Part 10
“No sólo es así, sino que también destruye la confianza de los hombres honrados en la naturaleza humana misma. Cuando la masa del pueblo a quien se le ha confiado el poder soberano, puede permitir a uno de sus propios miembros convertir el sagrado encargo de elegir gobernadores, magistrados y legisladores en materia de juego, se muestra indigna de la libertad. La existencia de una práctica semejante en tal extensión que requiera la interposición legislativa, representa una pintura humillante del ascendiente del espíritu de avaricia y especulación, sobre la moralidad y la razón, en una porción al menos del pueblo de este Estado. El más violento calumniador no podría inventar cargo que afectase más profundamente el carácter moral, y que más poder tuviese para destruir la confianza de los extranjeros en las instituciones de Pensilvania, como esta reconocida bajeza. Un pueblo se está preparando para el despotismo cuando convierte las franquicias electorales en un mero asunto de especulación pecuniaria. Pero el sentimiento público se sublevó en virtuosa indignación contra práctica tan deshonrosa, y, como tendré en adelante ocasión de observarlo, la suprimió bajo las penas más severas”.
“_Elección civil de Nueva York._--La elección de Mayor y consejeros para la ciudad de Nueva York acaba de terminarse. El partido democrático ha quitado el poder a los _whigs_ y anda ahora celebrando su triunfo.
“Es esta una revolución en la opinión, que ha dejado a todo el mundo lleno de admiración.
“La elección es el asunto universal de conversación. Un periódico hace en estos términos la pintura de aquella escena: “Los loco-focos andan triunfantes por todas partes, sonriendo con todas sus infernales bocas. Al concluir la elección del martes pasado, viendo el diablo que él había metido en ello la cola, empezó a alegrarse también, y atrajo una de esas tormentas nordeste que causan centenares de enfermedades de consunción, y traen por millares el fastidio y los diablos azules. ¿Pero qué cuidado se les da a los loco-focos de la lluvia, ni de mojarse? Cuando ellos ganen en otra región futura la caliente mansión que les aguarda, tendrán sobrado tiempo de secar sus andrajosos trapos, ante el fuego que jamás se extingue. Nunca se vió Tammany-Hall y sus alrededores en tales éxtasis de contento. Las miriadas de los loco-focos, tan numerosas como las langostas de Egipto, estaban ayer en completo éxtasis en toda la ciudad. Lluvia, golpes, harapos, ¿quién cuida de eso? decían. Hemos aporreado a los condenados _whigs_, y esto basta”.
“Créese, generalmente, que en el presente caso han sido empleados medios deshonrosos por ambos partidos para ganar las elecciones. No hay registro de votantes en la ciudad, y el título de cada uno que pretende votar es determinado en la mesa. Ciudadanía y residencia son las principales calificaciones. Se dice que un gran número de extranjeros han sido admitidos a votar por una de las cortes de ley, sin que tuviesen los requisitos legales. Se ha asegurado que los inmigrantes gobiernan la ciudad, con exclusión de los nativos, y se pide una residencia más larga y se desearía imponerla, como un título a la ciudadanía. También se han cometido fraudes en la ley que requiere residencia en un _barrio_, como calificación para votar. Cuando un partido había obtenido una fuerza supernumeraria de votantes legales en un barrio, pero encontrádose débil en otro, había trasladado una porción de su número del barrio fuerte a dormir una sola noche en el barrio débil: se habían presentado al día siguiente en la mesa, y jurado que eran residentes en él, votado, y vuelto inmediatamente a sus casas. De este modo violaban el espíritu, pero no la letra de la ley. Llaman a esta operación _colonizar_. Los hombres virtuosos de ambos partidos admiten que se debe poner término a todos estos fraudes, o la urna será una mera farsa; con este motivo dicen: “el que más maula hace, reune más dinero, compra y coloniza, gana elecciones”. Por esto se pide que haya una ley de registro.
“Estas contiendas conducen sin referencia a principios morales, a desmoralizar todas las clases, y hacen un duradero daño a una república que no tiene otra áncora de salvación que la virtud de sus ciudadanos. Introducir la inmoralidad en las elecciones es hacer traición a su país. Verdad es que esta es la única forma en que un americano pueda cometer aquel crimen.
“Al mismo tiempo que condeno aquellas inmoralidades republicanas, debo hacer justicia a las instituciones; pues antes de la próxima elección se dictó una ley muy restrictiva para curar estos males, y ambos partidos admitían que había producido sus deseados efectos. Una ley de registro había pasado antes de mi salida, de manera que la reproducción de aquellos abusos era imposible. De este modo mientras que lamentamos las aberraciones de los americanos, no debemos cerrar los ojos a su tendencia a rectificar sus propios errores, y corregir los extravíos en el sendero del deber”.
“_Ley de elecciones._--El 7 de mayo sancionó la legislatura de Nueva York una ley para remediar los abusos que se perpetraba en las elecciones. Por ella se dispone que toda persona que jure falso en cuanto a su calificación será criminal de perjurio, y las personas que indujeren a otros a jurar en falso, serán criminales de soborno de perjurio, y ambos castigados en conformidad.
“Las personas que tratasen de influir a un elector o apartarlo de votar, pagarán una multa que no baje de 500 pesos, o sufrirán una prisión que no exceda de un año, o ambas penas a un tiempo. Las personas que voten u ofrezcan votar en un barrio que no sea el suyo propio, o más de una vez en una elección, serán castigadas con prisión o multa en ambos casos. Los habitantes de otro estado que voten en este serán criminales de felonía, y serán puestos en la prisión de Estado por un término que no pase de un año”.
“_Elección de Nueva York._--El partido democrático ha triunfado en la elección de los miembros para la legislatura de la _ciudad_ de Nueva York por una mayoría de mil quinientos. Los diarios de aquella ciudad de ambos partidos reconocen que la elección ha sido conducida con orden y decoro, y que el resultado expresa francamente la opinión de la mayoría. Esta elección tuvo lugar bajo la ley enmendada: las elecciones civiles del pasado abril habían sido señaladas por deshonrosa corrupción en general, y perjurios de ambos partidos.
“En el Estado de Nueva York, los _whigs_ han elegido el gobernador y los electores de ambas cámaras de la legislatura; de modo que los demócratas sólo tienen ascendiente en la ciudad”.
“_Elección de Boston._--Hoy es el día de hacer elección en Boston para gobernador y otros empleados del Estado, y para miembros de la legislatura; y yo fuí a una mesa a observar los procedimientos. Había orden y buen humor; pero la opinión está profundamente dividida sobre la ley que prohibe la venta de licores al menudeo, y estas diferencias van a obrar sobre la legislatura por medio de la urna electoral. Ya he mencionado que por sólo la agitación moral, la causa de la temperancia había hecho tan grandes progresos en Massachusetts, que en 1838 la legislatura sancionó una ley a la cual concurrieron whigs y demócratas, prohibiendo la venta de todo licor que contuviese alcohol, en menor cantidad que quince galones, excepto con licencia especial; que muchos amigos de la temperancia se opusieron a ella desde el principio, porque llevaban las cosas demasiado adelante, y por ser errónea en principio. En la mesa de las votaciones encontré un ticket regular _whig_, conteniendo una lista de puros _whigs_; un ticket demócrata, con una lista de puros demócratas, ambos sin referencia a la cuestión de temperancia; un ticket _unión liberal_, conteniendo puros candidatos _whigs_, pero una mitad partidarios y otra adversarios de la temperancia, o como decía, con mucha gracia, un amigo “un ticket compuesto de un vaso de ron y otro de agua alternativamente”. Había un ticket whig temperante, cuyos candidatos eran todos whigs y abogados de la temperancia; un ticket democrático temperante, en el cual todos eran demócratas partidarios de la temperancia. A más de estos había un ticket liberal whig, uno independiente democrático, otro unión temperancia, y otro abolición, no siéndome posible saber el significado preciso de muchos de ellos. El resultado de esta elección en todo el Estado fué que el gobernador whig Eduardo Everett fué removido, y Mr. Marcus Morton, un juez demócrata, fué nombrado gobernador por una mayoría de _uno_; los whigs conservaron su ascendiente en el senado y en la sala de representantes sólo por una diminuta mayoría; y, cuando se reunió la sala, su primer acto fué abolir la ley sobre el menudeo de licores espirituosos casi a la unanimidad”.
_El presidente de los Estados Unidos._--En marzo de 1839 debe expirar el primer término de oficio de M. Van-Buren, y una nueva elección de presidente tendrá lugar en 1840. Desde que llegamos a los Estados Unidos los diarios whigs habían opuesto a Mr. Clay como el candidato para la presidencia por parte de los whigs, a Van-Buren nombrado por los demócratas para ser reelecto. Los whigs han tenido una convención de delegados de todos los Estados en Harrisburg, en Pensilvania, en la cual dejaron a un lado a Mr. Clay y nombraron al general Harrison, residente en North-Rend en el Estado de Ohío como su candidato, y a Juan Tyler de Virginia para la vicepresidencia. Mr. Clay ha escrito una hermosa carta renunciando a sus pretensiones y aconsejando unanimidad en las filas whigs en favor de Harrison y Tyler. Los delegados, al regresar a sus estados respectivos, convocan a los miembros de su partido a un _meeting_, para explicarles las razones que han guiado a la Convención en la elección hecha. Reúnense, entonces, _meetings_ de ciudad y de condados, a los cuales se comunican estas explicaciones. Por medio de este mecanismo los whigs de todo este vasto país son invitados a comenzar las operaciones bajo este mismo espíritu para asegurar el éxito del objeto de esta elección. Los demócratas siguen una marcha semejante; pero, como están en el poder, su conducta es más bien defensiva que agresiva”.
“La falta de un libro de registro de votantes es indudablemente un defecto en la ley de elecciones de Nueva York; pero, si algún partido político propusiese tal arreglo, sería acusado por el otro de querer restringir los derechos populares, y hacer de ello capital político. En la _ciudad_ de Nueva York, sin embargo, prevalecía el partido democrático en 1839, mientras que el partido whig dominaba en la legislatura del Estado. Los whigs se aprovecharon de la oportunidad suministrada por los groseros fraudes practicados en la elección municipal de Nueva York, para sancionar una ley mandando se llevase un registro de electores en aquella ciudad. No lo habrían hecho así para el Estado, porque el grito de derechos populares se habría levantado contra ellos con éxito, mientras que nada perdían en la ciudad por pertenecer ya a sus oponentes. Por tanto, estableciendo un registro para aquella ciudad, hacían el bien que les era posible, esperando ocasión de hacer extensiva la ley a otros lugares”.
“Para adquirir popularidad es preciso buscar la opinión pública por su lado flaco. Ya he descripto a la gran mayoría de los votantes americanos como jóvenes ardientes, llenos de impulso, activos y prácticos, pero deficientes de miras, profundas y extensas, y también incapaces de proseguir un bien distante en medio de obstáculos y dificultades. También dejo establecido que su educación, en proporción de los poderes que ejercen y de los deberes, es muy defectuosa. Para ganar el favor de un pueblo en esta condición de ánimo, no basta por sí misma la actual capacidad para conducirse con honradez e independencia en el desempeño de los destinos públicos; debe, además, dirigirse a sus sentimientos predominantes, participar de sus aversiones y predilecciones capitales, y adherirse con ardor a la causa o al partido que sabe gozar de más alto favor”.
“El puede representar su propia capacidad para el empleo, y su certificado será recibido, con tal que bajo otros respectos su conducta y principios sean aprobados. Si en el desempeño de sus funciones se condujese muy mal, será depuesto del empleo al fin del término por el cual fué elegido; pero la más sabia y concienzuda ejecución no le asegurarán en lo general mantenimiento en el empleo, si aboga públicamente por sus opiniones impopulares, aunque no tengan relación con su empleo, o si pertenece a un partido que haya perdido el favor público, o sido despojado del poder”.
“El mejor remedio que puede proponerse para los males descriptos, me parece que consiste en una educación más alta, y en dar mayor preparación a los electores; si ellos hubiesen sido más completamente instruídos en su juventud con respecto a las leyes que reglan la prosperidad de las naciones como también en las cualidades del espíritu humano, y en la indispensable necesidad de que los empleados públicos tengan integridad y juicio para el recto manejo de los negocios, entonces exigirían de sus hombres públicos más capacidad para captarse el favor popular, y de este modo se conservarían en posesión de los empleos hombres útiles y fieles”.
“La excitación del espíritu público durante la lucha por la presidencia es grande y universal; la lengua deja de expresar y los oídos de escuchar otras palabras que aquellas que se refieren a la elección; la prensa brama bajo el peso del asunto, y todas las funciones de la vida parecen estar consagradas a este objeto. La elección del presidente engendra mucha borrachera y desorden, fraudes, mentiras, soborno, seducción e intimidaciones; pero, también, produce muchísimo bien. Las medidas del gobierno son severamente examinadas por la razón, como también interpretadas por las pasiones; toda la Unión es conmovida por un solo interés, y la impresión de que todos pertenecen a una nación se agita vivamente. Por un momento se olvidan los intereses locales y una sola pulsación vibra desde el Maine al Misisipí. Mi temor es que sin la repetición de estas elecciones, el pueblo de los diversos Estados llegaría rápidamente a mirar a los otros como extranjeros, llevándolo, insensiblemente, a aflojar los lazos que ligan a una gran nación. Las elecciones de miembros para el congreso no producen este efecto; porque, aunque aquella asamblea es nacional, cada uno de sus miembros representa una sección del país. Sólo el presidente deriva del poder del pueblo de toda la Unión”.
“En la elección que tuvo lugar en noviembre de 1839, se trajo a las mesas del escrutinio en Nueva York la cuestión de la moneda corriente. Las divisas de los partidos eran por una parte bancos y papel-moneda, y por la otra metálico, y una ley que proveyese de tesoreros en cada Estado. Estas son cuestiones sobre las cuales Adam Smith, Ricardo, Mac Culloch, y los más profundos economistas han diferido en opinión. ¿Vuestra educación os habilita para entenderlas y decidirlas? ¡No! Y sin embargo vuestro pueblo _obra_, entienda o no entienda. Vota en favor de los sostenedores del papel, y el papel florece. Si sucede lo contrario, llevan al poder a los partidarios del metálico, y el papel y el crédito desaparecen. Hace el pueblo experimentos. Pero ¡qué experimentos! ¡Cuántos millares de individuos y de familias son arruinados por la violencia de cada cambio!”
INCIDENTES DE VIAJE
NUEVA YORK
Mis aventuras de viaje en los Estados Unidos no merecen intercalarse entre las reflexiones que el espectáculo de aquel país me ha sugerido, por lo que sólo referiré a usted algunas que creo pueden interesarle. Tomando balance a mi bolsa en París, hallé los últimos días de julio que me quedaban escasos cosa de 600 duros. El viaje a través del istmo sólo cuesta 700, y aún me quedaba por visitar la Inglaterra. Esta quiebra, que defraudaba parte de mis esperanzas, aguzaba como sucede siempre los deseos. ¡No ver la Inglaterra, ni el Támesis, ni aquellas fábricas de Birmingham ni Mánchester! ¡No entrar en aquel océano de casas de Londres, ni ver los bosques de mástiles de los _docks_ de Liverpool!... ¡Maestro de escuela en viaje de exploración por el mundo para examinar el estado de la enseñanza primaria, y regresar a América, sin haber inspeccionado las escuelas de Massachusetts, las más adelantadas del mundo! A caza de datos sobre la emigración, que había querido estudiar en Africa: ¿podría darme cuenta de ella, sin visitar los Estados Unidos, el país a donde se dirigen todos los años doscientos mil emigrantes? Republicano en perspectiva y con la presencia de la resurrección de la república en Francia: ¿volvería sin haber visto la república única, grande y poderosa que existe hoy en la tierra?
Luego, donde la realidad flaquea, la imaginación continúa la obra. Si llegare a la Habana siquiera, allí me ingeniaría, para pasar a Venezuela, donde, por la prensa, la enseñanza y otras trazas, me haría de recursos y de relaciones, para atravesar el continente hasta Bogotá, y de allí hasta Quito a asomar al fin la cabeza en Guayaquil, realizando por economía de medios, el viaje más novedoso y sorprendente que haya hecho americano de nuestros días. Los fenicios que circunnavegaron el Africa, se detenían, al decir de Herodoto, de distancia en distancia, a sembrar trigo y cosecharlo para continuar su viaje. ¿Por qué no me detendría yo en Caracas, por ejemplo, a enseñar mis métodos de lectura, borrajear páginas en la prensa, abrir cursos pedagógicos, y cosechar unos cuantos pesos, para irme arrastrando poco a poco hacia los climas del sur, de donde había partido?
Por otra parte, volver por el Cabo Hornos a Chile era tan prosaico y tan desairado efecto hacía en la carta náutica que tenía abierta por delante, que cogiendo a dos manos mi valor de calavera por reflexión, y bien pesado el pro y el contra, resolví no sólo visitar la Inglaterra, los Estados Unidos, el Canadá, y México, y más si en ello me venía la fantasía, a fin de completar la idea que de largo tiempo halagaba mi codicia, de hacer un viaje en derredor del mundo civilizado. ¿Qué podría objetarse a este plan? Marcharía con el reloj en una mano y la bolsa en la otra, y donde esta antorcha se me apagare... me quedaría a obscuras, y a tientas y con maña buscaría mi camino hasta Chile.
Tranquilizado con estas ideas, paseéme holgadamente en Londres, recorriendo despacio la línea de ferrocarriles, que por Birmingham, Manchester, conduce a Liverpool donde paré ocho días con el joven argentino emigrado D. N. de la Riestra y establecido de muchos años en una casa de comercio. Embarquéme en el _Montezuma_, buque de gran calado, paquete de vela que hacía once millas a la menor brisa, y que llevaba cuatrocientos ochenta emigrantes irlandeses a Norte América. Mi poco ejercicio en el inglés me hizo tratar de cerca a una familia judía que hablaba el francés. Una vez, al salir de la cámara, como no acertase a abrir la puerta, un pasajero me dijo en español: tire usted que está abierta. Era Mr. Ward, de la casa de Huth Gruning de Valparaíso, y desde entonces pude creerme, gracias a sus deferencias, libre de perderme, desconocido en el nuevo mundo que iba a visitar. Un senador de los Estados Unidos regresaba de Europa, y conocía a Mr. Horace Mann, el célebre secretario del _Board_ de Instrucción Pública de Massachusetts, y como llovida del cielo me venía una carta de introducción para este eminente maestro, pudiendo en ella Mr. Ward responder que conocía la misión y la idoneidad del recomendado. Mi camino se aclaraba, poco a poco, y todo temor, salvo el de flaquearme la bolsa, iba por grados desapareciendo.
La vida de mar es poco _contábile_. Por las tardes me acercaba a la cubierta, a donde salían como ratas de sus cuevas los infelices irlandeses, desnudos, macilentos, animada su existencia por la esperanza de ver, en la tierra prometida, el término de sus miserias. Emigraban viejas sexagenarias, y un ciego mendigo tocaba por las tardes la zampoña, para que bailasen damas mugrientas, chupadas y desmelenadas, con galopines en cueros o cubiertos de andrajos, lo que no estorbaba que se agrupase en torno de aquellas parejas con figuras de convalecientes de hospital, un público con trazas de turba de casas de corrección. Habíales entrado la gana de morirse y seis u ocho cadáveres se arrojaban al mar algunos días, sin que el baile de la tarde estuviese por eso menos concurrido.
Llegamos al fin a la rada de Nueva York, que por sus ensenadas y profundidad, como por la belleza del paisaje, recuerda, con colores más suaves y formas menos grandiosas, la de Río de Janeiro. La vista de esta naturaleza plácida despierta involuntariamente en el ánimo el recuerdo de los caracteres de Wáshington y de Franklin, prosaicos, comunes, sin brillo, pero grandes en su sencillez, _good-natured_ sublimes a fuerza de buen sentido, de laboriosidad y honradez. Iba preparado al espectáculo, y no me sorprendieron ni las colinas hermosísimas cubiertas de bosques, ni las caletas, canales y ensenadas que rodean la ciudad, llenas de barcas y cruzadas por centenares de vapores. Nueva York es el centro de la actividad norteamericana, el desembarcadero de los emigrantes europeos, y por tanto, la ciudad menos americana en su fisonomía y costumbres de las que presenta la Unión. Barrios enteros tienen calles estrechísimas y desaseadas, alineadas de casas de mezquina apariencia. Los cerdos son personajes obligados de las calles y escondrijos, donde nadie les disputa sus derechos de ciudadanía. Ocupa el centro de la parte más hermosa de la ciudad el Broad-Way, la calle ancha que toca por un extremo en Garden Castle, y en su desenvolvimiento enseña Trinity Church, templo gótico de hermosa arquitectura y de cierta magnificencia, cosa rara en los Estados Unidos. Ha sido construído por acciones, como todas las grandes empresas norteamericanas. Hay en el Broad-Way hermosos edificios particulares, un bazar en mármol blanco, que se cree no tiene rival en Europa, y un teatro en construcción para ópera italiana. En una hora conté en el Broad-Way 480 carruajes entre ómnibus, carros y coches que pasaban frente a la ventana de mi Boarding-house. Por la noche dábase el _Hernani_ en un teatro improvisado en Garden Castle, y allí nos reunimos seis sudamericanos: Osma del Perú; el joven Alvear argentino; el señor Carvallo y su secretario de legación, mi amigo Astaburuaga, y un recién llegado, que a poco se introdujo en la conversación, preguntando: ¿conocen ustedes a un señor Sarmiento, que debe haber llegado de Europa? Era don Santiago Arcos, quien, reconociéndome por el tal, me dijo que venía desde Francia en mi seguimiento, que desde allí seríamos inseparables hasta Chile, y que éramos amigos, muy amigos de mucho tiempo, acompañando estas palabras con aquel reir de buena voluntad que tiene, y que haría desarmar la extrañeza más quisquillosa.
La _prima donna_ cantó por añadidura, el jaleo, dirigiendo a nuestro grupo desde las tablas palabras en español que le fueron contestadas con una cuchufleta de manolo, de manera que estaba, por decirlo así, en país de lengua castellana y de relaciones antiguas, pues que al joven Osma lo había conocido en España, y vuéltolo a encontrar en Londres, si no me engaño. Hasta las antiguas glorias de la patria y sus actuales miserias encontraba allí representadas en el general Alvear, con quien, allanadas ciertas dificultades de etiqueta, y merced a reticencias convencionales, pasé tres días oyéndolo hablarme de los pasados tiempos. El general Flores, del Ecuador, había también recalado por allí, asaz mohino y cariacontecido, de lo que nos divertíamos Osma y yo por los malos ratos que le habíamos dado en Madrid.