Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente

Part 9

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La Giralda es, pues, el monumento más expresivo de la dominación agarena y el que, á pesar de lo que se ha dicho sobre su estructura mauritana y estilo primitivo africano, es para nosotros una obra perfecta del arte árabe. Distante su construcción cuatro siglos á lo menos de la de alguna torre granadina, como la que hoy pertenece á la iglesia de San Juan de los Reyes, no existe diferencia en la manera de ornamentar una y otra, y sus rombos de ladrillos agramilados, sus festones de barros cocidos, y los ajimeces con los angrelados y lóbulos, manifiestan arcos ó segmentos de curvas con todas las variantes del alcázar granadino. Aparece en ella perfectamente el origen del arco apuntado sobre estirados arranques del mirador de Lindaraja de la Alhambra, el de colgantes de las tres entradas al Patio de los Leones, el festoneado del Patio del Estanque y todas esas formas que tomaron después tal lujo y delicadeza, como no se vió en parte alguna. Es en la Giralda donde se hallan los principios del verdadero arte decorativo, fabricado con ladrillos _almadravas_ de robusta construcción, como lo exigía la fachada de un elevadísimo alminar. Lástima que tan hermosa torre se halle coronada por un cuerpo tan extraño, que no nos permita figurarnos su antigua cúspide, sus remates dorados y sus brillantes azulejos.

He aquí un precioso texto árabe[40] sobre la fundación, antigüedad y hermosura de este monumento:

«Yacub Almanzor, el año de 593 (que empezó el 23 de Noviembre de 1196) terminó la Aljama y levantó la Torre, cuya manzana hizo hermosísima y de tal magnitud, que no cupo por la Puerta de los Almoedanos, hasta que tuvieron que quitarse los mármoles de ella para darle más cabida; y el peso de las columnas que sustentaban la dicha manzana era de 40 arrobas de hierro. Abuleit Alocaili, el inspector de la obra, fué quien la construyó y elevó á la parte alta del alminar. Aquel mismo monarca fué el que mandó construir la fortaleza de Giznalfarache.» etc., etc.

En otras iglesias y torres se halla el estilo mudéjar propio de las transformaciones que han sufrido. La de _Omnium Sanctorum_ ocupa un distinguido lugar. Las de San Nicolás, San Marcos, Ermita de la Virgen, Santa Catalina, Santa Marina y otras muchas ofrecen curiosos ejemplares de purismo y transición; porque en estos tiempos sirvieron muchos en casos alternativamente de iglesias y mezquitas en un período de cinco ó seis siglos, tiempo suficiente para señalar las modificaciones del arte árabe.

Existen en Sevilla y otras poblaciones obras tan importantes bajo las influencias mahometanas, que hasta el gótico sufre modificaciones sensibles, como se ve en los raros ejemplares de un dilatado período de cuatro siglos, los cuales carecen de carácter propio y han tomado formas características de los materiales usados en ellos, principalmente por los finos ladrillos que se emplearon.

En Écija, Ronda, Jaen, Málaga, etc., hay multitud de estas interesantes construcciones de ladrillos y agramilados, que constituyen un brazo importante de ese arte que arraiga en la más remota antigüedad, y que se ciñe á las diversas transformaciones de los tiempos y del genio de las distintas razas.

Como la Torre de D. Fadrique, hay restos de otras muchas, ya en ruína, que fueron minaretes ó fortificaciones, los cuales suelen ostentar ajimeces, arcos de herradura, almenas é incrustados curiosos para los artistas, porque no han sido restauradas como la Torre del Oro para que desaparezca el hermoso color que el tiempo les imprime. Su forma poligonal de ocho caras debió decorarse como otras de la antigua Palermo, con un orden de galerías simuladas, cobijando tragaluces de arcos bizantinos repetidos y pequeños, y terminando con la crestería acostumbrada como obra de defensa.

TIEMPOS CRISTIANOS DE SEVILLA

Como hemos hecho en Córdoba, citaremos algunos monumentos cristianos que no pueden olvidarse por su importancia, y que en muchos casos sostienen la influencia histórica sobre la comparación ilustrada de la época árabe. Raro es no hallar en ellos un vestigio, un recuerdo ó un capricho de ornamentación que no nos traiga á la memoria aquel estilo.

La catedral es gótica de decadencia, perteneciente al comienzo del siglo XV, pero majestuosa en sus elevaciones y colosal en el grupo de construcciones diversas que encierran sus robustos apoyos. No tiene en verdad la gallardía de la de Burgos ni de la de León y otras del Norte, pero está cubierta de bóvedas atrevidas, crucero, formaletes, contraestrivos y de un centenar de empujes tan bien distribuídos, que su construcción nada deja que desear. Prescindiendo de algunos florones y pináculos de un adorno poco original, bastardeado por las influencias mozárabes, tiene tres magníficas puertas en su frente, bellas y bien labradas, con notables esculturas, hornacinas y umbrelas del mejor gusto. En vano se esfuerzan Cean Bermúdez y otros por hallar el arquitecto que las inventó y plantilleó, nunca se halla; pero en cambio aparecen muchos maestros, desde Pero García hasta Hontañón, que todos depositaron en su recinto las fantásticas obras de los tiempos.

Tiene de longitud 378 pies y de latitud 254, dividida en cinco naves con nueve puertas, algunas empavesadas con bajos relieves y estatuas de barro cocido. Los grandes pilastrones ó columnas bareteadas en número de 36, sostienen 68 bóvedas, entre las que se halla la del crucero, más alta que las otras. La capilla mayor se halla cerrada por su espalda con un muro ornado de estatuas sobre repisas del año 1522, y por el frente tres elegantísimas rejas platerescas, presentadas en 1523 por Idrobo, que las remató.

El altar mayor es un retablo gótico tallado en madera y principiado por Dauchart en 1482, con hermosas figuras representando pasajes de ambos Testamentos, hechas, según Bermúdez, por Alemán y Alejandro. Esta capilla tiene una sacristía con esculturas y lienzos notables. El pequeño tabernáculo de plata es de Alfaro (1596). El coro, colocado en la 4.ª y 5.ª bóveda de la nave central, tiene hermosas verjas platerescas como las anteriores y sillería gótica de conocidos autores, así como el facistol y los libros, que son interesantes. Deben verse las pinturas de Murillo, Céspedes y Pacheco que hay en la sala Capitular, así como esta construcción. Lo mismo debe visitarse la sacristía mayor, no por el interés que ofrecen sus muros, sino por las excelentes obras de arte que encierra, del pincel de Murillo, el famoso tenebrario de Morel, la custodia de plata de Juan Arfe, los viriles, la llave del moro que entregó la ciudad, las tablas alfonsinas y otras preciosidades.

No olvidemos la sacristía de los cálices, donde está el magnífico crucifijo de Montañés, una Dolorosa de Morales y Santos de Goya.

La capilla Real es notable, pero no singular; en ella están los sepulcros de D. Alonso el Sabio y doña Beatriz. En el altar se encuentra la urna de plata que contiene el cuerpo de San Fernando. Los restos de doña María de Padilla, de D. Fadrique, etc., están en la cripta, y en la capilla el pendón de la conquista y la espada de San Fernando. La verja es notabilísima.

La capilla del Baptisterio encierra dos de los mejores cuadros de Murillo, el uno pintado en 1656, del cual fué robada la figura de San Antonio el 5 de Noviembre de 1874 y devuelta algún tiempo después, por haberse encontrado en New-York.

Hay muchas capillas de más ó menos mérito, por las obras que guardan: La de San Pedro, los lienzos de Zurbarán, la de Belén, con una virgen de Alonso Cano; el retablo y sepulcro de la capilla de Scala; la del Angel de la Guarda; un cuadro de Murillo; el antiguo retablo de Santa Ana; y la estatua de San Hermenegildo, de Montañés, con el sepulcro gótico del Cardenal.

La capilla y sacristía de Nuestra Señora la Antigua está adornada con lujo, esplendidez y buenas obras de arte de los estilos conocidos; la de San Pablo con un gran crucifijo; la de la Purificación con entrada á la contaduría, donde hay un San Fernando, de Murillo; la de la Pierna ó «Gamba» por un escorzo que hay de Vargas, bien diseñado, y otras hasta el número de 37, con obras de excelentes pintores, andaluces la mayor parte y de reputación indubitada.

Se entra ordinariamente á las oficinas de la catedral por el Patio de los Naranjos, dispuesto como los de las mezquitas, lo que da á todo un carácter oriental. En él hay arcos de herradura, cartelas moriscas, cresterías almenadas y algunos arabescos más hermosos en sus detalles que los del alcázar, porque la gran mezquita de Yacub, construída en este lugar, fué obra bizantina, con la influencia pérsica de los primeros siglos de la egira. La puerta del Perdón es enteramente mudéjar y todas las otras tienen más ó menos detalles árabes, como olvidados de la destrucción. Se entra también por el patio al Sagrario, obra de decadencia (1662) donde hay un medallón en el altar del centro, de Roldán, y una imagen de San Clemente, de Cornejo.

Es notable el grande y colosal monumento que ponen ante las puertas de la catedral los días de Semana Santa.

Después de este conjunto maravilloso de vestigios y construcciones atrevidas con detalles no terminados por la falta de recursos que cobijó á la mayor parte de las catedrales de Europa, tiene Sevilla edificios sin influencia antigua como el Consulado, cuya construcción es robusta y tétrica como la época en que se hizo (1585) por Juan de Minjares; la fábrica de tabacos, todavía mayor y más sólida, gran edificio del tiempo de Fernando VI, sin interés monumental; el

palacio de San Telmo, colegio de Marina, del siglo XVII, estilo barroco y decadente, hoy restaurado y lujoso en poder de los Duques de Montpensier; el del Arzobispo, de igual época y sin interés arqueológico; la iglesia del Salvador, donde hay esculturas de Montañés; la Universidad; Santa Ana, iglesia gótica; la torre árabe de San Marcos; de Santa Marina, con otro alminar; San Martín, San Pedro y otras con numerosas obras escultóricas que abundan en Sevilla, y pinturas de una brillante escuela de color que no se halla en parte alguna. Véanse, si no, los cuatro cuadros de Murillo que hay en el Hospital de la Caridad; los de Leal, Atanasio, Cano, Herrera, Pacheco, Rodas, Valdés, Zurbarán y otros muchos que se hallarán en el Museo provincial, cuyas galerías encierran la más rica colección de pinturas de Murillo, y cuya fama es superior á todo encomio. Por esto sólo merece Sevilla ser visitada con entusiasmo.

En este mismo Museo hay una colección de objetos arqueológicos traídos de Itálica, antigua población romana que se encontraba á una legua de Sevilla, y de la cual no se contempla hoy más que un inmenso circo de tres cuerpos de anfiteatro levantados con muros y bóvedas de cuatro metros de espesor, cuya obra estaba revestida de sillerías y decorada de mármoles y estatuas. La Comisión de monumentos cuida hoy de conservarlo. Recomendamos su grandeza é importancia.

Son innumerables los objetos de construcción que, procedentes de Itálica, hay repartidos en toda esta comarca, la mayor parte utilizados por los árabes en sus mezquitas y casas, dando á la estructura un carácter especial de romanismo del peor tiempo, que rebajó la forma de los arcos y produjo la doble construcción de éstos y la reducción de los techos. Esos vestigios se ven también en las obras de los siglos XII al XV, en la fábrica de la Catedral y en muchos conventos y capillas.

Después del Renacimiento, Sevilla ofrece un plateresco excepcional, enriquecido de esmaltes y con multitud de fajas, pilas, zócalos y frontispicios hechos de azulejos y ladrillo rojo que no se ve más que en algunos puntos de Italia, pero que aquí forma el exclusivo tipo al cual se subordinan todas las obras de no lejano período; estilo nada bello, si bien es caprichoso y sensible á las trazerías mudéjares con las siluetas absolutamente churriguerescas. Los ornatos de piedra y yeso entremezclados á los esmaltes y ladrillos justifican este calificativo.

Hay todavía en esta población el testimonio de la influencia gótica cuando el árabe desaparece y se entrega poco á poco á la inspiración ojival, envolviéndose en sus hornacinas, acentuándose en los tímpanos con cartelas de leones y matacanes con lóbulos y pirámides estriadas, y rebajando los arranques de los arcos á la usanza musulmana. Las portadas, claraboyas y rosetones de algunas iglesias están levantados con ese estrecho espíritu de transición tan notable como raro que hemos observado en tres ó cuatro puertas de otras tantas iglesias de los siglos XIII al XIV verdaderas curiosidades arqueológicas, tanto aquí como en Córdoba y pueblos circunvecinos.

Falta á esta ligera revista una mirada de admiración á la antigua casa de Ayuntamiento, donde un estilo fastuoso de reminiscencias paganas y piadosas, fantástico hasta lo sumo y altamente delicado y artístico, se ostenta bellísimo más por el ornato que por las proporciones. El Renacimiento de Sevilla protesta del fatalismo mahometano, se levanta risueño y lleno de esperanzas como la civilización que le da aliento; no pide á ninguno de los estilos de la Edad Media alimento para decorarse; busca el clásico de edad más remota y se manifiesta en este edificio sin concluir, rico de imágenes y potente para ataviarse; es un ejemplar digno de toda alabanza que el tiempo destruirá sin que se haya reproducido en lo que se construye nuevamente para completar la fábrica de todo su plan y alzado.

PARTE TERCERA

ÚLTIMO PERÍODO

DESARROLLO DEL ARTE ORIENTAL EN ESPAÑA

Era tanta la ignorancia en ciertos tiempos sobre la cultura de los árabes españoles, que autores cristianos suponen las mezquitas adornadas con ídolos como los templos paganos; y á juzgar por los romances de la Edad Media, era tal el criterio sustentado sobre las ciencias de los mahometanos, que se atribuía no á hombres, sino á una legión de demonios el poder y la magia ejercida por el genio de los nuevos dominadores de España. ¡Y qué mucho si aún en nuestros días no se ha olvidado ese don misterioso de profecía que se atribuye al _Calendario_, cuyo libro es siempre el que más se encuentra en la mayor parte de las casas españolas! _El manak_[41] que habían difundido los árabes por toda Europa, se inventaba por astrólogos españoles, los cuales adquirieron inmensa y diabólica fama de sobrehumana inspiración. De tal modo era temida la ciencia de algunos cristianos que habían ido á aprenderla en las academias y universidades de Córdoba y Sevilla, que más de un sacerdote perdió al volver á su país la facultad de mandar comunidades religiosas, y aun corrieron algunos riesgo, en momentos de calamidades públicas, suponiéndose éstas ocasionadas por los maleficios de esos sabios sospechosos de malas artes[42]. Hasta los albores de las ciencias químicas que habían de desarrollarse en el cerebro de Nostredamus, Raimundo, Kiot, etc., buscaban en España el éxito que más tarde había de dar tan pasmosos resultados; y hasta los prodigios que principiaba á revelar la ciencia astrológica y la conformidad en muchos casos con los pronósticos que una azarosa experiencia había arrojado en sus libros, fueron causa de que adquirieran un influjo, al cual no ha podido escapar la civilización moderna. Las ciudades principales de España fueron, pues, el emporio de las ciencias físicas y astronómicas; y si ignoramos el número de franceses, alemanes é italianos que venían á estudiar á Córdoba y Toledo, ó si el Papa Silvestre II recibió en Barcelona y no en Córdoba su instrucción, lo cual podrá ser discutido eternamente por los corifeos de ciertas escuelas, sí sabemos con exactitud que la ornamentación árabe se copió en Italia, Francia y España, demostrando la intimidad de las relaciones internacionales, y que cuando se conquistó á Granada pasaban de 25.000 los extranjeros que residían en el reino, enriquecidos del tráfico con Venecia, Marsella, Constantinopla, etc. Las pinturas de la Sala de Justicia, confusamente atribuídas á artistas cristianos del siglo XIV, nos indican cuán fácilmente pusieron en ejecución obras, que sin el trato común con los extranjeros, les hubiera sido imposible ejecutar. ¿Por qué, pues, poner en duda que la nigromancia se aprendía en Toledo en el siglo XI, únicas escuelas á donde venían á estudiarla jóvenes de Suavia y de Baviera?[43] Si tal menosprecio se ha querido hacer de las ciencias químico-físicas de los árabes, debería haberse empezado por destruir los monumentos, quemar sus libros, los pergaminos de realce, romper los esmaltes y sus barros cocidos, borrar los colores de sus telas y los que se ven en los muros de sus casas, y sobre todo descubrir si en el resto de Europa se fabricaba con más perfección ó había más recursos industriales y mecánicos que los desplegados por ellos.

Sin aducir textos de obispos[44] ni de otros no menos venerados autores, porque no intentamos sacar las pruebas de lo que exponemos fuera del dominio del arte y de la industria, sucedía entonces lo que acontece ahora con ese prurito de buscar en París y Londres alivio á males incurables, recetas á métodos desconocidos de fabricación, y aliciente á las empresas científicas. Monarcas de León y de Asturias trataron y utilizaron sabios árabes de Córdoba y Sevilla; y Gobmar escribió en árabe historias para que se aceptaran en la corte de Hakem II. Aparece, verdad, que estas cordiales relaciones eran entonces como ahora sostenidas principalmente por las familias aristocráticas en lo que se refiere á las monarquías españolas y árabes, y que el pueblo visigodo en general, tenía antipatía á los dominadores.

Si después de la toma de Toledo por D. Alfonso es cuando, según los datos de algunos autores, principia á ser visitada por extranjeros y por clérigos españoles esta ciudad, para adquirir conocimientos sobre la hechicería, la alquimia y el álgebra, queriendo demostrar que no se debía á los árabes la enseñanza de tales ciencias, este error supone á nuestra vista poco conocimiento de aquella civilización y del organismo de la sociedad mahometana en contacto con los mozárabes, ni de los auxilios que de judíos y muslimes recibieron las cortes de D. Jáime y D. Alfonso, ni de cómo era considerada la lengua sabia del Korán, no habiendo otro genio en las artes que el inspirado por las obras de los muslimes, según puede verse todavía en los raros objetos de aquel tiempo, conservados á duras penas entre nosotros.

El arte de cincelar los metales es una prueba clara de lo que exponemos. Nada más sorprendente en su género que esos trabajos á buril de las armaduras cristianas, antes del renacimiento; trabajos que se extendieron por la mayor parte de Europa, donde se ven lujosísimas armaduras fabricadas con los ornatos árabes levemente modificados por el gótico, las incrustaciones de oro y plata embutidas en el hierro con pasmosa perfección, que no se hallan iguales de anteriores épocas, todas hechas en las fábricas de Toledo, Valencia, Sevilla, etc., y de manos de los artífices instruidos en estos incomparables centros del arte árabe, únicos florecientes en aquella época.

Y cuando de tal modo se extiende su influjo, es ocioso referir lo mucho que sobre su literatura y poesía han escrito eminentes orientalistas, sosteniendo la existencia de toda una literatura aljamiada extraordinariamente difundida, que cuenta obras maestras procedentes de aquella civilización cuyos prodigios se están revelando todos los días.

Una consecuencia muy legítima del elevado estado de las artes en todas sus ramificaciones, es el magnífico aspecto de los jardines que rodeaban los pintorescos palacios de la sierra de Córdoba, los de Guadamar, de Ruzafa, de Said, y tantos otros que nos pintan las seductoras casidas de la poesía arábiga. La ciencia de trazar los edificios se hermanaba con la de arreglar los jardines, alinear las plantaciones y combinar el aspecto de los vegetales para producir decoraciones hasta cierto punto arquitectónicas. El desarrollo que en tiempo de Luis XIV tomó en Francia la idea algo antiestética de imitar con los arbustos los órdenes greco-romanos, las columnatas, arcos y bóvedas, tenía más antiguo origen; y aunque los normandos en Sicilia habían dado muestras de ello, es indudable que en los jardines andaluces se hacían decoraciones del mismo género, con la diferencia de que éstas, tomadas de una arquitectura más delicada y menos severa, produjeron verdaderos _oasis_ de sin igual encanto, cuyas reminiscencias se notan todavía en algunas comarcas de este bello país.

Sin que tratemos de ocultar el interés que nos ofrece el parque moderno, hermosa ostentación de la más vigorosa naturaleza dominada por la inteligencia del hombre con el constante auxilio de la máquina, tiene su belleza relativa la simetría reguladora de aquellos jardines, que ondeaban pabellones como arcos estalactíticos; que recortaban en los cipreses remates y obeliscos imitando alminares; que tejían las hojas trepadoras con los vistosos encañados remedando los azulejos de sus palacios; que hacían grutas á manera de templos, y cruzaban arcos de ramaje como los arcos de piedra de la mezquita de Córdoba. Es un error suponer monotonía en esta clase de jardines, cuando lo que se nota es un refinamiento exagerado, demasiado deseo de subordinar las galanuras de las flores á curvas, líneas y trazerías fantásticas, que ofrecen un peculiar encanto en aquellos países donde el campo todo es un verjel frondoso, especie de parque silvestre que tal vez no necesita del cuidado del hombre para compararse con los de las antiguas ciudades romanas y bretonas. El jardín simétrico, hecho como los de Andalucía, sin que se mezcle el estilo demasiado severo y fastuoso que se nota en los palacios de nuestros reyes construídos con posterioridad, ofrece indudable belleza, cuyo origen hay que buscarlo en las descripciones de los poetas orientales, ó cuando alguna fiel imagen de ellos hallada en modestas casas de nuestro país, nos obliga á reconocer sus encantos.

Hemos visto en el perímetro ocupado por los restos del antiguo palacio del Chapiz[45], removiendo el suelo de un dilatado patio, la antigua traza de un jardín con estanque en el centro surtido de juegos de aguas, arriates y márgenes á manera de laberinto; las glorietas y asientos de mosáico de gruesa labor formada de piedrecitas de colores, y algunos restos de figuras enlazadas con grandes letras formadas de arrayanes. No es, pues, tan distante de aquel gusto lo que todavía se construye alrededor de los palacios modernos; y ni las figuras hechas de jazmines, ni las doncellas de flores, ni los asientos de enredaderas y hiedra de la famosa pila de Almanzor, fueron creaciones de la poesía, sino hechuras del arte, que alcanzaba á todo lo que podía halagar el sentimiento de aquellas ilustres generaciones.