Espasmo

Chapter 8

Chapter 84,046 wordsPublic domain

»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis ¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas? Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir, extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide--antes por el contrario todo concurre a ello,--que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres, a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones. La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes. Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital: fuera de eso no hay nada.»

«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene razón. Fuera de eso, no hay nada...»

Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores, que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba contaminada por su contacto!

Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición? ¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el misterio judicial.

Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las confesiones de la muerta se redoblaba.

«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!

»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.

»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto con mi padre!

»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación, desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...

»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada: el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que pasa, me hacen mucho daño.

»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades, del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente cuando sentía su falta?...»

Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un libro:

«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero, ¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)

Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.

«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable, y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»

Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había conseguido con ello?

Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que le llamó la atención:

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.--_La noche del 12 de Agosto_.»

Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas, a guisa de señal.

Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención, al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:

«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)

Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda, sino el último desastre!

La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron el engaño y cesaron de venerarlos...

Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste solamente en la sanción moral.

La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido, y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.

Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de ella su primer amante:

«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería reducirla, a una mentira, a una hipocresía.

Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones, no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese momento más claro a Ferpierre:

«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de afirmarse contra la duda triunfante...

»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.

»La última esperanza...»

«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»

Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta manera: «o morir para evitar el pecado?»

V

DUELO

La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.

Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven, cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella. Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz: los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.

Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y de su desesperación.

Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la legación de Rusia.

Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.

Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba. Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una década entera: se había envejecido diez años.

--¿Sigue usted todavía--comenzó a preguntarle el juez--en la misma opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?

--¡Lo creo!--contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido que siente el hierro revolverse en la llaga.

--¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su acusación?

--Todavía no.

--Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable, resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre usted y ella desde que la conoció?

--De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.

--¿Qué día la conoció usted?

--El 13 de julio del año pasado.

--¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?

Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego dijo en voz baja:

--Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.

--¿Qué le dijo usted?

--Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa, después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una sonrisa...

--Pues bien; mire usted, lea...

Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado las flores y lo pasó al joven.

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.--La noche del 12 de agosto.»

Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.

--¿Comprende usted, el significado de estas palabras?--repuso Ferpierre.--Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.

La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor de profesión.

Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación extrema.

Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que balbuceando, confuso, y casi despavorido:

--¿Usted cree?...

--¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.

Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.

--Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?

Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente, como hablando consigo mismo:

--Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas. Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una esperanza como aquélla?

--Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted creía. Si no, oiga usted...

Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos, aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí durante la primera lectura.

--Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el juicio copiado de _Verdad y Poesía_, no sabríamos, guiándonos por este libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad que tenía miedo de esta pasión...

--¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?

--Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?

Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.

--¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? ¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por substraerse a mi violencia?

Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.