Part 13
Una noche en Nápoles tomaba helados en un café con un joven francés. Como viese entrar a un individuo, dije a mi compañero en francés: Aquel joven es americano, del mediodía, es de Buenos Aires. ¿Hay, realmente, un tipo nacional argentino? Rugendas sabe reproducirlo con el lápiz, y yo esta vez acertaba a conocer por la fisonomía a un compatriota. Acercóse con reserva, miróme con frecuencia y al fin se aventuró a decirme: “Creo, señor, haberle oído que soy americano”. En efecto, era porteño, uno de esos caracteres enérgicos que se abren paso en el mundo por su propio esfuerzo. Salido joven de su país, se había establecido en Río de Janeiro, pasado a Valparaíso, Bolivia y Lima, y últimamente asentádose en la América Central, donde, habiendo engrosado su fortuna, había empezado a creer que el mundo no estaría satisfecho si él no lo recorría. Despedímonos en Nápoles y nos encontramos de nuevo en Roma. Allí tomó él para Trieste y yo debía salir más tarde para Florencia. Al entrar en un café en Venecia, Casaffoust nos tapó la puerta; acababa de desembarcar. No debíamos vernos más. El día que llegué a París lo encontré de manos a boca en el bulevar América. En el hotel donde un mes después fuí a alojarme en Londres, encontré a Casaffoust, que comía a la sazón. ¡Era éste un fantasma que me perseguía! Después de cruzar los brazos uno y otro para contemplarnos con extrañeza, nos echábamos a reír de esta singularidad. Desde Londres partió al fin para Belice en el _Istmo_, desde donde debía arribar a Costa Rica. No quiso dirigirse, como yo se lo aconsejaba, a los Estados Unidos. La noche que llegaba yo a Boston, partía él del mismo hotel, y mientras pagaba su cuenta, leía en el libro de pasajeros, abierto ante sus ojos, _D. F. Sarmiento_, entre los últimos llegados. Suspendió su viaje, acompañóme dos días, y nos separamos prometiéndonos con las mayores veras, no volvernos a encontrar más, porque aquella tenacidad me iba ya dando que pensar. Esta vez lo hemos cumplido: no nos hemos visto más.
El principal objeto de mi viaje era ver a Mr. Horace Mann, el secretario del _Board_ de Educación, el gran reformador de la educación primaria, viajero como yo en busca de métodos y sistemas por Europa y hombre que al fondo inagotable de bondad y de filantropía reunía en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo saber. Vivía fuera de Boston, y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme a Newton East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos largas horas de conferencias en dos días consecutivos. Contóme sus tribulaciones y las dificultades con que su grande obra había tenido que luchar, por las preocupaciones populares sobre educación, y los celos locales y de secta, y la mezquindad democrática que deslucía las mejores instituciones. La legislatura misma del Estado había estado a punto de destruirle su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación, cediendo a los móviles más indignos, la envidia y la rutina. Su trabajo era inmenso y la retribución escasa, enterándola él en su ánimo con los frutos ya cosechados y el porvenir que abría a su país. Creaba allí, a su lado, un plantel de maestras de escuela que visité con su señora, y donde, no sin asombro, vi mujeres que pagaban una pensión para estudiar matemáticas, química, botánica y anatomía, como ramos complementarios de su educación. Eran niñas pobres que tomaban dinero anticipado para costear su educación, debiendo pagarlo cuando se colocasen en las escuelas como maestras; y como los salarios que se pagan son subidos, el negocio era seguro y lucrativo para los prestamistas. Gracias a sus desvelos, el Estado de Massachusetts, de que es Boston la capital, contenía en 1846, en las trescientas nueve ciudades y villas que lo forman, 3475 escuelas públicas, con 2589 maestros hombres y 5000 maestras, asistidas por 174.084 niños. Observe Vd. que el número de maestros de escuelas es mayor en este Estado que el monto total del ejército permanente de Chile, y el tercio del de todos los Estados Unidos.
La población del Estado es de 737.700 habitantes, y los niños en estado de asistir a la escuela, 203.877.
Las rentas destinadas para sostener la educación pública son 650.000 pesos, recolectados por contribución de escuelas[6]. Además de las escuelas hay en Massachusetts 77 colegios públicos incorporados, con 3700 estudiantes y 1091 colegios y escuelas particulares, con 24.318 discípulos, los cuales pagan 277.690 pesos por la enseñanza que reciben.
Además de estas pasmosas sumas, cada localidad posee fondos cuyos productos están especialmente destinados a la enseñanza. Estos fondos producían quince mil pesos de censo, a los que se añadían más de ocho mil pesos de sobrantes de rentas ordinarias que eran aplicadas por la administración a este santo objeto.
Para más ilustración de mi asunto, añadiré a Vd. que este Estado sólo tiene siete mil quinientas millas cuadradas o treinta leguas de ancho sobre sesenta y tres de largo. En este reducido espacio hay, como he dicho, más de setecientos mil habitantes, dueños de trescientos millones de pesos.
Usted ve, mi querido amigo, que estos yankees tienen el derecho de ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cuatrocientos pesos de capital por persona, una escuela o colegio para cada doscientos habitantes, cinco pesos de renta anual para cada niño, y además los colegios; esto para preparar el espíritu. Para la materia o la producción tiene Boston una red de caminos de hierro, otra de canales, otra de ríos, y una línea de costas; para el pensamiento tiene la cátedra del evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos y revistas; y para el buen orden de todo, la educación de todos sus funcionarios, los _meetings_ frecuentes por objeto de utilidad y conveniencia pública y las sociedades religiosas, filantrópicas y otras que dan dirección e impulso a todo. ¿Puede concebirse cosa más bella que la obligación en que está Mr. Mann, secretario del _Board_ de Educación, de viajar una parte del año, convocar a una reunión educacional a la población de cada aldea y ciudad adonde llega, subir a la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria, demostrar las ventajas prácticas que de su difusión resultan, estimular a los pobres, vencer el egoísmo, allanar dificultades, aconsejar a los maestros y hacer las indicaciones, proponer las mejoras en las escuelas que su ciencia, su bondad y su experiencia le sugieren?
En los alrededores de Boston, a distancia de doce millas, unido a la ciudad por un camino de hierro para las personas y por un canal para las materias primas, está Lowell, el Birmingham de la industria norteamericana. Aquí como en todas las cosas, brilla la soberana inteligencia de este pueblo. ¿Cómo luchar con la fabricación inglesa, producto de ingentes capitales empleados en las fábricas, y de salarios ínfimos pagados a un pueblo miserable y andrajoso? Dícese que las fábricas aumentan el capital, en razón de la miseria popular que producen. Lowell es un desmentido a esta teoría. Ningunas ventajas o escasísimas llevan a los ingleses en el costo de la materia prima; pues, tanto vale llevar a Londres o a Boston por mar las balas de algodón de la Florida; pero las diferencias de salarios son enormes, y sin embargo, los tejidos de Lowell sostienen la concurrencia con los ingleses en precio, y les aventajan de ordinario en calidad. ¿Cómo han hecho este prodigio? Apurando todos los medios inteligentes de que el país es tan rico. El obrero, el maquinista son hombres educados; su trabajo, por tanto, es perfecto, sus medios ingeniosos; y pudiendo calcular el tiempo y el producto, producen mayor cantidad de obra y más perfecta.
Las hilanderas y trabajadoras son niñas educadas, sensibles a los estímulos del deber y de la emulación. Vienen de ochenta leguas a la redonda a buscar por sí medios de reunir un pequeño peculio; hijas de labradores, más o menos acomodados, sus costumbres decorosas las ponen a cubierto de la disolución. Buscan plata para establecerse, y en los hombres que las rodean no ven sino un candidato a marido. Visten con decencia, llevan media de seda los domingos, sombrilla y manteleta en la calle; ahorran ciento cincuenta o doscientos pesos en algunos años y se vuelven al seno de su familia, en aptitud de sufragar los gastos de establecimiento de una nueva familia. Para obtener estos resultados hay en Lowell hoteles cómodos y espaciosos que dan de comer y alojamientos económicos a los obreros, disponiendo de bibliotecas, diarios y aun pianos para las niñas que saben su poco de música. De todo el mal que de los Estados Unidos han dicho los europeos, de todas las ventajas de que los americanos se jactan y aquéllos les disputan o afean con defectos que las contrabalancean, Lowell ha escapado a toda crítica y ha quedado como un modelo y un ejemplo de lo que en la industria puede dar el capital combinado con la elevación moral del obrero. Salarios respectivamente subidos producen allí mejor obra y al mismo precio que las fábricas de Londres, que asesinan a las generaciones.
Estos tejidos de Lowell, como los de Pittsburg y de doscientas fábricas que se levantan en diversos puntos del territorio de la Unión, entran por poco todavía en la masa de productos fabriles que inundan los mercados del mundo. Se consumen la mayor parte en el interior del país, y aun en esto los Estados Unidos presentan uno de esos resultados que muestran en cifras luminosas cuánto es el bienestar de que goza la masa de la población. Datos estadísticos de Francia muestran que aquella nación sólo consume al año un metro de tejidos de algodón por persona, y la Irlanda una y media yardas, mientras que los Estados Unidos consumen veintiuna y media yardas por persona, lo que hace suponer que no hay ganapán que no tenga sábanas y varias mudas de camisas. De este dato los publicistas norteamericanos sacan una conclusión que no deja de tener su valor. En lugar--dicen--de buscar mercados en el exterior para nuestras fábricas, traigamos población para nuestros bosques. Si nosotros hubiéramos de proveer de tejidos de algodón a la Irlanda, que tiene cuatro millones de habitantes, habríamos suplido a sus necesidades con seis millones de yardas de tejidos; mientras que para consumir esos mismos seis millones, son bastantes 285.714 inmigrantes, que es poco más o menos la cifra de la inmigración anual. Veinte años de inmigración nos darán colocación para ciento veinte millones de yardas de tejidos de algodón.
El consumo de los otros artículos manufacturados está en igual proporción con los tejidos de algodón. El año 1842 se introdujeron en los Estados once millones de pesos en tejidos de lana, veinte y un millones en 1836, bien que en 1840 y 1842 anduvo de ocho a nueve millones. En 1839 consumieron veinte y un millón de pesos en tejidos de seda, quince millones en 1841, y nueve en 1842. Nueve millones de tejidos de hilo en 1836, cerca de siete millones en 1841, habiendo bajado a tres y medio en 1842. A este enorme consumo de productos europeos corresponden cifras no menos abultadas de producciones nacionales. Calculábase para el año 1843 como producto anual de la agricultura, 65.387.597 dólares; de manufacturas, 239.836.224 dólares, y del comercio, 79.721.086.
Hasta el año de 1825 no se había estampado en los Estados Unidos una sola yarda de calicó (quimon). En 1836 se importaron de Inglaterra ciento cincuenta millones de yardas, lo que según el censo de 1840 que dió diez y siete millones de habitantes, toca a cada mujer (el tercio del número tal) dos vestidos de a diez varas. En 1842 los estampados norteamericanos subieron a la enorme suma de ciento cincuenta y ocho millones de yardas, habiendo descendido la importación inglesa a sólo quince millones. Las manufacturas de los Estados de Nueva Inglaterra proveían en 1845 de mercado a un tercio del algodón que cosechan los Estados del Sur, y los obreros consumían más harina y granos que la cantidad exportada por el puerto de Nueva York.
Mr. Mann me favoreció con muchas cartas de introducción para sabios, pedagogistas y hombres notables. Su nombre solo, era ya por todas partes un pasaporte para mí. Tuve una larga conferencia con uno de los ministros de Estado, quien me proveyó de una orden para que se me entregasen varias colecciones de libros y documentos públicos que me ponían al corriente del estado de la educación en Massachusetts y después de ver cuanto digno encerraba la ciudad de ser visto, púseme en camino para Nueva York, por una serie de ferrocarriles y vapores combinados, que me pusieron no sé cómo, de día y de noche marchando, en el desembarcadero de Nueva York.
[6] Esto ocurría en 1848; la renta había ascendido a 800.000 pesos.--_El A._
BALTIMORE, FILADELFIA
Lleno aún de las emociones de este viaje, el más _impresivo_ que puede hacerse en quince días, viendo aún en mi imaginación la cascada de Niágara, asistí a una representación del genial Tom Puce, el enano de 25 pulgadas de alto.
Don Santiago Arcos me aguardaba con impaciencia para que emprendiéramos el viaje de regreso a Chile. Cada vez que me hablaba de este asunto, poníale yo la cara de un ministro del despacho, cuando no sabe si se acordará o no lo que de él se solicita. Abríamos el mapa, trazábase la ruta, y ya estábamos punto menos que en marcha, sin que yo diese síntomas de convenir en nada. Hubimos al fin de explicarnos. Yo tenía en caja veintidós guineas y como treinta papeles de a un peso, ni un medio más, ni un medio menos. Al fin cogí a dos manos mi resolución y expuse mi situación financiera con toda la dignidad de quien no pide ni acepta auxilio, intimando mi ultimátum de separarme desde la Habana, para seguir mi camino por Caracas. Arcos me había escuchado con interés y aun le tentaba la perspectiva de atravesar las soledades tropicales de la América del Sud, correr aventuras ignoradas, pasar trabajos y no contar sino consigo mismo para sobreponerse a ellos; pero el lado romanesco y varonil de su carácter no es menos aparente que la jovialidad y franqueza que lo distingue. Cuando yo me esperaba ofrecimientos y protestas, salióme con un baile pantomímico y un reir a desternillarse, que me puso en nuevos gestos de dignidad. ¡Qué bueno--decía saltando y riendo--pues si yo no tengo sino cuatrocientos pesos! Hagamos compañía y donde se concluya el capital de ambos, proveeremos según lo aconseje la gravedad del caso.
Dispusimos, pues, que yo continuaría pronto mi ruta a Wáshington por Filadelfia y Baltimore, nos daríamos cita en Filadelfia para emprender la jornada por Harrisburg y Pittsburg, para descender el Ohio y el Mississipi hasta Nueva Orleáns, distante 22.234 millas del lugar donde nos hallábamos; y acercándose la hora de la partida del tren de la mañana para Filadelfia, hice aprisa mi maleta y la entrega de billetes y guineas para que las cambiara, prestándome en cambio treinta o cuarenta dólares para gastos de la excursión. Este pequeño incidente es, sin embargo, el origen del más espantable drama de que he sido víctima en mis viajes.
Lo fatigaría a Vd. si continuase describiéndole ciudades notables: pero Filadelfia y Baltimore son tipos de la construcción civil de los Estados Unidos que, a diferencia de Nueva York, conservan toda su originalidad. Tienen los americanos el don de reducirlo todo a arte, y aplicar el sentido común y los cálculos de la conveniencia a todas las cosas. Conoce Vd. nuestras ciudades sudamericanas cortadas todas por un mismo padrón, en calles a distancia de ciento cincuenta varas, de doce de ancho, y cortándose en líneas rectas. Este damero parécenos el bello ideal de la perfección. Pero propóngase Vd. ir del centro en una dirección oblicua, o para fijar más los términos, si las calles corren de Sur a Norte y de Este a Oeste, ¿cuánto espacio se necesita andar para llegar el extremo Sudeste o Nordeste? Claro está que el doble de la distancia que hay en línea recta, porque es necesario hacer zig-zag de calle en calle, por el ángulo de cada cuadra a fin de buscar la diagonal. La manzana de ciento cincuenta varas da en el centro setenta y cinco de fondo a cada solar; espacio más que suficiente para tener viña, hortaliza y arboleda en el interior de la casa; pero acumulándose la población, este centro de las cuadras es un terreno inútil y que fuerza a tomar a las habitaciones un frente en proporción, y diseminar las casas. Después vienen los tubos de hierro para distribuir el agua potable, los cañones de gas, etc., y se encuentra que los costos para superficies tan grandes exceden a los posibles de los vecinos. Los norteamericanos han inventado su plan de ciudades en atención a todas estas circunstancias. La manzana tiene o puede tener 140 varas de largo, pero sólo le dan 30 ó 50 de fondo, de manera que dos casas pueden dar frente a ambas calles, y poblar bien la ciudad.
Como la calle es materia de comodidad pública y de recreo, tiene de ordinario treinta varas, flanqueada a distancia de cinco o seis de los edificios, de árboles coposos, que esparcen sombra en todas direcciones. Las aceras son por tanto calles separadas e independientes de la central, ancha de veinte varas, que está abandonada a carros, jinetes, ómnibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en anchas y angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha calle transversal que conduce a los ángulos extremos de la ciudad; cambia de plan y dirección todo el sistema de calles; redúcense más aun las manzanas cerca de los puertos, y por todas partes presentan las calles asonadas un bosque de árboles, que cierran a cierta distancia la perspectiva, y por sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, las agujas de los templos y los frontispicios de los edificios del Estado. Nada hay más holgado, aireado ni silvestre que estas calles de árboles y de casas, en que el movimiento de los otros es una cosa que no nos atañe ni interesa.
En Baltimore tomé el ferrocarril de Wáshington, y a poco andar cata que venía en dirección opuesta y por los mismos rieles otro tren de vagones. Grande alboroto adentro. ¡Qué sacar de cabezas por las ventanillas, qué abrir de ojazos, al mirarnos unos a otros, qué agitar de pañuelos, en fin, en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse una topada y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que venía era el que había salido de Baltimore el día anterior. Tuvimos que echar pie a tierra, y entre todos los pasajeros, metidos en el fango, levantar punto menos que en peso la locomotora y el ténder y traerlos a la culata del tren para que desde allí volviéramos a Baltimore.
No se podía ir a Wáshington, porque en los Estados Unidos, si no hay camino de hierro, o canal o río, no se cree viable la tierra de otro modo. Improvisóse en el acto un vapor que debía llevar los pasajeros por un río hasta cierto punto; de allí tomar un fragmento de ferrocarril; pasar a pie una distancia, tomar otro ferrocarril y embarcarse en otro y entrar en Wáshington por la bahía de Chesapeake y el río Potomack. El vapor de la Bahía era un cascarón de formas abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpuestos en seis o siete pisos, como las gavetas de un inmenso armario. El _steward_ me señaló el mío en el quinto piso; pasóse el día en mirar el paisaje, sobrevino la noche, solicitóme el sueño, y como las gallinas que miran de hito en hito la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un rato, hasta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camarote, subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio camino, cuando empieza abajo un rumor de voces y de risas, que se convertía por segundos en un _crescendo universal_. Yo seguía tranquilo mi ascenso, y ya ponía una pierna dentro de mi agujero, cuando alguien me toma de la otra y me dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal del yankee. Vuelvo la vista y veo, ¡oh, rabia! que era yo el objeto de la risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar: habíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y hacía rato que me estaba haciendo _opposition_, sin que yo interrumpiese mi ascenso. Imagínese usted, amigo, mi situación en aquella postura incongruente, expuesto a la vergüenza pública, hecho el objeto del ridículo de aquella turbamulta.
No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara entre ambas manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al agua. Yo hice algo mejor. Bajéme, en efecto, dirigíme rápidamente a una luz que estaba por ahí, y poniéndome en lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la cara, con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero severo, dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna nueva peripecia para reirse más: ¡Señores! Si hay entre vosotros alguno que entienda español o francés, hágame la gracia de manifestarse, porque necesito explicarme, dar y pedir inmediatamente una satisfacción. Un profundo silencio se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi mal inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el fondo oí quedo repetir mis palabras traducidas al inglés. La escena había cambiado completamente; el yankee es bueno de corazón, y todos sintieron que me había llegado al alma aquella broma, que no tenía malicia de su parte. Acercáronse algunos, dándome cordiales explicaciones, vino el _opositor_ al hueco y me dijo en tono blando lo que sucedía, abandoné yo mi posición de gato acosado, y fuí a dormir en un espacioso camarote que en cambio me dió el _steward_, que en pública audiencia había declarado que él me había asignado el camarote disputado. El día siguiente pasélo tranquilo mirando las costas de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, y en parte cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Potomack llegamos a un barranco con honores de puerto mayor de Wáshington, la capital de los Estados Unidos.
WASHINGTON
Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente se alza el Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó Wáshington en 1793. Este monumento es la capital de los Estados Unidos, que no reconocen otra institución madre que el congreso. Reunirse para deliberar sobre todas las cuestiones que afectan al interés de más de uno, es el instinto nacional del pueblo norteamericano. La naciente colonia de Virginia, fundada por una compañía de Londres, a quien el rey había hecho una gran concesión de tierras, había, después de muchas vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un tal Argall, hombre violento y rapaz, que para hacerse obedecer de los colonos proclamó la ley marcial. El trabajo de los colonos era confiscado en favor del gobernador, y en castigo de ligeras faltas imponía meses de trabajo forzado en sus haciendas. Las violencias del gobierno, la trasplantación de la tiranía a América contenían la emigración europea, mientras que los colonos, desalentados por los sufrimientos morales de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea de descuajar la tierra. Entonces los colonos elevaron su voz para pedir a la compañía de Londres desagravio; y acusaron a Argall de defraudar a la compañía misma, mientras daba rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos. Después de acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto y desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wáshington que tomó a su cargo echar los cimientos de la futura organización de los Estados Unidos.