Chapter 5
La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad? No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez? ¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...
Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía, que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados, había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.
Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se hubiera creído!
Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible, sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.
Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían. ¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.
Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado. Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración: veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.
Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.
Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño, qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.
Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente, cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario, junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.
Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual, pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro, incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también, lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.
Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante, la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»
Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes, las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas, su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...
El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.
--¡Hermana!... ¡Hermana!...
Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.
Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba nuevas virtudes.
Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces, no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.
Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras fraternales?
«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba. Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted tan agradable...»
¡Y también ella estaba muerta!
El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se encontraba en la iglesia.
Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a tener la postrera reunión.
Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes. Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba. Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.
Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí, sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del sentimiento le eran desconocidos.
«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía. Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen. Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina, porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia: así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez, principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal. Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer y hacer daño...»
Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:
«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda le hará ver su engaño...»
Pero él no la había dejado terminar:
«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber. Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente, ¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien. Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado, las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo ha esperado, lo espera...»
«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!
El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto. La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario, permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de todo...
Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.
Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.
Vérod se desplomó junto a la verja.
¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón! ¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!
Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él estaba vivo?
IV
HISTORIA DE UNA ALMA
La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.
Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.
Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía llenas de los recuerdos de la antigua.
«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí como yo me acuerdo de ellas?»
El sentimiento predominante era su adoración por su padre.