Part 13
En el plano se verá la distribución de todas las torres, cuyo número era de treinta y siete antes que los franceses, en 1810, destruyeran las que están en ruína; las restantes conservan nombres de tradición ó de circunstancias modernas que les han impuesto sus modificaciones. Son las más antiguas las de la Alcazaba, en cuyos fundamentos se construyeron y ensancharon las que hoy existen, las dos torres principales tituladas del Homenaje, construídas antes de la Judiciaria, y la de la Vela, llamada de Giafar, que ya tenía una campana en tiempos árabes, según contaban los moriscos de la insurrección, diciendo que su sonido les preludiaba grandes desastres. Parece que los Reyes Católicos mandaron colocar una campana en ella para señalar las horas de recogimiento durante la noche, á lo cual podemos añadir que en 1569 se hizo una para esta torre por un tal Juan Vélez, que fundió los argollones del palacio del emperador, y que en 1595 se vació otra con el metal de la anterior, hasta que por último, en 1773 se hizo la que hoy existe para anunciar á los labradores de las cercanías las horas de los riegos. Esta torre fué el verdadero vigía de los árabes, y en ella se tremoló por primera vez el pendón castellano el 2 de Enero de 1492 á las tres de la tarde, cuya ceremonia se repitió luego durante mucho tiempo en el mismo sitio.
En esta Alcazaba cabían perfectamente 1.500 guardias bajo las bóvedas de sus adarves y torres, incluyendo el cuartel que hay cerca de la torre avanzada del lado Norte, por cuya caserna se introducían los cañones que mandó colocar en la plaza más baja el conde de Tendilla. Los adarves del lado Sur fueron completamente restaurados en 1529.
Hay en este elevado sitio dos puntos de vista más que encantadores, sublimes, desde los cuales parece como que se pretende abarcar todo aquel territorio que dominaron los nazaritas durante dos siglos y medio. De él no se distinguen, en verdad, sus confines dilatados hasta Algeciras y el Cabo de Levante, pero sí se descubren los lugares que cantaron los poetas, campos de heroismo y de caballerosidad. Una naturaleza pródiga de vegetación y sorprendente por sus elevadas cumbres, da al recuerdo de aquellas escenas de valor un cuadro tan espléndido, como no podrían imaginar mejor los poetas olímpicos. Desde el jardín de los adarves, y mejor todavía desde la empinada torre que lo corona, se ve la inmensa mole de una montaña que domina las mas grandes alturas de los Pirineos y se baña en las saladas aguas del mar por un lado y en las húmedas colinas y valles del otro. La pintoresca vega que dió nombre á Garcilaso se extiende á sus pies, y contemplan este admirable grupo las más bajas montañas que en forma de anfiteatro asoman sus cabezas en armonioso orden y concierto, como á presenciar las angustiosas batallas de las últimas conquistas. Cien pueblos con millares de caseríos se destacan como blancos antílopes pastando en las praderas del Genil y del Dauro, y los rojos baluartes fabricados con afanoso cuidado en aquellos días de encarnizada lucha para guardar los tesoros del harem, revelan los misterios de una época gloriosa á vencedores y á vencidos, tan simpática y bella como el asombroso paisaje que se contempla en contorno de la mágica Alcazaba. Suspirando y meditabundo como iba Boabdil camino del Andaráx, se retira siempre el viajero de este sitio renombrado y mil veces famoso.
Torres Bermejas.
En la cerca de murallas que desciende flanqueada de macizas torres desde los adarves á la puerta de las Granadas, y de aquí sube hasta el otro lado del frondoso valle, se ve un grupo de baluartes imponentes que domina todo el centro de la antigua población, cuya fortaleza es el castillo citado. Se dice que fué construído sobre antiguos cimientos romanos para someter á los mozárabes que poblaban el barrio de San Cecilio; pero nosotros no hemos hallado en su construcción otro dato que el estar sus muros hechos en dos épocas muy distintas, ambas árabes, la primera correspondiente á los restos que hemos citado del pie de la torre de la Vela, propios del siglo VIII, y en tiempo de Cárlos V experimentó la última importante restauración.
Se añade tradicionalmente que en la época del primer Alhamar se reedificaron, aumentándolas con los pabellones que conservan todavía; siendo la antigüedad de estas torres del tiempo de la invasión agarena en España, porque antes del 913, cuando al Waliato de Illiberis lo dominaban diversos capitanes sin señorío alguno[69], ocurrió, según las crónicas, el año de la egira respectivo al 889, que se encerraron en las Torres Bermejas los damasquinos y las tropas del kalifa capitaneadas por el renegado Nahil, y aquí fueron cercadas por los habitantes de la comarca, armados de flechas, lanzas y hondas. Sitiadas las tropas recibían en las puntas de las flechas que pasaban por lo alto de las murallas del castillo rojo, versos que decían:
«Las casas de nuestros enemigos están desmanteladas é inundadas, y sus techumbres arrancadas por los vientos del otoño. ¿Qué nos importa que celebren sus pérfidos conciliábulos en las Torres Rojas? La perdición les seguirá por doquier.»
En las mismas luchas contra la dominación, poco tiempo después, en 990, Solimán Ben Said, caudillo y poeta que fué encargado en algunas ocasiones de la defensa del fuerte, les hablaba de este modo:
«¿Sois, hijos de Meruan, cual nosotros para la retirada? Vuestros caballos, que están trabados en los combates, parecen gamos cuando huyen; os jactáis de ser los luceros que alumbran el valle del Genil... Abandonad los cármenes deleitosos y los alcázares dorados, que pertenecen con más derecho á los valientes». Cuyo texto nos induce á creer que por este tiempo había una población en Granada que poseía alcázares diferentes de los de la Alhambra, situados en este lado de la población, y que habitaban más antiguas razas.
Antes, y en tiempos de Abderrahmán I, fundador del Kalifato de Córdoba, se dieron dos asaltos á las Torres Bermejas y se tomaron por el _Schevani_, que era Wali de Elvira, por cuya victoria fué nombrado aposentador de la fortaleza. A este capitán y Wacir se atribuye por algunos autores la fundación de la Alcazaba Cadima, es decir, que viviendo en Illiberis y siendo gobernador de la Kora, á que se daba aquel nombre, se construyó la Alcazaba antigua, datos que vienen á ilustrar la cuestión del origen de Granada, ó á lo menos de lo que los árabes encontraron en esta localidad; asunto muy controvertido en nuestros tiempos.
Las torres tienen un hermoso aljibe, cuadras subterráneas para cuarenta caballos, y habitaciones para dos centenas de soldados. Es uno de los castillos que se conservan íntegros, y construído según el arte militar de su época. Damos la planta en el plano general de la Alhambra, y recordamos con este motivo que el pintor Pedro Raxis hizo de él un modelo en 1599, para enviarlo al rey que quiso conocer las tan afamadas Torres Bermejas[70].
Por último, la fábrica de este fuerte es anterior á muchas obras de la Alhambra que parecen de la misma época. La formación de su argamasa, las aristas de sus piedras en lechos, la forma de arcos y techumbres, nos indican ese período que ya hemos distinguido en la Alcazaba, anterior al establecimiento de los nazaritas; y la fabricación y cimento de cal y grava que Plinio atribuye á los fenicios y romanos, no es la clase que aquí se encuentra, como puede observarse comparando los restos de murallas antiguas hechas por moriscos desde el siglo XI en adelante.
Puerta de los Siete Suelos.
Como fortificaciones más importantes en el segundo recinto murado de la Alhambra citamos la Puerta de los Pozos[71], la de las Cabezas y la del Agua. Las primeras tienen un cubo levantado con tres bóvedas circulares, una de las cuales está soterrada, lo cual ha hecho suponer á muchos que existen siete suelos ó pisos para bajar al fondo. No hemos visitado nosotros más de tres, pero respetando tradiciones vulgares bien pudiera haber otros antes de comunicarse con los silos y pozos de la explanada de los Mártires, que eran muchos, y los cuales sirvieron de graneros públicos en los últimos tiempos de carestía y guerras.
Lo misterioso de los Siete Suelos ha dado origen á cuentos fantásticos muy interesantes que se pueden relacionar en nuestra opinión, á que hay una mina ó viaducto que pasa por los cármenes del callejón del Caedero y por Buenavista, donde estuvo el convento de monjas potencianas, cruzando por los Mártires, hoy finca del Sr. Calderón, el cual se extendía desde esta torre cilíndrica hasta el Cuarto Real, Jardines de la Sultana y Bibataubí. Otro viaducto hay indicado desde la casa de los Tiros, Bibalfajarín y Puerta del Mauror hasta las Torres Bermejas, pero no se detalla tan distintamente como el anterior, cuyos subterráneos impenetrables dan lugar á mil patrañas. Se citan otras muchas comunicaciones en la antigua descripción de Granada, que sería dificilísimo determinar; pero la más interesante de la Puerta de los Pozos conducía al campo situado al extremo de la Alhambra, donde Muley Hacen pasó la última gran revista á sus tropas, más de 20.000 hombres, el día de la gran inundación de la ciudad, por haberse desbordado no sólo el río Darro sino todos los barrancos que rodean este sitio[72].
Más abajo y como límite de la Alhambra, está la Puerta de las Granadas, en la misma muralla donde se veía en 1560 la de Bib-Lauxar, entonces medio arruinada. A la derecha hubo una pequeña capilla desde el año 1500, donde hoy se halla la casita del Guarda, cerca de una cruz de piedra hecha levantar en 1599 por Leandro de Palencia. Existe otra cruz, llamada de Mondéjar, donde hemos dicho que se descubrieron las sepulturas romanas, orilla de la segunda glorieta del paseo del centro, cerca del Campo de los Mártires[73], sitio célebre por el rescate de cautivos; pero el interés particular de este sitio estriba en haber sido campo de maniobras militares, pasaje de comunicación antiquísima hacia la ribera del Genil, lugar donde en 1492 recibió el conde de Tendilla las llaves de la fortaleza y alcázares de manos del alcaide Aben Comixa, que salió con 50 caballos por la Puerta de los Siete Suelos al encuentro de los caballeros enviados por los Reyes Católicos, para que tomaran posesión de la Alhambra, y por último, campo de la Acebica, donde el mariscal de Castilla Don Diego Fernández de Córdova llamó á singular combate al célebre Don Alonso de Aguilar el 10 de Agosto de 1470, antes que saliese el sol, en la arena preparada al efecto delante de la tienda de brocado levantada á Muley Hacen, rey de Granada y juez del campo.
PALACIO ÁRABE
Decíamos el 19 de Diciembre de 1869 á la Comisión de Monumentos de Granada:
De los tres reconocidos períodos de grandeza que en España desarrolló el arte árabe, el más esplendente, puro y genérico es el que manifiesta con general asombro el fastuoso recinto de los alcázares granadinos. En ellos se concreta la inspiración, se unifica el estilo, se regulariza la forma y se origina el más supremo esfuerzo del talento humano bajo el sentimiento de las creencias y costumbres de aquella edad de oro. En parte alguna de las tierras españolas se encuentra un ejemplar más completo ni una prueba más clásica de los prodigiosos elementos reunidos para evocar el grado de cultura que alcanzaron ocho siglos de constante progreso. Ninguno, pues, merece tan alto concepto, y ninguno ha conseguido ante el mundo moderno el exclusivo renombre que goza; ni la civilización agarena de Egipto, Persia, Turquía y África alcanzó el refinamiento y belleza de la Alhambra granadina, ni las glorias de la reconquista están simbolizadas en ningún monumento español mejor y más cumplidamente que en este último baluarte, tan obstinadamente defendido y tan heróicamente ganado.
Situada en la cúspide de una colina, que se escogió como lugar seguro y defendible, á la usanza de la Edad Media, quedó aislada y ceñida por una línea de fuertes murallas y robustas torres que flanqueaban sus puertas, en tanto que las rápidas vertientes de sus escabrosas faldas se abrieron á una lozana y frondosa vegetación, cuyas raíces debían asegurar el terreno y hacer más estables las atrevidas construcciones de la cima. Las aguas, que ingeniosamente se sangraron al Dauro para conducirlas á aquella altura y alimentar los estanques, baños y aljibes, se abandonaron por las naturales vertientes de la montaña, y produjeron esos fantásticos bosques que se han hecho proverbiales en todo el mundo. En el espacio cerrado por las murallas, levantaron el alcázar, las mezquitas, el harem, las oficinas públicas y las opulentas viviendas de una numerosa corte; entre la fortificación y sus almenas se alzaban minaretes labrados; el arte bordó sus principales estancias; los preciosos arabescos se prodigaron por todas partes y el lujo de la comodidad y del deleite dió mágico encanto á todo este singular conjunto.
Su recinto todo, con los citados bosques y jardines, es lugar sembrado con los despojos de doce siglos; bello por el arte y por la naturaleza, donde ambos elementos se han combinado maravillosamente para producir un contraste que convida á la meditación y al estudio.
En el lado Norte, y como recostados sobre las murallas y torres del circuíto, se levantaron los diversos edificios que constituían la morada de los reyes Nazaritas, extendiéndose ilimitada é irregularmente por aquéllas, y ocupando un espacio interrumpido por dilatados jardines y estanques, muchos de los cuales han desaparecido por el desdén ó el abandono.
Construídos casi todos después de la conquista de los Almoravides, y por lo tanto al estilo llamado morisco, ofrecían en su planta las diferencias, originadas de la desigualdad del terreno, lo cual daba á su aspecto una estructura particular no parecida á la del pequeño Alcázar Al-Motacid de Almería, ni á la Almunia de Valencia, ni á Dar-us-Sorur de Zaragoza, ni al de Almamú de Toledo, que fueron levantados en lugares llanos y espaciosos. Bajo la formidable envoltura de sus fuertes y elevados baluartes, se abrigaba uno de los mayores prodigios del arte musulmán, y colocado en la cumbre de una montaña, á semejanza de los castillos feudales que poblaban la Europa en los siglos medios, tenía toda la sencilla magnitud de los de Oriente, engalanado con la belleza que le presta el más delicioso paisaje que España podía ofrecerle, y á lo que debió quizá el que desplegara el lujo de decoración y peculiar estilo de florecimiento sin rival entre los innumerables palacios construídos por los primeros kalifas.
Con efecto, próximo á la misma época, los Seleukidas, en sus correrías al Imperio Bizantino, construían edificios del estilo árabe, decorando sus paredes de inscripciones y sentencias, á semejanza de los antiguos monumentos asirios, sin que ese geométrico ornato llegase allí á ser tan ostentoso y rico como en los alcázares españoles. En aquélla región los monumentos ofrecían la diferencia de coronarse de cúpulas, revistiendo la forma exterior más simétrica y armoniosa, mientras que aquí esos mismos alcázares se cubrían de plataformas almenadas en líneas regulares, cuyo motivo pudieron estudiar en los monumentos egipcios y en los cartagineses que dominaron antes de pisar nuestro suelo. Allí las plantas de las basílicas griegas, de los templos himaritas y de las construcciones salomónicas; aquí los accidentes de las fortalezas romanas y fenicias que habitaron los godos y ocuparon los guerreros invasores, primera concepción de sus almunias y palacios. Allí ornamentaban los exteriores como la mezquita de Brusa, con exquisitos mosáicos de mármoles de colores; aquí esta misma decoración tuvo que concretarse á las puertas de sus fortalezas, dejando para el interior de sus grandes patios la mayor parte de esta clase de esculturas, y únicamente se conservó aquí el sistema de colocar el harem y patio cuadrado delante de las mezquitas con los minaretes separados del cuerpo de éstas, como en Córdoba y Sevilla, dejando el resto de sus construcciones velado por las formidables murallas de defensa.
Así, pues, los que visitan los alcázares sevillanos y los jardines fastuosos que hoy se conservan, recuerdan las fortalezas de Bajecid-Ylderin sobre la costa de Asia y el castillo Cortagargantas del Bósforo, cuya situación sobre una planicie, conserva mejor el espíritu de sus primitivas construcciones; pero en Granada y en igual período, debemos remontarnos al arte musulmán, resultado de la fusión entre árabe y bizantino, que se ve muy ostensiblemente en Samarcanda y en Kesch, donde los monumentos de Tímur están fraccionados entre torres y patios decorados con basamentos de porcelana y jardines con viaductos que los comunican, á semejanza de los que aquí se ven; obras inspiradas por las costumbres asirias, pero con la notable diferencia de que las bóvedas de colgantes no se habían insinuado con la galanura y uniformidad que se manifestó entre los otomanos y egipcios modernos, hasta formar, como en la Alhambra, las enormes cubiertas de estalactitas de una perfección sin rival. Es preciso recordar la Persia para hallar estas facetas de cristalización que importaron al Imperio de Oriente, y que tuvo su origen en la más antigua mezquita de Yspahan del siglo IX, donde se construyó una cúpula compuesta, como éstas, de otras más pequeñas que se multiplicaban indefinidamente. En la Alhambra el arte árabe es, pues, más genuínamente persa; se separa de las obras griegas del Imperio Otomano; se conserva mejor en todo el período de la invasión africana, y viene hasta á reproducir las grandes portadas con medias cúpulas de estalactitas, y los monumentos de formas cuadradas y octógonas que hay en medio de los jardines, como mausoleos, llenando los espacios con las construcciones ligeras que se ven apoyadas sobre delgadas columnas, y sosteniendo miradores cubiertos de persianas, desde donde las mujeres asistían á los espectáculos que se celebraban en los vestíbulos.
El palacio de la Alhambra no se descubre aún después de encontrarse el observador en la cúspide de la misma montaña sobre que se halla construído. Es necesario contemplarlo desde el Generalife ó el barrio antiguo del Hajarix para apreciarlo en su verdadera extensión, pues que no se hallan en él las espléndidas fachadas de los palacios cesáreos; pero en cambio su interior nos ofrece una numerosa variedad de cien arcos diversos, desde la ojiva al túmido, al de segmentos y de contralóbulos, al de arranques prolongados y rectos, última modificación gótica, al de colgantes, semicircular y de herradura, que es, en fin, verdadero festón cerrado, cuya curva se ensayó en Bizancio y se copió en Venecia para ser olvidada y hallarse de nuevo en Cairo, Túnez, Fez y en nuestro suelo.
Es el clima frío y lluvioso de esta comarca, lo que ha impreso á la arquitectura un aspecto diferente de la que se construyó en Teherán hacia el siglo XIII. Los colgantes de la Torre de Rages son los de la Alhambra, pero más informes; los arcos del Puente de Hasan y mezquita de Tauris son ondulantes como el de la entrada de Lindaraxa; el Puente de Mianek y sus contrafuertes, como el de Cubillas antes de su restauración; las murallas de Cabul con torres redondas son como las que se suponen fenicias en la Alcazaba antigua del Albaicín; las almenas piramidales y las puertas de esta población son iguales á las de Candahar, y por último, en el sepulcro de Baber se recuerda la Sala del Tribunal con sus arcos apuntados, y en el de Mahmud en Chazna, los arcos aperaltados de las Salas de Abencerrajes y Dos Hermanas; de modo que por razón del clima y necesidad de la guerra, el arte árabe manifestado en la Alhambra con las tradiciones persas y bizantinas tiene más idealismo oriental que europeo, menos semejanza con el que se manifestó en Córdoba y en Sevilla, es original por tradición y superior á cuantos hay del estilo mahometano.
Con tales recuerdos vamos á penetrar en él y á estudiar su planta. No tratemos de buscar en ella la inflexible línea ordenada de los monumentos greco-romanos, ni la simetría de los patios como los del Escorial, ni la forma cuadrada como los tableros de damas á que asemejan los edificios después del Renacimiento: aquí está el arte de la conveniencia con sus fórmulas más naturales. En la casa del árabe se refleja su vida, se sospechan sus deseos, y se siente su lascivia; varía en tantas formas y proporciones como es inconstante en el uso de un refinado sensualismo. Al lado de una habitación cuya grandeza no igualó nunca la espléndida majestad de los cuartos romanos, hallamos el alhamí estrecho y un pasadizo no más alto que la estatura humana. Mírese con detención el plano adjunto y se verá que no hay una puerta medianamente grande para entrar al Patio de los Leones, mientras las hay de las más hermosas y elevadas para dar paso á un pequeño diván que apenas puede contener el ajuar de una persona. En casi todos los edificios importantes de otros estilos se hallan las partes relacionadas con el todo, pero aquí ¿qué relación hay entre el Patio de Arrayanes y el de la mezquita; entre éstos y el de los Leones; entre los techos estalactíticos de las Dos Hermanas y el artesón de lados planos como facetas de un diamante de la Sala de Embajadores? Aquí una gigantesca cúpula y una torre levantada como cabecera del gran patio, con un ingreso central é imponente; pero el todo sin una puerta de decoración exterior, guardado en el fondo de edificios sin ostentación de la fachada, sin lujo, sin un magnifico ropaje de rico ornato que envuelva las preciosidades engarzadas en sus rincones y entrecijos. ¡Cómo se adivinan entre sus muros las costumbres peculiares de raza! El árabe heróico y majestuoso, el árabe meditabundo, el árabe cariñoso y galante, el árabe cruel y tiránico; para cada virtud y para cada vicio de su existencia hay una forma, un lecho, una especie de urna para abrigarlo y contenerlo. Estudiemos los edificios de nuestra civilización moderna y veamos si pueden definirse del mismo modo.
En la parte que se conserva hoy había tres palacios distintos, según algunos viajeros del siglo XVI, que dicen existían dos alcaides al uso del tiempo de los moros, los cuales guardaban dos palacios. Mármol tuvo noticia de dos; pero tenemos datos que asignan las mismas razones á la existencia de otros y una real cedula[74] que dice: «Póngase un alcaide ó capitán en cada uno de los alcázares de la Alhambra,» lo cual prueba que éstos eran muchos. Pero aparte de otras consideraciones, tenemos á la vista la planta donde se ven tres construcciones adyacentes, formadas la una por los números desde el 45 hasta el 59, la otra por lo que comprenden los números del 1 al 8 y del 40 al 44, y la tercera desde el 9 al 38. Obsérvense estos tres grupos y se hallará que no corresponden absolutamente en sus líneas de muros, ni en sus centros, ni en las dimensiones de sus cuartos, ni en su forma y disposición, y que cada uno constituye un edificio aislado que satisface las necesidades de aquellos tiempos, y que no tienen relación tampoco en el género de sus adornos, como indicaremos.
Uno de estos grupos, el primero citado, es el de construcción más antigua; la forma del arco de herradura del tiempo del kalifato, el dintel cuadrado de algunas puertas, el capitel bizantino, el artesonado plano, el ornato seco sin enlace semejante al de Túnez y Egipto, el alero de los kioscos del Oriente, pilastras en vez de columnas, menos desenvoltura y grandeza, todo indica que esta parte fué la primera que se construyó y que pasaron muchos años antes de la construcción del segundo grupo.
Este ocupa el centro todo con la Sala de Comareh, segundo período de grandeza para el arte de los árabes, lo mismo que para su historia, final del siglo XIII. Aquí está retratada la época de la fundación de la dinastía Nazarita, portentosa civilización que ofrecía España á los que venían á ella en busca de ciencia y cultura.