Espasmo

Chapter 4

Chapter 43,989 wordsPublic domain

--Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?

La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.

--No podría decirlo, señor.

--De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a hacer aquí?

--Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.

--¿Cuántas veces ha estado aquí?

--Tres o cuatro veces.

--¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy íntima... que ella fuese su querida?...

--No podría decirlo. Un día...

--¿Qué?

--La vi besar la mano al señor.

--¿No oyó usted lo que decían?

--Hablaban en ruso. Yo no podía entender.

--Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?

La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía significar ignorancia como asentimiento.

--Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy justificados...--insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba todas las ideas que se le iban presentando.--¿Sabía la rusa que entre los patrones de usted había discordia?

--No podría decirlo.

--¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?

--No sé, señor.

--¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber armado su brazo?

La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.

III

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD

El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles, cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida acababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad: ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa, la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba, andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo deslumbró.

¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía, gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha visto dentro de ella un mundo horrible?

Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda. Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos, atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del árido pensamiento.

Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera en algún momento estar delante de los espectáculos representados en éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no entenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le apareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? ¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había hecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. ¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las manos de la pianista interrumpieran la ejecución del _Largo_ de Bach, que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

--¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca, la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito, de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

¿Había conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso, trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo. Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores. Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración. Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana. Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente, pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa orden.

El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto. Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila tristeza, en tímido gozo!

Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su servicio, había vencido por ella el obstáculo.

Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída, derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso, hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra. Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía, por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha tremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor, que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal; su vista era el consuelo del mundo...

El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del camino, exclamando:

--¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...

Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:

--¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo lo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el mal...

Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior, lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos, contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor existía, sentía retemplarse su fe.

¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su deber era vengarla!