Estampas de viaje: España en los días de la guerra
Part 5
--...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo.
Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario de los aliados hacía la siguiente observación:
--Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable, irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo, como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre, más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un germano, Fleinrich Mann. La guerra actual es la lucha de estos dos contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado, en la simpatía y en la aspiración.
Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que, poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un creciente arrebato.
De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros.
Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica, filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones, los análisis de las «suertes», el estudio de las habilidades, sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y tribunicia.
Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado.
La calle de Sevilla, la calle de los cafés de toreros, se ve a todas horas concurridísima de gente del pueblo, que se detiene a contemplar la figura de éste o aquél maestro, del cual las revistas hacen elogios hiperbólicos en prosa y verso, por la «faena monumental» y el exquisito premio de la oreja. Pero esto, señores, merece capítulo aparte.
II
LA HUELGA, LA GUERRA Y EL PUEBLO ESPAÑOL
Cierta mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.
A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba, por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados, tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de voz militar: «Ordeno y mando.»
De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa; quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.
¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende, era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.
Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen, íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones; encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.
* * * * *
La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias, comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación, los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y soldados, de muertos...
Las conversaciones _sotto voce_, en estos casos, revisten un carácter alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado, con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.
Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas sombrías, pintan los telones de la vida.
En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone, además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las más imprevistas conclusiones.
Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.
Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este «voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que, medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este brusco procedimiento.
El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes en la línea de marcha.
Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir con él la ruta.
Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del «último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos de transformación.
De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.
* * * * *
Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el restablecimiento de la normalidad.
Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura vigila, línea a línea, los periódicos.
No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en blanco, en _El Liberal_, en _El Imparcial_, en _La Epoca_, en _La Correspondencia_. Hace pocos números se suprimió en _El Imparcial_ un artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario _España_ fué mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.
Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía, según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.
Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo que, por tímido, parece poco sincero.
Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud conciliatoria.
Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha, tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.
Y no obstante...
* * * * *
No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.
Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio español; que...
El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay en toda mentira un alma verdad».
Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la «ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en algunas partes, se señala con un latido más enérgico.
¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la vida?
Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».
Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva, siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo puede estar viejo, menos el pueblo.
El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido, degenerado o enfermo.
Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su juventud.
Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.
Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su ideal.
¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...
UNA PÁGINA DE NOVELA
EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO
Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy delgado y muy alto, vestido con un traje claro:
--Adiós, Felipe--dijo el poeta.
--Adiós, Paco--contestó el otro.
Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:--¿Quieres que te lo presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti.
--Mira--le indiqué--. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego, mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo.
Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan de denunciar una de sus crónicas de _El Liberal_; lo acusaban de ofensa a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no importancia.
A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente: Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de reanudar la conversación al anochecer siguiente.
Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté vivamente agitado.
--Chico--me dijo con voz rápida y turbada--, vengo deshecho.
--¿Pues qué te sucede?
--¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza; una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.
Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal. Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual propósito que el nuestro.
Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante, encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que, por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes. Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis compañeros, me digo, al caminar:--Aquí.--No; aquí. Y no atino con la casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados--no sabría decirlo--están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan, e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos. Entramos. Un jardín y, en el fondo, un _chalet_ muy blanco, de enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco, nos dejaron libre la entrada. Subimos al _chalet_. Nadie salió a recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos, primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato, los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas, la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía, con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:--¡Hermano! ¡Hermano!
Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.
Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones. Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».
La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome a Villaespesa, le dije al oído:
--Me voy.
--No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi amigo hasta ese instante.
--¿Pues dónde está?
--Allí.
Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el mismo sillón donde se había quitado la existencia.
A esa puerta llegaban--yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas--las hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda niña. Los hermanos las acompañaban.--¡Yo quiero verlo!--rogaban ellas--. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.
Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la vida del célebre novelista: