Estampas de viaje: España en los días de la guerra
Part 3
Salimos de Cádiz a las diez de una mañana tranquila. Cielo de azul intenso. Mar de plata verdosa. Y entre el cielo y el mar, cada vez más lejana, la ciudad andaluza, extendida y clara, blanca y risueña, nimbada por el sol en la línea rojiza de sus techos, en los cuadros de esmeralda de su parque, en las bordaduras de azulejos de sus cúpulas y torrecillas.
Luego, sólo quedó una línea amarillenta, que se borró al fin, y se confundió en las remotas ondulaciones de la costa.
--Dentro de cinco horas--oí decir a un pasajero--estaremos en Gibraltar. Allí nos detendrán seguramente.
Entonces, en el corrillo de los expertos, de los que viajan por necesidad o por agrado, comenzaron a surgir las confidencias y los «cuentos de mar». El que más me interesó fué el narrado por un mallorquín que había pasado el temido estrecho cinco meses antes. El vapor que lo conducía era un trasatlántico español, como éste en que íbamos ahora. Llevaba la ruta de América. Un barco de guerra inglés lo detuvo frente al Peñón. Tres oficiales vinieron en una lancha, subieron al trasatlántico, lo inspeccionaron, y de acuerdo con el capitán del buque mercante, pasaron minuciosa revista al pasaje. En él venían tres hombres que hablaban inglés y que se habían inscripto como norteamericanos. Sin embargo, durante la revista, fueron señalados por los oficiales británicos como alemanes.
--Estos son--exclamó uno, recordando quizá las señas dadas de antemano para que fuesen reconocidos.
Se les condujo, vigilados, a sus camarotes. Allí, los sospechosos, presentaron sus pasaportes. Estaban perfectamente identificados; eran, en efecto, según sus documentos, ciudadanos de la Unión. Llevaban en regla sus papeles. Uno de ellos, no obstante, desde que fué detenido el barco, había bajado a su dormitorio, había extraído de un saco unos pliegos, los había roto y había entregado los pedazos a su compañero de camarote, el mallorquín precisamente, rogándole al mismo tiempo, con gran desasosiego, que los arrojase al mar como pudiese y sin ser visto. El mallorquín, compadecido, cumplió con el encargo, que no dejaba en aquellos momentos de ser peligroso.
Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el mallorquín mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como recuerdo.
En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas contingencias.
--No va a ser grave lo que suceda--murmuró al lado mío un sujeto de anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de piel atezada y curtida.
Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera. Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a playa, rompiente a rompiente, ola a ola.
Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse durante el tránsito del Estrecho.
Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible, aprovechando los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro grandioso.
A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso. Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros, curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó: era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí, armada y dispuesta. En su pequeñez, daba el aspecto de una formidable máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente bocina, también estaba en el puente del trasatlántico.
--¿Adónde va?
--A Barcelona.
--¿Qué carga trae?
--General.
--¿Pasó por Nueva York?
--Sí.
--Espere en Gibraltar. Por favor.
Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados, como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las chimeneas de los barcos de guerra resguardados ahí. Decíase que algunos de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar está--desde hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para España--misteriosamente vigilado por la celosa Albión.
Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico. Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo, rasgada en diferentes partes por las rocas, se ven extrañas y preciosas rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo, dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín.
Yo pienso en alta voz:
--¡Qué soledad!
Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones.
--Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados, de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas, galerías...
En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio verbal, insiste.
--Sí, amigo. Fíjese usted--y señala--. Por allí.
--Es una enorme fortaleza--concluye--. Y como yo, vuelve a hundirse en la muda contemplación.
El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de grado inferior , con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco; se vuelve a tierra en el remolcador.
Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla, inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres no la ven, no la quieren.
Alguien se fijó y preguntó:
--¿Qué es aquéllo?
A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro, un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su misión de atisbo y espionaje.
Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra.
A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar.
Enfrente bailaban, como fuegos fatuos en la obscuridad, las luces de Ceuta.
BARCELONA LA VIEJA
I
Lo sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver, se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto, la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente, dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete, como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides de la oda de Mosén Jacinto:
que perguardar sa filla del serd costat nascuda en serra transformantse s’hagués quedat aquí.
A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López», se halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos, tenían a flor de labio la misma pregunta:
--¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea?
Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América sajona. Hay también un enigma allí.
* * * * *
Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después, caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá, torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede, abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente, ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto; arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol, acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado todo con su aliento salino.
Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.
Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos, de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua, valetudinaria, apretada y sombría.
Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas «Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».
BARCELONA
II
LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA
Las calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas, otra distribución y otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los modelos consagrados, la copia de una estampa.
Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción, es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal, estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento, estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión.
En este sentido, el famoso templo de la Sagrada Familia, sin concluir aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos, reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho, sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas; sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la aplica a la contemplación.--Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un artista, un brioso y fuerte artista.
El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «Ensanche» puede, entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por los siglos y venerados por la historia.
Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a ratos, papel impreso.
Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.»
BARCELONA SE DIVIERTE
III
No tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital. Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana? Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle? Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible. Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués», el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.
Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de Quevedo; ya te deleitaste con la música de _Maruxa_, y te divertiste con la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa «Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes; no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte: el grupo escultórico de Blay.
Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas. Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.