Estampas de viaje: España en los días de la guerra

Part 6

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--Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento, una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres, sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta--porque era un poeta, un soñador incansable--se forjaba la ilusión de las conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que, asímismo, las sufrió verdaderas.

En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria, voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable. Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: _Jarrapellejos, El médico rural_...

* * * * *

Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los amigos y camaradas.

Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió, no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín. Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza.

EL MADRID DEL GÉNERO CHICO

VERBENAS Y TRADICIONES

Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se divierte de once a cinco.

Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas cuidadosamente, guitarras enlistonadas, y algunas van ensayando, _sotto voce_, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad.

Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces, tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros de torero, gorras de _golfo_; peinados de chula, muchos ojos negros; muchos labios frescos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que ensordece; calor que sofoca.

En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase submedia--obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga, mozuelas y galancetes--, sentados en torno de las mesas, comen con incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía. Los muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales, obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la Paloma.

Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la muchacha a quien cantarle aquello de:

Como es la Virgen de la Paloma...

Estaba yo en pleno _género chico_ de la vida. Y en cada viejo emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada jamona reproducía la _Señá Rita_; en cada anciana obesa que bailaba sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la _tía fingida_ de la morena y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del brazo de sendos Julianes enamorados.

Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del tumulto.

Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las _Escenas matritenses_, el _Castellano viejo_, de _Fígaro_, la _Fortunata_, el _Celipón_, las _Miaus_, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el valiente de barrio, el galán de vecindad, _La revoltosa_, la _Regina_, las _Mujeres_, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la verbena de la Paloma.

Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo. Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje; pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes.

Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad, siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío femenino, deja algo de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la estirada media blanca, el zapato bajo.

Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia.

Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría desenfadada, de su _quemeimportismo_, de su gracia a flor de labio, de sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas.

Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga vida nacional. El _misoneísmo_ colectivo, que, en ocasiones, perjudica y retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común el espíritu de las generaciones.

Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia, y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.

Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.

MENDIGOS Y GUITARRAS.

A las seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío. Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.

Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños, el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y, en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno clavan y retienen una última llamarada vespertina.

Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas del _Retiro_ hay escardillos de esmeralda.

En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca, las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...

Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas, tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.

Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte, los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española, pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el consabido plato de estaño.

Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco, ni más típico, ni más evocador.

En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma es piadosa, cuesta poco: algunas _perras chicas_ repartidas entre la miseria ambulante.

La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.

Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca, en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre _ironista_ que la hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.

Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta, asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan, ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo. Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas, canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.

Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte, pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros discos de las monedas de cobre.

No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra, de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que, sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla, hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una _etcétera_ dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la _procesión histórica_, que plañe, grita, canta, implora, amolda una oración en un aire de _tango_, y habla de sus enfermedades y desdichas en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola, la que ya nos suena a _cante-jondo_, el dolor se nos figura falseado, y se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la alegría de vivir están en la atmósfera.

* * * * *

¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel, rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV, contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota trovadoresca de ensueño y galantería.

No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y como en los tiempos del _Mío Cid_, se conforman con un vaso de vino, y ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.

Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.

LA ULTIMA VISITA

DON JOSÉ ECHEGARAY

Madrid, septiembre 15 de 1916.

Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían: «Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».

Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.

Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas, en suma, de los honores póstumos.

Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no, porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono de secreta confianza:

--Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.

La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del Príncipe:

--Don José está agonizando en estos momentos.

Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.

Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas admiraciones de muchacho.

Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en México de su viaje a Europa, me dijo:

--Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.

En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, _Malas herencias_ y, en otra época, _La escalinata de un trono_. Después de la del _Loco Dios_, estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en España y aplaudirlo y glorificarlo en América.

Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi deseo de visitar al anciano dramaturgo.

La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle mi propósito.

--Quisiera yo hacerle una visita--le dije.

--Está muy aislado me contestó Icaza--. No se deja ver de nadie. Todas las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo conseguir que te conceda una entrevista.

Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso amigo mío vino a prepararme:

--Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco. Vendré por ti.

--Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de una pequeña ilusión que iba a ser realizada.

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