Estampas de viaje: España en los días de la guerra
Part 9
En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda--población andaluza--otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.
El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.
«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo. Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él quiso, se ofreció voluntariamente.
Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.
Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un manantial de sangre humana.
LA FIESTA ROJA
Yo creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán general y el anhelo particular no tendrían estímulo--¡qué digo estímulo!--ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.
En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que, manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público insaciable.
Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana, de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen; gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento, fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.
A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados, jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias» ligeras.
Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente, semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas, de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones. Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones, como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.
Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo, que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura. ¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor, las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores, martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror; aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura; aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un «rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...
Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más, han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...
No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero, una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido». Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro; levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado, dije a mi compañero:
--Esto se acabó; vámonos.
--No, no se acabará--me contestó mi amigo madrileño--. «Pacomio» a la enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el ruedo.
Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.
* * * * *
Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar. El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió, aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos voceaban la gravedad del matador.
En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.
Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y efusiones.
Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los enviados especiales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya.
Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la emoción colectiva que yo me esperaba...
LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS
IGLESIAS Y GUIMERÁ
En Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática: Iglesias, el autor de _Los Viejos_, y Guimerá, el poeta de _Tierra Baja_ y _María Rosa_.
Durante una representación de _La Artesiana_, de Daudet, en la Plaza de las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros--porque se trataba de una función popular--andaban de aquí para allá por los pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel, me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que hacía pensar en un Don Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante, y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo; la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas.
--¿Quién es?--le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía.
--Es Iglesias--me contestó Araluce--: tiene mucho prestigio, ¿quiere usted ser presentado con él?
--Ahora, no--respondí--. Ya encontraremos otra oportunidad.
Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.
* * * * *
La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la perspicacia.
Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que se vende en España misma.
El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba, México...
El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de América.
Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad; encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de eso.
Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los demás, se engaña a sí mismo.
En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».
Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos «Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.
* * * * *
Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a locuras de juventud. Ya peino canas.
Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas, sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad, en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para producir la impresión y yo para recogerla.
Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña, y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano, silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior, ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico. Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado. Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una, «Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea; la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio resplandeciente.
Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá, tarde por tarde.
EN MADRID
LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA
En los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy subiendo por la escalinata de este palacio del Arte.
Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos de Madrid.
Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad alegre y confiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes, caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros, sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de Tiziano, y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas aficiones de impenitente y apasionado «dilettante».
* * * * *
La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas, mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto. Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán, que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición, dijeron que se trataba de una de las dos columnas de la moderna pintura española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada.
Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico, parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá.
¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta; cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de marfil en la que caben nada más unos cuantos iniciados en los esotéricos misterios.
Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual, el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros, se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de que no han sido pintados, sino de que están allí pegados y superpuestos en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho, exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco.
* * * * *
Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos, las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas, por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas han sido sentidas por un enfermizo temperamento de sensualidad extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve insignificantes.
Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos, muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos, magníficas «academias» de admirable claro-obscuro.
Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos trae a la memoria el género inferior del «affiche».
Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades.
* * * * *