Part 11
Observando el plano que publicamos entonces y acompañamos á este libro, se puede ver el espacio ocupado antes, desde la dicha puerta hasta la Alhambra alta, que después fué convento de San Francisco. Hay todavía restos soterrados de muros más antiguos que la cerca de Alhamar, los cuales se hallan todos en el indicado espacio, á cinco y seis metros de aquélla por la parte interior en el lado Norte, y por fuera en el lado Sur.
Reunió, pues, Alhamar el Magnífico, bajo un recinto, las construcciones que existían aquí de diversos tiempos, y estableció en ellas el imperio de su grandeza; construyó hermosas puertas principiando por la de Bid-Algodor ó de los Pozos[52], que es la que llamamos hoy de los Siete Suelos, y entonces era la que estaba más próxima á los silos que se hicieron para guardar las cosechas en los tiempos de escasez ó de guerra, y dejó para el no menos grande Yusuf otras construcciones como la de la Justicia y la torre que había donde hoy está la puerta de los Carros, de la cual quedan algunas referencias que constan en los legajos del archivo, donde dice haberse reparado y estar habitada en el año 1586 por un capitán de las cien lanzas del conde de Tendilla. No puede negarse, conocido el estilo de estas puertas exteriores, que es diferente su construcción á la de la Puerta del Vino, la cual se parece más bien por su fábrica á la puerta Monáita, y por sus inscripciones, que no citan rey alguno, como generalmente se hacía en las obras que no fueron mandadas construir por los sultanes.
Las obras de adarves y viaductos de todas las torres en comunicación oculta con el palacio y alcazaba, el aislamiento de éstos y sus defensas por dentro del fuerte, todo está demostrando que al elegir este sitio para morada de la corte en los dos últimos siglos, se contó con una población que ya existía, la cual quedó así como aprisionada y comunicándose con la ciudad sólo por las únicas tres citadas puertas, pues las del lado Nordeste eran de uso exclusivo de la fortaleza y los palacios.
Con la numerosa población de la Alhambra alta, nombre dado en los tiempos del emperador Cárlos V[53], se citan la Plaza de los Pablas, ocupando el sitio del palacio que fundó aquel monarca, y las dos torres del Homenaje, una que era la actual de los Picos, y otra la de las Prisiones sobre el Cubo, y un numeroso caserío que existía tan apiñado, que en el año 1539 se prohibió á sus habitantes que moraran en los baluartes y palacios. El Partal lo habitaba un moro que, con otros, levantó rebelión y le fueron confiscados sus bienes, los cuales se hallaban dentro de los alcázares cerca del huerto de Astasio Bracamonte, escudero del marqués de Mondéjar, donde hoy se halla la mezquita.
Fué tan grande la población que siempre hubo en la Alhambra, antes de que fuera corte mahometana, en tiempo de ésta y después de la conquista, que no se halla un palmo de terreno donde no se encuentren cimientos de casas y palacios antiguos, en los que se emplearon tal vez enormes sumas, pues los sultanes gastaban en obras continuas sus rentas de ciento sesenta mil ducados anuales, enorme cantidad para aquellos tiempos; y después de la expulsión sarracena se emplearon no menores en transformar, coronar y revestir baluartes, adquiriendo dominio sobre fincas pertenecientes á habitantes moriscos cuya posesión era muy antigua.
Fué, por último, para convertir la población árabe al culto cristiano para lo que se cedió un palacio ó mezquita en 1492, donde se estableció un convento de Franciscanos con este fin. Todo está demostrando que existía desde muy antiguo una ciudad ó villa fortificada donde se sucedieron dominaciones sucesivas que arruinaron y levantaron obras sin concierto ni uniformidad, cuyo carácter, transcurriendo siglos, había de imprimir á todo el sitio el pintoresco y variado panorama que tanto se admira hoy.
Concretemos nuestra descripción al trazado del plano que acompañamos al final, hecho en 1865; y entremos en la Alhambra por la puerta árabe que abrimos no ha muchos años en el lado Norte de la alcazaba bajo la Torre de las Armas, la cual era una de las principales y de más directa comunicación entre el Albaicín y la Fortaleza por un puente elevado para cruzar el río Darro. Desde el núm. 54 en dicho plano se indican restos de murallas inclinándose hasta ganar la altura de dicha entrada por el núm. 46, y siguiendo un camino y adarve completamente trasformado hoy, que iba cortando el cubo muralla del núm. 43, por la línea de puntos que se dirige al palacio árabe. El cubo referido es obra posterior á la conquista; observándose que el piso de la entrada de la Torre de las Armas está casi al mismo nivel de la puerta antigua del palacio árabe que hemos ahora descubierto, y de la que hablaremos luego. Se ve fácilmente que suponiendo con fundamento construídas después de la conquista las dos grandes cisternas ó aljibes que se señalan de puntos con el núm. 7, hay un espacio vacío ó gran plaza inscrito en la línea de los núms. 53, el 37 y el 42 por un lado, y las torres 44 y 45 por otro, donde se han encontrado cimientos de construcciones árabes y modernas, y un aljibe, núm. 8, de bóvedas, á tan gran profundidad, que aun suponiendo rebajado el pavimento de este espacio, como indudablemente lo estaría, cinco metros, siempre resulta el aljibe en el plano correspondiente de profundidad para el objeto de nuestras investigaciones. Hemos visto además de los cimientos citados, que el terreno de todo este sitio está compuesto de ruínas y de escombros procedentes de la construcción del palacio del Emperador, cuyo edificio, núm. 9, suponiéndolo no hecho, dejaría á descubierto la línea que va desde la Puerta del Vino, núm. 5, hasta el 9, donde habría una muralla que separaba una parte de la Alhambra que llamamos alta, y el citado espacio de la Plaza de los Pablas, hoy de los Aljibes. Esta denominación consta en algunos escritos antiguos que se hallan en el archivo del Real Patrimonio.
Fijaremos, pues, las ideas demostrando que la Puerta del Vino servía de paso ó camino á una población separada completamente de la Casa Real, y que se comunicaba con la ciudad por la Puerta Judiciaria exclusivamente, núm. 3. De este modo, la habitación de los monarcas, el harem y todo ese recinto de palacios, parte conservados y parte no, que hay bajo la línea de puntos hasta el núm. 55 que hemos señalado, era independiente, cercada de un foso por el Sur, de murallas y bosques por el Norte y Poniente, tenía sus comunicaciones privadas con Generalife y otros sitios de recreo en la Puerta de Hierro y Torre de los Picos, números 28 y 29, y con la ciudad antigua por la Torre de las Armas, núm. 46, bajando á pasar el río Darro por el puente árabe ya indicado, cuyos restos se ven todavía.
La llave que hay grabada en la clave de la Puerta del Vino, indica bien, según la costumbre musulmana, que era la puerta de una población separada de la Alcazaba ó recinto comprendido en los núms. 43 al 50. Este fuerte ó ciudadela, llamado Alhizan, está completamente defendido por todos sus lados, dejando aislado ese tercer espacio ocupado por el palacio de los reyes moros, con su especial ingreso inmediato al núm. 37. Véase, pues, detenidamente cuánto varía con estas investigaciones el aspecto y distribución del conjunto y cómo se le desnuda de las trasformaciones colosales que sufrió en el siglo XVI.
Hemos dicho que había una población numerosa en la Alhambra alta, extendida hasta su extremidad del lado de Oriente, en la cual se comprendía la Casa de la Justicia que ocupaba lo primero entrando por la Puerta del Vino, la Casa del Cadí, cuyos restos existen, la Gran Mezquita, las casas de los Abencerrajes, cuyos nombres están citados en el legajo 24 y que estaban contiguas á las que poseyó Don Álvaro de Luna, la Casa de los Infantes, luego convento de San Francisco, y el campo hoy cubierto de escombros, núm. 24, donde hemos hallado los cimientos de las líneas de casas y calles que se han dejado arruinar. Era el pueblo que hay siempre al lado de las cortes musulmanas, compuesto de soldados de fortuna, de ulemas, de santones, de sultanas olvidadas, de hijos y parientes de reyes que viven de las rentas de la Corte, y que su elevada ascendencia no les permite ir á habitar entre el ruido y menudo comercio de los traficantes y artesanos, que se agitan en las calles estrechas de sus populosas ciudades.
Añadiremos que esta población aristocrática estaba como ceñida por una segunda muralla exterior, cuyos restos descubrimos y llevan la dirección indicada en la línea de puntos que parte de la Torre Judiciaria, pasa por los números 11, 15, 16, 17 y 18, y luego vuelve á verse en el 21, 22 y 23; camino cubierto á trozos que daba vuelta y seguía toda la circunvalación de murallas y torres, poniendo toda la fortaleza á disposición de la fuerza armada sin tener que atravesar la parte poblada del recinto. En algunas excavaciones que hemos hecho desde el núm. 11 al 18, hay restos del camino cubierto, y por el lado de la Torre de las Infantas y de la Cautiva, están á la vista algunos trozos de este viaducto. Las puertas de la Torre de los Siete Suelos y de las Cabezas, hoy visibles, están abiertas al nivel del fondo de dicho camino de circunvalación.
Los restos de la casa del marqués de Mondéjar son cimientos de los edificios que desde el palacio alcanzaban hasta la Puerta de Hierro (del Homenaje antiguamente) y nótase en todo este espacio, que si bien se han arruinado las construcciones que en él se encontraban, á juzgar por los innumerables restos que se hallan enterrados, distínguese un cuadrilongo bien prolongado que es un dilatado estanque de los que construían en el centro de los patios muy semejantes al de los Arrayanes. Siendo por ello acertadísimo suponer reducida la extension de estos pequeños alcázares; uno de los cuales, según las gentes refieren, era el palacio de Muza, recostado sobre las murallas, alfombrado por estanques, surtido por fuentes abundosas, limitado por estancias pequeñas que el tiempo ha arruinado ó convertido en montones de escombros, y cubierto de tierra en su mayor parte para sembrar en ella las hermosas flores que hoy descubre en lugar de los ricos y lucientes arabescos.
No hace medio siglo todavía que la Alhambra ocultaba bajo una numerosa población de tejedores de seda, alfareros y soldados veteranos, los vestigios incoherentes de la civilización muslímica, hasta el punto de no poder distinguir en ella lo que correspondía á los alcázares y fortalezas y lo que poseía esa multitud de familias pobres que la poblaban.
Bajo ese aspecto de grosero abandono se ocultaban lo mismo las obras de los árabes que las de los cristianos, y unas y otras principiaban á desmoronarse y confundirse de tal modo, que había llegado el tiempo de que no fuera fácil clasificar los edificios de cuatro civilizaciones que se habían alzado sucesivamente en ellas, representando la primera: La Alhambra alta y una antigua muralla interior que llegaba á la puerta del Vino, con un castillo aislado sobre el Mauror, bajo las torres de la Vela ó inmediatas; la segunda: ensanche de la Ciudadela ó Alcazaba, constituyendo un fuerte, al cual se entraba por la torre de las Armas, pasando estrechos viaductos según está indicado todavía, y uniendo este fuerte avanzado y la Alcazaba con la puerta del Vino por medio de la otra que había inmediata, llamada la Real, cuyos cimientos existen y la cual era entrada que comunicaba inmediatamente al bosque, antes que se construyera la de Justicia; tercera: el recinto exterior de esta puerta hasta Torres Quebradas, algunas de las del Palacio, las Cubbas del Panteón árabe y todo el exterior hasta los muros de Generalife, con acequias que elevaban el agua y se perdieron después, quedando la más antigua, que es la que todavía existe; la cuarta, por último, principia en la conquista y concluye en Felipe II, reconstruyendo murallas y haciendo nuevas, derribando almenas y sustituyendo tejados y malecones horizontales, revistiendo de piedras las argamasas de los cubos moriscos, sustituyendo lo viejo con lo nuevo é introduciendo la brocha del blanqueador en los entrecijos de las labores mahometanas.
Estos cuatro períodos se descomponen en doce siglos que dejan huellas indelebles; primero: en los cimientos imitados de las ruínas cartaginesas y fenicias, fraguados de piedras quebrantadas y mortero petrificado de sorprendente dureza, siglos VII y VIII, lo cual hacían con pura piedra de la más dura que tenían á la mano, y dividiéndolos en lechos horizontales, cortados perpendicularmente á largos tramos, como si figuraran los sillares ciclópeos de los monumentos asirios[54].
Segundo: período constructivo de piedra rodada y de escombros de acarreo, mezclados sin afinamiento á la cal y uniendo los ladrillos en tandas alternadas con piedras grandes ó restos labrados de construcciones más antiguas, como se ve en la Puerta del Vino, en las torres frente de Generalife y en los derruídos Alijares, cuya obra solían cubrir con agramilados de ladrillos y almadrabas.
Tercero: en las obras de argamasa de tierra cuarzosa y cal con pequeños cantos de piedra menuda rodada, apisonando una capa de cal y otra de arena sucesivamente, como ya hemos referido sobre los prolegómenos de Ben Jaldum, cubriendo esta fábrica con los claros de puertas y tragaluces de mármoles más ó menos finos y ladrillos vidriados; cuya estructura marca los siglos XIV y XV. Y cuarto: las obras de aristas de sillería y planchas marmóreas fuertes y uniformes, grandioso y duradero en su conjunto que se ve aquí conteniendo y recalzando los grandes macizos de los arábigos torreones. Épocas bien distintas que se descubren á poco que meditemos sobre la forma constructiva de cada período histórico.
Tal es el conjunto de la Alhambra, su desarrollo, su crecimiento y su ruína, restándonos entrar en los detalles interesantes, cuyas descripciones completan el bosquejo de este singular y pintoresco museo de la Edad Media en la Damasco de Occidente.
Principiemos por el primer monumento que se halla:
La Puerta Judiciaria, antes Bib-Xarca.
Pasado el Pilar del Emperador se descubre una gran torre cuadrada de setenta y cinco pies de altura, sorprendente por la magnitud y fortaleza de sus muros, y semejante á las que con igual objeto se han edificado por los musulmanes en África y Asiria. Delante de su arco principal veíase un muro enlazado con la Torre Redonda que hay á su pie, el cual marcaba una entrada en comunicación con otro camino que partía desde las otras torres del recinto. Ese arco elegante de la fachada descubre otro segundo de la misma forma y más ataviado con recuadros, rombos y dovelas de resalto en mármol blanco de Macael, sobre el cual se asienta una ancha inscripción de la misma materia, cuyo texto, enseñándonos su objeto y antigüedad, dice así:
«_Mandó construir esta Puerta, llamada Puerta de la Ley (haga Dios por ella prosperar la ley del Islam, así como ha hecho de ella un monumento de eterna gloria) nuestro Señor el Príncipe de los muslines, el Sultán guerrero y justo Abul Hachach Yusuf, hijo de nuestro Señor el Sultán guerrero y santificado, Abul-Walid ebn Nasr. Recompense Dios sus acciones puras en el Islam y benigno acepte sus hechos de armas. Fué construída en el mes del engrandecido nacimiento (del Profeta) año 749 (Egira). Haga Dios de ella una potencia protectora, y la inscriba entre las acciones buenas y perdurables_».
Este arco segundo que da entrada al interior, tiene una puerta con doble forro de plancha de hierro claveteada de pasadores y un enorme cerrojo con pestillos de forma morisca, conservada tan perfectamente, que puede juzgarse del estado de esta industria en aquel tiempo. Penetrando en el interior se ven los armeros de las cien lanzas que dejó establecidas aquí Don Fernando V. Encima de la puerta hay una labor de arabescos hecha de arcilla cocida y barnizada con esmaltes de colores, en cuyo centro se hizo abrir un nicho para colocar la imagen de la Concepción sobre una repisa, donde están grabados el yugo y las flechas, distintivo de aquel reinado. La escultura, aunque de poco mérito é impropia del lugar donde está colocada, se ha creído por algunos que era de Sangronis, pero nada conduce á esta afirmación. Lo mismo puede decirse del retablo en forma de oratorio que se colocó dentro para que oyeran misa los veteranos de esta fortaleza, y cuyos cuadros son de tan escaso interés que apenas merecen mencionarse (1588).
Llama la atención en el interior de la Torre una lápida de mármol con una inscripción, cerca del mencionado retablo, y de notable interés. Está trazada con caracteres góticos y dice así: «_Los muy altos católicos y muy poderosos Señores Don Fernando y Doña Isabel, Rey y Reina nuestros Señores conquistaron por fuerza de armas este reino y ciudad de Granada: la cual, después de haber tenido S. A. sitiada mucho tiempo, el rey moro Muley-Hacen la entregó con su Alhambra y otras fuerzas á dos días de Enero de mil cuatrocientos noventa y dos. Este mismo día SS. AA. pusieron en ella por su Alcaide y Capitán á Don Iñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, su vasallo; al cual, partiendo SS. AA. de aquí, dejaron en la dicha Alhambra con quinientos caballos y mil peones; y á los moros mandaron SS. AA. quedar en sus casas, en la ciudad y sus alcarrias. Como primer Comandante, dicho Conde hizo hacer este aljibe_». Se dice que esta inscripción estaba colocada en la inmediata plaza de los Aljibes sobre la gran cisterna que hay en ella, y que en tiempo del Emperador se trajo á este paraje para evitar que quedara bajo los escombros de los edificios arruinados; y á nosotros nos llama la atención cómo no se colocó en la puerta de la cisterna después de los citados hundimientos. Todo el mundo está en la creencia de que los aljibes á que se refiere son moriscos; pero nosotros que hemos penetrado en ellos, los creemos de construcción posterior á la conquista y en este concepto la lápida pudo ser de aquel sitio; mas siempre queda la duda de que los mismos descendientes del marqués de Mondéjar la variaran de lugar, y que en el tiempo que se hacía el palacio de Cárlos V no hubiera medios de dejar esta inscripción en su sitio, sobre los pilares de los pozos por donde se extrae el agua.
Como se ve, la torre es de mucha solidez y debió estar coronada de almenas como las demás de la fortaleza, con cuyo remate sería más elegante. Sus bóvedas y sus arcos son del mejor período sarraceno. Está acribillada de balazos de arcabucería por uno de sus costados, y es la más directa comunicación entre la Alhambra y la Ciudad.
Debemos ocuparnos aquí de los dos emblemas ó símbolos que se ven en las claves de los arcos de entrada: la una tiene esculpida una mano y la otra una llave. Bellísimos cuentos se han escrito sobre estos símbolos, que conocidos entre los más, figuran que los árabes tenían tal idea de su poder y confianza en la ley, que estaban persuadidos de que hasta que la mano esculpida bajase á tomar la llave, no podría abrirse la puerta de este Alcázar á los enemigos de su fe. Pero hemos visto esta misma llave cincelada en otras puertas, y hemos buscado en otro fundamento su significación. En el Korán se lee: «Dios no entregó las llaves á su elegido con el título de Portero y con facultad de dar entrada á los enemigos.» Era, pues, el signo principal de la fe muslímica y representaba el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo. Se asegura que la mano también era un blasón de los moros andaluces que usaban en sus estandartes y banderas desde la entrada en España, alusivo á Gebel-al-tarif ó Gibraltar, _Monte de entrada_, como poseedores de la llave que abrió sus puertas.
Debemos también consignar que según la astrología arábiga, ciencia tan enlazada á toda la teología mahometana, la mano conjuraba los maleficios, y cuando se colocaba en la forma que aquí tiene, ahuyentaba á los demonios. Era una especie de talismán que llevaban en Granada casi todas las moriscas, y que produjo una Real cédula de la Reina Doña Juana, año 1526, prohibiéndoles severamente que se colgasen estos amuletos con letras árabes en ninguna parte del cuerpo. Años y siglos después de la Reconquista se ha creído por el vulgo en la eficacia de estos remedios, y en nuestros días hemos visto á muchos niños con manecitas de marfil colgadas al cuello.
Los geroglíficos que heredaron los árabes de los egipcios, figuraban la mano en la forma que tiene en este arco, como atributo de fuerza; los árabes la creían _mano de Dios_, y explicaban la ley muslímica compendiada en la mano como unidad, los cinco dedos como preceptos primordiales y las coyunturas como las modificaciones de estos preceptos. Nos inclinamos á que aquí significa siempre defensa poderosa contra los enemigos en cualquier forma que tratasen de forzar la entrada.
El arco de salida de esta torre, por el reverso ha estado cubierto y desfigurado hasta el año 1858 en que lo descubrimos, hallándolo tan mutilado como se observa. Sus enjutas son de esmaltes sobre relieves de arcilla, y su construcción de ladrillo agramilado rojo, formando festones de bella combinación. Es uno de los vestigios más interesantes de esta hermosa torre[55].
Puerta del Vino.--Plaza de los Aljibes.
Al pasar la calle que hay detrás de la Torre Judiciaria, se nota á la izquierda y en el muro antiguo, un revestido de hiladas de piedras en cuyo grueso conservan labor de cintas enlazadas, á semejanza de las que había en los monumentos que hemos citado de la segunda época. ¿De dónde han sido arrancadas estas piedras para restaurar las murallas? Colocadas muchas en parajes modernos y renovadas en los tiempos nazaritas del siglo XV, debían proceder de construcciones arruinadas antes de la Reconquista, y dan lugar á suponer si el primer incendio de que nos habla vagamente un legajo del archivo, destruiría el edificio de donde proceden, como también podían ser de la Gran Mezquita que se derribó para hacer la iglesia de Santa María. Hemos estudiado la forma de estas piedras y todas son iguales en espesor y en ornato; parece como que guarnecerían, á manera de fajas, las principales torres por debajo de las almenas, y que al derribar éstas las arrancaron para reemplazarlas con el remate albardillado de sillería que tienen hoy. Existe en la Torre de los Picos un filete, aunque en figura de escocia, que nos induce á suponerlo así. Añadiremos sobre estas antiguas fajas de piedra, que los persas las usan mucho en las fachadas de las mezquitas, puestas en hiladas como se colocan los ladrillos, y después de haberlas labrado tan minuciosamente como aquí se ven. Las llamaban _Kiddan_, y son adornos de procedencia asiria.
Siguiendo la referida calle se encuentra la plaza que hoy se nombra de los Aljibes y antiguamente del Pablar, situada á una altura de cerca de 450 pies sobre el nivel del centro de la población; á la derecha se levanta una antigua puerta de arco de herradura, decorada por ambos lados y con tanta belleza, que es uno de los mejores ejemplares del estilo clásico, sujeto á dos maneras de construir: una con los más finos arabescos de tierras vidriadas en colores hermosamente combinados, y otra de sillarejos angostos muy bien cortados y distribuídos con admirable precisión.
En la clave del arco exterior hay grabada la forma de una llave, emblema de puerta de ciudad según el uso muslímico, y por dentro de la archivolta se notan los restos de la misma puerta que debió cerrar la entrada por este lado, corroborando lo que hemos dicho, que se hallaba abierta en la segunda cortina de muralla que había en el recinto de la antigua población de la Alhambra, cuyos fragmentos se hallan cuando se remueve el pavimento de la plaza, donde hay cimientos de casas á una respetable profundidad, y las cuales se derribaron para allanar el terreno en la construcción del palacio de Carlos V.