Espasmo

Chapter 3

Chapter 33,954 wordsPublic domain

¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos? Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza, principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso sospechar de su sinceridad.

--Pero entonces--replicó,--si esa señora le amaba a usted y no se creía libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales, ¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de desesperación?

--¿Cómo?... ¿Por qué?...--balbuceó Vérod, aturdido.

--Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.

Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido el corazón atravesado por un dolor agudísimo.

--¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?... ¡Oh!

Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor sobrehumano.

Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía, y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su espíritu para estudiar la acusación.

Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?

Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.

Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al impulso de una viva reacción.

--¡No!...--dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán de protesta.--¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!...

Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la muerte, ¡al contrario!... ¡No!--repitió con voz que se iba haciendo más firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:--¡No! ¡Ella no se ha matado! ¡Ha sido asesinada!

¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!

--¡Tanto mejor!--contestó Ferpierre--¡y puede usted estar cierto de que también yo las buscaré, de que las busco!...

Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.

--¿Su nombre?--le preguntó.

--Alejandra Paskovina Natzichet.

--¿Nacida en?...

--Cracovia.

--¿Cuántos años?

--Veintidós.

--¿Qué profesión?

--Estudiante de medicina.

--¿Domicilio?

--Zurich.

La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las preguntas.

--¿Cómo se encuentra usted en esta casa?

--Vine a hablar con Alejo Zakunine.

--¿A hablarle de qué?

--De cosas que no interesan a la justicia.

--¡O que la interesan mucho!

La joven no contestó.

--¿Es usted su correligionaria?

--Sí.

--¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?

Nuevo silencio.

El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó lentamente:

--Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.

La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros desdeñosamente.

--¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?

--¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?

--No comprendo.

--¿Es usted también su querida?

La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión de ira, pero no dijo una palabra.

--¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta: ¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?

--En el escritorio del Príncipe.

--Y él ¿dónde estaba?

--Conmigo.

--¿Conocía usted a la muerta?

--Nunca hablé con ella.

--¿Hoy la vio usted?

--No.

--¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que se amaban?

Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de ésta. Pero la joven contestó, impasible:

--Sí.

--¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?

--No.

--¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran por largo tiempo en desacuerdo?

--No.

--¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?

--Acudí.

Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba: «Acudimos»?

--¿Sola?--le preguntó.

--Con él.

--¿Y estaba muerta?

--Expiraba.

--¿Por qué se habrá matado?

--No lo sé.

--¿Qué dijo el Príncipe?

--Lloró.

--¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?

--Dos o tres veces.

--¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?

--No sé.

--¿Conoce usted a Vérod?

--No sé quién será.

--La persona que denuncia el asesinato.

--No lo conozco.

El juez cesó de interrogarla.

--La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de la justicia.

La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba, reflexionaba que por ese lado nada sabría.

Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con aquel que debía ser seguramente el principal actor.

Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente principal.

Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el sello de una profunda tristeza.

--¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?

--En Cernigov, en 1855.

--¿Ha sido usted condenado alguna vez?

--Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he sido graciado y expulsado de Rusia.

--¿No ha sufrido usted una condena más grave?

--Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.

--Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.

A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos volvieron a brillar.

--¿Qué contesta usted?

Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir su cólera, y luego dijo:

--Es cierto...

¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:

--Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.

Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía apenas.

--¿Ha sido muerta por usted, por su mano?

--¿Qué importa? Yo soy responsable...

--¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó usted al suicidio?

--Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.

--¿No la amaba usted ya?

--No la amaba.

--¿Y sin embargo la llora usted?

Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la pregunta del juez, éste repuso:

--¿Quería usted abandonarla?

--La abandoné.

--¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La tenía usted lástima?

--¡Tanta!

--¿Ella le amó a usted mucho?

--Como yo la amé un tiempo.

--¿Fueron felices?

Los ojos del Príncipe se enrojecieron.

--¿Todavía le amaba a usted?

Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con desesperación.

--¿Le dio a usted motivos de celos?

A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.

--¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?

--Lo suponía.

--¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?

Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció otra vez.

--No--contestó con voz sorda.

--¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?

--No sé.

--¿El dolor? ¿Los celos?

--Seguramente.

--¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?

--Cinco años.

--¿Era libre cuando la conoció usted?

--Sí, libre. Viuda.

--¿Dónde la encontró usted?

--En Aberdeen, en Escocia.

--¿Cuántos años tenía?

--Veintinueve.

--¿Ahora o entonces?

--Ahora.

--¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse legalmente en matrimonio?

--Yo desconozco esa ley.

--¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos debía ser inmoral y punible?

--Había contraído el compromiso ante su Dios.

--Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la catástrofe.

--Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.

--Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?

--En Zurich.

--¿Cuándo llegó usted?

--Anteayer.

--¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?

--Noté que sufría más que de costumbre.

--¿Alguna vez le propuso a usted separarse?

--Nunca.

--¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?

--La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la repugnaban.

--¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó disuadirle de sus trabajos?

--Muchas veces.

--¿De qué modo?

--Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.

--¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?

--En un tiempo.

--¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?

--¡Oh! ¡Nunca!

--¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?

--Pensamos del mismo modo.

--¿Trabajan juntos en la propaganda?

--Sí.

--¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?

--Ninguno.

--¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No mienta usted: así sabremos la verdad.

--Afirmo que nada más nos liga.

Su acento parecía sincero.

--¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?

El interrogado tardó un instante en contestar.

--No--dijo por último.

--¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?

--En mi cuarto.

--¿En su cuarto de dormir?

--En el escritorio.

--¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?

--A las once y tres cuartos.

--¿Qué hizo usted al oír el tiro?

--Acudí.

--¿Su compañera acudió después?--preguntó el juez, tratando de dar a su voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia de la pregunta.

--Acudió conmigo.

Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las sospechas?

--¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?

--La ganó en una rifa, hace tiempo.

--¿Y las cápsulas?

--Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.

--Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos e impedimentos para su nueva felicidad?

--De ella misma.

--¿Qué quiere usted decir?

--Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran elevadísimos.

--Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?

--No lo sospeché.

--¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de prever!

--Ella gozaba de su confianza; yo no.

--¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?

--No.

--Ahora vamos a oír lo que ella dice.

El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en presencia de la otra.

Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.

La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos; después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.

Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.

--¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de morir?

--Sí.

--¿Desde cuándo?

--Desde hace mucho tiempo... más de un año.

--¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?

--Sí.

Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada sin siquiera volverse hacia el acusado.

--¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted precisar.

--El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.

--¿Qué tiene usted que contestar a esto?--dijo con frialdad Ferpierre, volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.

--No recuerdo el hecho--respondió éste sosteniendo firmemente la mirada del juez.--He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con claridad lo que creía tener razón de temer.

--¿Todavía en los últimos tiempos--repuso el juez dirigiéndose a la mujer--hablaba de su propósito?

--No.

--¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones de quejarse?

--El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.

--¿Es cierto lo que dice?

--No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.

Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un suicidio, para salvar a su compañera de fe política?

--¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la Natzichet?

--No sé. No la veía.

--¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?

--No se...

El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada hablar libremente.

--Déjenos usted solos--dijo a Zakunine.

Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.

--Oiga usted--la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de persuasión confidencial;--nos encontramos en presencia de una grave duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda usted?

La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.

--¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.

--¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido un delito como ese?

La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:

--No.

--¿Por qué cree usted que no?

--Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente. ¡La consoló tanto de sus dolores!

--¿Qué dolores?

--La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa, aplastado por un tren.

--¿Pero después la trató mal el Príncipe?

--Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para sospechar tan horrible cosa.

--¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?

--En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.

--¿Cuánto tiempo hace de eso?

--Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera más bueno, y más suyo!..

--¿Notaba usted disputas entre ellos?

--No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le antojaba.

--¿Le engañaba con otras?

--No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que estaba ausente?

--Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo hace de eso?

--Tres o cuatro meses.

--¿Cómo notó usted ese cambio?

--Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que no iba a volver nunca.

--¿Venía de Zurich?

--Creo que de Zurich.

--¿Se quedó mucho tiempo?

--Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.

--¿Cómo se explica usted tal cambio?

--No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía haber procedido mal.

--Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. ¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?

--Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:--«Qué amable es el señor Vérod, ¿no es cierto?...»--Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.

--¿Cómo era eso?

--No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero aquello pasaba pronto...

--¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

--No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, pero...

--¿Qué temía?

--Se temía a sí misma.