Part 7
Dicen autores musulmanes, cuyos escritos se han traducido en los últimos veinte años á muchos idiomas, que fué tal el desarrollo que tomaron las artes del librero, encuadernador y escribano, por ser las tres el medio de difundir la civilización, que se dedicaban á ellas todas las clases más ilustradas de la sociedad, llegando á ser noble el ejercicio de las profesiones citadas; y tal estado de desarrollo alcanzaron, que llegó á no bastar el pergamino que se preparaba, obligando su escasez á que decretara Alfadi Yahya el uso obligatorio del papel, que entonces se aplicaba muy poco. Y como parte técnica dió á la forma de los caracteres de letra tal importancia, que los libros hallados en los desvanes de los edificios ruinosos tienen una escritura tan perfecta, que es sólo comparable á los tipos limados de la imprenta. Cítase á Bagdad como el centro civilizador donde la escritura y tipos tomaron más sencillez, alejándose de las formas primitivas que tuvieron en Cufa; pero modificados en Egipto, donde perdieron algo de la claridad y belleza que se les dió en Yrac, hasta que los árabes españoles ya independientes y adoptando costumbres dulces y tranquilas, llenaron los aposentos de libros, y con ingenio y buenas costumbres, como dice el docto Cateb-El-Bagadi, se hicieron escritores y libreros, cuyo número en Córdoba llegó á exceder de veinte mil.
Formaban como en el resto de Europa por aquel tiempo los constructores de edificios, sociedades que guardaban sus secretos científicos y sus trazerías geométricas para el exclusivo dominio de los afiliados en estas artes, las cuales se utilizaban por los hombres más toscos y atrasados, al lado de los más ingeniosos despreocupados é instruídos. De aquí procedía el uso de unas mismas combinaciones y ornatos para determinadas formas y medidas, y la razón de hallarse siempre arabescos exclusivamente aplicados á las construcciones religiosas, á las militares y á las del harem. Los arcos de herradura con las dovelas resaltadas, se emplearon únicamente en los lugares destinados á la oración, así como los mocárabes de colgantes no se pusieron nunca en las aljamas andaluzas[23]. Preceptos todos que á semejanza de los sacerdotes caldeos, explotadores también de estas artes, venían de una especie de gremio masónico que enviaba sus artífices á diversos Estados, y que no permitían otros usos y otras alegorías que las convenidas en sus conciliábulos. Ellos, como otros muchos, cuando la construcción de las famosas catedrales cubiertas de figuras emblemáticas y burlonas, se excedieron también en España de los preceptos religiosos, pintando murallas y labrando figuras, cuyas obras se ejecutaban por los mismos alarifes como trabajos constructivos en imitación del arte asirio.
Esas sociedades poseían un caudal de trazados de ensambladuras para techos; otro de comarraxias para las bóvedas, y de alicatados para sus estucos, los cuales constituían su fortuna; por esta razón se distinguen las labores hechas en los diferentes reinos, y no cabe confundir las obras de los alcázares sevillanos con las de Toledo ó Granada[24] como frecuentemente se verifica por los modernos escritores.
Es curioso lo que dice el notabilísimo escritor árabe Ben-Jaldum sobre la manera de construir de los árabes en la generalidad de los casos; pues en otros imitaron las sillerías y corte de piedras de los romanos, en bóvedas y fuertes muros exteriores. He aquí el párrafo:
«El arte de edificar se divide en varios ramos, uno consiste en hacer muros de piedra tallada, ó ladrillos cimentados con cal y arcilla[25]... y otro consiste en formar muros con arcilla solamente. Se sirven para esto de dos planchas de madera, cuya longitud varía según los usos locales; pero en general son sus dimensiones de cuatro codos, y se colocan sobre fundamentos ya preparados, espaciándolas según la anchura que el artífice cree necesaria. Se sujetan por medio de travesaños de madera fijados con cuerdas ó lías, se cierran las extremidades con otros dos tableros más pequeños y se vierte dentro tierra y cal que se aprieta con pequeños pilones hechos á propósito. Cuando la masa está bien apretada se sigue añadiendo hasta llenar el hueco y que las partículas formen un solo cuerpo duro é impenetrable; así se continúa, desarmando la caja y llevándola á la línea inmediata ó superponiéndola..... Este género de construcción se llama _tabia_ y _tauvab_ el que los fabrica.
»Los muros se revisten de cal desleída en agua con una ó dos semanas de anticipación............... la cual se extiende con una llana hasta incorporarla con la obra[26]. Para los techos se colocan maderos labrados ó sin labrar, sobre los cuales se extienden la cal y tierra que se aprieta con pisones...
»El ornato y embellecimiento de las casas constituye un ramo del arte. Consiste en aplicar sobre el muro figuras en relieve hechas de yeso cuajado con agua, el cual se vacia sobre un modelo dado, dispuesto con punzones de fierro, y se acaban dándoles un bello y agradable pulimento. También se revisten los muros de mármoles en planchas, ladrillos vidriados, conchas y porcelanas.................. lo cual les da el aspecto de un parterre adornado de flores...»
Y más adelante dice, que los magistrados acuden á los alarifes cuando se trata de edificios, en las particiones de fincas, en las alineaciones, reparto de aguas, fortaleza de muros exteriores, etc., etc., como en los tiempos de las ordenanzas del siglo XVI; cuyo adelanto existió siempre entre los árabes de Andalucía.
Seríamos interminables en la enumeración de manufacturas, y en los oficios mecánicos y perfectos. Pero tales adelantos, tan pasmosas obras de la civilización agarena, tenían y aún tienen entre nosotros sistemáticos impugnadores. Hay una escuela, ó una doctrina intolerante que busca afanosa en la civilización romana y gótica los gérmenes de nuestra grandeza pasada; esa escuela y esa doctrina no hallan nada nuevo, grande ni original, preciso es decirlo, en el contacto de ese mundo oriental que se trasplantó á nuestras tierras con todas las infinitas irradiaciones de su espíritu y de su inteligencia.
¿Y por qué con la brillante erudicion de esos investigadores no se ha hecho antes la luz, que ha venido después á deslumbrarnos arrojada por más imparciales y generosos escritores extranjeros? Porque en España se ha rechazado la herencia que nos legaron nuestros abuelos; porque éstos nos dominaron, y están aún frescas las heridas; y porque sostuvimos el ciego exclusivismo de una filosofía intolerante, con la que aprendimos á mirarlos como hombres sólo dignos de humillación y desprecio. Todavía no han llegado á ser verídicos para los fanáticos escudriñadores, los datos y relaciones que sobre geografía é historia descriptiva nos han legado los escritores árabes; cien textos afirmativos de un caso especial cualquiera, de origen mahometano, se desechan inconsideradamente por admitir los argumentos de uno de esos falsos cronistas que plagaron nuestra literatura con sus perturbaciones históricas[27].
¿Se supondrá que queremos preferir aquella civilización á la cristiana? ¡Cómo lo habíamos de hacer ni pensar! Aquélla se eclipsa y no pasa adelante; ésta vive todavía y es el alma de las grandezas que vemos en todas partes; pero no comprendemos que al exhumar los orígenes de la civilización gótica podamos ir á otra parte que al gentilismo ó paganismo, y que no habiendo otra línea de paso para las ciencias y para las artes de aquellos tiempos, se deseche éste que nos ofrece tan rápido y tan seguro camino. No es al Korán á quien damos crédito, ni nos ofrece más fe que los Vedas ó las leyes del rey de Bactria; pero recibimos con emulación los progresos de mil generaciones que han depositado sus adelantos en el arsenal de la industria y de las artes modernas. ¿Cómo olvidar que ocho siglos no habían de dejar más huella entre nosotros que las transitorias invasiones de los pueblos Bárbaros, ó la violenta dominación del gran pueblo que fué siempre extranjero en nuestra patria? Cuando descendamos á épocas menos lejanas, y enseñemos con otros monumentos más modernos de los tiempos árabes el desarrollo de las artes y la forma que éstas van adoptando y plegando á la naturaleza y esencia de nuestro carácter tradicional, veremos que de todas las civilizaciones, la oriental es la que ha dejado en España más elementos de prosperidad y más hondas huellas en toda clase de trabajos é industrias.
PARTE SEGUNDA
PERÍODO MEDIO
ALCÁZAR DE SEVILLA
Cuando llega el período medio de la dominación árabe y nos alejamos de Córdoba, difícilmente podremos encontrar ejemplares de un estilo de transición más definido que los de este Alcázar. Preocupados con la idea de hallar en cada edad un monumento y un pueblo para cada una de las grandes transformaciones históricas, hemos olvidado que sin salir de Córdoba y de Sevilla, nos encontramos rodeados de obras que alcanzan una cronología de cinco siglos á lo menos; en cuyo tiempo el arte tomó tan diversos y extraños caracteres, que fácilmente se nota el sintoma de progresivo desarrollo, que como todo lo grande y trascendente, había de presentar para adquirir la influencia que aún conserva en el presente siglo.
En Córdoba tenemos ejemplos para demostrar el adelanto de aquella civilización que sucumbió con el Kalifato; pero sin duda es más cómodo y más oportuno visitar los alcázares donde se encuentra cuanto lujo y fantasía puede crearse en un tiempo determinado, y los de Sevilla producen en nuestro ánimo un encanto especial, reminiscencia sublime de antiguas y profundísimas transformaciones sociales ó de inolvidables acontecimientos, que no puede separar de nuestra mente más que el aspecto anti-artístico de la malhadada restauración, que un afán poco ilustrado de ver el edificio deslumbrante de colores y oro ha podido llevar á cabo con descuido de los preceptos arqueológicos más vulgares.
El Alcázar de Sevilla no es una obra clásica, ni aparece hoy á nosotros con ese sello de originalidad y de indeleble carácter que acusan las obras antiguas como el Partenón, y las modernas como el Escorial; en aquéllas por espléndida sencillez, y en éstas por extrema prodigalidad de dimensiones y de taciturna grandeza. En el Alcázar de Yacub Yusuf ha desaparecido el prestigio de una generación heróica, y ha venido á representarse en él la existencia de los cristianos reyes que lo vivieron y enriquecieron con las mil páginas de nuestra gloriosa historia. Los almohades, que imprimieron en él sus más puros recuerdos africanos en 1181, y Jalubí, que seguramente había seguido á Almehdí en la conquista de África, dejaron en sus muros trazerías románicas cogidas en las ruínas de los pueblos dominados. San Fernando que lo conquistó, D. Pedro I que lo reconstruyó, D. Juan II que restauró los más preciosos salones, los Reyes Católicos, que hicieron construir en su recinto oratorios y estancias, Carlos V que añadió más de la mitad con el estilo modulado de esa época renaciente y sublime para el arte moderno, Felipe III y Felipe V, ensanchándolo más todavía por encima de algunos desenterrados cimientos de los edificios que lo rodeaban, todos y otros muchos de los príncipes y magnates que lo habitaron durante seis siglos, modificaron de tal modo su primitiva construcción, que ya en el día está muy lejos de ser el monumento del arte oriental, por más que lo hallemos cubierto de hermosos arabescos y engalanado con los más vistosos artesones y almocarbes.
Lo que han construído tan distintas generaciones en el Alcázar, le ha hecho perder su carácter mahometano. Convertido en una de esas antiguas casas de señorío pertenecientes á épocas más modernas, no se ven en él las salas voluptuosas del harem, ni el retiro silencioso para las oraciones, ni los baños, ni los estanques, ni los fuertes baluartes sobre que debían apoyarse las galerías que por los adarves comunicaban con ricas algorfias labradas en el fondo de los cuadrados torreones. No es que aquí el arte árabe revistiera formas distintas de las que se ven en el resto de España, sino que nunca los palacios fueron construídos lejos de los murados recintos; antes bien, los formaron con éstos y los unificaron hasta sacrificar la decoración exterior á los trabajos de fortificación y defensa. Si hay signos de grandeza cuando nos acercamos á este palacio, no hay que buscarla en su estructura, sino en los cien remiendos y adiciones que ha experimentado, y en las sólidas paredes de los palacios del emperador dominando los restos pulverizados de esos castillos, que protestan siempre de la glacial indiferencia con que han pasado sobre ellos altivas generaciones. Y si por un lado no ofrece duda que éste sea el viejo muro ó la antigua y destrozada torre, por otro no encuentra el viajero sediento de las impresiones que dejara el mundo pasado, más que esos cuadrados recintos, los cenadores y salas rectangulares de las casas del siglo XVI; nada majestuoso como la Giralda; nada, en fin, esencialmente oriental como la mezquita que hemos visitado; nada fantástico y pintoresco como los alcázares granadinos. En él, solo se ve la crónica de un arte manejado por mil artífices que obedecen á diversas creencias, y que representa el efecto de un juego de niños apoderados del local donde se guardaban las obras de sus sabios abuelos, más bien que la concepción apasionada de aquellos terribles agarenos que invadieron en cincuenta años la mitad de la tierra.
Así, pues, hay que desdeñar ese cúmulo de construcciones, portales y pasadizos sin concierto que se encuentra antes de la puerta del alcázar, y fijarnos en esta primera joya de la diadema, como la apellida un conocido poeta sevillano. Es indudable que hay en la composición de toda esa portada un origen árabe, y que toda la parte superior, desde el friso de la inscripción gótica, es puramente mahometana, según el estilo pérsico muy usado en los pórticos de las mezquitas del primer
período en Asia. Sus dos resaltos ó pilastras en toda la altura, y los encuadrados de labor en la parte baja son propios del árabe; pero los balcones con arcos y columnas bizantinas, capiteles romanos, curvas redondas y angreladas, y linteles en los huecos con resortes góticos, son indicios de que la reconstrucción hecha en tiempo de D. Pedro y las restauraciones posteriores, no han cambiado por completo, pero sí han modificado su primera forma. Para nosotros hay en el conjunto pureza y conservación de su antiguo trazado, y algo mas de lo que han hallado algunos críticos ateniéndose á la inscripción; otras obras existen, penetrando en el palacio, menos árabes que ésta. Los escudos y leones entrelazados á los adornos no son nunca parte integrante de su ornato; pues bien puede observarse que para colocarlos debieron sacar motes y escudos mahometanos que llenaban estos pequeños espacios.
Pero pasando esta puerta cuadrada, forma que recuerda al Egipto y que principia á verse cuando va entrando en desuso el arco de herradura, nos hallamos en el principal patio del Alcázar, dando un rodeo para evitar que desde la calle se vea el interior, el cual ya nos ofrece un conjunto extravagante de líneas que debemos comparar con las del arte pagano y gótico. Las columnas pareadas de los cláustros, los cubos apoyados sobre los capiteles que principian á indicarse y se prolongan hasta recoger los apoyos de frisos, cornisas ó aleros de _alfarges_; los capiteles con volutas y hojas, pero despegándose por la parte superior mediante un moldurón, _escocia_ ancha que más tarde domina en la Alhambra; una cornisa bajo un antepecho ó balaustrada y un corredor como el de cualquier edificio, descomponen toda posible armonía. En sus detalles[28] se nota la hoja picada con globulitos de los de la capilla de Villaviciosa; las piñas y hojas anchas laboreadas con menudas venas de procedencia bizantina; los fondos cruzados y grecas finísimas, y por último, basamentos de alicatados muy hermosos, que han sido copiados de monumentos construídos á principios del siglo XIV. Raro conjunto que recuerda las obras moriscas de Fez, principalmente en los arcos lobulados; pero que se olvida muy pronto en la forma apuntada, ogival, y en la semicircular con jambas prolongadas, que acusan los grandes y centrales arcos de los cenadores. En Marruecos, Túnez, Cairo, Bagdad, en todo el mundo recorrido por los árabes, se hallan cosas semejantes á las muy repetidas del Alcázar de Sevilla, y precisamente por esta confusión es por lo que carece del acento clásico que hemos indicado, y le asignamos el carácter de transición, aunque del más remoto período.
¿Qué otra cosa significa, que en el patio llamado de _Las Muñecas_ se vean ornatos finísimos empleados de cualquier modo en las últimas restauraciones, procedentes del palacio árabe de Granada, traídos aquí para colocarlos sin criterio[29] y haciendo armonía con otros que corresponden á la infancia del arte? Y lo mismo que se ha hecho ahora en el Alcázar se ha venido haciendo desde la conquista; vicio de que se ha librado la Alhambra, porque como aquel monumento no sufrió la gran transformación que á éste le hizo experimentar D. Pedro I de Castilla para arreglarlo á las comodidades de la corte cristiana, no se ha visto expuesto á ser habitado frecuentemente por elevados personajes que han dispuesto de gruesas sumas para reconstruirlo á su capricho.
Los trabajos amedinados de los techos son magníficos, porque en ellos principia á comprenderse cuánto el arte cristiano dió de majestad y grandeza á esas complicadas y minuciosas ensambladuras de los edificios más genuinamente musulmanes, cuando en los templos se principiaban á hacer ricas cubiertas de tirantes ó _alfardas_ caladas, con hornacinas, cúpulas ó _almizates_, figurando rombos, estrellas y florones de lazos, cuyo hermoso trabajo no ha tenido rival nunca ni aun en las techumbres góticas de los edificios bretones del siglo IX; no es, pues, extraño que aquí hallemos ejemplares más hermosos que en otros edificios, cuando las bóvedas de colgantes de pequeñas estalactitas no habían tomado su completo desarrollo, y las trazerías de las puertas, siempre espléndidas de labor é incrustaciones, brillaban en este palacio realzándolo extraordinariamente[30]. Nótase aquí, que cuando los techos van teniendo cierta magnificencia y lujo, menos clasicismo se advierte en la decoración; y como en Fez, se cubren las paredes de tapices en vez de realces de yesería, y entonces se emplea más oro en cornisamentos, anchos frisos, bóvedas, linteles y coronaciones, mientras quedan lisas las paredes, como en las construcciones mozárabes. Había, por consiguiente, una mezcla de géneros, y tal confusión de ideas, que en ninguna parte se ven como aquí las ventanitas caladas de forma cuadrangular, interrumpiendo las líneas generales de la decoración; y en otros casos muros tapizados de arabescos, tendidos como tiras ó retazos de alfombras ó mantas de vivísimos colores que interceptan los grandes paños, produciendo un general aspecto rico y variado, pero nada sencillo, razonado y elegante, que son las condiciones propias del arte en las épocas de mayor cultura.
Recorriendo este Alcázar no se ve otra cosa más que la continuación de salas cuadradas que se repiten casi con iguales formas y dimensiones, y sólo varían algunas veces en la composición de las trazerías de los arabescos; estancias sin abrigo, sacrificada en ellas la comodidad á la simetría y alineación de las puertas en los ejes centrales, disposición que no ha podido ser agradable en ningún tiempo. Llegamos á la principal tarbea, la más suntuosa, compuesta desde su zócalo de azulejos hasta la faja de retratos de reyes cerca del anillo de la techumbre, de clásicas líneas con recuadros y anchos frisos, cuyo aspecto sorprende, y cuyos dorados deslumbran; pero á poco que se reflexione se nota cuán extraña aparece esa línea horizontal de ventanitas á media decoración, sin que inmediatamente sobre ellas no arranque la bóveda y cornisa; la total altura del decorado que pudiera servir para dos salas, si se interceptase con otro suelo ó piso, pues esta clase de ventanitas debieran dar esa luz de arriba que se derrama melancólica y tibia en todas las estancias moriscas.
EL PALACIO
En el año 567 de la Egira (que comenzó el 2 de Setiembre de 1171), según texto árabe, se empezó la obra de este Alcázar[31] por el Sultán Abu-Yacub-Yusuf, el cual construyó al mismo tiempo un puente sobre el río Guadalquivir compuesto de barcas, y restauró las murallas. El mismo rey abasteció de aguas á Sevilla, traídas del castillo de Chaber, en cuyas obras y otras muchas gastó sumas considerables. En el mismo texto hallamos que cerca de este Alcázar construyó la novísima Aljama, que se terminó el mes de _dulhicha_ de aquel año; habiendo sido el primero que predicó en ella Abulcacín Abderrahmán ben Giafir de Niebla. De cuyo dato se deduce que si se hicieron en Sevilla otros alcázares en más antiguos tiempos, debieron haber sido construídos en otros parajes ó quizá sobre los vestigios romanos.
Por más que se acierte en la fecha de 1353 á 1364 que se da á la reconstrucción de este Alcázar, no se ve en él la huella del género árabe granadino que por aquel tiempo levantaba el Patio de los Leones, tan diverso en su estructura y en la finura de sus ornatos.
El arte en Sevilla llevaba otro camino, era más cristiano, y no había llegado á modificarse como en el reinado de los Ansares de Granada. ¡Cómo se distingue á primera vista el arabesco hecho en uno y en otro edificio! Más bizantino, más tosco, menos simbólico, más confuso en Sevilla; las inscripciones cúficas y los mosáicos más ricos y complicados que los que se ven en Granada, donde ni las columnas, ni los capiteles, ni los gangrelados de los arcos, ni los aleros, ni los techos, ni nada, en suma, se parecen á los de aquí. Cualquiera que sea un poco práctico en el uso de estos ornamentos, descubrirá en seguida que no son muy claras en el Palacio de Sevilla las huellas del arte árabe pérsico y primitivo, del mudéjar y del renacimiento, por las mil transformaciones á que dió lugar el capricho de los que lo habitaron.
Constituía este Alcázar en tiempo de los árabes un sistema de construcciones adosadas á las murallas y torres que circunvalaban la población, las cuales no tenían la forma simétrica de las plantas rectangulares que acusan los edificios del Renacimiento. Tal como hoy se descubre, nada tiene de los palacios de Egipto, de Siria, ni mucho menos de los de África. Esos andenes levantados al lado unos de otros, dan á este edificio el aspecto de una casa cristiana del siglo XV; y en nuestro concepto solo merece su planta el nombre de árabe en la parte que abraza el Patio de las Doncellas, la Sala de Embajadores y los aposentos inmediatos á éste. El resto está todo trastornado. Los Patios de Banderas y la Montería guiaban al de la fachada principal donde se ostenta el primer ejemplo de decoración musulmana. En todos estos pasadizos no se revela el monumento más que por vestigios de almenas, torres y murallas donde se abrían las primitivas puertas y donde los sultanes tenían aposentos para oir las querellas de sus súbditos, lo mismo que los reyes cristianos perpetuadores de esa antigua costumbre; y en el Patio citado de la Montería todavía se conserva un cuarto llamado de la _Justicia_, donde todos los escritores suponen la celebración de estas audiencias perpetuadas por los alcaides del tiempo de D. Enrique III. Del Patio Grande hemos ya mencionado esa hermosa portada que no descubre del gusto almohade puro más que su distribución y trazados, mientras sus detalles han sido sacrificados á la influencia mudéjar y gótica.