pasallo tan mal en todas cosas y á padecer tanto, que no se puede decir ni creer, porque había mes y medio que no tenían agua, si no es dos cuartuchos y medio de ración al día á cada soldado, y otro tanto de agua á cada Capitán, y esta agua era repartida de esta manera: una parte de agua de la cisterna y otra agua salada y la tercera parte de la que se sacaba por alambiques y alquitaras, y así toda mezclada se daba por ración, como se ha dicho.
Este ingenio de sacar agua de la mar lambicada, lo hizo un siciliano, hombre de buen juicio y entendimiento, y era buena agua y delicada. A las mujeres que se hallaron allí, se les daba un cuartucho de ración, y á los mozos medio, y á muchos otros no les daban nada; y viéndose morir de sed muchos dellos, se huían al campo de los turcos, que fueron más de 700 personas, entre los cuales se iban también soldados de todas las naciones, y algunos dellos, que eran de confianza, que los ponían á la guardia fuera, en el foso, y también de dentro el fuerte se huyeron algunos dejando la guardia, y hobo otros que se echaban de noche por la muralla y se fueron á los turcos.
Viendo D. Alvaro este gran desorden, hizo echar bando que cualquiera que matase uno destos que se iban al campo de los turcos, le diesen seis escudos, y así mataron algunos, y así no se huían tantos, y acaeció alguna vez que yendo á matar á los que se iban huyendo desta manera, los que iban tras ellos con sus armas para matallos, se huían también y se pasaban á los turcos, y había muchos que deseaban esta ocasión para huirse; y como los turcos vieron que los cristianos mataban aquéllos que se pasaban á su campo, en saliendo alguno, venían prestamente á defenderle, y al que tomaban á la hora le vendían, y ningún día había que entre día y noche que así de las galeras como del fuerte no se huyesen de 25 hasta 30 hombres, y destos, porque los turcos tenían relación cada hora de lo que se hacía de dentro del fuerte y en las galeras, y habían de mar y tierra aviso de todo, y la causa porque se huían era porque no les bastaba el agua que les daban, y porque era salada y les ponía más sed, y eran forzados de escoger este partido de irse con gran peligro de su vida á beber del agua de la gruta, la cual asimismo era salada, mas tan fresca, que con todo eso bebían hasta hartarse; mas pocos de éstos escapaban, y tenían por menos mal éstos ser captivos, que verse morir sin tener otro remedio, y no había día que por falta del agua de los enfermos y heridos no muriesen 25 ó 30 personas, y vinieron á comer los asnos y los caballos de una compañía que allí quedó, de la cual era capitán Bernardo de Quirós, y asimismo comieron los camellos que habían tomado á los moros, y una gallina se vendía por siete escudos, y no se hallaba, para los enfermos y heridos, y un cuartucho de agua de la cisterna se vendía, vez había, por medio escudo ó uno de oro.
Algunos soldados, en lugar de alquitaras, lambicaban el agua en los morriones y la vendían escondidamente por aquello que querían, porque la orden del Sr. D. Alvaro era que no se pudiese vender más de dos reales el cuartucho: será esta medida poco menos de cuartillo y medio de azumbre de Castilla.
Las medicinas para los enfermos y heridos estaban asimismo estragadas y corrompidas, así por el calor que allí hacía, como por ser viejas y haber venido por mar, y aquéllas que se habían de hacer de nuevo el agua salada las estragaba, y la tela y el lienzo con que se curaban los heridos se lavaba con esta agua, y por esta causa se morían, por poca herida que tuviesen, que no escapaba de ciento, uno, y habiendo de hacer pan fresco de la harina que tenían, era necesario hacerlo con la misma agua salada, y asimismo para guisar cualquiera cosa, así en potaje como de otra manera, y por esto lo pasaban muy mal, aunque tenían provisión de legumbres y arroz.
Los turcos tenían aviso ya de lo que padecían, y así por apretallos más, á los 8 de junio, al alba, el Bajá había mandado poner en orden todos los esquifes del armada y algunas fragatas armadas y barquillas con esmeriles y mosquetes y banderetas, con 2.500 turcos, y así vinieron á la vuelta de las galeras, y Dragut envió por tierra otros 4.000 turcos y moros, porque en aquella sazón menguaba el agua, y así dieron el combate á las galeras por un gran rato, sin poder llegar á ellas, porque estaban muy bien proveídas de soldados franceses, italianos y españoles, los cuales las defendieron muy valientemente, y mataron é hirieron más de 400 turcos, entre los cuales fueron muertos más de 25 á 30 capitanes de galeras y arraezes, como ellos se quejaban y decían públicamente.
Este día se halló en las dichas galeras por cabeza de los italianos el capitán Fantón, siciliano, bien entendido y valiente soldado; de los franceses el coronel Masa, caballero de la Orden de San Juan; de algunos españoles, el sargento del Capitán Orejón; y así viendo los turcos que allende del daño que les hacían de las galeras, que del fuerte también habían echado á fondo algunos esquifes llenos de turcos, y que ya los esmeriles y arcabuces de la muralla los mataban por través, acordaron de retirarse con gran pérdida.
Estando este ruido y hervor de combate, pareció en el fuerte una paloma blanca con algunas pintas, la cual, entre tanto que pasó el dicho combate, andaba volando alrededor del fuerte; y como los cristianos hobieron la victoria, se fué, que no la vieron más después, ni primero la habían visto, si no es aquel día. Los soldados, habiendo tenido ésta por buena señal, alababan á Dios y decían que les enviaba el Espíritu Santo, que les había traído la victoria, como en efecto fué gran milagro, y luego D. Alvaro de Sande hizo decir una misa cantada del Espíritu Santo con _Te Deum laudamus_, y todos los capitanes y soldados cobraron gran esfuerzo y más que antes tenían, y en este propio día se entendió que el Bajá se quería ir dejando la empresa, y así lo hicieran si no por Dragut, el cual con grandes ruegos y haciendo grande instancia se ofrecía de fenecella, diciendo que sin combate por mar ni por tierra ni perder un hombre más le quería dar el fuerte en las manos, porque de nuevo había entendido por muy cierto que en el fuerte no había más agua, como era verdad.
Pasado que fué esto, D. Alvaro hizo poner fuego á tres galeras de las que había en el canal, y la guardia que estaba en ellas la hizo venir al fuerte, porque tenía bien menester della, estando seguro que las cuatro galeras no serían más acometidas, porque eran bastantes para guardarse y tener el paso de la mar para que las fragatas que viniesen de Sicilia y Malta pudiesen venir y tornar, y que las galeras y otros bajeles de los enemigos no se pudiesen acercar al fuerte ni dalles nenguna pesadumbre. Las dichas cuatro galeras que quedaron estaban bien proveídas de soldados.
En el fuerte, en tanto estrecho y extrema necesidad de agua, determinó á los 29 de julio de salir fuera con todos los capitanes y soldados que estaban para poder pelear, é ir con ellos á dar la batalla al campo de los turcos y desbaratallos ó quedar allí muertos todos. Eran muy pocos los cristianos, que entre todos los que se hallaron para poder tomar armas, no llegaban á 800 soldados, y todos flacos y maltratados y consumidos de la hambre y sed y mal que padecían; los demás estaban heridos y enfermos, que serían 1.500 escasamente, y así, dejando en las dos baterías y en toda la otra muralla hasta 200 soldados, con el resto, dos horas antes del día, D. Alvaro, sin haber dicho palabra á los Capitanes, que quería hacer tal efecto de salir fuera, ni menos habiendo antes de eso querido comunicar cosa alguna con nadie ni consentido que ninguno viniese á decille su parecer, haciendo todas las cosas de su cabeza, sin tratallas con algunos, bien que los Capitanes y soldados pláticos entendían que se podía hacer de otra manera mejor que se hacía, y le dejaban hacer por la autoridad que tenía, siendo Coronel de toda la infantería española y Lugarteniente de Su Excelencia, y así cada uno estaba callado, que no osaba hacer otra cosa, y también le valió mucho para esto el crédito que en lo pasado había tenido de buen soldado, según todos dicen.
Esta vez salió fuera con muy mala orden, que al parecer de buenos soldados, por el caballero de Su Excelencia, que estaba todo batido y abierto, y muy cercano á la trinchera de los turcos, y por el caballero del señor Andrea Gonzaga, que asimismo estaba deshecho y derribado, podía salir Don Alvaro, haciendo dos partes de toda la gente, y en la una ir él, y dar otra á algunos buenos y pláticos Capitanes, los cuales tomasen la vanguardia, y salir todos juntos de golpe y á un tiempo, con orden y concierto de venirse á encontrar en medio del camino, donde había plaza para quedar los que salían en retaguardia, en escuadrón, y marchar los demás, pasando á cuchillo á todos cuantos turcos topase en estrecho, é ir en escuadrón con buen concierto, siguiendo la victoria, que la tenían desta manera, con la ayuda de Dios, muy segura y cierta, y así sucedía muy mejor de lo que fué; pero D. Alvaro dentro, y creyendo que fuese muerto ó preso, estaban muy confusos y alborotados, y algunos capitanes y gentiles-hombres particulares, desampar[ando] sus cuarteles y la muralla, se metían dentro del castillo con determinación de curarse y abestionarse dentro, y hacer sus partidos y conciertos para salvarse, teniendo ya por perdido el fuerte, no acordándose de lo que eran obligados hacer por su honra ni la salvación de sus compañías ni de los otros soldados que habían dejado fuera al cuchillo de los enemigos.
En este medio llegó nueva que D. Alvaro enviaba á tomar vestidos para mudarse y á que llevasen los remos y vela que estaban dentro el castillo de una fragata que era venida de Mesina pocos días había, con intención de irse en siendo de noche; y como se entendió esto, los capitanes y soldados comenzaron á alborotarse y á no consentir que le llevasen la vela y remos, y entre los otros D. Guillén Barbarán, caballero sardo, dió de cuchilladas á aquéllos que los llevaban, é hízoselos dejar.
Viéndose todos en tales términos, que D. Alvaro había desamparado el fuerte, y con determinación, según se entendía, de no volver más á él, habiendo tanta falta de agua, que de lo demás tenían bastimento para muchos días, sabiendo que fuera, en el caballero de Gonzaga, se hallaba el capitán D. Juan de Castilla con su compañía, que ninguna otra cosa había quedado fuera del castillo, y tenía consigo las compañías del capitán Juan de Funes y del capitán Olivera y Ortiz, el cual había muerto un día antes, las cuales compañías estaban señaladas para la guardia del dicho caballero y batería, que todo estaba abierto y llano, y estas compañías con la mayor parte destos oficiales y todos los soldados se hallaban allí para su defensa, y no llegaban á 80 hombres; demás destos tenían orden de socorrellos cuando fuera menester, el capitán siciliano Jorge Siciliano y otro capitán milanés que se llamaba Juan Paulo, y era izquierdo; todos eran buenos capitanes y valientes, y se hallaron con el dicho capitán D. Juan de Castilla, entrambos con hasta 30 soldados de los suyos y un lugarteniente de alemanes de la guardia de D. Alvaro de Sande, con otros 30 soldados tudescos. También se hallaron allí algunos gentiles-hombres de la casa de Su Excelencia, los cuales asimismo tenían orden de acudir á este caballero cuando quiera que se tocara arma, y todos lo hicieron muy bien, entre los cuales se halló un gentil-hombre que se llamaba Beltrán, que era maestresala de Su Excelencia, y éste se señaló más que todos peleando hasta que el dicho caballero fué tomado, porque todos éstos que habemos dicho no sabían nada de cosa que se hacía dentro el fuerte, antes pensaban que todos estuviesen en sus postas y en los lugares que les habían señalado para que guardasen, y que los otros capitanes y gentiles-hombres particulares que faltaban era por otra causa y no por haberse huído y retirado al castillo.
En esto arribó Antonio de Avila, sargento mayor del tercio de Sicilia, y en presencia de todos llamó al capitán D. Juan de Castilla y le dijo de parte de todos los capitanes y soldados que Don Alvaro se había metido en las galeras con intención, según decía, de irse en la fragata en siendo de noche, y que los otros capitanes se habían retirado en el castillo, por lo cual le rogaban que quisiese tomar el gobierno de aquellos soldados y del fuerte, y que hiciese arbolar una bandera de paz y rindiese el fuerte, y hiciese con los turcos los mejores partidos que pudiese para salvar aquella gente que allí estaba, la cual se tenía ya por perdida.