Part 2
Del aspecto general del país, o de su arquitectura, como distribución de los medios de acción puestos por Dios y utilizados y completados por el hombre, pasaré sin transición a la aldea, centro de la vida política, como la familia lo es de la vida doméstica. Los Estados Unidos están en ella con todos sus accidentes, cosa que no puede decirse de nación alguna. La aldea francesa o chilena es la negación de la Francia o de Chile, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres, ni sus vestidos, ni sus ideas, como manifestación de la civilización nacional. La aldea norteamericana es ya todo el Estado, con su gobierno civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su censo, su espíritu y su apariencia. Del seno de un bosque primitivo, la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio desmontado en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas son de ladrillo, construido con el auxilio de máquinas, lo que da a sus costados la tersura de figuras matemáticas, uniéndolos entre sí con argamasa en filetes finísimos y rectos. Levántanse aquéllas en dos pisos cubiertas de techumbre de madera pintada. Puertas y ventanas pintadas de blanco, sujetan y cierran cerraduras de patente; y _stores_ verdes animan y varían la regularidad de la distribución. Fíjome en estos detalles porque ellos solos bastan para caracterizar un pueblo y suscitan un cúmulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al presenciar tanta ostentación de riqueza y de bienestar, es la que suministra la comparación de las fuerzas productivas de las naciones. Chile, por ejemplo, y lo que es aplicable a Chile lo es a toda la América española, Chile tiene millón y medio de habitantes. ¿En qué proporción están las casas, que de tales merezcan el nombre, con las familias que lo habitan? Pues en los Estados Unidos todos los hombres viven en casas, tales como las que he delineado al principio, rodeados de todos los instrumentos más adelantados de la civilización, salvo los _pioneers_ que habitan aún los bosques, salvo los transeuntes que se albergan en inmensos hoteles. De aquí resulta un fenómeno económico que apuntaré ligeramente. Supongo que veinte millones de norteamericanos habiten un millón de casas. ¿Cuánto capital invertido en satisfacer esta sola necesidad? Fabricantes de ladrillos a la mecánica han hecho con sus productos fortunas colosales; fábricas de cerrajería de patente venden sus obras por cantidades cien veces mayores que en cualquiera otra parte del mundo, para servir a menor número de hombres. Las estufas de hierro colado que se aplican al uso doméstico en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación a las fábricas de Londres; y el avalúo de las casas que habitan los norteamericanos en las aldeas, no diré más pobres, porque el término es impropio, equivaldría a la riqueza territorial e inmueble de cualquiera de nuestros estados.
La cocina, más o menos espaciosa, según el número de individuos de la familia, consta de un aparato económico de hierro fundido, formando parte de él un servicio completo de cacerolas y de utensilios culinarios, todo obra de alguna fábrica que se ocupa de este ramo. En algún departamento interior se guardan arados del autor francés que los inventó, y el instrumento de agricultura más poderoso que se conoce: su reja abre un surco de media vara de ancho; una cuchilla movible va rozando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador la aparta del encuentro del tronco de un árbol. Su ligera obra de madera está constantemente pintada de colorado, y los arneses de los caballos que lo tiran son de obra de talabartería, lustrosa siempre y con hebillas amarillas y adornos en bronce para ajustarlos. Las hachas de la casa son también de patente y de la construcción más aventajada que se conoce; pues el hacha es la trompa del elefante del yankee, su mondadientes y su dedo, como entre nosotros el cuchillo, o la navaja entre los españoles. Una carretela de cuatro ruedas, ligera como las patas de un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa como recién sacada de la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como no los llevan iguales los _fiacres_ de París, facilitan la locomoción de los habitantes. Una máquina sirve para desgranar el maíz; otra para limpiar el trigo; y cada operación agrícola o doméstica, llama en su ayuda el talento inventivo de los fabricantes. El terreno adyacente a la casa y que sirve de jardín de horticultura, está separado de la calle o camino público por una balaustrada de madera, pintada de blanco en toda su extensión y de la forma más artística. No se olvide Vd. que estoy describiéndole una pobre aldea que aún no cuenta doce casas, rodeada todavía de bosques no descuajados y apartada por centenares de leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tiene varios establecimientos públicos, alguna fábrica de cerveza, una panadería, varios bodegones o figonerías, todos con el anuncio en letras de oro, perfectamente ejecutadas por algún fabricante de letras. Este es un punto capital. Los anuncios en los Estados Unidos son por toda la Unión una obra de arte, y la muestra más inequívoca del adelanto del país. Me he divertido en España y en toda la América del Sud, examinando aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquíticos, jorobados y ostentando, en errores de ortografía, la ignorancia supina del artesano o aficionado que los formó.
El norteamericano es un literato clásico en materia de anuncios, y una letra chueca o gorda, o un error ortográfico expondría al locatario a ver desierto su mostrador. Dos hoteles ha de haber por lo menos en la aldea para alojamiento de los pasajeros; una imprenta para un diario diminuto, un banco y una capilla. La oficina de la posta recibe diariamente los periódicos de la vecindad o las grandes ciudades, a que están subscriptos los aldeanos; y cartas, paquetes y transeuntes han de llegar y salir de ella diariamente; pues el transporte de la mala, aún a los puntos más distantes, se hace en vehículos de cuatro ruedas y con comodidades para pasajeros. Las calles, que se van delineando a medida que la población crece, tienen como las grandes ciudades, treinta varas de ancho, inclusas las aceras de seis varas que deben quedar de cada costado, sombreadas por líneas de árboles que desde luego plantan. El centro de la calle es, mientras no hay medios de empedrarlo, un ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los cuales ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que sus productos en toda la Unión corren parejas con los cultivos de trigo.
Y como es regla que según el nido ha de ser el pájaro, diré una palabra sobre el villano. Si es bodegonero, almacenero o de otra profesión secundaria, su traje diario se compone de las piezas siguientes: botas charoladas, pantalón y frac de paño negro, chaleco de raso ídem, corbata de gró, un pequeño casquete o gorrita de paño; y pendiente de un cordón negro, un chisme de oro que representa un lápiz o una llave. En la punta de este cordón y muy sumido en el bolsillo está la pieza más curiosa del traje del yankee. Si Vd. quiere estudiar las transformaciones que el reloj ha experimentado desde su invención hasta nuestros días, pida Vd. la hora a cuanto yankee encuentre. Verá Vd. relojes fósiles, relojes mastodontes, relojes fantasmas, relojes guarida de sabandijas, relojes de tres pisos, inflados, con puente levadizo y escalera secreta, para descender con linterna a darles cuerda. El padrón del reloj de Dulcamara, en el _Elixir de Amor_, emigró con los primeros puritanos, y sus descendientes gozan del derecho de ciudadanía, y están alistados en el partido temible de los _nativistas_, que profesan las doctrinas del _americanismo_ más exaltado. Cada buque que llega de Europa trae centenares de estos emigrantes, los cuales, vendidos a la mejor postura en Nueva York, Boston, Nueva Orleans, Baltimore, desde el precio de doce reales para arriba, proveen a esta demanda nacional y popular de relojes. Tiene el yankee una cartera en el bolsillo, y al acostarse en la cama traza a la ligera jeroglíficos que indican el camino que tiene trazado a sus acciones del día siguiente. No se crea que hay exageración en esta común distribución de los medios civilizados a las aldeas como a las ciudades, y a los hombres de todas clases. Tomo a la ventura las villitas más pequeñas, cuya descripción me cae a la mano. Bennington contiene un consistorio, una iglesia, dos academias (colegios), un banco y cerca de 300 habitantes.
Norwich, en la orilla derecha del Connecticut, contiene varias iglesias, un banco y 700 habitantes.
Haverhill tiene un consistorio, un banco, una iglesia, una academia y sesenta casas, etc.
Hacia el Oeste, donde la civilización declina, y en el _Far West_, donde casi se extingue, por el desparramo de la población en las campañas, el aspecto cambia, sin duda: el bienestar se reduce a lo estrictamente necesario, y la casa se convierte en el _log house_, construido en veinticuatro horas, de palos superpuestos y cruzándose en las esquinas por medio de muescas; pero aún en estas remotas plantaciones, hay igualdad perfecta de aspecto en la población, en el vestido, en los modales, y aún en la inteligencia; el comerciante, el doctor, el _sheriff_, el cultivador, todos tienen el mismo aspecto. El campesino es padre de familia, es propietario de doscientos acres de tierra o de dos mil, no importa para el caso. Sus instrumentos aratorios, sus _engines_, son los mismos, es decir, los mejores conocidos; y si acierta a darse en la vecindad un mitin religioso, de lo profundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomándose por todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en grandes cabalgatas, con su pantalón y su frac negro, y las niñas con los vestidos de los géneros más frescos y las formas más graciosas. A bordo de un vapor en una larga navegación, habíame tocado de vez en cuando acercarme a un sujeto perfectamente vestido y que se hacía notar por el cortés desembarazo de los modales. Una mañana, al acercarnos a una ciudad, le ví, no sin sorpresa, sacar de su camarote un caja, templarla y comenzar a tocar la llamada, invitando al enganche a los jóvenes del lugar. ¡Era tambor! A veces la cadena del reloj caía sobre el parche y embarazaba momentáneamente el juego de los palillos. La igualdad es, pues, absoluta en las costumbres y en las formas. Los grados de civilización o de riqueza no están expresados como entre nosotros por cortes especiales de vestido. No hay chaqueta, ni poncho, sino un vestido común y hasta una rudeza común de modales que mantiene las apariencias de igualdad en la educación.
Pero aún no es esta la parte más característica de aquel pueblo: es su aptitud para apropiarse, generalizar, _vulgarizar_, conservar y perfeccionar todos los usos, instrumentos, procederes y auxilios que la más adelantada civilización ha puesto en manos de los hombres. En esto los Estados Unidos son únicos en la tierra. No hay rutina invencible que demore por siglos la adopción de una mejora conocida; hay por el contrario una predisposición a adoptar todo. El anuncio hecho por un diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo transcriben en un día todos los periódicos de la Unión. Al día siguiente se habla de ello en todas las plantaciones, y los herreros y fabricantes han ensayado en doscientos puntos de la Unión esta práctica. Id a hacer o a esperar cosa semejante en un siglo en España, Francia o nuestra América.
El diccionario de Salvá, porque el de la Academia no hace fe hoy, dice, definiendo la palabra _civilización_, que es “aquel grado de cultura que adquieren pueblos y personas, cuando de la rudeza natural pasan al primor, elegancia y dulzura de voces y costumbres propio de gente culta”. Yo llamaría a esto _civilidad_; pues, las voces muy relamidas, ni las costumbres en extremo muelles, representan la perfección moral y física, ni las fuerzas que el hombre civilizado desarrolla para someter a su uso la naturaleza.
Después de las aldeas de los Estados Unidos, llama de preferencia la atención del viajero el movimiento de los caminos que las unen entre sí, ya sean carriles, macadamizados, ferrocarriles o ríos navegables. Si Dios llamara repentinamente a cuentas al mundo, sorprendería en marcha, como a las hormigas, a los dos tercios de la población norteamericana, de donde resulta lo mismo que he dicho de los edificios; pues viajando todos, no hay empresa imposible ni improductiva en materia de viabilidad. Ciento veinte leguas de camino de hierro se hacen en veinticuatro horas desde Albany hasta Buffalo por doce pesos; y por quince, inclusas cuatro opíparas y suculentas comidas diarias, dos mil doscientas millas de navegación de vapor en diez días, desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, por los ríos Ohio o Mississippi. El vapor o el convoy del ferrocarril atraviesa bosques primitivos, entre cuyas enramadas, obscuras y solitarias, teme el viajero meditabundo ver aparecer el último resto de las tribus salvajes que no hace diez años llamaban a aquellos parajes las cacerías de sus padres.
La concurrencia de los pasajeros permite la baratura del pasaje; y la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no tienen objeto preciso para ello; el yankee sale de su casa a respirar un poco de aire, a tomar un paseo, y hace de ida y vuelta cincuenta leguas en un vapor o un convoy, y vuelve a continuar sus ocupaciones. Cuando el ojo certero de la industria descubre un trayecto de ferrocarril, una asociación lo abre lo suficiente para indicar la vía; de los árboles volteados se hacen las líneas del futuro ferrocarril, poniéndoles sobrepuestas planchuelas delgadas de hierro. El convoy se lanza con tiento al principio, equilibrándose, aquí caigo, allí levanto sobre esta peligrosa vía; los pasajeros llueven de todas partes y con los productos que dejan, se construye entonces el verdadero camino, nunca seguro, por no hacerlo costoso, lo que no aumenta en mucho el número de desgracias. El convoy es siempre cómodo, espacioso, y si los cojines no son tan muelles como los de la primera clase en Francia, no son tampoco tan estúpidamente duros como los de segunda en Inglaterra; pues en los Estados Unidos, no habiendo sino una clase en la sociedad, la cual la forma _el hombre_, no hay tres y aún cuatro clases de vagones, como sucede en Europa. Pero, donde el lujo y la grandeza norteamericanas se ostentan sin rival en la tierra, es en los vapores de los ríos del norte. Cloacas o cáscaras de nuez parecerían a su lado los que navegan en el Mediterráneo. Son palacios flotantes de tres pisos, con galerías y azoteas para pasearse. Brilla el oro en los capiteles y arquitrabes de las mil columnas que, como en el _Isaac Newton_, flanquean cámaras monstruos, capaces de contener en su seno al senado y cámara de diputados. Colgaduras de damasco artísticamente prendidas disimulan los camarotes para quinientos pasajeros, comedores colosos con mesa sin fin de caoba bruñida y servicio de porcelana y plata para mil comensales. Puede este buque recibir dos mil pasajeros; tiene 750 lechos, 200 camarotes independientes; mide 341 pies de largo, 85 de ancho, y carga además 1.450 toneladas.
El vapor _Hendrick_ mide 341 pies de largo y 72 de ancho; tiene 150 camarotes independientes; 600 lechos con colchones de pluma, dando _accommodations_ en general para dos mil pasajeros, todo por un dólar, corriendo la distancia de 144 millas. Un habitante de Nueva York va a Troya o Albany en la noche; habla por la mañana del día siguiente con su corresponsal, y en la tarde está en Nueva York de regreso, a vacar de las ocupaciones del día, habiendo hecho en la interrupción de diez o doce horas de tiempo hábil, cien leguas de camino. El sudamericano que acaba de desembarcar de Europa, donde se ha extasiado admirando los progresos de la industria y el poder del hombre, se pregunta atónito al ver aquellas colosales construcciones americanas, aquellas facilidades de locomoción, si realmente la Europa está a la cabeza de la civilización del mundo. Marinos franceses, ingleses y sardos, he visto expresar sin disimulo su asombro de encontrarse tan pequeños, tan atrás de este pueblo gigantesco.
Hay en aquellos buques del Hudson un _sancta sanctorum_, en cuyo recinto no penetra el ojo del profano, una morada misteriosa, de cuyas delicias puede cuando más tenerse sospechas por las bocanadas de perfumes que se escapan al abrirse momentáneamente la puerta. Los norteamericanos se han creado costumbres que no tienen ejemplo ni antecedentes en la tierra. La mujer soltera, o el _hombre de sexo femenino_, es libre como las mariposas hasta el momento de encerrarse en el capullo doméstico para llenar con el matrimonio sus funciones sociales. Antes de esta época viaja sola, vaga por las calles de las ciudades y mantiene amoríos castos a la par que desenvueltos a la luz del público, bajo el ojo indiferente de sus padres. Recibe visitas de personas que no se han presentado a la familia, y a las dos de la mañana vuelve de un baile a su casa acompañada por aquel con quien ha valseado o polkeado exclusivamente toda la noche. Los buenos puritanos de sus padres la hacen bromas a veces con el tal, de cuyos amores han sido instruídos por la voz pública, y la taimada se complace en derrotar las conjeturas, desmintiendo la evidencia.
Después de dos o tres años de _flirtear_, este es el verbo norteamericano, bailes, paseos, viajes y coqueterías, la niña de la historia, en el almuerzo y como quién no quiere la cosa, pregunta a sus padres si conocen a un joven alto, rubio, maquinista de profesión, que suele venir a verla, de vez en cuando, todos los días. Hacía un año que estaban esperando esta introducción. El desenlace es que hay en la familia un enlace convenido, de que se da parte a los padres la víspera, los cuales ya lo sabían por todas las comadres de la vecindad. Celebrado el desposorio, los novios toman en el acto el próximo camino de hierro, y salen a ostentar su felicidad por bosques, villas, ciudades y hoteles. En los vagones se las ve siempre a estas encantadoras parejas de jóvenes de veinte años, abrazados, reposándose el uno en el seno del otro, y prodigándose caricias tan expresivas que edifican a todos los circunstantes, haciéndoles formar el propósito de casarse inmediatamente, aún a los más contumaces solterones. No puede hacerse en términos más insinuantes que esta exposición al aire libre de las embriagueces matrimoniales, la propaganda del casamiento. Debido a esto es que el yankee no llega nunca a la edad de veinte y cinco años sin tener ya una familia numerosa; y yo no me explico de otro modo la asombrosa propagación de la especie en aquel suelo afortunado. En 1790 la población constaba de cerca de cuatro millones; 1800, cinco millones; 1810, siete millones; 1820, nueve millones; 1830, doce millones; 1840, diez y siete millones; 1850, contará veinte y tres millones. La inmigración influye en estas cifras; pero en proporciones limitadas. El inmigrante no es un animal prolífico, hasta que ha recibido el baño yankee.
Volviendo, pues, a los millares de novios que andan enardeciendo y vivificando la atmósfera con sus hálitos de primavera, los vapores del Hudson y de otros ríos clásicos les tienen preparados departamentos _ad hoc_. ¡Llámase este recinto la _cámara de la novia_! Vidrios de colores esmaltados imprimen a la discreta luz que penetra en ella, todos los suaves colores del iris; lámparas rosadas arden por la noche; y de noche y de día el perfume de las flores, las aguas odoríferas y los aromas que se queman aguzan la sed de placer que consume a sus escogidos moradores. Las fábricas de París no han creado damascos ni muselinas suficientemente costosas, para envolver entre sus sueltos pliegues y bajo techumbres doradas las legítimas saturnales de la _cámara de la novia_. Después de haber visto la cascada del Niágara, bañándose en las fuentes termales de Saratoga, pasado en revista cien ciudades y recorrido mil leguas de país, los novios vuelven, después de quince días, extenuados, maravillados y contentos, a aburrirse santamente en el hogar doméstico. La mujer ha dicho adiós para siempre al mundo, de cuyos placeres gozó tanto tiempo con entera libertad; a las selvas frescas de verdura, testigos de sus amores, a la cascada, a los caminos y a los ríos. En adelante, el cerrado asilo doméstico es su penitencia perpetua; el _roastbeef_ su acusador eterno; el hormigueo de chiquillos rubios y retozones, su torcedor continuo; y un marido incivil, aunque _good natured_, sudón de día y roncador de noche, su cómplice y su fantasma. Atribuyo a aquellos amores ambulantes en que termina el _flirteo_ americano, la manía de viajar que distingue al yankee, de quien puede decirse que nace viajero. El furor de viajar crece en proporciones espantosas año por año. Los productos de todas las obras públicas, ferrocarriles, puentes y canales en los diversos estados, en 1844, comparados con los de 1843, mostraron un aumento de cuatro millones de dóllars; lo que hizo subir en solo aquel año de ochenta millones el valor de los trabajos, computando el rédito al cinco por ciento. Sabe de memoria todas las distancias, y a la vista de una ciudad, en los vagones o en los vapores, hay un movimiento general de echar mano a la faltriquera, desdoblar el mapa topográfico de los alrededores y señalar con el dedo el punto de la cuestión. Una sola casa de Nueva York ha vendido en diez años millón y medio de atlas y mapas para el uso popular. Es seguro que en París no hay ninguna que haya hecho emisión igual para proveer al mundo entero. Cada estado tiene su carta geológica, que muestra la composición del suelo y los elementos explotables que contiene; cada condado su carta topográfica en diez ediciones diversas de todos los tamaños y de todos los precios. Apenas se tiró el primer cañonazo en la frontera mejicana, la Unión fué inundada por millones de mapas de Méjico, en los cuales el yankee traza los movimientos del ejército, da batallas, avanza, toma a la capital y se estaciona allí, hasta que las nuevas noticias venidas por el telégrafo, lo orientan sobre la verdadera posición de los ejércitos, para hacerlos marchar de nuevo, con el dedo puesto en el mapa y a fuerza de conjeturas y cálculos, lo pone _a la hora de ésta_ dentro de la ciudad de Méjico. Los mejicanos pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yankees sobre la topografía, producciones y ventajas del país que sin conocer habitan.