Chapter 17
Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la esperanza de recuperarla...
¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el cálculo?...
Un día hablé. La dije:
--Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en torno mío. Más tarde harás lo que quieras...
Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también. Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que me dio fue:
--Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que nuestro amor ha muerto.
Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.
Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun no la conocía!...
Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil, quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.
Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era el arma.
Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos indisolubles...»
Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones, todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban amenazadores.
--¡Tú me prometiste ayer--la dije con acento amargo--que no me dejarías, porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...
Ella no lo negó.
--Déjame morir--fue su respuesta;--eso será mejor para todos.
En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.
--¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?
La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.
Ella me respondió únicamente:.
--¿De quién es la culpa?
--Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de tantos meses de dolor.
--Pues bien--la repliqué,--yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?
--Sí--me dijo.
Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:
--¿Por qué?
Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.
--Porque si vivo seré suya.
¡_Suya_, de usted, de otro!...
Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.
--¡Eso no es posible, no sucederá!...
Ella movió la cabeza.
--¡No digas que no!--insistí.--¡No digas que no!... Ya sé que no me amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro, porque... porque...
--Le amo--dijo.
Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:
--Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor me está vedado, muero.
Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:
--¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu papel!...
Todavía creo ver su mirada asombrada.
--¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única persona que me llorará sinceramente?...
--¿De él?...--exclamé.
A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:
--De sor Ana.
Yo repuse siempre en tono de burla:
--¿Y la salud del alma?
Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.
--¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...
Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:
--¡No me toque usted!
Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.
--¡Bueno! ¿La causo horror?--la dije.--¡Y lo ama usted a él! Y aun cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...
Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.
--Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted también correr en busca de nuevas caricias.
Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.
Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por una sonrisa burlona.
--¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a venir ahora!...
Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:
--¡Va a venir: soy suya!...
La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la frente.
--¡Cállese usted!--la grité.
--¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!
--¡Cállese!--la ordené una vez más.
--¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie puede condenarme!...
--¡Cállate!...--la intimé por tercera vez.
--¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado. ¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me inunda el alma!...
--¡Estás loca!--grité.
--¡Sí, desde que soy tuya!
No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.
--¡No es cierto! ¡No te creo!--exclamé.
Ella me contestó, atónita, riéndose:
--¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad, ¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano; he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento: después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado; ¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...
--¿Tú has hecho eso?
--Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre. ¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?
--¡Cállate! ¡No me provoques!
--No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...
Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!
--¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?
Yo prorrumpí:
--¡Matarte!
Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.
--¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!
--¡Cállate, o te mato!
--¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que no sea suya...
Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:
--En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...
El tiro partió...
Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:
--¡Asesino!
El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:
--Pegue usted.
Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:
--¡Asesino!
--He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer, cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras. Óigalas usted:
--He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...
Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de mí:
--¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...
Yo no comprendía.
Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de ponerla, le extrajo una cápsula.
--Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...
Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:
--Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...
Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos, pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas, confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces, naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad, y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma, muda e invisible, gobernaba ya mi vida...
Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido: coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.
El Príncipe continuó:
--El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún: era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa, volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó. ¿Cree usted que Florencia haya muerto?
La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió hondamente conmovido.
--Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas: habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha de hacer de mí.
Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una palabra, el Príncipe continuó:
--Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el mejor partido?
Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio estaba completamente obscurecido.
--Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión. Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es, defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse, compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz, quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...
Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo, y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:
--Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad. Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca, antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.
Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una emoción violenta se lo impedía.
--Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he impuesto...
Y tomando una mano del joven, le suplicó:
--Roberto, ¿me perdona usted?
Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por llorar.
--El alma de Florencia está presente aquí--dijo el Príncipe.
Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.
Luego agregó:
--Sea por siempre bendita y bendecida.
El llanto de Vérod era tempestuoso.
--Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...
Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento estrechamente abrazados.
El Príncipe preguntó en voz muy baja:
--Hermano, ¿me perdonas?
--Te perdono, hermano.
Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre las sombras, se volvió una vez más.
--¡Adiós!
Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana, impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.
Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso, como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del culpable y de sí mismo.
Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:
--Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!... Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa, colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet, amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?
Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.
--Ha muerto.
Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él, había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás llegaría a saberse.
--¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!--dijo el magistrado.--Y tenía un gran corazón.
--Sí--ratificó Vérod.
--Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo el asesino, se puede esperar su redención.
--Está redimido.
Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su coloquio con Zakunine.
--Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella, que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda, vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo; que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...
Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del cielo, caído sobre la tierra.
Después habló Ferpierre:
--Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia celosamente su imperecedero recuerdo!
FIN