Estampas de viaje: España en los días de la guerra

Part 1

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ESTAMPAS DE VIAJE

ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA

LUIS G. URBINA

ESTAMPAS DE VIAJE

ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA

Creer-Crear.

[colofón]

BIBLIOTECA ARIEL

EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA

«CERVANTES»

Es propiedad de la BIBLIOTECA ARIEL

_Este libro está dedicado a la memoria de_

_Justo Sierra_

_mi maestro, que amó a España y en ella murió._

_Luis._

1920.

INTRODUCCION

_Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española._

_Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y corazón para sentir._

_Vine como redactor corresponsal de_ El Heraldo de Cuba, _y para ese periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en ellas amorosa sinceridad_.

_Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico._

_Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis observaciones._

_Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España._

_Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad._

_Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué, poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas virtudes._

_Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su porvenir._

_En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de análisis._

_Me queda el anhelo de lograr algún día--mejor poseído por el creciente encanto de esta tierra de sol y de leyenda--rendir a la raza, en verdad y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está germinando todavía una primavera de libertad._

LUIS G. URBINA.

Madrid, diciembre de 1919.

ENTRE DOS BAHÍAS

El contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar, dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran soltando serpentinas en la corriente.

Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas locas, se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del _Malecón_, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la que sólo brillaban--latidos de claridad amarilla--puertas y ventanas. Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el galán.

* * * * *

Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque español, veo un cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad, distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero divisar todo esto, sorprender, aquí una masa de bruma negra, allá un contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo, imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro: entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo, caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas, dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra. Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino que allí enfrente está la ciudad; es más, lo sé; pero aquellas fantasmagorías no dejan de turbarme un poco.

--¿Qué es eso?--pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como saludando a un conocido.

--Son los «rasca cielos»--me contesta--; mire usted;--y me va señalando los sitios con el índice--: allá está el «Singer Building»; allá el «Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el «Woolvord»...

Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual colabora, confusamente, la memoria.

Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel, caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo; una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.

Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su desfallecimiento.

Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo, como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que, recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de claro-obscuro.--La «Libertad iluminando el mundo»--pensé, repitiendo el nombre del célebre y artístico faro.

Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una ciudad de sombra.

Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso.

EL DELIRIO DE «WALL STREET»

Llegamos al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla, gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.

Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita, admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos, de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente, silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo, simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.

Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle, obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso cuadro simétrico y uniforme:--la simetría es quizás una característica de la estética de este pueblo--. Casas semejantes; casas iguales; no varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia vía, me señala una ruta: «Wall St».

¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de ciertos organismos anormales?)

Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano; abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin gusto. Estas fábricas macizas me producen un efecto de solidez improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra «Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos _restaurants_ son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir en la afanosa labor.

Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo; pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del tesoro del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne, cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero.

--Haces bien, Wáshington--le digo a la estatua--, cuida del tesoro monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez ande malgastando por el mundo!

Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación:

Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas. Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo vengador. Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor.

Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares, corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar. ¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida. También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño. Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez. Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche.

Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival--invertido embudo de tinta china--de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol!

Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro, gloria del cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte dólares... Y empezó a encender el día...

* * * * *

En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo.

UN MINUTO DE NUEVA YORK

Conocí en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero--caso rarísimo en el ambiente novo-hispano--, tenía el hombre tales manías y extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida locura para llamar la atención de los cándidos; era un real y positivo desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida.

Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente jefe de familia y cumplido caballero.

Recuerdo--y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión--que fuí a verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque--también hay que decirlo--era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados por el neoclásico español.

Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su labor, y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese, sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto, colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas, como un hipnotizado, en el minutero.

--Dos minutos de sopa--decía después le un rato--; basta.

Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares:

--Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo viviente.

* * * * *

Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:

--Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más prodigiosas ciudades de la civilización moderna.

He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida excursión.

El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines, obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo, flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas. Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan, que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas, correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas, pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting» político.