Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente

Part 3

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El arte se desarrolló en España de una manera singular, y adquirió formas y significado propio. Ya en el siglo XI los artistas estudiaban el dibujo geométrico y las matemáticas en las escuelas de Córdoba, Sevilla, Toledo y Zaragoza, tomando la práctica necesaria de la construcción, al lado de sus maestros; y éstos habían introducido en el antiguo estilo bizantino reminiscencias góticas y latinas que trasformaron el gusto verdaderamente musulmán hasta tal punto, que nunca se habían visto los tímpanos calados en formas romboidales como principal ornamento de estas obras. Ni los Almohades ni Almoravides introdujeron nuevos elementos de la Mauritania para adelantar las artes, superiores á los que ya se habían desarrollado en la Península. Los Arabes poseían un carácter original y tradiciones puras de la antigua patria; con ellas habían invadido medio mundo y llegado á nuestras costas: nuevas impresiones modificaron su bello ideal artístico, y ante ellas, sin abandonar el recuerdo de aquella tradición, hicieron las obras que engalanaron sus escritores ó poetas. Probado está por Ebn-Said[9] que las provincias andaluzas, reunidas entonces al imperio de Mahgreh, enviaban toda clase de artistas á Yusuf y á Yacob-el-Mausur para construir edificios en Fez, Rabat y Mansuriah, y añadía aquel historiador: «Es bien notorio que esta prosperidad y esplendor de Marruecos se ha trasportado á Túnez, donde el Sultán construye palacios y planta jardines y viñas á la manera de los Andaluces. Los alarifes eran nacidos en estas tierras, lo mismo que los albañiles, carpinteros, azulejeros, pintores y almadraveros[10]. Los planos fueron copiados de los palacios andaluces, etc., etc.» De donde se deduce que no existió nunca la influencia morisca, y que el arte vivió en España y se desarrolló poderosamente con un gusto peculiar, rico y sin semejante por la delicadeza del arabesco.

Es irrecusable el testimonio de autores contemporáneos para demostrar que el estilo denominado morisco por los artistas del Renacimiento, no lo fué nunca y menos en los últimos tiempos de la dominación agarena, y que esos detalles que admiramos por su riqueza y florecimiento, las bóvedas y hornacinas de colgantes, los festones de los arcos, las _comarraxias_ y _alicates_, fueron obras españolas más finas y delicadas que las del Oriente. El germen nacido en la Arabia fué trasplantado felizmente al suelo de España, en el cual desplegó esa hermosa flor cuyo perfume se aspira durante setecientos años.

El primer ejemplo permanente de aquel desarrollo está en la mezquita de Córdoba, la cual revela á primera vista la fatalista inspiración que le dió existencia. Su planta es casi la reproducción de los templos hebreos que copiaron los ismaelitas. Interminables galerías paralelas comunicadas por arcos superpuestos y cubiertas de oscuros artesonados, donde brillaban algunas estrellas por el reflejo del luciente pavimento, que recibía la luz y claridad de sus repetidas puertas; un bosque de columnas, que á duras penas parece que sostienen los robustos pilares y múltiples bóvedas, cuyo pavoroso conjunto exalta la mente del mahometano, y entristece hoy las ceremonias solemnes de la religión cristiana: es el arte antiguo que goza del espíritu de las Catacumbas; pero que se forma en el desierto donde perdía en esbeltez lo que ganaba en su base ó extensión, y que debía albergar á la numerosa caravana que esperaba refrescarse en sus fuentes artificiales, y estanques labrados en los patios sombreados con palmeras, naranjos y limoneros. No recordemos el arte cristiano en San Pedro de Roma ni en Estrasburgo, etc., para hacer insensatas comparaciones, porque en este caso la _djama_ hablaría la elocuencia de la perfección simbólica. Estudiemos los primeros pasos de un arte que se anuncia en nuestro país por tales concepciones, y que inspira horas de recogimiento á los más escépticos ó descreídos: ataviemos la gran mezquita con los ornamentos de brillantes colores y oro; hagamos arder sus 113 lámparas con 20.000 luces; llenémosla de creyentes vestidos de los más pintorescos trajes, que con profundo orden murmuran su rezo melancólico y repetido; y llenad todavía las naves de los patios de una multitud silenciosa; veremos si esa hermosa mezquita del siglo VIII tendría muchas rivales, y si aun hoy no nos trasporta su vista á los grandes acontecimientos de nuestra antigua civilización muslímica.

En Córdoba tenemos frente á frente las obras de dos grandes pueblos, árabe y romano; es fácil comparar. Aunque para distinto objeto, el puente, sus torres, las murallas, ¿son acaso más imponentes que las líneas derechas y flanqueadas de cubos coronados de almenas, las puertas, los reductos, el _mihrab_, y las obras todas que quedan del arte árabe? ¿No están los despojos romanos sirviendo en la mezquita para sostener los almizates y artesonados? Los pilares, mitad románicos y latinos, con sus capiteles contrahechos y su decadencia manifiesta, ¿no están denunciando otra civilización inferior á la muslímica? Mejor labrados se hallan los capiteles imitaciones greco-romanas, hechos con el cincel de los árabes. Quizá éstos cuando hicieron la mezquita les habrían dado tanta corpulencia como á los del Cairo Damasco y Kufa, si no se hubieran propuesto aprovechar las columnas románicas; pero la influencia de estos materiales se hace sentir demasiado en la construcción para que la pasemos desapercibida á la vista del más antiguo de sus monumentos.

II

Cuando suspendemos nuestra mente contemplando esa magnífica obra que despierta recuerdos desconsoladores, porque queremos vivir la vida de todos los pueblos que nos han dejado tan elocuentes testimonios del ingenio humano, vagan siempre alrededor recuerdos de iguales obras levantadas en lejanos países, sin que el tiempo, ni la distancia, sean un obstáculo insuperable al estudio de comparación que en estos momentos nos preocupa. Cuando se visita la Alhambra, las ideas históricas permanecen encerradas en un estrecho recinto, sobre el que se alzan alcázares, donde las escenas del harém, de las pasiones, de las crueldades y de las envidias se habían asociado para producir un poema simpático á las almas sensibles y á los corazones apasionados; mas cuando llegamos por primera vez á distinguir aquellos lienzos interminables de murallas, que apenas se pueden limitar entre el monótono aspecto de la campiña de Córdoba, y las inflexibles líneas horizontales de las llanuras que atraviesa el Guadalquivir, la imaginación no está sólo en España, sino que visita con pasmosa seducción las más lejanas tierras donde hay mezquitas almenadas como castillos, sepulcros cubiertos de alicatadas techumbres, y palacios pintados de franjas rojas y azules en medio de poblaciones desiertas, silenciosas, y entre casas á manera de tumbas.

Córdoba parece todavía una ciudad del Desierto; su aspecto nos recuerda á Bagdad ó á Damasco; sus casas solitarias, bajas y silenciosas, parecen los _menacires_ del Edén musulmán, y hasta sus edificios cristianos son tristes como la soñolienta vida de sus fundadores. Parece un pueblo arruinado por el quietismo musulmán; pero este mismo es el carácter de las obras en la Siria, en el Yemen, cuyos ejemplares se reproducen entre cientos de millones de creyentes y en la mitad del mundo.

En Enna, Siracusa, Taormina, tenemos también ejemplos. Invadida la Sicilia al fin del siglo IX por los normandos, el espíritu de destrucción acabó muy pronto con los escasos monumentos que allí se guardaban; pero en contacto con el Oriente, los habitantes de la isla participaban del genio que Belisario les infundiera, menospreciando lo poco que dejaron las pasajeras dominaciones góticas. El arte, pues, revestía completamente líneas armoniosas y sentidas, ornamentadas por la profusa combinación de grifos y acantos tomada á las artes cartaginesas; y después que el primer Conde de Sicilia, hijo de Tancredo, arrojó á Griegos y Árabes y se aprovechó de los alcázares construídos por estos últimos, alojándose especialmente en el palacio de Ziza, fué tal el extremo de raras modificaciones, de mezclas extravagantes, de caprichosas abstracciones y fantásticas ideas que produjo el copioso arsenal de objetos artísticos que allí había, que bien pudiéramos entrar en interminable discusión comparando tan interesantes fragmentos, á los que casi con idéntico origen se nos presentan en Córdoba y Toledo. En Sicilia los normandos restauraron y desfiguraron aquellos edificios, y en España se dejó ver no pocas veces la impresión de molduras góticas sobre paramentos arábigos, y el arte ojival alterando las curvas originales de los arcos de herradura. Ambos ejemplos, muy semejantes en su desarrollo, y que han alterado profundamente el carácter de las construcciones orientales, han dado lugar á que arqueólogos franceses y alemanes, á despecho de la verdad histórica, no hayan concedido al palacio de Ziza, ni á las viejas mezquitas del Cairo la originalidad de los arcos quebrados, cuya forma se insinúa suficientemente en algunos pequeños ajimeces que á manera de claraboyas se hallaban en Italia, y aún se ven indicadas entre las reparaciones de los edificios cordobeses.

No tenemos la menor duda de que el primer período que levantó las construcciones cuyos restos vemos en Toledo, Córdoba, Sevilla, etc., en Palermo y en toda Sicilia bajo los emiratos de Hassam y Aboul Kasem, en el estrecho palacio de la Cuba, en las mezquitas de Tulum, en Cefala y en los alcázares sasanidas, es semejante en todas partes y lugares, razonado y aplicado en la misma forma y estilo, con ligerísimas variantes, demostrando que en el arte árabe español de los siglos VIII al XII no se hallan modificaciones profundas, sino accidentales, y que es necesario buscar el desarrollo y propia inspiración del arte árabe de España en los últimos siglos de la dominación sarracena.

¿Qué es, pues, el exterior de la gran mezquita de Córdoba sino una mole interrumpida por macizos cúbicos, ni más ni menos que como las murallas y baluartes de todo el Oriente, coronados de cresterías tan simétricas como prolongadas? Pues no otra cosa es el aspecto también de los castillos considerados normandos y de fundación árabe, cuyas fachadas están aparejadas de arcos simulados sobre ventanas caladas de diversas medidas, labores entresacadas con ladrillos vidriados, y coronamientos de anchos frisos con caracteres karmáticos. En todos, la antigüedad del imperio griego con modificaciones arábigas, primer período de un arte que arraiga en diversas regiones y se acomoda á todos los temperamentos; que sufre oscilaciones, hasta ofrecer en un mismo edificio la bóveda ojival, los arcos adovelados, los nichos cerrados por una concha, y otros detalles, que no podemos citar aquí sin ejemplos prácticos. Esos resaltos de piedras especulares, que se ven en los apilastrados y en las planchas de algunas puertas, y que se asemejan á los casetones de los monumentos judíos, revelan algo del original hebráico; un tanto de ese prurito de cubrir de talcos y piedras rojas, azules y verdes que vemos en aquellas épocas de lujo desatentado, en las que preferían el brillo deslumbrador de los vidrios y cornerinas, al agradable y simpático ornamento de flores, hojas y frutas que reviste el arte en las épocas posteriores.

En la gran mezquita de Córdoba se halla la unidad bizantina, grandeza, recuerdos del poderío islamítico de España, esplendor de los Kalifas y profunda fe, supuesto que levantaron un templo para desafiar las magnificencias paganas; pero habían de realizarse después tales adelantos y tal florecimiento del arte, sin perder su grandeza, que la gran mezquita de Occidente llegaría á olvidarse ante las grandezas de la Alhambra. El progreso civilizador de cien waliatos independientes, el trato caballesco con los pueblos enemigos, el cultivo de la poesía, la traducción de las obras filosóficas alejandrinas, las púrpuras del imperio desgarrado por esta raza invasora, no fueron bastantes á cambiar el sentimiento artístico que debía producir el claustro, artesón y minarete de las construcciones de los siglos XII al XV.

Son menos escultóricos los plastones de hojas picadas y las espirales erizadas de puntas, que adornan las enjutas de los arcos en las puertas exteriores de la Catedral de Córdoba, que los enlazados de cintas y letras en forma de florones geométricos, producto caleidescópico que siempre será simpático á la vista, y que desde los antiquísimos _mosaicos_, es un adorno que admite el culteranismo del arte lo mismo en el gótico, que en el latino y que en el renacimiento. Creemos que es más bárbaro el ornato compuesto de objetos de la naturaleza cuando éstos son amanerados, recortados y simétricos en su desarrollo, que el ornato que francamente se separa del natural, huye del mágico encanto de las hojas rizadas ó encorvadas á capricho, y se envuelve en el laberinto ilimitado de las lineas geométricas, enriqueciéndose con el oro y los colores, y afinándose hasta producir una confusión á través de la cual la imaginación cree ver cuanto sueña, y se extasía agradablemente en un deleite imponderable. Admitimos que carecen de sentido común los dibujos de los encajes de las telas persas, y de tantos otros como se ven en los pergaminos antiguos, á pesar de su encanto; pero, ¿tienen más sentido natural, más verdad, los adornos de bichas, delfines, niños alados, mónstruos, flores y aristas ó tallos que confusamente se prodigan? ¿No hay en el adorno de cosas de la naturaleza, en piedra ó madera, tela ó pintura, una impropiedad que se rechaza instintivamente, á que no nos acostumbramos sino á fuerza de uso, y es la imitación servil de objetos que nacieron, no para la simetría, sino para la armonía, y que son por esta razón antiestéticos, impropios de la construcción ó combinación matemática de los duros materiales de que se forman? En el edificio, el ornato menos lógico, quizá el más extravagante, el que ni es flor ni hoja, ni cuerpo imitado, ni línea, ni curva determinada, pero que tiene de todas estas cosas, y que en resumen afecta contenerlas á todas ellas, éste es siempre el más bello ó el más fastuoso. No puede, pues, establecerse que el ornato, al perfeccionarse en el arte árabe y hacerse más geométrico, perdió en ello importancia y belleza, y fuera por esto mismo menos digno de atención que esos extraños floripones y tallos exageradamente robustos del estilo bizantino, que decoran los antiguos monumentos árabes de Europa y Asia.

En el conjunto de la Catedral es preciso ser fatalista como los mahometanos para convenir en la piadosa impresión que puede producir este templo. Un inmenso bosque de pilares rectos, dilatado en simétricos andenes que se pierden reproduciéndose al infinito, siempre bajo la misma forma, despierta en el alma del creyente la inflexible voluntad que lo empuja en la vida, y el hado inexorable que le aguarda en su paraíso. Y en el sueño tranquilo de una existencia impura y llena de esperanzas, nada hay como ese tejido de curvas que se revuelven sobre sí mismas, y aparecen ilusoriamente ondulando como reproducidas en las aguas de un estanque que mueve el viento; nada como el interior de esa mezquita para una conciencia musulmana. Pero esta majestuosa expresión de un culto de recogimiento, que carece de la solemnidad cristiana y de la grandeza pagana, no puede rebajar la significación de otro monumento que se levantó más tarde en la Alhambra para el sensualismo y la voluptuosidad, para la poesía y la gloria. En el primero, el esfuerzo pujante de una religión que alimenta la fe y la creencia en el dominio del universo, y en el segundo, el refinamiento inspirado por la tolerancia que en los pueblos despiertan sus repetidos desastres y sus civiles discordias.

Y mientras estos dos monumentos clásicos se engalanan del lujo que tuvo su cuna en Asia y su perfección en España, hay en Sevilla un alcázar mutilado y otros despojos interesantes, viva imagen y reflejo del arte que manejaron los bereberes, aprendido entre nosotros, llevado cien veces y vuelto á importar en decadencia, fiel intérprete de unos pueblos más groseros é infatigables, que imitaban sin sentimiento ó destruían por vanidad. Las obras árabes de la región sevillana son una demostración de impotencia para perfeccionar el arte; por eso constituyen un género de constante transición ó de inestable permanencia. Lazo que no alcanzó jamás á unir los dos extremos mencionados.

LA GRAN MEZQUITA DE CÓRDOBA

Se empezó á construir el año de 786 por disposición del Kalifa Abd-el-Rhamán[11], el cual falleció un año después de haber empezado la obra. Dícese que se edificó sobre las ruínas de un templo godo, el cual á su vez había sido construído sobre las de otro consagrado á Jano. El pensamiento de aquel monarca fué asentar la independencia de su pueblo, tanto religiosa como política, principiando por evitar que los creyentes hicieran la peregrinación á la Meca, y consiguiendo así que vinieran desde las remotas tierras asiáticas en peregrinación á la suntuosa _Djama_ del poderío occidental. El año 796 estaba ya terminada por el sucesor de Abd-el-Rhamán. Debió costar, según los cálculos hechos por los mismos árabes, unas trescientas mil doblas de oro. Fué la primera en magnificencia, según ellos, pues otras se habían ya construído más pobres en Zaragoza y Toledo, aunque en el principio de la obra no se levantaron más que once naves, y la Capilla del Mihrab sin los espaciosos patios que después se añadieron en tiempo de Abd-el-Rhamán III, bajo la dirección del maestro Said-ben-Ayud, según consta de una inscripción que se halla en ella. En tiempo de El-Haken II se ornamentó la Quibla ó lugar de las oraciones con el mosaico de vidrio y talco; las puertas principales fueron revestidas de la ornamentación exterior, y el arte bizantino dió en sus filigranas cierta semejanza á las de los ornatos griegos de hojas y flores, modificando los abigarrados adornos semibárbaros que se ven en algunos pequeños tragaluces del exterior de sus murallas[12].

Parece cierto que en tiempos posteriores se construyeron otras ocho naves, como se observa bien al estudiar su planta, las cuales, ensanchando el lado de Oriente, dejaron el Mihrab fuera del centro, y la puerta principal cerca del eje del edificio. Entonces, según opiniones discutibles, se hizo la Capilla de los Emires, cuyo decorado, uno de los más modernos y elegantes, principia á cambiar de rumbo enriqueciendo y afinando los tallos de sus trazerías, no tanto como en el alcázar de Granada, donde son más delicadas y menos parecidas á las concepciones del estilo bizantino, sino tomando el carácter peculiar del primer desarrollo de la civilización árabe española. Sin duda esta Capilla es lo más moderno del edificio; existe una inmensa distancia entre su estilo y el del santuario, de modo que supone algunos siglos de intervalo entre ambas decoraciones[13].

Cuando San Fernando entró en Córdoba, se bendijo por el obispo Mesa la mezquita, y se levantó en ella un altar provisional, hasta el año 1521 en el que otro obispo D. Alonso Manrique, obtuvo fatalmente permiso del emperador Carlos V, á pesar de las protestas de la población, para levantar en el centro la capilla gótica y algún tanto mudéjar que hoy se ve. Dícese que tres años después el mismo emperador se arrepintió de haber otorgado aquel permiso, y eternamente se protestará del torpe proyecto que hizo levantar esta capilla en medio de aquel fantástico recinto, donde se siente la inspiración del arte musulmán, y se recuerdan con respeto las profundísimas salutaciones que hacían en sus naves dilatadas, los apasionados descendientes de Ismael. La obra de los cristianos, por más rica y fastuosa que se presente, es siempre pálida. El viajero se embriaga á la vista del bosque interminable de columnas y arcos enlazados, que se desvanece como las formas ondulantes creadas por una imaginación calenturienta. El más piadoso cristiano aparta de sus ojos las imágenes más veneradas, y devora con la vista los ejemplares rarísimos de aquel arte mahometano, que se perdió para siempre, persuadido de que va á hallar todavía entre ellos las sombras de los poderosos kalifas, que ayudaron con sus propias manos á edificar la obra de su santo imperio.

La planta cuadrada de esta _Djama_ recuerda también las antiguas construcciones hebráicas, que sirvieron de tipo á los primeros muslines en su celebrada Kaaba. Tiene la clásica pureza de aquéllos, y nada de la influencia romana de Itálica, Mérida ó Narbona, ni vestigios del elemento visigodo que por otras partes principiaba á renacer.

En la restauración y ensanche que experimentó este edificio un siglo después de su fundación, se conservó la planta primitiva, se tapiaron entradas, y se introdujeron los esbeltos tímpanos sobre rectos linteles que recordaban las artes greco-romanas. Llegaron hasta destruir el primitivo alminar para reemplazarlo con otro más bello, y á colocar en él campanas como las de las iglesias godas, para que los almuédanos llamasen á los fieles á sus _azalas_, costumbre que no siguió mucho tiempo por odio á los usos mozárabes.

La extensión que ocupa es de 642 pies de Norte á Sur y 462 de Oriente á Occidente, cercada de un muro que remata en almenas, y flanqueado de torres con paramentos lisos, que se abren solo á numerosas puertas exteriores y á otras interiores que comunican con el gran patio agobiado de gruesos pilares, y de un robusto alero de repisas, semejantes á los usados en Oriente desde los tiempos egipcios. Repetidos arcos ofrecen por todas partes ejemplos de las más antiguas ojivas de arranques embebidos en sus macizos cuadrados, que se apoyan sobre columnas de diversa decoración, los cuales ostentan la esbeltez de la curvatura, y repitiéndose se cruzan en direcciones opuestas.

Innumerables columnas se enfilan en naves paralelas, cuyos fustes están coronados de capiteles corintios de bárbara cinceladura, obras todas trabajadas para otros templos; solamente un número de ellos son de mano árabe, que intentó copiar aquéllos con más simetría y delicadeza. Las columnas apiñadas á imitación de las mezquitas del Cairo, Damasco y Cufa, se hallan si se quiere demasiado cerca unas de otras; sus cortas dimensiones fueron superpuestas por diversos órdenes de arcos adovelados para conseguir la altura de su destruído almizate.

Recientemente, desconchando algunas capillas y lienzos de muralla, se han hallado adornos de estuco, los cuales son en general tan groseros y bastos como los de los templos primitivos de la Arabia. Tienen el carácter pérsico, primer paso de este arte, y se nota en ellos más particularmente la diferencia de estilo, desde la _alquibla_ donde está la cúpula agallonada de quince pies de diámetro, á la estancia llamada de los Emires. En la primera el arte en su nacimiento, fajas y listas tangentes á las dovelas del arco de herradura, inscripciones sin ornamentos, minuciosos mosáicos de cristal y talco, y algunos detalles del más rudimentario bizantino. En la de los Emires renace el gusto de la imitación regularizando el ornato, distribuyéndolo con más gallardía y delicadeza, principiando á separarse del natural para hacerse más simbólico y abstracto, y adquiriendo la sencillez clásica del adorno geométrico, que más tarde constituyó el florecimiento del arte en la Alhambra.