Chapter 2
El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de contener.
--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.
La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura, rencorosa, y le apostrofó así:
--¡Loco! ¿Qué dices?
Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y otro penetrar con ellas hasta el alma.
El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.
--¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!--intimó el primero.
--¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios, de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.
Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan ustedes--agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados: deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es creíble...
El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada escrutadora:
--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y firme.
--¿Usted cree eso?--exclamó el joven desconcertado--¿usted ha dicho eso?
La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente; parecía no comprender ni ver.
--¿De quién era esta arma?--la preguntó el magistrado.
--Suya.
--¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?
--Encerrada, escondida.
--¿Ve usted--dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven--que nada confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?
El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:
--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar con el juez de instrucción.
II
LAS PRIMERAS INDAGACIONES
Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su primera vocación había sido otra.
Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas, ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo. Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.
La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno, extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética, la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.
Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez de paz en la _villa Cyclamens_, adonde había acudido al primer llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba sobre la cabeza del Príncipe.
Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad, todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan, se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?
Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron en la _villa Cyclamens_. En la suposición de que el amor o el capricho del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado, el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas, sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento; pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos poco probable.
Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable, cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver, deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo, se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz, contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un asesino sería inexplicable.
Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran entrar a Vérod.
Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?
--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se dirigía mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles, secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;--aquí me tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?
--Roberto Vérod, treinta y cuatro años.
--¿Es usted Vérod, el escritor?
--Sí.
--¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?
--Sí.
O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.
--Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?
No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio, sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado, tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía. Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego, arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la mano.
--¡Si usted supiera, señor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qué tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar, cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para decirle lo que tengo que decirle!
Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a él, contestó:
--Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al magistrado, sino al hombre.
--¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi convicción moral...
--¿Y al hombre?
--Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio, puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?
El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto no contestó.
Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a interrogarle:
--¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?
El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.
--No debo, no, decirlo...--murmuró con voz ahogada.--A nadie revelaré un secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.
--¿La amaba usted?
--Sí.
Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la alegría, una altiva felicidad.
--Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?
--¿Y ella le amaba a usted?
--¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese sentimiento que nos hacía vivir.
--¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?
A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió un amarga contracción de desdén.
--¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?
Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea. O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se había convertido.
--Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del Príncipe con la Condesa?--siguió preguntando mientras tanto.--¡No cabe duda de que hubo un tiempo en que se amaron!
--Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!
--¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?
--Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara, como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las consecuencias del error, aceptó el martirio.
--¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?
--¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus palabras envolvían una ofensa, un agravio.
--¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?
--¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que yo a su respecto.
--¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la Condesa?
--Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos veces.
--¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad política?
--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.
--¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que perseguía?
--No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal, debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.
--¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?
--¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!
--¿Cuándo la conoció usted?
--El año pasado.
--¿Dónde?
--Aquí, en el Beau Séjour.
--¿Todavía no había alquilado la villa?
--Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.
--¿Dónde vivía en invierno?
--En Niza.
--¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?
--No.
--Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?
--En estos últimos meses.
--Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?
--Una compatriota y correligionaria suya.
--¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?
--No, pero no es difícil adivinarla.
--¿Sería ella también su querida?
--¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en asociarse al deber?
La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la criatura adorada por él.
--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe. ¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer, apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto en práctica un antiguo propósito?
--¿Eso no le prueba a usted--exclamó el joven, sin contestar directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva interrogación,--eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...
Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el acusador.
Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más, no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos. Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.
--Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para inculpar a dos personas?
--Usted comprenderá--repuso el magistrado cuando vio calmarse la angustia de Vérod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar, casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último, las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra esperanza la sonrió?
--Sí, ¿por qué no la recuperó?--replicó Vérod, como hablando consigo mismo.
--¿Usted no sospechó el motivo?
--Ella misma me lo dijo.
--¿Y fue?...
--Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo tampoco la quería de esa manera...