Estampas de viaje: España en los días de la guerra

Part 2

Chapter 23,924 wordsPublic domain

Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles--el de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos--, en aquel ruido excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle, suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por abajo persiguiendo un propósito material y concreto.

¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la guerra.

Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames», por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación imperialista.

Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.

En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas; paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas; oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre, inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte, tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación, de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida, poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra, no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:

--Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros, simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...

--Es verdad--replico--; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares, en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la fiera palabra de la raza...

--¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones nuevas.

--¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí está la prensa que lo confirma...

--Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa y fastuosa; cruel y fascinante...

--Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas. Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del militarismo.

--No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo creo que se llegará; se llegará...

El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa, gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos. Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.

Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.

Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el centro pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la hermosura creada por el hombre.

Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho.

He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé al ensueño de una humanidad nueva.

Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva York.

EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO

A la altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias, el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos, entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas, y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos, arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar hasta el comedor.

Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube. Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada repugnancia, mezcla de hastío y rencor.

Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él, aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más divertida, indudablemente.

Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo, se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son, por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural, de nosotros, primero; en seguida, de los demás.

Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel peligroso cargamento.

No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los demás no escucharon, pero adivinaron.

El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza, sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que atenuaba la burla:

--¡No sea usted tonto!...

Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de nuevo sobre el asunto.

La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.

Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes, el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de cerca:

--¿Qué hay?

Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano; movimientos rusos sin importancia.

Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza, que--a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la conciencia--transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo, en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire, apenas esbozados.

El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...--«se asegura» que, en la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca--. «Es probable» que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos. Se dirigen a la oficina:

--¿Está ahí el primer «Marconi»?

--No.

--Pues el segundo...

--¿Qué desean ustedes?

Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones, ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?

El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y cuando se alarga, lo detiene en seco.

--¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure que las estoy inventando.

Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se desbandan para seguir el paseo de la digestión.

Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora. El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.

En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima de regresar a España:

Canta vagabundo tus pesares por el mundo, que tu canción quizá el aire llevará...

Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...

CÁDIZ

A las siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa, sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.

El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura. La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.

--Aquí está ya la tierra--nos decía--: pronto volverás a verla.

Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer, Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.

En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros, empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas; lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas, por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa larga que vocea periódicos.

Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento instintivo.

Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...

Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue, entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.

Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812, se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en unas cuantas horas de vagabundeo--calles, plazas, palacios, templos--, no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros, reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».

Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia. Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques, la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era el ocaso.

Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la discusión degenerase en riña.

Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:

Tus amores me han «matao»... ¡ay!

La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.

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