Espasmo

Chapter 16

Chapter 164,116 wordsPublic domain

El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones, demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que, después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo, ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible: después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.

Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo tardaba en concederle ese ambicionado bien.

En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido merecedora de su amor.

Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba a él?

«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a que induce a la persona amada.»

Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!

Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una perfección sobrehumana.

«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser; y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme envilecer más de lo debido su memoria.»

Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que vivía fuera de la ley.

¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese amado a ese hombre con amor puro!

Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil, perversa había sido la pasión de aquella mujer.

Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel! ¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente? El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...

Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a su memoria las proféticas palabras de un día lejano:

«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión; esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el de usted...»

Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había reconocido su propia indignidad.

Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.» ¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...

«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? ¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a rescatarse?...»

Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra pregunta, más ansiosa que las demás:

«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»

Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión aliméntala por el remordimiento?

Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién era él, que pretendía condenarlo?

¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus culpas?

De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.

No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero sin renunciar a la vida.

¿No era ese el camino?

Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! ¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: se había matado porque todo acaba en la muerte.

«Entonces, ¿nada existe, nada?...»

La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.

Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.

Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro, confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor infinito.

El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana, lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron. Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de Ouchy, las cuestas de Lausana, la _villa Cyclamens_, el bosque de Comte, las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y sonriente a, la luz del sol.

Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él sentía en su interior.

Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran de improviso evocar el bien perdido.

Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.

¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?

El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.

--Roberto Vérod--decía la voz--¿no me reconoce usted?

Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un espectro.

¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?

--¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales de una rápida decadencia.

Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se desencadenaban en su alma.

--Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y después de una pausa, añadió:

--Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.

El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.

--¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...

Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.

--Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. Y me burlé de ella y la ofendí.

Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera ciego, y luego prosiguió:

--Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, también me reí de mí mismo...

Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.

Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder decirla:--¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces como las demás, lo que te place!--era algo que me colmaba de júbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.

Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...

Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra de consuelo...

El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...

¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido curarme como el amor de una criatura como esa.

Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y que hemos retirado la mano, y proferido--¡demasiado tarde!--la palabra; ante esa idea el corazón cesó de latir...

Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre, comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha muerto...

Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo, por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las cosas, el rostro escuálido del Príncipe.

--Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi pasión por la otra!...

Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...

Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!