Espasmo

Chapter 13

Chapter 133,982 wordsPublic domain

Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados, podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.

Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él. Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito? Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.

Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet. Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa, podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la nihilista, cuya presencia en la _villa Cyclamens_ no se explicaba muy bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe, fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?

Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.

Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod: esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido, podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior, algún acto.

Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.

Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?

Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos, ¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?

Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro podía ayudar al descubrimiento de la verdad.

Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.

Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.

--Vengo a cumplir--le dijo el magistrado en tono de felicitación,--un deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle. Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus estudios sociales.

Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer, impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para que le dijera:--«¿Cuándo habrá usted terminado?...»

--Indudablemente--continuó el magistrado,--habría sido mejor para usted examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya prolongado?

La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta cerró por un instante los ojos, y dijo:

--¿Qué quiere usted decir?

--¿No comprende usted?

--No.

--Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable, si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a descubrir como ustedes a reconocer...

--¿Qué dice usted?...--interrogó la joven con un movimiento de indiferencia.

--Yo no digo nada--contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando la vista a los papeles que estaban en la mesa.--¡El amante de usted ha confesado ser él mismo el asesino!

Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.

Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:

--Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía salvarlo?

Diciendo esto la miró.

La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero que sin duda era muy penoso.

--¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!

El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto. Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin, notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral? ¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?

--Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo. Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente, tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones? Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí; usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta, usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?

En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos, la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo brecha en él y dejando ver su interior.

--¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?

La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar: después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar y oprimir:

--¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por último!

--¿Cómo me habla usted?

--Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad? ¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien, diga usted a esa sociedad--y el tono de su voz se alzó casi hasta el grito,--dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio; conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.

La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.

--¡Ah! ¡Confiesa usted!...--fue lo único que pudo decir en el primer momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la pregunta; pero en seguida, dominándose:--¿Usted también confiesa?--repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le había producido.--¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro? ¡Noble competencia!

La joven replicó con dureza:

--¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?

--¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?

--No por placer.

--¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar del medio el objeto de sus celos?

--Usted no sabe.

--¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?

--Es cierto.

--¿Y usted no estaba celosa?

La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se destacaron sonoras, una después de otra:

--Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también la suya. ¡Pero él la olvidó!...

Ferpierre comenzaba a comprender.

--¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?

--Sí.

--¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?

--Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con alguien.

--¿Y hablaba de ella con usted?

--¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso! Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?

--Nunca me ha amado.

No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a Ferpierre: «¡No miente!»

--Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?

--¿Qué le importa a usted eso?--respondió la nihilista, volviendo a hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo. Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra de salvación a que nos dedicamos.

--¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!

--¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos. Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal? El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres, contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre, contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos: una, diez, mil vidas ¿qué importan?

La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de quien hiere y derriba.

Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado, dijo a su vez, con acento frío y severo:

--No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?

Y al ver que tardaba en contestar:

--¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a usted, en revelar sus planes de conspiración?

--Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa mujer.

--¿De qué modo?

--Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería que yo, yo, le ayudase...

La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera había sospechado su amor.

--¿Y usted?