Espasmo

Chapter 7

Chapter 74,068 wordsPublic domain

»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme, desviando la mirada: «Otro día...»

«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse, salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse--decía también,--es un acto de justicia...»

La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas de un tren él la había buscado.

«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...

»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida. Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...

»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...

»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía miedo hasta de pensar.

»No soy sincera, no lo digo todo...»

Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.

Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado? Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles, por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas, ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes, había estado él mismo al prever un desenlace contrario.

¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?

Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún, era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.

Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:

«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario poder guiar el pensamiento íntimo.»

¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?

«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella nadie podría tener esperanzas de salvación.»

¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la conciencia de alguna culpa personal suya?

Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.

«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que el que se propone repararla.

»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.

»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.

»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las califica de raras.»

La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido? La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.

«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran desconocidas.

»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi felicidad. ¿Dudo yo también ahora?

»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite, forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su voz. Soy feliz...

»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría leído él en mis ojos?

»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón recuerda. Eso es otra cosa...

»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...

»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida, dice él.

»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su voz, en su pecho...

»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero sí turbada...

»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias, tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y todavía se ríe! No quiero...

»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»

Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario, como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las confesiones.

«La vida es más difícil de lo que yo creía.»

Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos, todavía otra duda:

«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»

Después algunas frases de sentido obscuro.

«De ningún modo, pero agrada esperar...

»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza me sonríe, veo la meta...

»Ahora me faltan las palabras...»

Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:

«Ante Dios, para siempre.»

Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras, relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.

Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa: con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle, habían debido determinarla y secundar su afecto.

«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»

Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.

¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.

En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad, aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:

«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que somos...»

Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la Condesa proseguía, horrorizada:

«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»

Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus creencias, sino aun en sus esperanzas?

Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas condiciones?

Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los siguientes párrafos de las memorias:

«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia, este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.

»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros? ¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios, que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo creo.

»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban antes.

»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo menos puro.

»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...

»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la capacidad de regular nuestro amor!

»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras, mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?

»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer, agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no niegue todo y siempre...

»¡Ah, esa risa...!»

¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?

Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:

«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en ellas:

«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes: alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía; más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres, el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida; mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.