Espasmo

Chapter 11

Chapter 113,981 wordsPublic domain

Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada, hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado, su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era Zakunine, que se había mantenido lejos.

Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa d'Arda.

--¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?--se preguntaba Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:--¡Sí, es capaz!

Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a amarla.

¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo, habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras «nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»

¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había podido apartarse del propósito de su vida?

Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda, considerando también que antes de haber concebido el ideal político el joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar _a priori_ la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda, aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde que la Condesa amaba a Vérod.

Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida, también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito, hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod, y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba mejor en sus visitas demasiado breves y raras?

Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes. La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich, contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.

Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...

La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la acusación de Vérod?

Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda, si los valores encontrados en la _villa Cyclamens_ eran exactamente los que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen. Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo, no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich, donde vivía la Natzichet.

¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir? ¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva aventura lo retiene por allá?...»

--¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con la joven prófuga?

Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de artículos destinados a la revista americana _The Rebel_, y a otras hojas españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista. Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le hubiese sido necesaria.

Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la locura de las carnicerías inútiles?

Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto, con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.

Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella, hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida, la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones. El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto, ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.

En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe, que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.

Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa? ¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista? Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión, sin duda verosímil, pero aún no probada.

Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.

Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha. Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de brazos.

--¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!--comenzó el juez.--¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe Alejo Petrovich?

--Muchos años.

--¿Desde Rusia?

--Sí.

--¿Cómo le conoció usted?

--Era amigo de mis hermanos.

--¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que usted salió de su país ¿dónde lo encontró?

--Aquí, en Lausana.

--¿Estaba solo?

--No.

--¿Con la Condesa?

--Con ella.

--¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?

--Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.

--¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!

Después de un momento de silencio, la joven contestó:

--Para ayudarme.

--¿De qué modo?

--Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su apoyo.

--¿Le dio dinero?

--Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.

--Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?

--Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y revistas.

--¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

--Un día.

--¿Usted se fue, o él?

--Yo.

--¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron a ver?

--Un año después, en Lugano.

--¿Estaba solo?

--Sí.

--¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la Condesa?

--No me ocupé de esas cosas.

--¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?

La joven no contestó.

--¿No quiere usted decirlo?

--No puedo.

--¿Le ayudaba a usted el partido?

Otra vez se quedó muda.

--¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?

--Tres días.

--¿Y después?

--Volví a Zurich.

--¿Cuándo partió él?

--En abril.

--¿Para hacer qué?

Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:

--¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?

La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.

--¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe? ¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más: entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?

La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.

--Soy yo.

--¡Ah! ¿confiesa usted?--exclamó Ferpierre.--¡El otro día se ofendía usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese cambio de relaciones entre ustedes?

--Cuando él vino a Zurich.

--¿Vino expresamente por usted?

--No.

--¿Por qué entonces?

--Por motivos políticos.

--Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en una u otra alguna palabra de amor?

--Ninguna.

--¿Y usted?

--Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.

Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta turbación.

--Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?

--No.

--¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber pensado en usted durante dos años?

--Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.

--¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino precisamente de Zurich a buscarla?

--No.

--¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?

--Yo sabía que era libre.

--¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido para él?

--Quiero decir que ya no la amaba.

--¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?

--Últimamente tampoco lo amaba.

--Entonces ¿por qué volvió a su lado?

--Tenían intereses comunes.

--¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!

--No.

--Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?

--No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.

--¿Porque quería a otro y no podía ser suya?

--No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un motivo de dolor. Ella tenía muchos.

--¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a otro?

--No lo creo.

--¿Nunca habló con usted de eso?

--Nunca.

--Ahora vamos a interrogar al Príncipe.

La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a Zakunine.

La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado; casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:

--No.

--El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?

--Ella quería que yo siguiera siendo suyo.

--¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?

--Creía haberse unido a mí para siempre.

--¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra mucho a usted!

El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja, con acento de amargura, dijo:

--¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma, yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar irreparablemente sobre ella!

¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la eficacia de la defensa en tal forma?

--¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?

Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez, confuso.

--¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?

--La propaganda.