Estampas de viaje: España en los días de la guerra

Part 7

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Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha, extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y cristales fulgentes.

Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.

--El de Echegaray está inmediato a éste--me dijo--, junto al de los artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.

Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:

--¿El señor Echegaray?

--No está en casa--nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con que se ve a los importunos.

Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente, agregando:

--Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para esta hora.

Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando. Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.

La moza volvió:

--Que pasen ustedes.

Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria, sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana, cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y forjador de fábulas delirantes de la escena española.

Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana, junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.

Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina, los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla, que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de Merlín.

Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos, palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!

La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce. Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la cultura.

Habla--es de rigor--de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto científico contemporáneo! Día por día se notaba...

Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención, está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.

Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino _Deutschland_ para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.

--¡Oh--exclama--, es una admirable hazaña científica!

En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto pensando, ante nosotros, en voz alta.

Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.

Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta pregunta al polígrafo:

--¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?

--No--me contesta--; las dejé pendientes, porque la revista donde la escribía, _La España Moderna_, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme más en el asunto.

--¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las Memorias de su teatro!

--Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.

Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla, sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que iban él y su madre.

Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso, ¿qué era? Un asalto de bandidos.

Don José sonríe, y tiene su sonrisa _pargoletta_ una ingenuidad candorosa.

--¡Es raro! ¡Es raro!--repite--. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la vida!

Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho:

--Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?

--Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de _El Diario de la Marina_, de la Habana, y en esa publicación desarrollo, por lo general, temas de ciencia.

--Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no muere en América: vive tan apasionante como siempre...

Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se dirige a Icaza y lo interroga:

--¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?

Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los campos del recuerdo.

* * * * *

Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad; pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa. Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó, exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina, toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano. Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana, conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.

Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora; clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes: Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...

Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el _clubman_ frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.

Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud, al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él donde hizo maravillas. _En el seno de la muerte_, _Haroldo_, _Un milagro en Egipto_, _La esposa del vengador_, _La muerte en los labios_.

En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes, incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que, siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.

El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino. Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo, enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones. Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía salvaje y de grandeza».

* * * * *

Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él bullía aún, lleno de soles, un universo.

De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me dirigí a don José:

--Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero y que se intitulaba _El preferido y los cenicientos_, ¿es de usted? ¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con insistencia Fernando Díaz de Mendoza...

--Sí, recuerdo--me contestó cariñosamente el anciano--. En efecto, es mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante, nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra. He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo proyectos para otros tantos.

Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar:

--¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?

Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración. Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia: «Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»

Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta, tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse, y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.

Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie. Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:

--No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.

--No--aclaró don José--; de un mortal... muy próximo a la muerte.

Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía, al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las cosas aladas».

* * * * *

_Septiembre 16._

A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la Castellana. La curiosidad de la multitud--se siente--está complicada de pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos, uniformes, estandartes, insignias, soldados.

El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios, la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol y llueve un poco.

Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»

VALLE-INCLÁN

Barcelona y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el lemosín.

Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano». Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí. Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y esquiva y desdeñosa la suerte.

Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay, naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.

Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria, que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el pan es gloria; la gloria es pan.

No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros países, a la desespecialización, a la difusión.

El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un «modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en el periódico, y en él quedan, aunque siempre dispuestos a nuevas y audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen.

* * * * *

Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más encopetados y célebres.

El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la impagable frescura de la mayor parte de las noches.

Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar hasta que lo sorprenda la luz del día.

Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los mendigos; los tranvías derraman gentío en la Puerta del Sol; los salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie.

Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas y del suave viento de la noche.

En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas.

Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué...

II

Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas y flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos, dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el brazo desde un poco más abajo del hombro.