España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 9
¿España es verdaderamente religiosa? Creo que, en el fondo, no. Cuenta Georges Lainé que preguntó a un sacerdote gaditano: «¿Hay una corriente de opinión republicana muy marcada en el bajo pueblo de Cádiz?» El sacerdote le contestó: «Todos los obreros de Cádiz son republicanos, anticatólicos, y, un gran número, anarquistas». Puede también asegurarse que la mayoría de los obreros de toda España es poco religiosa, influída por corrientes liberales primero y luego por la cuestión social. En Barcelona, principalmente, el viento nuevo ha desarraigado mucho árbol viejo. En Andalucía, en Castilla buena parte del clero ha contribuído, con su poco cuidado de los asuntos espirituales, a debilitar las creencias. El alto clero español cuenta con cabezas eminentes, con sabios y con varones virtuosos; pero en las regiones inferiores no es un mirlo blanco el sacerdote de sotana alegre, amigo de juergas, de guitarras y mostos. La navaja no es tampoco, en ciertos ejemplares, desconocida.--El sacerdote sanguinario y cruel no ha sido escaso en las guerras carlistas. En cuanto a moralidad, es éste el país en donde el «ama del cura» y las «sobrinas del cura» son tipos de comedia y cantar. Ello no quiere decir que, como en toda viña humana y en la del Señor, no haya casos de corrección y de virtud evangélicas. El cura de aldea de aquel honesto Pérez Escrich no abunda, pero se puede encontrar en la campaña española. La enseñanza religiosa en la España interior se queda en lo primitivo, en la plática pastoral que precede a la idolatría católica de figuras también primitivas; en las procesiones originalísimas.--En la España negra de Verhaeren y Regoyos podéis observar curiosos croquis. En San Juan de Tolosa, por ejemplo, en Guipúzcoa, donde existen esas esculturas bárbaras que hacen decir al escritor: «El rezar cara a cara con estos Nazarenos y Santos debe hacer reir o alucinar». En efecto, son figuras, _bonshommes_ como labrados a hacha, con asimetrías deformes y aires de idiotismo o de malignidad; Cristos de rostros funestos, o como dibujados por James Ensor, Cristos _que dan miedo_, bajo sus cabelleras de difuntos, entre los nichos oscuros de los altares. La semana santa en Guipúzcoa; los pasos de Azpeitia con sus siniestras estatuas, son otra cosa que la semana santa de Sevilla, con sus esculturas artísticas, sus palios lujosos, sus pasos con imágenes de arte, sus vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro, terciopelo, hierro, y más oro; y las saetas, esos cantos que brotan en su aguda tristeza, quejidos del pueblo, dolorosas y sonoras alondras de una raza. O la semana santa de Toledo, entre la antigüedad gris y seca de esa petrificación de tiempo. En las fiestas de San Juan Degollado, en la isla de Gaztelugache, cerca del cabo Machichaco, puede verse aún la Edad Media, con la devoción idólatra y temerosa, los romeros y penitentes que suben una cuesta de rodillas, despedazándose sobre la piedra. Los niños van vestidos de negro y violeta. Y los disciplinantes de Rioja, en San Vicente de la Sonsierra: hombres que se destruyen las espaldas con azotes, a la vista del público, y luego, cuando el lomo está todo amoratado de golpes o hinchado de disciplinazos, se les raya con bolas de cera llenas de vidrios filosos. Regoyos nos cuenta de otros martirios, como el ir tocando una gran campana por las calles, o pasar con los pies descalzos sobre pedruscos y chinas. Allí la sangre humana se vierte en realidad cada jueves santo.
Pero junto a todas esas manifestaciones de religiosidad nefasta y milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la hembra. El torero tiene una imagen a la que reza antes de ir a la corrida, a la fiesta de la sangre. Los antiguos peregrinos que iban a Santiago de Compostela con el bordón y la calabaza eran excelentes pillos y bandoleros que hubo que perseguir. En ciertas procesiones andaluzas hay pleitos por si una santa virgen vale más que otra, y al elogiar a la propia imagen se injuria con epítetos de la hampa a la santa imagen contraria. Se forman partidos por este o aquel Cristo, por este o aquel santo milagroso. En Galicia pasa lo propio. Un escritor gallego me cuenta que un tío suyo muy devoto, después de sufrir un gran dolor moral, se encerró en su gabinete, y con una filosa faca se puso a dar de puñaladas a un Crucifijo familiar. No es raro que al ir a dejar a la iglesia en los pueblos, a una imagen, los conductores se detengan un rato en la taberna. En 1820 los madrileños saquearon el palacio de la Inquisición; degüello de frailes ha habido que quedará por siempre famoso. España es el país católico por excelencia; pero Rothschild ha sido el amo por intermedio del judío Bauer; y se ha transigido por razones muy humanas, con la fundación de templos protestantes.
El fanatismo español, según Buckle, se explicaría por las luchas con las invasiones arábigas; pero Ives Guyot hace notar, con justicia, que antes había habido los grandes choques con los visigodos arrianos. La conversión de Recaredo señala un buen punto de partida. De lo más remoto parte la veta religiosa, desde la venida de los primeros cristianos. No hay lugar importante de España que no guarde el recuerdo tradicional o histórico de un santo o de un apóstol cristiano. San Pablo desembarcó en las costas levantinas, y Tarragona pretende que fué el fundador de su iglesia. En Bética fué la conversión del prefecto Filoteo, del magnate Probo y su hija Xantipa. El mismo apóstol estuvo en Andalucía, en Écija y en otros puntos de la Península. Écija tuvo a San Rufo, obispo nombrado por San Pablo Narbonense; Santiago estuvo en Braga, en donde fué primer obispo. El viaje de la cabeza de Santiago, con los Siete Discípulos, en la _parva navis_, es una hermosa perla de tradición narrada en el latín del Cerratense. La cabeza de Santiago destruyó el último templo de Baco: _Liverum novum_: ¡pero ya quedaba el vino! San Pedro envió a otros discípulos. Geroncio quedó en Italia. Pamplona recuerda a Saturnino y Honesto; Marmolejo a Máximo; Guadix a Torcuato; Granada a San Cecilio; Ávila a San Segundo; Tarifa a San Esicio; Andújar a San Eufrasio; Cabra a San Texifonte; Almería a San Indalecio. Zaragoza pretende tener la primera iglesia fundada en España: allí triunfan los mártires y la Pilarica. Toledo tuvo a San Eugenio, en tiempo del papa Clemente. Gerona cuenta con San Narciso. Por todas partes retoña, si regáis un poco, la raíz cristiana, por tantos motivos; pero la savia pagana de la tierra no está destruída. La latina se explica. Se gusta en las procesiones de la pompa, de los oros lujosos, de la decoración de las imágenes, y con el pretexto de la devoción se da suelta a los nervios y a la sangre, floreciendo de rojo la España Negra. No se abandonan los asuntos de este mundo por los del otro; y la Inquisición misma, en sus orígenes, tuvo más causas políticas que religiosas. El quemadero después agregó ese halago terrible al divertimiento popular; auto de fe o corrida de toros viene a dar lo mismo. En ciertos templos andaluces el catolicismo deja ver a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos moriscos: en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.
País de Carlos V, de Felipe II, de Carlos II _el Hechizado_; país de la expulsión de los judíos y de los moros: su fe no llega muy a lo profundo. Creedme: la brava España llevó la cruz al mundo nuevo nuestro, a lejanas tierras, la impuso por la fuerza, de manera koránica; pórtala sobre el oro de la corona, sobre la cúpula del palacio real; pero España es como la espada: tiene la cruz unida a la filosa lámina de acero.
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¡TOROS!
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6 de abril de 1899.
LOS durazneros alegres se animan de rosa; el Retiro está todo verde, y con la primavera llegaron los toros. Se han vuelto a ver en profusión los sombreros cordobeses, los pantalones ajustados en absurda ostentación calipigia, las faces glabras de las gentes de redondel y chuleo. El día de la inauguración de las corridas fué un gran día de fiesta. Pude saludar varias veces por la calle de Alcalá al espíritu de Gautier. Era el mismo ambiente de los tiempos de Juan Pastor y Antonio Rodríguez; las calesas estacionadas a lo largo de la vía, las mulas empomponadas, los carruajes que pasan llenos de aficionados y las mantillas que decoran tantas encantadoras cabezas. Parece que en el aire fuese la oleada de entusiasmo; todo el mundo no piensa sino en el próximo espectáculo, no se habla de otra cosa; las corbatas de colores detonan sobre las pecheras; las chaquetas parece que se multiplicasen, los cascabeles suenan al paso de los vehículos; en los carteles chillones se destaca la figura petulante del Guerra. ¡El Guerra!...
Su nombre es como un toque de clarín, o como una bandera. Su cabeza se eleva sobre las de Castelar, Núñez de Arce o Silvela; es hoy el que triunfa, el amo del fascinado pueblo. ¡El Guerra! Andalusamente, Salvador Rueda, no hallando otra cosa mejor que decirme de su torero, me clava: «¡Es Mallarmé!» Vamos, pues, a los toros.
«Se ha dicho y repetido por todas partes que el gusto por las corridas de toros se iba perdiendo en España, y que la civilización las haría pronto desaparecer; si la civilización hace eso, tanto peor para ella, pues una corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que el hombre puede imaginar». ¿Quién ha escrito eso? El gran Theo, el magnífico Gautier, que vino «tras los montes» a ver las fiestas del sol y de la sangre; Barrès, después, hallaría la sangre, la voluptuosidad y la muerte. Es explicable la impresión que en el hombre que «sabía ver» harían las crueles pompas circenses. No es posible negar que el espectáculo es suntuoso; que tanto color, oros y púrpuras, bajo los oros y púrpuras del cielo, es de un singular atractivo, y que del vasto circo en que operan esos juglares de la muerte, resplandecientes de sedas y metales, se desprenden un aliento romano y una gracia bizantina. Artísticamente, pues, los que habéis leído descripciones de una corrida o habéis presenciado ésta, no podéis negar que se trata de algo cuya belleza se impone. La congregación de un pueblo solar a esas celebraciones en que se halaga su instinto y su visión, se justifica, y de ahí el endiosamiento del torero.
_Nodier raconte qu'en Espagne..._ Fácil es imaginarse el entusiasmo de Gautier por esta España que aparecía en el período romántico como una península de cuento; la España de los _châteaux_, la España de Hernani y otra España más fantástica si gustáis, y la cual, aun cuando no existiese, era preciso inventar. Esa venía en la fantasía de Gautier, y los toros vistos por él correspondieron a la mágica inventiva. En la calle de Alcalá le arrastró, le envolvió el torbellino pintoresco; los calesines, las mulas adornadas, los bizarros jinetes, las tintas violentas calentadas de sol de la tarde, los característicos tipos nacionales. El arte le ase a cada momento y si un tronco de mulas le trae a la memoria un cuadro de Van der Meulen, un episodio torero le recordará más tarde un grabado de Goya. Aquí encuentra la famosa manola, que ha de hacerle escribir una no menos famosa canción cuyos _¡alza! ¡hola!_ se repetirán en lo porvenir a la luz de los _café-concerts_. El detalle le atrae; documenta y hace sonreir la sinceridad con que corrige a sus compatriotas buscadores de «color local»: se debe decir _torero_, no _toreador_; se debe decir _espada_, no _matador_. Ya enmendará luego la plana a Delavigne diciéndole que la espada del Cid se llama tizona y no _tizonade_, para resultar con que hay una estocada en la corrida que se llama _a vuela pies_. ¡Oh! el español de los franceses daría asunto para curiosas citas, desde Rabelais hasta Maurice Barrès, pasando por Víctor Hugo y Verlaine. Los toros atrajeron la atención del poeta de los Esmaltes y Camafeos. Cuando iba a sentarse en su sitio, en la plaza, «experimenté--dice--un deslumbramiento vertiginoso. Torrentes de luz inundaban el circo, pues el sol es una araña superior que tiene la ventaja de no regar aceite, y el gas mismo no lo vencerá largo tiempo. Un inmenso rumor flotaba como una bruma de ruido sobre la arena. Del lado del sol palpitaban y centelleaban miles de abanicos y sombrillas». «Os aseguro que es ya un admirable _espectáculo_, doce mil espectadores en un teatro tan vasto cuyo plafón sólo Dios puede pintar con el azul espléndido que extrae de la urna de la eternidad». Después serán las peripecias de los juegos, la magnificencia de los trajes y capas; los mismos sangrientos incidentes, caballos desventrados, toros heridos, y el público tempestuoso, un público de excepción cuyo igual no sería posible encontrar sino retrocediendo a los circos de Roma; todo con sol y música y clamor de clarines y banderillas de fuego. Él hace su resumen: «La corrida había sido buena: ocho toros, catorce caballos muertos, un chulo herido ligeramente; no podía desearse nada mejor». Que por razones de imaginación y sensibilidad artística hombres como Gautier se contagien del gusto por los toros que hay en España, pase; pero es el caso que ese contagio invade a los extranjeros de todo cariz intelectual, y no es raro ver en el tendido a un rubio _commis-voyageur_ dando muestras flagrantes del más desbordado contentamiento.
Lo que es en España será imposible que llegue un tiempo en que se desarraigue del pueblo esta violenta afición. Antes y después de Jovellanos ha habido protestantes de la lidia que han roto sus mejores flechas contra el bronce secular de la más inconmovible de las costumbres. En las provincias pasa lo propio que en la capital. Sevilla parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces _soavetaurilias_; allí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más, y la opinión de Bloy sobre la parte sensual del espectáculo encontraría su mejor pilar en el goce verdaderamente sádico de ciertas mujeres que presencian la sangrienta función. La Sevilla de las estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla del clásico toreo. Bajo Fernando III ya los mozos de la nobleza tenían su plaza especial para el ejercicio del _sport_ preferido. Partos reales o la toma de Zamora, se celebraban con toros. El cardenal arzobispo don Rodrigo de Castro prohibió durante un jubileo las corridas. La ciudad luchó con su ilustrísima y venció apoyada por Felipe II. La corrida se da, y en ella
Veinte lacayos robustos con ellos delante salen: morado y verde el vestido espadas doradas traen, de ser don Nuño y Medina dan muestra y claras señales, que aunque vienen embozados no pueden disimularse.
En tiempos de Felipe IV «toreó a caballo don Juan de Cárdenas, un truán del duque, de excelente humor, con tanta destreza y bizarría, que al toro más furioso dió una muy buena lanzada: Mató S. M. tres toros con arcabuz»--dice un revistero de la época. Felipe V quiso sustituir la corrida por «juegos de cabezas», pero lo francés fué derrotado por lo español. ¡Ayer como hoy los toros _for ever_! No ha habido aquí poeta ni millonario que haya sido tan afortunado en favores femenidos como Pepe Hillo. Cierto es que en París y en nuestro tiempo, Mazzantini y Ángel Pastor no han podido quejarse de las damas. En Zaragoza la afición se pretende que viene desde los romanos. Don Juan de Austria fué obsequiado allí con toros. A Felipe V le hicieron ver los aragoneses una corrida, de noche, en Cariñena. Los navarros, entre un son de violín de Sarasate y un do pectoral de Gayarre, toros, y ello viene de antaño. Soria, con sus fiestas de las Calderas, pues toros. Valencia, florida y armoniosa de colores y cantos, tenía ya toreros en tiempo de Don Alfonso _el Sabio_. Y entre sus célebres aficionados cuenta a un conde de Peralada y Albatera, don Guillén de Rocafull. Y hasta en la España del Norte, en la España gris, aun cuando la Naturaleza proteste, la afición procura su triunfo, y bajo el cielo empañado, en la tierra donostiarra, toros. Salamanca, toros. Toledo, Valladolid, toros. Solamente entre los catalanes no han vencido sino a medias los cuernos.
No obstante, hay apasionados de la lidia que lamentan la decadencia torera; dicen que hoy no existe «el amor al arte», que los espadas son simples negociantes, y los ganaderos, así sean descendientes de Colón, dan--como dice Pascual Millán, notable taurógrafo--«toros raquíticos, sin sangre, ni bravura, ni trapío». Los días pasados, en Aranjuez, conocí a un hombre atento y afable que, a través de su conversación con coleta, deja ver cierta cultura y buen afecto a América. Me habló del Río de la Plata, y de Chile, y de su amigo don Agustín Edwards. Es el célebre Ángel Pastor. Sufre grandemente. En lo mejor de su carrera, todavía fuerte y joven, ha tenido la desgracia de romperse un brazo. Ya no podrá _trabajar_; la mala suerte le ha salido al paso peor que un toro bravo, y le ha cogido. Y habla también Pastor de lo malo que hoy anda el toreo, de la decadencia del arte, de lo _clásico_ y de lo _moderno_, como hablaría un profesor de Literatura o de Pintura. Pero no le falta el brillante gordo en el dedo y la consideración de todo el mundo. El hotel mejor de Aranjuez es el suyo. Y la tradicional gentileza y obsequiosidad, suyas son también.
Decadentes o no decadentes, los toros seguirán en España. No hay rey ni Gobierno que se atreva a suprimirlos. Carlos III tuvo esa mala ocurrencia y luego se vieron sus defectos. Jovellanos, en su carta a Vargas Ponce, no tuvo empacho en sostener que la diversión no es propiamente nacional, porque Galicia, León y Asturias han sido muy poco toreras. ¿Qué gloria nos resulta de ella? exclamaba. ¿Cuál es, pues, la opinión de Europa en este punto? Con razón o sin ella ¿no nos llaman bárbaros porque conservamos y sostenemos las fiestas de toros? Negó el valor a los toreros, y proclamó su general estupidez fuera de las cosas de la lidia. Sostuvo el daño que ésta producía a la agricultura, pues cuesta más la crianza de un buen toro para la plaza que cincuenta reses útiles para el arado; y a la industria, pues los pueblos que ven toros no son por cierto los más laboriosos. En cuanto a las costumbres, el párrafo que dedica a la influencia de los toros en ellas quedaría perfecto al injertarse en un capítulo del _Cristophe Colomb devant les taureaux_, de León Bloy. Hay una muy bien meditada página del cubano Enrique José Varona sobre la psicología del toreo, en que encuentra la base humana del gusto por esas crueles diversiones, en el sedimento de animalidad persistente a través de la evolución de la cultura social. La teoría no es flamante y antes que sostenida por argumentos científicos, estaba ya incrustada en la sabiduría de las naciones.
Pero si no hay duda de que colectivamente el español es la más clara muestra de regresión a la fiereza primitiva, no hay tampoco duda de que en cada hombre hay algo de español en ese sentido, junto con el de la perversidad, de que nos habla Poe. Y la prueba es el contagio, individual o colectivo; el contagio de un viajero que va a la corrida llevado por la curiosidad en España, o el contagio de un público entero, o de gran parte de ese público, como el de París o Buenos Aires, en donde la diversión se ha importado, corriéndose el riesgo de que, si la curiosidad es atraída primero por el exotismo, venga después la afición con todas sus consecuencias.
En América, no creo que en Buenos Aires, a pesar de lo numeroso de la colonia española y de la sangre española que aun prevalece en parte del elemento nacional, el espectáculo pudiese sustentarse por largo tiempo; pero pasada la cordillera, y en países menos sajonizados que Chile, el caso es distinto. Desde Lima a Guatemala y Méjico queda aún bastante savia peninsular para dar vida a la afición circense.
En cualquier pueblo, dice Varona, sería funesto para la cultura pública espectáculo semejante; entre los españoles y sus descendientes, infinitamente más. Las propensiones todas de su carácter, producto de su raza y de su historia, los inclinan del lado de las pasiones violentas y homicidas. Por lo que a mí toca, diré que el espectáculo me domina y me repugna al propio tiempo--no he podido aún degollar mi cochinillo sentimental.
Puesto que las muchedumbres tienen que divertirse, que manifestar sus alegrías; serían más de mi agrado pueblos congregados en sus días de fiesta, en un doble y noble placer mental y físico, escuchando, a la griega, una declamación, bajo el palio del cielo, desde las gradas de un teatro al aire libre; o la procesión de gentes, hombres y mujeres y niños, que fuesen, en armoniosa libertad, a cantar canciones a las montañas o a las orillas del mar. Pero puesto que no hay eso, y nuestras costumbres tienden cada día a alejarse de la eterna poesía de las cosas y de las almas, que haya siquiera toros, que haya siquiera esas plazas enormes como los circos antiguos, y llenas de mujeres hermosas, de chispas, de reflejos, de voces, de gestos.
Créame el nunca bien ponderado doctor Albarracín, que mis simpatías están de parte de los animales, y que entre el torero y el caballo, mi sensibilidad está de parte del caballo, y entre el toro y el torero mis aplausos son para el toro.
El valor tiene poca parte en ese juego que se estudia y que lo que más requiere es vista y agilidad. No sería yo quien celebrase el establecimiento de una plaza de toros entre nosotros; pero tampoco batiría palmas el día que España abandonase esos hermosos ejercicios que son una manifestación de su carácter nacional.
No olvidaré la impresión que ha hecho en mí una salida de toros; fué en la corrida última.
El oleaje de la muchedumbre se desbordaba por la calle de Alcalá; cerca de la Cibeles pasaba el incesante desfile de los carruajes; la tarde concluía y el globo de oro del Banco de España reflejaba la gloria del Poniente, en donde el sol, como la cola de un pavo real incandescente, o mejor, como el varillaje de un gigantesco abanico español, rojo y amarillo, tendía la simétrica multiplicidad de sus rayos, unidos en un diamante focal. Los ojos radiosos de las mujeres chispeaban tempestuosamente bajo la gracia de las mantillas; vendedoras jóvenes y primaverales pregonaban nardos y rosas; flotaba en el ambiente un polvo dorado, y en cada cuerpo cantaban la sangre y el deseo, el himno de la nueva estación. Los toreros pasaban en sus carruajes, brillando al fugaz fuego vespertino; una música lejana se oía y en el Prado estallaban las risas de los niños.
Y comprendí el alma de la España que no perece, la España reina de vida, emperatriz del amor, de la alegría y de la crueldad; la España que ha de tener siempre conquistadores y poetas, pintores y toreros.
¡Castillos en España! dicen los franceses. Cierto: castillos en la tierra y en el aire, llenos de leyenda, de historia, de música, de perfume, de bizarría, de color, de oro, de sangre, de hierro, para que Hugo venga y encuentre en ellos todo lo que le haga falta para labrar una montaña de poesía; castillos en que vive Carmen y se hospeda Esmeralda, y en donde los Gautier, los Musset y los artistas todos de la tierra pueden abrevarse de los más embriagadores vinos de arte. Y en cuanto a vos, don Alonso Quijano _el Bueno_, ya sabéis que siempre estaré de vuestro lado.
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LA PARDO-BAZÁN EN PARÍS UN ARTÍCULO DE UNAMUNO
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10 de abril.