Part 2
Pero lo que sobre toda esa suma de ciencia imprime á la civilización árabe española un formidable poder y constante progreso, envidiado por todos los pueblos de Europa, son las ciencias de la naturaleza, las matemáticas y la química. Bajo el reinado de Al-Mamunn midieron un grado del meridiano en el país y llanura de Saryar, y construyeron para la astronomía cuantos instrumentos necesitaban, tablas celestes y planisferios, cartas geográficas y estadísticas, mucho tiempo antes que los cristianos se ocuparan de estos trabajos. La cronología, la navegación, la arquitectura náutica, están dotadas de tantos nombres árabes, que nadie borrará este sello indeleble de su influencia en los siglos venideros. Las tablas construídas en Samarcanda determinando épocas, fijando revoluciones celestes, y abreviando los cálculos, son otras tantas obras de su genio; y si bien en la anatomía, por una prohibición expresa, no pudieron adelantar mucho, la medicina les debe casi todo el conocimiento de las plantas, y la virtud de muchos agentes minerales que la química les había revelado. Es, pues, muy lógico que el arte, en la acepción que entre ellos tuvo esta palabra, se desarrollara á expensas de tales conocimientos exactos, y á tal punto, que las trazerías de almocarves no han sido hechas antes ni después con la perfección, exactitud y espontaneidad que se ve en los almizates y comarraxias de los edificios arábigos. En nuestros días estas combinaciones de líneas, que dejan descubiertos polígonos y otras figuras convergentes á centros comunes y simétricos, detienen la mano de los mejores dibujantes, y sin un estudio hecho á conciencia no es posible aplicarlas.
III
Se ha preguntado muchas veces qué habría sucedido en el mundo, si los Vándalos y los Alanos no hubieran sido arrojados de la Península, y dado origen al más grande reino de piratas conocido. Seguramente los Árabes no habrían llegado á nuestro territorio si Genserico hubiese establecido un reino entre la Libia y la Mauritania, ó si este León de Numidia, después de saquear á Roma, hubiese llevado sus despojos á África, y vuelto á invadir la España. La cúpula de oro del Vaticano que arrebató, habría servido para levantar de nuevo en nuestra patria un gran templo al paganismo. Jamás un imperio pudo hacerse más grande y perecer en ocho generaciones de reyes, la mitad asesinados.
Antes de Mahoma, se ha dicho, los Árabes apenas tenían arte que representara sus adelantos, y esta peregrina idea se ha venido sosteniendo por los que á toda costa querían probar el indomable barbarismo de aquellas tribus errantes. Sabido es que los desiertos que se hallan entre el Mar Rojo y el Eufrates, á juzgar por el relato del Profeta, eran como son hoy llanuras ligeramente interrumpidas por valles muy poco cultivados, y esto mismo acredita que la Arabia en aquel tiempo no se parecía á esos desabrigados mares de arena que hay en el continente africano, sino que el país sufría el abandono propio de la raza viajera que lo poblaba, la cual apenas se ocupaba de sembrar los campos ni aprovechar los escasos manantiales de sus montañas. Pero, ¿cómo no habían de tener arte, á lo menos simbólico, unos pueblos que visitaban la India, entonces más floreciente que ahora, los antiguos imperios, Babilonia, el Egipto, la Judea, y que frecuentaron todas las colonias griegas y romanas? Su país era la escala del Oriente; en él refrescaban los comerciantes sus alimentos, y se proveían para continuar las expediciones; en él dejaban sus mujeres y sus hijos; ¿cómo, pues, en ese suelo no se levantaron los edificios propios de su vida y de sus creencias? Los que sostienen el estado bárbaro de la raza árabe antes de Mahoma, preguntan: ¿dónde están los monumentos ó sus ruínas? No existen hoy después de las sangrientas vicisitudes por que ha pasado aquel país; pero no es menos cierto que se hallan vestigios romanos, griegos y persas, y que el Egipto reflejó allí su civilización primitiva; pues si aquel inmenso _caravanserallo_ hospedó los mensajeros del antiguo mundo, si en su suelo descansaban tropas numerosas de negociantes y de soldados, ¿cómo no creer ciegamente que el arte pagano en su primera manifestación, el que concedió tal grandeza á los antiguos Medos y Asirios, y luego vino á modificarse en la culta Grecia, no fuera el origen de la civilización que tuvieron los primitivos Árabes? La Kaaba había sido ya construída en tiempo de Mahoma, los Hebreos habían hecho sus templos muchos siglos antes y eran sus vecinos; el cristianismo se apoderaba de los monumentos romanos, y el estilo bizantino dominaba en toda esa región oriental. Cuando se trató de reconstruir la Kaaba, los arquitectos que lo verificaron eran el uno griego y el otro copto, y por demás se sabe que en aquellos tiempos los artistas no eran tan cosmopolitas como en los presentes. El gusto persa, que se extendió á la Siria y al Ásia Menor, sólo sirvió para abrigar en el fondo de sus mejores obras el culto de la nueva religión. Mezquitas levantadas en la primera época tienen todas las formas de la arquitectura griega y egipcia, y recientes trabajos hechos en la alta India y en los pequeños estados confines con la Persia, han principiado á darnos una luz muy remota sobre algunas formas del arte, revelando los primeros albores de las múltiples bóvedas de la Alhambra, y el arco excéntrico y apuntado, que parece se inició en las construcciones de aquellos tiempos, 1.000 años antes de la fundación del Islamismo.
Ebn-Jhaldoun dijo, que artistas y hasta trabajadores en piedra y madera se pidieron á Constantinopla para construir mezquitas. El Kalifa Walid, Abd-el-Malek, para levantar una mezquita en Medina, otra en Jerusalén y otra en Damasco, pidió al emperador Justiniano 200 obreros y albañiles; y una de las condiciones de paz entre el Kalifa y el mismo Emperador, fué que éste le entregaría azulejos, pavimentos de esmalte y tejas en cierta cantidad, para la decoración de la gran mezquita de Damasco. Lo que se ve claramente es, con cuántos retazos de antiguas obras, y con qué diverso espíritu, se levantaban los primeros monumentos, y por qué existe tan profunda diferencia entre los que se edificaron en los primeros años de la egira, los que se hicieron en el Kairo mucho tiempo después, y los que se alzaron en España en distintas épocas.
Bajo las dinastías de los Arsacidas y Sassanidas, obró prodigios el arte persa que contemplaron los Árabes, y en la ciudad de Madain, conquistada por ellos, hallaron tal arsenal de ornamentos, que fueron deslumbrados por ellos; y tal abundancia y prolijidad de detalles, que dicen había edificios bordados como encajes, y cúpulas que se elevaban hasta las nubes en múltiples combinaciones. No se demuestran bien las formas de los arcos apuntados, pero aquellas relaciones fantásticas nos indican que unas líneas no conocidas los debieron sorprender, en particular las de los patios, que tenían grandes y dilatadas galerías de arcos, bajo las cuales cabían ejércitos enteros, cobijados por menudos cupulines. Tak-Kesra presenta una construcción de arcos ojivales[2] que, si no tan aperaltados como los de las catedrales góticas, tienen la curva primordial de su antiguo origen. Tak-Kesra se sabe que era el palacio de Cosroes en las ruínas de Ctesiphón, y como los de Firuzabab, se construyó en los primeros siglos del cristianismo. La forma ovóide de estos arcos se insinuaba ya lo bastante para que naciera de ella el arco roto, apuntado y de herradura, y puede conjeturarse su procedencia cuando comienza á verse con signos característicos en las mezquitas de Egipto y Túnez. Un número notable de edificios mahometanos de la primera época se ve también coronado de almenas á manera de dientes, de las cuales no se hallan vestigios por otra parte; pero que si nos remontamos al tiempo de Sapor[3] y á las construcciones bramínicas, se hallará el origen de esas cresterías que aprovechó el gótico con tanto lujo.
Siguiendo las diversas fases que presenta el arte árabe, para deducir el origen y formación de sus modificaciones antes que se manifestara en España con la riqueza que descuella en los siglos XIII y siguientes, hallamos que los más antiguos edificios están construídos con materiales arrancados de los palacios y templos que dejó el arte persa, griego y latino, sin olvidarse de las famosas construcciones cartaginesas que respetaron los Vándalos; como las columnas de Córdoba, las del alcázar y mezquita de Fez, y los capiteles degenerados de Corintio con hojas y volutas, pero dando un alto relieve á las más finas venas de sus acantos; los ladrillos rojos y blancos tapizando las fachadas y cortando las dovelas de los arcos, y la multitud de bóvedas y cúpulas cuya magnitud y esbeltez va disminuyendo á medida que nos acercamos á Marruecos y pasamos á España, en donde se construyeron muy pocas.
Aunque autores tan ilustrados como Batissier[4] sostienen que los Árabes ligaban los adornos con hojas y flores, lo mismo en los últimos tiempos que en los primeros, no hemos hallado en las obras posteriores al siglo XII ese género de mescolanza en las rigorosas y clásicas trazerías; antes bien, siempre hemos visto, que el purismo tan decantado de esa ornamentación estriba exclusivamente en las combinaciones geométricas á que se presta la línea. En los tapices persas, indianos y bizantinos, sí hemos visto el abigarramiento que produce la hoja, la flor, el grutezco enlazándose á las trazerías, por más que éstas se vean matizadas de los más brillantes colores.
De los mosáicos, azulejos ó piezas de barro esmaltadas con que cubrían los basamentos y anditos, vemos claramente la procedencia simultánea en todo el Oriente, trasmitida de los antiguos Persas, Medos, Asirios é Indianos, como lo demuestran los hermosos fragmentos hallados por Flandin bajo las ruínas de Nínive. Las inscripciones, por último, fueron los ornatos más usados antes y después del siglo IX; con ellas dieron una extraña originalidad á sus obras de toda clase, y las hemos visto grabadas en los trajes, en los muebles, en las arracadas ó joyas, además de esas fantásticas leyendas escritas en las cabeceras de las sepulturas, de las que hay muchos ejemplos en España y África.
Un género de ornamentación peculiar á los monumentos árabes más modernos, donde se desarrolló de un modo pasmoso é imprimió á la arquitectura un carácter más noble y elevado, fué la bóveda que hemos dado en llamar estalactítica; ¿de dónde trae su origen? En ninguna parte son tan complicadas y múltiples como en la Alhambra: no hay comparación entre éstas y las que se insinúan débilmente en el Kairo y en la Persia musulmana. Sin duda que han venido á través de la emigración perfeccionándose, y que pudieron empezar por nichos con bóvedas cruzadas, y por pequeñas gotas ahuecadas para entretener las líneas de las cornisas en los antros monolíticos de los templos aryas, imitados por los Persas más tarde y copiados en Egipto.
IV
Fijándonos particularmente en España, nos remontaremos á los años 710 y siguientes, cuando Muza conquistó desde Tarifa hasta Barcelona, y aposentó sus taifas en las iglesias latinas, en los palacios episcopales y en los recintos murados que habíamos heredado de la dominación gótica. Zaragoza vió levantarse la primera mezquita de importancia, ó, por lo menos, ostentó un monumento oriental antes que se alzaran los de Córdoba, Calatayud, Sevilla, Toledo y Valencia. Realizando conquistas, construyeron castillos y murallas flanqueadas de torres, restauraron el magnífico puente de Córdoba y se cubrió de fuertes el litoral, extendiendo por todo el territorio las atalayas, que fueron en su origen el primer adelanto hacia las comunicaciones telegráficas. Tan ardientes propagadores de la nueva ley, respetaron el culto de los cristianos y de la multitud de sectas que se alimentaban de las disputas sinodiales y del poderío sistemático de la Iglesia de Oriente. Los cristianos pudieron, en suma, profesar su culto, pero no propagarlo; y sabido es que muchos mártires inscritos en el calendario español no habrían alcanzado la suerte de tales si se hubieran reducido á profesar el culto cristiano, absteniéndose de ir á las puertas de las mezquitas para predicar la falsedad de las creencias mahometanas[5]. Prohibida la propaganda, se imposibilitó la erección de nuevos templos cristianos, de oratorios, y el esculpir imágenes, con lo cual el arte latino, que tan débilmente se había sostenido en la Península, quedó estacionado, y á poco se perdió de la memoria la construcción, el ornato y sus aplicaciones á las artes de la platería, ebanistería y bordado.
Mientras que la raza gótica había vivido sin la religión y para la religión, devorándose en cuestiones puramente teocráticas, olvidada de los intereses materiales de los pueblos, y aun pudiéramos añadir de los intereses morales, los nuevos señores del territorio, al par que eran más profundos creyentes, no descuidaron todo aquello que podía moralizar á los súbditos. Contra lo que se ha creído, juzgando lo que hoy son las poblaciones mahometanas, se fijaron reglamentos de policía para calles y plazas, se establecieron fuentes públicas y baños para los pobres, y, lo que es más notable, Yusuf-el-Fehri hizo restablecer con grandes dispendios los caminos militares de Córdoba, Toledo, Lisboa, Mérida, Tarragona, etc., restaurando los puentes que se ven todavía, y abriendo vías de comunicación que han venido sirviendo durante muchos siglos. No aprovechó á los Visigodos tanto la grandeza de Roma como á los Árabes. Ninguno de sus monumentos de utilidad pública fué demolido. Si los descendientes de Tarik, victoriosos, hubieran en el primer siglo obedecido al emir, y constituído un solo imperio al amparo de las obras antiguas, no habrían perdido cien años antes de que los príncipes musulmanes se reunieran para constituirse en poder único y absoluto bajo el cetro del último de los Omniadas. Mas de cualquier modo, desde aquella época principia una civilización que agita nuestra inteligencia durante diez siglos, y que borra las huellas de la cultura latina.
El pueblo dominado, viendo por una parte el esplendor del culto cristiano reducido á edificios de madera y ladrillo, tierra y escasa piedra, levantados bajo la influencia románica, y por otro el lujo con que se hacían alcázares y mezquitas, alzando minaretes cuyo imponente aspecto los embelesaba, aceptó de lleno el nuevo arte oriental con todos sus originales atavíos. Los Mozárabes, pues, principiaron su obra, y de tal modo cundió entre los cristianos el gusto de la imitación, que lo vemos penetrar en Francia y llegar á Italia en los primeros años del siglo XI[6], hasta identificarse de tal modo, que sus costumbres, su escritura, sus vestidos eran iguales, y vivían en iguales casas, con patios y alhamies, baños y divanes, como si no hubiera diferencia en el origen de ambas civilizaciones. El carácter nacional principió á ser uno, y si no hubiera venido el desmembramiento de aquel poderoso Califato, por exceso mismo de riqueza y de bienestar, la condición de los pueblos mozárabe, mahometano y judío, habría sido preferible á la de los primeros reinos cristianos que se levantaron para la reconquista. Durante tres siglos á lo menos, puede decirse que se borraron todas las tradiciones, excepto en el pequeño rincón de Asturias y en las costas cantábricas.
Fundáronse desde 786 tantos castillos, _madrisas_, baños y oratorios, tantas escuelas y hospitales, que en ningún país del mundo vióse desarrollo tan grande en menos tiempo. El hospicio fué entonces una institución piadosa y necesaria, pues los primeros siglos no dieron verdadera organización pública á estas casas de socorro para los desvalidos. En ellas entraban sin distinción los mozárabes y mahometanos; y no fué sólo en Córdoba, sino también en Sevilla, Granada, Valencia, etcétera, donde se crearon estos establecimientos. El Museo Arqueológico de Madrid ha recogido un frontispicio de dibujo calado que debía hallarse sobre la puerta del hospital de Zaragoza, y nos interesa su estudio porque revela el estilo del siglo XI, con la particularidad de que representa dos trazas distintas y superpuestas una á otra diagonalmente, de manera que por los huecos ó vacíos del adorno que está encima se ve el que hay por debajo. Las fábricas de moneda eran numerosas, y tal fué la abundancia de metales acuñados, que hasta en el reinado de Alfonso VIII no se usaban más que los _dirahmes_, fabricados en la metrópoli y principales Waliatos. No se hacía por aquel tiempo moneda más perfecta, siendo deplorable que no pudieran grabar en ella más que signos é inscripciones de muy poco interés artístico. En Córdoba llegaron á estudiarse las artes y ciencias con tal celo, que había centenares de catedráticos y académicos protegidos por los emires. Nada más admirable que el reinado de Abderrahman II: la más adelantada civilización moderna en el terreno del progreso material, de las obras públicas, de la paz, de la protección, puede muy bien comparársele; en 844 mandó aquel sabio emir que en sus dominios no hubiese hombre que por falta de ocupación quedase sin recursos. Una cuarta parte de las rentas públicas se dedicó á dar trabajo á los obreros, y los alarifes se ocuparon todos en proyectar y edificar cuanto pudiera ejecutarse por lujo ó por necesidad[7]. No de otro modo se concibe que el país entero, después de mil años, esté sembrado materialmente de cimientos, bóvedas y torreones en número tanto, como no hemos visto de la famosa Edad Media en parte alguna. En este tiempo se construyó el encantado palacio de Ruzafa, donde había fuentes esculpidas en jaspes con figuras de animales y cisnes de plata; y entonces, á pesar de las prohibiciones alcoránicas, se hicieron imitaciones de objetos naturales no inferiores á los del arte romano y gótico de la decadencia. En las _madrisas_ se sostenía, recibiendo una sólida educación, cierto número de alumnos pobres, y además la escuela de la casa del emir ocupaba 500 huérfanos instruyéndose á sus expensas. Lejos de Roma no se vió nunca tanto lujo en las poblaciones, como entre los árabes de España. Las calles pavimentadas de grandes piedras, jardines que refrescaban el aire en las plazas públicas, y, lo más notable todavía, paseos margenados de árboles que conducían á los principales alcázares[8], y en donde, según los poetas de aquellos tiempos, «el pueblo se regocijaba». Los minaretes de Segovia, Zaragoza, Ávila y Sevilla eran más esbeltos y elevados que los campanarios de nuestras iglesias; y si en estas obras se prodigaban tantos tesoros, ¿no puede sostenerse con el testimonio de los contemporáneos, que las ciencias é industrias reproductivas daban en aquellos tiempos más medios de vivir y aumentar la población, que los que cuenta la España del siglo XIX?
Los castellanos y aragoneses, en los últimos siglos, por más esfuerzos que hicieron, no habían conseguido cultivar las artes como lo alcanzaron sus enemigos. De tal manera en la mitad de España, hacia el Norte, se había abandonado el espíritu trabajador, que los artistas andaluces fueron llamados muchas veces á construir iglesias bajo el plan de las basílicas antiguas, y se observa en la mayor parte de los monumentos cristianos de los siglos X al XIV una mezcla agradable de árabe y gótico; bizantino, árabe y renacimiento; gótico y árabe, con el sello indeleble del genio oriental campeando en todos sus trazados y composiciones.
PARTE PRIMERA
CARACTERES COMPARABLES DE DIVERSOS MONUMENTOS
I
Si la literatura histórica quiere explicarse la época señalada á cada una de las grandes revoluciones que fraccionaron la unidad mahometana por el influjo de la fuerza de los ejércitos, ó de las ideas disolventes que nacían en las ciudades conquistadas, espacio dilatado hallará en el inconcebible número de crónicas y de poemas que se consagraron á relatar las hazañas de los caudillos, las bellezas de sus obras y las querellas de sus esclavas. Nosotros nos hemos trazado otro camino más ajustado á la realidad y á el análisis, juzgando, no por cuentos de _Las mil y una noches_, que han podido repetirse en Medina-al-Zahra como en el Generalife ó en las Huertas de Said, sino por los vestigios del arte, de la industria y de la agricultura, cuyos trabajos, insuficientes todavía, se hallan libres de las preocupaciones y escrúpulos que interpusieron ciertos escritores en el tiempo de nuestra decadencia.
El período árabe en España, aunque poco alejado, reviste siempre la forma fantástica, y por esto nos explicamos cuánto la poesía ha oscurecido la concepción de muchas obras, que en el análisis práctico y el estudio estético ocupaban un lugar preeminente. Véanse, si no, las descripciones fabulosas de los antiguos alcázares de Córdoba, cuyos vestigios son sin duda menos delicados que los que hay todavía patentes en Sevilla y Granada: la taza de pórfido llena de azogue ó de plata viva, como lo llamaban los Arabes; las alfombras tejidas de oro y seda con dibujos de flores y animales, que parecían verdaderos; las perlas regaladas por el Kalifa de Bagdad, que estaban embutidas en los artesonados del palacio; las figuras humanas traídas por el griego Almad, que se colocaron sobre la fuente cincelada en Siria; los arcos de marfil y ébano, ornados de esmeraldas; y columnas de cristal de roca; y las puertas de cobre y oro; creaciones fantásticas que no expresan menos el lujo y esplendor de la época y la influencia avasalladora que tuvo sobre los cristianos, que el respeto é interés que produjeron entre los escritores cuando creían que hablaban de su propia y genuina civilización. Siempre oiremos esos cuentos con orgullo, como los ecos de la historia de la patria, como los acordes que vibran en el corazón cuando nos sentamos á oir las glorias de los tiempos pasados contadas por nuestros abuelos.
Cuando se contempla la catedral de Córdoba y la Alhambra de Granada, muchos se inclinan á creer aquellas maravillas; pero ¿acaso es preciso que haya perlas en los techos, oro en las alfombras y plata en las fuentes para que distingamos lo que existe de misterioso, de tranquilo, de dulce, en la capilla del Kalifa de la _djama_ de Córdoba, en la sala de Embajadores de Sevilla y en el patio de los Leones de la Alhambra? El arte no consiste en la materia. Hoy sin brillo y sin colores, estos edificios ¿tienen menos belleza artistica que la que expresan las descripciones de los poemas que bordan sus murallas? No necesitamos de la fantasía oriental para dar la importancia que se merecen estas obras incomparables.