Part 15
Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su organización íntima, aunque no sea posible considerarlos sin relación a las épocas históricas. Pero supongamos un pueblo de Italia que se perpetúa en un punto del territorio desde las épocas históricas; la población de Fiézzole, por ejemplo, que es florentina, toscana, y ha sido romana, etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos y cómo son? ¿Qué transformaciones han experimentado? Primero antropófagos; en seguida haciendo sacrificios humanos en los templos, más tarde haciendo esclavos a los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la guerra de pillaje y de devastación como industria y ocupación. Los conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y los hombres; nacen las aristocracias y el pueblo siervo, la chusma ignorante y sujeta a la tortura en los tribunales de justicia, a la miseria y la degradación. El cristianismo encontró al mundo organizado así. Pongámonos ahora a contemplarlo desde el siglo XIX, y desde los Estados Unidos, desde el seno de esta comarca que usted maldice como el prototipo del desorden moral y político. No hay guerra, no hay señores ni aristocracia; no hay pueblo en el sentido romano; hay la nación, con igualdad de derechos, con industria personal para vivir, con máquinas auxiliares del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, escuelas primarias, colegios, asilos, hospitales, penitenciarías, etc., etc. Observe la organización íntima de esta parte de la humanidad, de esta Atica moderna que ocupa, sin embargo, medio continente; y cuán atrás supongamos al resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo de ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habilitación de todos los individuos de la sociedad, porque todas están labradas por las mismas ideas y las mismas instituciones. Desde que haya una escuela en una villa, una prensa en una ciudad, un buque en el mar y un hospicio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán a existir. El resultado de todo esto es que la masa en elaboración es inmensa, que no hay naciones o pueblos propiamente dichos y que la libertad individual está en cada punto del globo apoyada por la humanidad civilizada entera; y cuando hubiese un pueblo que se inclinase a entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna, el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el período de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El primer período del ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo ha vuelto a recorrerlo una vez salido de él? El último es la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata en el sentido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en el exterior que le sirva de atmósfera favorable y que haya salido de ese terreno para fundar monarquías aristocráticas? ¿Las repúblicas italianas?
Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Johnson y yo. A veces me decía: “Nada fueran las masas americanas, si no viniesen todos los años trescientos mil salvajes de Europa que echan a perder la fusión y hacen de la mejora de la opinión una cántara de las Danaides”.
--¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud América, que luchar con una masa en la cual el europeo, tan atrasado como lo encuentran ustedes, es un elemento precioso y escaso de civilización y de libertad!...
[7] Ahora es empleado de una oficina, y está, a lo que Astaburuaga me escribe, en todo su apogeo, pues domina el partido whig.--El autor.
EL ARTE AMERICANO
A quince millas de distancia de Wáshington está Mount-Vernon, la morada y la tumba de aquel grande hombre que la humanidad entera ha aceptado como un santo, grande por la virtud y el más grande de los hombres por haber puesto la piedra angular al edificio de la nación única del mundo que ve claro su porvenir y cuyo porvenir es el bello ideal de la grandeza de las naciones modernas. Tomo una descripción que encuentro a mano del santuario yankee, de aquella Santa Caaba, de plácido recuerdo: “Después de haber cabalgado un corto espacio por medio de bosques, que de vez en cuando se abren en oasis de culturas aisladas, mi amigo me señaló una piedra hundida en el terreno al lado del camino, que, según me dijo, marcaba el principio de la quinta de Mount-Vernon. Todavía marchamos dos millas antes de ver la puerta y la morada del portero. Después de haber entrado, recorrimos una distancia de cerca de media milla; y el camino de carruajes seguía atravesando un terreno muy variado y sombreado por árboles grandes en toda la lozanía de los bosques. Cruzamos un torrente, pasamos un arroyo, sintiéndonos tan en medio de la naturaleza primitiva que la vista de la casa y el huerto que la rodea casi hizo sobre mi ánimo el efecto de un encuentro inesperado. La aproximación a la casa se hace por el frente del oeste. La puerta del gran patio da a una extensa habitación en la cual entramos. No fué el hábito, sino un sentimiento más y más profundo, el que me hizo quitar el sombrero de la cabeza y marchar con precaución como si pisara una tierra sagrada... Las piezas de la casa son espaciosas y campea cierta elegancia en su acomodo; pero el conjunto es notable por su extrema simplicidad. Todo cuanto la mirada abraza parece respirar la santidad de aquellas reliquias públicas, y todas las cosas se conservan casi en el mismo estado en que Wáshington las dejó. Todo americano, y principalmente, los jóvenes que visitan este lugar, experimentan una fuerte impresión que durará toda su vida... A cierta distancia de la casa, en un lugar retirado, está la tumba nueva de la familia, compuesta de una simple estructura de ladrillo con una puerta de hierro, por entre cuyas rejas se divisan dos sarcófagos de mármol blanco, el uno al costado del otro, los cuales contienen los restos de Wáshington y de su mujer. La antigua tumba de familia en que estaba colocado al principio, estuvo en una situación más pintoresca, sobre una colina dominando el panorama de Potomack; pero la presente está más retirada, lo que fué una razón para determinar los deseos del hombre modesto”.
¡Cuánto arte no se descubre en la colocación de esta tumba, cuánta grandeza en su obscuridad, y cuán americano y nacional es aquel acompañamiento de bosques primitivos, torrentes agrestes y arroyuelos en el estado de naturaleza! Esta es la artística morada de Wáshington, el plantador norteamericano, el genio de la democracia apenas posesionada de la naturaleza inculta. Adriano estaba bien en la que hoy es el castillo San Angelo; Rafael en la Rotonda de Agripa, que él puso sobre pilares en San Pedro; Napoleón bajo la cúpula de los Inválidos; pero los manes de Wáshington habrían vagado largo tiempo en rededor de su sepulcro si le hubiese faltado la perspectiva y la sombra de los árboles seculares de los bosques, rodeando el asilo doméstico y combinando la naturaleza inculta con el fruto del trabajo personal del norteamericano.
Y, sin embargo, Wáshington, el héroe de la independencia norteamericana, el fundador del pueblo trabajador y positivo, estaba destinado, también, a inspirar el sentimiento de las bellas artes a los hijos de los puritanos, y volver a esta familia, descarriada por preocupaciones religiosas, el camino en que la humanidad ha marchado siempre, desde el fetiche informe que adora en su infancia, hasta las Pirámides de Egipto, el Coliseo romano, el Partenón, o el moderno San Pedro. Las ruinas de Palenque, las esculturas encontradas por Stephen en Centro América, como las estatuas de Miguel Angel o las pinturas de Rafael, son todas páginas de un mismo libro, que señalan el día en que cada nación tuvo conciencia de sí misma y perpetuando la memoria de lo pasado o endureciendo en piedra o en bronce una idea, empezó a mirarse viva en las edades futuras, legando a las venideras generaciones monumentos, estatuas y obras públicas que demandan siglos de elaboración. A veces me ocurre la idea de que tanto hicieron los egipcios trabajar a los hebreos cautivos en la construcción de pirámides y otros monumentos, que cuando aquella chusma se sublevó y tomó el desierto, juró no permitir que en la tierra de promisión que iban buscando, se levantasen monumentos ni se erigiesen estatuas, acordándose, sin duda, de los palos que les habían dado los sobrestantes egipcios. ¿Cómo explicarse de otro modo el horror a los templos y a las imágenes que muestra Moisés, el discípulo de los sacerdotes egipcios? El arte es la realización del hombre, es el hombre mismo, puesto que, no siendo, al parecer, necesario a su existencia, como lo muestran los demás animales, es, sin embargo, la preocupación más constante desde la vida salvaje hasta el pináculo de la civilización. Tengo para mí que Roma ha muerto sofocada por los monumentos, que éste es el fin de las grandes ciudades de la historia y que París ha de acabar por fin por cuajar su suelo de monumentos públicos, de manera que al final de los siglos la población se acoja a las catacumbas, que minan el suelo, por no haber espacio para ella sobre la superficie de la tierra. Cuando se dice que los primeros cristianos se ocultaban en las catacumbas de Roma, huyendo de la persecución, me parece que se toma un hecho por otro. La exploración de aquellas inmensas cavernas y perforaciones muestra hoy al arqueólogo los restos de tres siglos de arte cristiano primitivo, lo que prueba que durante tres siglos y hasta la destrucción de la ciudad monumental por Atila, la plebe romana vivió alojada en las catacumbas, donde tenía sus templos, plazas subterráneas, mercados y cementerios. Es ridículo pensar que en una ciudad vivan escondidos durante tres siglos cientos de miles de habitantes, que a cada momento necesitan ponerse en contacto con el exterior, para proveer a sus necesidades.
Mahoma y los protestantes no deben citarse en materia de bellas artes como una nueva aberración de la naturaleza humana, puesto que la obra de estas dos reacciones en contra no son más que recrudescencias de la ojeriza de Moisés contra las pirámides, a causa del mal trato dado a los hebreos; gato escaldado, en materia de asentar piedras.
Los norteamericanos creen que no tienen vocación artística, y afectan desdeñar las producciones del arte, como fruto de sociedades viejas y corrompidas por el lujo. Yo he creído, sin embargo, sorprender el sentimiento profundo, exquisito, de lo bello y de lo grande de este pueblo que marcha de carrera en busca del bienestar material, y va dejando a su paso incompletas todas sus obras y a medio hacer. ¿Qué no entra por nada en el sentimiento del bello ideal, la beldad moral? ¿Qué pueblo del mundo ha sentido más hondamente esta necesidad de confort, de decencia, de holgura, de bienestar, de cultura de la inteligencia? ¿Qué pueblo ha sentido más horror por el espectáculo de lo feo, la pobreza, la ignorancia, la borrachera, la degradación física y moral, que es como la corteza y la primera apariencia de las sociedades europeas? En Roma, de entre los monumentos y las basílicas se alargan manos muy cuidadas pidiendo limosna.
No hablaré de los hoteles, bancos, iglesias, embarcaderos y acueductos que en toda la Unión asumen formas monumentales; mucho menos de las columnas, obeliscos de cierta grandeza y elevación que en honor de Wáshington y de Franklin se alzan en Boston, Filadelfia y Nueva York. Todas estas son muestras, o más bien, productos artísticos, pero que no revelan el sentimiento norteamericano del arte. Los europeos emigrados ahora dos siglos, o emigrando actualmente, comunican por fuerza y como necesidad de existencia los medios artísticos que poseen. Pero no es este el arte americano, pues que no doy este nombre sino a la manifestación de aquella constante y seguida aspiración de un pueblo en prosecución de una idea nacional, que existe y se revela en cada hombre, por generaciones sucesivas. Llamóle arte, no a los grados de civilización de los diversos pueblos, sino al genio, al carácter nacional en cuanto reviste formas tangibles y afecta su historia. ¿Cuál era el arte romano? Sin duda que no se dará este nombre a los diversos órdenes de arquitectura, a la estatuaria y demás decoraciones, cuyas formas habían adoptado de los griegos, imitándolas, entremezclándolas, y adaptándolas a sus trabajos. Llamo arte romano a aquel sentimiento grandioso que hacía concebir las Termas, el Coliseo, la tumba de Adriano, los acueductos de Segovia y el anfiteatro de Nimes; al espíritu monumental y dominador de la tierra y de los obstáculos que ella oponía a la continuidad y facilidad de dilatación y permanencia de la grande y perseverante idea artística romana, la incorporación de la tierra conocida bajo el dominio de sus leyes, y la adopción de los cultos, de las civilizaciones y de las costumbres de todos los pueblos. Una revolución interna, la elevación de la plebe, y otra externa, la incorporación de los bárbaros, destruyeron la obra romana, como una plétora a que no pudo resistir aquel cuerpo que tenía que digerir un mundo de un golpe.
Acaso los yankees están amenazados de sucumbir bajo el peso de una elaboración interna tan amenazante como la de la plebe romana. Todos tiemblan hoy porque aquel coloso de una civilización tan completa y tan vasta no vaya a morir en las convulsiones que le prepara la emancipación de la raza negra; incidente de una magnitud amenazante, y sin embargo, tan extraño a la civilización norteamericana en su esencia, como sería extraño a las leyes internas de nuestro globo el que un cometa de los millares que andan errantes por el espacio, se estrellase contra él un día y lo hiciese periclitar.
¿Dónde está, pues, el genio artístico americano? No lejos del Capitolio de Washington en una casita modesta, sobre un bufete de madera de pino sin barnizar, mostráronnos a mí y a mi amigo Astaburuaga, quien me conducía a aquel retrete, un modelo de un monumento que debía erigirse a la memoria del héroe norteamericano. La construcción se compone de un gran edificio de formas jónicas de cuyo centro se eleva una aguja. Según la escala que tiene al pie el diseño, mide en alto todo él, dos metros más que la pirámide de Cheops en Egipto. La arquitectura es una combinación, más o menos feliz, de formas y géneros conocidos, herencia de todos los pueblos civilizados. Lo que en aquel monumento hay del genio yankee es la altura, es decir, el sentimiento nacional de sobrepasar en osadía a la especie humana entera, a todas las civilizaciones y a todos los siglos. Dos metros más alto que el monumento más alto construído por los hombres, he aquí el sentimiento de lo grande, de lo sin rival que caracteriza a aquel pueblo; sentimiento que ha preludiado o seguido a las más grandes épocas que ha alcanzado alguna porción del género humano. A este mismo sentimiento obedeció el pueblo que construyó las pirámides; ese mismo sentimiento aconsejó hacer del monte Athos una estatua de Alejandro, cuya mano tendría las fuentes naturales del río; ese sentimiento, en fin, inspiró la idea del coliseo de Nerón, el coliseo su vecino, y ese sentimiento dirigió la construcción de San Pedro en Roma, el camino del Simplón, etc., etc.
La idea de elevar aquel monumento a Washington, ha sido acogida en la Unión con entusiasmo febril, nada más que porque respondía a la aspiración nacional de sobreponerse a las demás naciones[8]. Vese este espíritu en la arquitectura naval. El buque que no mide dos mil quinientas toneladas no merece llamar la atención ni engreir al pueblo como un trofeo de su gloria. ¿Qué dijera Colón que atravesó el océano en carabelas de ochenta toneladas, si viera flotar sobre las aguas aquellos monstruos que pueden esconder en su seno cincuenta mil quintales de nieve o de granito, porque granito canteado y nieve, son dos mercaderías de exportación de que los norteamericanos hacen un comercio de algunos millones?... Hace cosa de diez años que atormenta a los yankees la idea de atravesar el continente americano con un camino de hierro desde Nueva York hasta el Oregon, uniendo el Atlántico con el Pacífico, e interponiéndose ellos entre la Europa y el Asia, de manera de pasarles con la derecha a los ingleses lo que con la izquierda hubiesen cogido en las costas de la China y del Japón[9]. No han inventado, sin duda, los americanos ni el camino de hierro, ni el buque, ni el orden jónico; pero suyas son las colosales aplicaciones y los perfeccionamientos que introducen diariamente en su construcción; pues si no han podido mejorar los órdenes arquitectónicos, algo de un carácter nacional les han añadido a los conocidos, como la estatua de Franklin sosteniendo el pararrayos en el pináculo de las cúpulas, como ya lo he indicado antes, y la mazorca de maiz como coronación y remate, en lugar del piñón antiguo. El embarcadero de los caminos de hierro, el viaducto, el puente, el hotel y otras construcciones, que reclaman las necesidades de nuestra época, pueden dar en los Estados Unidos formas arquitectónicas desconocidas en los siglos pasados y que estereotipen un carácter peculiar a cada clase de monumento.
La parte económica del monumento de Washington revela otro de los signos del genio artístico de los yankees. Levántase aquella obra colosal, por medio de una suscripción popular de solo algunas monedas de cobre por individuo. Así cada año la nación en masa trae a los pies de la estatua del grande hombre, tipo del bello ideal nacional, un tributo espontáneo de gratitud y alabanza; y en este punto pueden darse por vencidas todas las naciones de la tierra. Todos los monumentos del mundo están amasados con lágrimas e iniquidades; y el mismo San Pedro de Roma, no es _gloriam Dei_ la que enarra, sino la perversidad y las extorsiones de sus ministros. Roma contiene hoy en monumentos, como ahora dos mil años, la sangre y los despojos de la tierra. Versalles, el Escorial, el Arco de l’Etoile, todos los monumentos del mundo protestan contra el despotismo de quien fueron antojo y vanidosa ostentación. Pero el monumento de Washington es tan puro, como la idea inmortal que representa. Las generaciones pueden sucederse embelleciéndolo de año en año por siglos enteros, sin que una idea triste acongoje el ánimo del espectador más complacido que asombrado. Veinte millones de ciudadanos felices hoy, mañana ciento, consagran una ínfima parte de su trabajo a solemnizar el más noble y el más grande de los recuerdos históricos, la personificación de la dignidad moral más alta que se haya ofrecido a la especie humana. ¿Qué es Napoleón mirado desde esa altura? El último y el más sublime de los bandidos que han asolado la tierra y cubiértola de cadáveres, para poner su orgullo en lucha con la obra de la perfección social que destruyó con la república. ¿Qué es Washington sepultado al lado de su mujer en un obscuro y solitario rincón de la casa que habitó? El genio de la humanidad moderna, el principio de una era que asoma, y que ya deja marcado al mundo el camino de justicia, de igualdad y de trabajo laborioso que seguirá.
Deben decorar el interior del monumento de Washington, piedras e inscripciones enviadas por todos los Estados de la Unión, las ciudades y las corporaciones, y sociedades científicas, filantrópicas, y aun industriales[10]. Aquel sistema de contribución popular y espontánea para la realización de un pensamiento nacional, constituye, a mi juicio, la muestra más clara de la existencia de un sentimiento artístico nacional. No sé si hay en Europa pueblos que en masa se apasionen por la realización de una idea, si no son los franceses de cierta clase, y lo que ha hecho en la edad media el catolicismo, por medio de las corporaciones de artesanos. Pero en los Estados Unidos, si este sentimiento no está del todo desenvuelto en la masa de la nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano de la edad media, está en germen apenas, y toma cada día formas más aparentes. No hay ciudad de alguna importancia que no tenga en los Estados Unidos su rudimento de museo, en que están bárbaramente mezcladas obras de arte, curiosidades traídas por los navegantes, objetos de historia natural, y aun representaciones grotescas de escenas ocurridas en los mares u otros puntos y que han preocupado al público. Esas colecciones se enseñan al curioso por una retribución, y aquella retribución forma un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, embellecer y completar las colecciones para excitar más y más la curiosidad. Durante mi permanencia en Nueva York, estaba en exhibición una bellísima estatua en mármol de Carrara, ejecutada en Roma por Poper, joven artista norteamericano de rara habilidad. La estatua representaba una cautiva georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, acaso, la vez primera que los puritanos veían expuesta una de esas bellas desnudeces femeniles con que tanto se familiariza uno, ennobleciéndose el pudor, en los museos de Italia y de Francia. Los primeros días hubo grande escándalo; pero concluyeron al fin las gazmoñas por levantar los ojos y habituarse a contemplar la beldad artística en aquel espejo de mármol. El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el camino de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los ojos rudos del pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, cuchicheos y admiraciones de los espectadores, sendos pesos fuertes; por manera que el artista obtuvo en recompensa de su talento, más de lo que Canova u Horace Vernet obtuvieron nunca por sus más afamados _capi d’opera_. Estas costumbres y esta ovación popular prometen al arte americano estímulos más poderosos, gloria más retumbante que la que los reyes de la tierra han podido conceder jamás, gastando en fomentar las bellas artes rentas que no son suyas, y que arrancan para sus placeres el sudor de los pueblos. No es esta una paradoja; hase comprobado ya que los gastos que hacen por suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos y aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el gobierno inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el día en que los grandes artistas europeos vengan tras del lucro a pasear por los Estados Unidos sus obras maestras, recogiendo pesos a millares mientras el gusto nacional se educa, y más tarde codiciando la ovación que al talento haga un pueblo, juez competente ya en materia de arte. Las cantatrices y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es aquella ambulancia del arte en Norte América, que no hace muchos años hubo un teatro magnífico, construído sobre un buque que iba dando funciones a ambas márgenes de un río, a medida que llegaba a una villa o ciudad de consideración.
Tienen los norteamericanos costumbres públicas y privadas que se prestarían al desarrollo de las artes. La vida afanosa que llevan y la excitación de los negocios los fuerza a viajar continuamente, mostrando cierta necesidad de emociones, de ver y de agitarse, que los lleva en romería a la cascada del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la costa. Esta parte antigua de la Unión ejerce sobre la población del interior una grande influencia moral, como que allí está el centro del movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y como todas las familias del interior son originarias de los antiguos Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria primitiva, embelleciendo los recuerdos, la carencia de los goces a que los padres estuvieron habituados.