Espasmo

Chapter 12

Chapter 123,972 wordsPublic domain

--No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.

Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se estremeció.

--Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un proceso político?

--¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted mucho...

La mirada del Príncipe relampagueó.

--No hable usted así,--dijo sordamente.

--¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo; usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la frecuentación de esa mujer, a su amistad?

--No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero hice otras cosas, no menos útiles.

--Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella misma ha confesado.

--¿Qué?--exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.

--Que usted es su amante.

--¿Ella ha dicho eso?--dijo con otra exclamación el acusado, expresando con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante revelación.

Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.

El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante confesión tenía que causar a ambos?

--¡Ella misma lo había dicho!--repitió el magistrado.--¿Se asombra usted?

--¡Eso es falso!--replicó el Príncipe.

--¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?

--Tres años.

--¿Cómo la conoció?

--Era amigo de sus hermanos.

--Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?... ¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o no, que es usted su amante?

La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían, todo revelaba su ira.

--Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.

Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.

A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud: parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.

--La he hecho llamar a usted otra vez--dijo el juez--para que repita usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted su querida?

El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír la respuesta, o por sugerírsela él mismo.

--Sí--contestó con firmeza la joven.

--¿Sabe usted--repuso Ferpierre señalando al Príncipe--que él aparenta no creer que usted me lo haya dicho?

--Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.

La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la cabeza y clavó en él la vista.

--¿Es o no su querida?--repitió Ferpierre mientras los dos se miraban fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y turbado.

Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.

--Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?

--¿Qué dice usted?--profirió Zakunine desdeñosamente.

--Y entonces ¿por qué?--insistió el juez.

--Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa--dijo la joven.

Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:

--No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.

--Dejemos aparte--dijo Ferpierre,--el juicio sobre la supuesta conducta de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy extraño de romperlo...

Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y confuso; pero la joven replicó:

--¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y retarde su cumplimiento?

--Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...--observó Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la joven le inspirara sospechas.--Pero ya que usted está tan bien informada de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía que ésta se creyera más atada que nunca.

--Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.

--¿Cuándo?

--El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él, contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.

--¿Confirma usted lo que dice esta joven?--preguntó Ferpierre a Zakunine.

El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.

--¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?

Todavía fue la mujer quien contestó:

--Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes? ¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»

El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:

--¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso terreno?

La joven contestó con dureza arrugando el ceño:

--Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?

En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo despedía.

VII

LA CONFESIÓN

La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera bastado la trama judicial.

La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.

Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta la ingenuidad?

Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores, para insistir en sus opiniones.

En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.

¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse dedicado a la destrucción de tantas obras?

Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a una pasión mezquina?

Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario, lo eran y mucho--y lo probaban citando las numerosas aventuras del Príncipe,--y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.

Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de rivalidad.

Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos quedaba demostrada.

Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.

El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él. No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así: su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe. Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más bien de dos inocentes que temían defenderse mal?

Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después, una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.

Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto, había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que debían haberle encontrado?

Un nuevo registro en la _villa Cyclamens_ más minucioso que el anterior, excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último, el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la sospecha.

No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet: nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa ciudad muy diversos.

La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba, sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta, y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.

Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos, bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado, suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía haber querido su muerte.

En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía sin excusa.

¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía, pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo, este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad, sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz, como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna unión podía haber germinado el delito.

La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro? En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa, perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la descuidaba en todas las formas?...

Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían asesinado.

Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del ensangrentado cadáver.

Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa, como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado. Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en presencia de una dificultad mayor.