Espasmo

Chapter 14

Chapter 144,040 wordsPublic domain

--Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle, porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le ayudara, lo ayudé.

--¿Matando a la mujer amada por el?

--Devolviéndole la libertad.

--¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría, deliberadamente?

--Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara, que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común. La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles. Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita, falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,» agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere: cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura, inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo, quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...» Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.» Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.» Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»--«¿No quieres dejarle?»--«¡Máteme!...»--«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su voz que llamaba. ¡La maté!

Jadeante, se calló.

--¿Y no se arrepiente usted?

--No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la libertad a ambos.

Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.

Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen, para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa, aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el suicidio libertador?

De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto, ¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban ambos a declararse culpables?

La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché, había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.

Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida impaciencia:

--¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?

--¿La verdad? ¡Ahora la conozco!--contestó con severidad el juez.--Usted no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...

--¡Ah! Entonces...

--Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber disipado mis dudas...

Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el Príncipe le miraba sin despegar los labios.

--¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto salvar a la reo?

--¿Salvarla?...

--¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos están de más. La amiga de usted ha confesado.

--¿Qué?

El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.

--¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado? ¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...

El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.

--¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y debido sospechar de usted con mayor fundamento?

Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:

--No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?

VIII

LA CARTA

Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio, triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.

Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.

Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios, porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y conseguía, por último, vengar a su amada.

Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo, el único que continuaba en la angustia.

Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón; si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado, llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de la muerta...

Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada, contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la desordenada vida que había llevado!...

¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante, y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la multitud curiosa, el secreto del ser amado?

El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.

La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito, semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él, bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha: Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el principio las investigaciones del magistrado solamente contra el hombre...

¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación contra Zakunine?

Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban, viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión, debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que él podía serlo!...

¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo, ¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio; ¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!

Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara su crimen.

Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le había inspirado?...

Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del joven seguía aumentando, crecía continuamente.

Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una situación semejante a la que él se encontraba?

Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la culpa era enteramente de ese hombre.

En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su vida?

Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...

A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal, ¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»

Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada hipocresía o de la debilidad presente?

De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo afirmamos contra nuestros propios intereses...»

Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra: «Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los ojos bañados en lágrimas.

Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo, volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»

Y él se decía: «No puedo.»

No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no debía revelarlo?

El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?

«Perdona,» seguía diciendo la voz.