Part 10
Muy apasionado debía ser á la música y cantares el pueblo que construyó la Alhambra, por más que este arte viviera todavía tan en la infancia como entre los antiguos pueblos de Oriente; pero no debemos buscarlo con ese espléndido lujo de armonía y de instrumentación que le vemos hoy, sino que considerado como el más dulce, tranquilo y misterioso lenguaje del corazón, la canción árabe es quizá la más tierna y expresiva que se oyó en la edad de las rudas fatigas y de las belicosas al par que insaciables ambiciones. No conocemos canciones españolas anteriores á la época árabe, y á las que contamos posteriores les damos aquella procedencia, porque los viajeros que recorren las costas africanas oyen entre los moros los mismos cantos de Andalucía, la misma cadencia, el aire reposado y el eco sentencioso de las preciosas cantinelas que aún se conservan entre nosotros. Alguna música recogida al oído con motivo de la reciente campaña de Africa, y que hemos tenido ocasión de apreciar[46], tiene mucha semejanza con las gallegadas y el zorzico, cosa que nos ha sorprendido extraordinariamente, infundiéndonos la sospecha de si estos cantos fueron tomados de los españoles, lo cual es muy posible, sin que por esto dejemos de conocer que toda la música de aquellos pueblos es completamente andaluza, llena de la inspiración, originalidad y galanura que todos le reconocen.
Dados á la música y al baile, los árabes recuerdan los trovadores de la Provenza y la existencia de los juglares que invadían las calles sin otro modo de vivir que cantar y herir sus instrumentos de cuerda, cuero y madera, entre recitados, para entretener á los ociosos de las plazas públicas. Conocidos son también los regalos que recibían de los reyes aquellos que cantaban con perfección, á juzgar por la historia del cantor Zirjab, que Ab-de-Rahmán II hizo venir de Bagdad á Córdoba. Escritos hay libros teóricos sobre este arte, y el que se hizo de cantares andaluces para competir con los de Persia da buen testimonio de que no estaba descuidado este precioso don, grato solaz del alma humana[47].
Y ¿cómo había de estarlo?... Por más que se separe en el dominio de su manifestación la música de las demás artes, ha seguido con ellas la ley de las transformaciones sucesivas. Cuando más portentoso fué el espectáculo dado por aquéllas, más notable fué también el amor ó el sentimiento de admiración por la música en todos los pueblos de la antigüedad, hasta la aparición de los grandes maestros. Coincide siempre con la arquitectura más que con la escultura, y mucho más que con la pintura la simpatía por el lenguaje del sonido; parece como que una y otra sacan de la imaginación sus formas lejos de la realidad; ambas combinan líneas, espacios ó tiempos, con lo cual se produce simetría y euritmia, y los sonidos apoyándose en el número y la cantidad, producen también la expresión viva de los sentimientos, más profundidad en variedad infinita de imágenes; como la arquitectura, apoyándose en la masa inmóvil y pesada, crea lo mismo que aquél una forma real, confusa, indefinible y vaga, de emociones simpáticas, existiendo, pues, en ambas una misma cualidad, aunque la esfera de acción en la música y arquitectura se extienda en distintos horizontes. Es lógico que los pueblos que tanto se extasiaban con el conjunto de formas imaginarias; que querían hallar sobre los paramentos de los palacios la multiplicidad que se combina y se deshace y vuelve á renacer como ondulaciones de colores que no se palpan, como las estrellas que cien veces parecen aumentarse en número, tuvieran predilección por el sonido de tal modo manifestado, constituyendo la esencia y la existencia de otro ser oculto, abstracción pura y sencilla que se aleja de nuestro modo de ser práctico, y nos revela una segunda naturaleza más moral y elevada que la que nos sujeta á la tierra.
Aquel pueblo lleno de emociones íntimas, de agudos sentimientos, tuvo, pues, pasión por la música. Hizo en este arte lo que sus predecesores, que ya habían inventado el acorde y la armonía y pulsaban arpas y cítaras; pero les excedieron en lo sentencioso del canto y en el acento de la pronunciación musical. Así es que no hay canciones que hieran más el sentimiento que las que se conservan en el pueblo andaluz, canciones muy antiguas, las cuales se perpetuarán por largos siglos, y serán escuchadas siempre con profunda emoción.
El ornato del edificio, como el acorde, son dos cosas que se explican y se razonan del mismo modo: cuando la obra está terminada no se puede preguntar al artífice por qué pone sobre el tímpano ó en las cornisas molduras innecesarias, y éstas las interrumpe para establecer un cuerpo más realzado de construcción que acusa otro género, porque no sabría contestar razones concluyentes y absolutas. Lo mismo diremos de la música. En uno y otro arte, aunque tan diversos ligeramente mirados, no hay más que la medida, que la regla, que lo regular y compasado; la confusión, el desorden, la irregularidad destruyen la obra. Es en la simetría de la forma donde ese arte encuentra más identidad con los demás efectos de la belleza, y por eso al citar este brillante período del genio sarraceno, no podíamos prescindir de un recuerdo á esas dulces melodías que se inspiraban en el voluptuoso encanto de los alhamíes, en el murmullo de las fuentes que se deslizaban al pie de los divanes, y en la agradable y dulce contemplación de los sombríos aposentos matizados de brillantes colores.
El palacio de la Alhambra expresa el punto culminante de siete siglos de cultura, y lo que es más digno de atención, el tránsito del puritanismo de las escuelas coránicas de Oriente á la expansión ideológica, al par que tolerante, con que se anunciaba el Renacimiento en el siglo XIII. La ciencia, la literatura, el heroísmo de la pasión, el militarismo caballeresco que tan hondas raíces echó en nuestra patria, la tolerancia política que entonces no podía llamarse libertad, el culto á los sabios, á los inspirados y á los valientes, la predilección por el arte y el amor á la popularidad, que hizo caer á los magnates en crímenes de vanidad ó de ambición, cuantos signos, en fin, pueden revelar en un Estado el desarrollo del poder civil como principio de adelantamiento, todo se halla indicado, con más ó menos claridad, en el recinto murado de esa construcción medio ruinosa, mitad restaurada por lentos trabajos de cuatro siglos, mitad escombros removidos ó rebuscados por infatigables viajeros que han descortezado los tabiques para arrancar sus ornatos y filigranas; todo se descubre allí al espíritu verdaderamente investigador, que no desprecia los fragmentos carcomidos, ni lo tenebroso de aposentos subterráneos, ni las huellas impresas en lo más recóndito de sus anditos y alhamíes.
Ese palacio no es solo un sistema encantador de caprichosos ornamentos, cuya originalidad nos arrebata, sino que revela el secreto de los últimos dos siglos de dominación árabe, explicando porqué artificio no pudo consumarse la ruína del poder sarraceno en nuestra patria inmediatamente después de la conquista de Sevilla; y porqué las armas victoriosas de nuestros abuelos se embotaron si no se rindieron ante esa ilustre ascendencia de la dinastía granadina, que estrechada en un recinto pequeño y asediada por la heróica restauración cristiana, brindó muchas veces la paz á sus enemigos, paz que éstos le otorgaron más por respeto á su sabiduría que á sus caudillos y legiones.
¡Siglos que proclamaron el poderío de aquel pueblo, abriendo sus _madrizas_ á los hijos de los príncipes contra quienes luchaban; celebrando torneos como galantes amigos, ofreciéndoles sus artes, regalándoles los bellos productos de sus lujosas industrias en sedas y labores de mano, y convidando á los fuertes capitanes que los asediaban á espléndidas monterías, donde en culta competencia lucían sus vestidos, sus armas y su agilidad. Edad sublime que no se ha estudiado todavía cual se merece por odio religioso ó por feroz aborrecimiento, hijo de la indignidad á que se vió reducida la noble raza española!
La Alhambra se levantó como todos los edificios clásicos de la antigüedad en esa época culminante, desde la que comienza para los pueblos su inevitable decadencia y ruína; y este período más floreciente del arte, es también el que presta ocasión á que las ideas se extravíen por el deleite hasta el delirio. Apogeo descendente de la civilización que es preciso sorprender para reconocerle, sin preocuparse de sus encantos, y no pervertir el gusto con el éxtasis de una ardiente contemplación.
El que viene ascendiendo por el estudio de los monumentos de Córdoba, de Toledo, de Sevilla, etc., deja en su inteligencia un vacío que no satisface, é involuntariamente recuerda á Cairo, Túnez, Fez, llegando á elevarse por encadenadas deducciones hasta las mezquitas de Constantinopla, las tumbas del Afghanistan y las antiguas pagodas de Dehli. El arco de herradura, propio de la arquitectura militar y religiosa de aquellas comarcas, forma la más original del género, se aplicaba en España, como ya hemos citado, en los primeros tiempos árabes, y las techumbres de gruesas vigas, destacando rombos ó polígonos de facetas á semejanza de pidras labradas, cubrían con casquetes de planos unidos por sus lados, imitando las primitivas obras del Oriente. Las columnas de los enclaustrados eran cortas, como aplastadas por el peso de los arcos, de mayor planta que los capiteles; éstos, sin forma determinada, más parecida á la bizantina, pero tanto menos expresada en sus detalles, imitaban groseramente el orden compuesto greco-romano, de labores de gruesas y venas sobre los tallos y hojas que torpemente tallaban con el característico intento de bordarlos. Las bóvedas se cruzaban como en la capilla de Córdoba, pero no se multiplicaban sobre plantas triangulares, y bajo el rigorismo geométrico de los colgantes de la Alhambra; idea extraña que vemos iniciarse en la arquitectura india del Punjad, que se oculta después para aparecer en Persia bajo las ménsulas de los púlpitos, en los minaretes que existen en Egipto y en Marruecos; pero que se desarrolla por concepción uniforme y simétrica en las construcciones de la España posteriores al siglo XIII. Las plantas, en fin, de los monumentos, adaptadas unas veces á las formas de los castillos, otras á la irregularidad de las montañas sobre que se edificaron, especie de desarreglado montón de edificios, repartido al acaso para las necesidades de la guerra, de la religión y del harem, aquí se regularizan, preside á ellas el gusto de la ostentación y de la comodidad, y se trazan bajo la misma razón geométrica de armonía entre los lados del triángulo que arranca y cierra las bóvedas de sus estancias. Una y sola fórmula para repartir la distribución, y la misma para labrar las murallas que para calar las esbeltas galerías[48].
Y aunque aparezcan á primera vista como esparcidos entre torres y jardines los edificios de la Alhambra, penetrando un poco en la investigación de tan preciosos restos, se halla más bien que la regularidad, la simetría; más bien que la concepción de la línea recta, la convergencia de objetos que se refieren á un mismo punto, cuyo método sostenido con supersticioso afán, nos hace admirar lo que creíamos producto sólo de la fantasía ó del insomnio que produce un cuento mágico.
Cuando el arte en Europa se hallaba dominado por el vértigo del clasicismo[49], que embargaba la atención de las academias y extraviaba la imaginación de sus más brillantes discípulos, alcanzó á la Alhambra el ciego afán de explicarlo todo por el sistema exclusivo que se consideraba sinónimo de lo justo y de lo bello. No pudiendo mirar nuestros artistas con indiferencia un monumento que les despertaba más curiosidad que los de Sevilla, Toledo y Córdoba, quisieron por un alarde de tolerancia, respetar lo que el Emperador Cárlos V, aconsejado por artistas italianos, había dejado para la contemplación de la posteridad; extrañaban su conjunto poco armónico según su educación clásica; querían hermanar sus teorías sobre la belleza, sobre la conveniencia, en los vestigios que á cada paso encontraban, y á fuerza de mirar por un prisma confeccionado para el uso de aquellos razonamientos exclusivos de escuela, se persuadieron de que habían hallado la clave de la importancia atribuída fuera de España á estos monumentos. Desde entonces dejó de llamarse un edificio bárbaro; la Academia de San Fernando mandó hacer una obra ilustrada de sus preciosidades artísticas; el ilustre Jovellanos explicó sus bellezas y su historia, y desde entonces escritores de más ó menos nota se dedicaron á cantar sus grandezas, como poetas y como filósofos. ¿Por qué cuando las academias no respetaban más que la antigüedad pagana, se detuvieron á contemplar este alcázar _semibárbaro_, recuerdo de una dominación que queríamos borrar de nuestra historia?
Ya lo hemos indicado, se había hallado la clave: el palacio de Alhamar pudo cuadrarse, completando las líneas que al decir de los académicos habían desaparecido. Se levantó el plano de restauración. Se buscó el eje central, figurándolo entre el patio del Estanque y la sala de Embajadores. Los patios y naves que hoy se conservan á la izquierda de este eje se trazaron arbitrariamente á su derecha en orden de simetría. A uno y otro lado se imaginaron las mismas torres, las mismas puertas é iguales alturas. ¡Qué uniformidad tan deliciosa para aquellas gentes! De este modo se contentaron con lo que existía, imaginándose lo que había desaparecido.
Hoy se perpetúan esas aberraciones, no pudiendo explicar el espíritu que levantó estos monumentos. En la decadencia del Renacimiento parece como que no se comprende bien el genio de la antigüedad. No afirmaríamos en esta ocasión hipótesis que nos llevarían demasiado lejos; pero al estudiar la planta de estos edificios, ¿no se halla conformidad con las casas de Pompeya y de Herculano? En el barrio de Albaicín de Granada, ¿no se ve, penetrando en el recinto de las pocas casas que se conservan, la misma distribución de las de Roma, ó algunas reminiscencias de las de Grecia? Búsquense los baños, y ya no es la semejanza, sino la igualdad absoluta. Civilización oriental una como otra, ambas inspiradas en un mismo origen. Lo que habían hallado nuestros académicos no era el mérito especial de la Alhambra; era la interpretación equivocada de su carácter y de su símbolo.
El libro y el plano de la Academia quedaron en nuestro tiempo relegados al olvido, y si no bastaran las teorías para negar su importancia, lo demostraríamos por las recientes excavaciones que hemos hecho con este propósito. No hay paralelógramo posible ni por la configuración del terreno ni, por lo que es más seguro, por no existir cimientos ni bajo las líneas que se inventaron, ni aproximadas en esta ó en otra dirección.
La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí, pues, vamos á buscarla.
Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado, portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa, alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas, que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la decoración.
Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir; simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á recibirlo con algunas ligeras modificaciones.
Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor parte de la misma _grava_ cuarzosa del terreno, formando un conglomerado artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos, que convenían perfectamente á tales suposiciones.
Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión, extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.
LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV
En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.
El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas épocas de su construcción.
En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio, quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia con las inscripciones góticas halladas después de la dominación sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los antiguos historiadores.
El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una población en todo el collado antes del establecimiento del último reino granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar, nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].