Estampas de viaje: España en los días de la guerra
Part 10
Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir, y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación. Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos exquisitos.
Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda fantasía de Rubens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro».
--¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!--acababa yo de oir decir a los admiradores del pintor catalán.
Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé diciendo para mí:
--¡Qué luz la de este cielo!
EN TOLEDO
UNA NOCHE TOLEDANA
Por el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita: _¡Algodor! ¡Un minuto!_, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo en mis silenciosas contemplaciones.
Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra centellita de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema románticos; descripciones de novelas por entregas.
Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo.
Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo pienso, el tren se detiene por última vez. _¡Toledo!_ Los pasajeros se ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel; subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara; una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre, al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino, angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio, cae profusamente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave, y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios. Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas, bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso.
* * * * *
He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las señoritas toledanas.
Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante, recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la noche, las tiendas de la calle del Comercio y los cafés de la plaza de Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto de sencilla tranquilidad.
Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades. Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores, verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres.
Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el viajero; la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías y falsificaciones de buhonero.
Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente, espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados, damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en dibujos intrincados y sutiles...
Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero, de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas.
Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro. Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en la imaginación y la evocación.
* * * * *
Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral.
Mi soledad comienza a estar llena de visiones: cuadros hechos con humo de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo; las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de relámpagos, la procesión de los autos de fe.
Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido, comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad.
Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las fachadas, altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico, una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo, invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos históricos y poemas y leyendas.
¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta, en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.
Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón, el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes, rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles, orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el _Gran Capitán_? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las Coplas de Mingo Revulgo.
* * * * *
¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior. Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho, una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un canturreo, a _bocca chiusa_, me hace pensar en la juventud, tal vez en la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía--la Penélope eterna--un cuentecito becqueriano.
La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.
La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo duerme profundamente en un silencio conmovedor.
II
SOL DE CASTILLA
De codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios diseminados en el monte.
Al pie del peñón abrupto en que se asienta la ciudad, sobre el ocre rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul ceniciento del horizonte.
Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan. Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible de los _ciceroni_ locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas, tapias, todo hermosamente ruinoso ; todo plácidamente mudo. La irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña, sentada en la escalerilla de un postigo, tatarea. Remotísimamente, un organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus antiguos moradores.
Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile. Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado. Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de las gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de lujo, sin ostentaciones vanidosas.
Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas, placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las piedras, y tímida y desmañada se esconde en las carnes...
* * * * *
En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de época; es el siglo XVI que se pone delante de mí, en muros severos, de ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio. Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora este rincón, apacible y huraño.
Los pilares leprosos del corredor, proyectan hacia dentro, y en oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena, cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli, descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro Fray Juan de Avila.
Toledo entero está lleno de este espíritu enfermo de la divina locura del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía. Es su dominio, su feudo, su monumento.
He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como el misterio del _más allá_; el alcázar poblado de espectros esplendentes.
El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños; los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fragua, y contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega.
Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del Entierro del Conde de Orgaz.
* * * * *
Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes Saavedra.
Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar por ahí de _La Ilustre Fregona_?...
FIN