España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 8
Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de don Valeriano Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.
La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de regeneradores improvisados. Es un _sport_ nuevo. Y la zambra no se interrumpe. «España--dice un escritor de Francia--ha querido, sin duda, evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del tiempo, el hervor del fermento social.
Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras cabezas surgieron protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el nombre del padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice que la religiosidad española no es sino formal; que el papa no es la potencia hacedora en la vida política y social, sino hasta muy limitado punto. He encontrado sirviendo de señal en un libro viejo, un documento curiosísimo, que os pondrá a la vista el sentir y pensar de muy buena parte del pueblo español. Es una serie de proposiciones que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma, para ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877. Este caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro matritense, y muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.
PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS CONGREGACIONES DE ROMA
«Si se puede ser partidario de la _persona_[1] del rey Don Alfonso XII de España, por creerle monarca _legítimo_, sin ser por esto _católico liberal_.
[1] Lo subrayado está en el manuscrito.
»Si aun en la hipótesis inadmisible de que fuera un _usurpador_ y siguiese las corrientes racionalistas o se abrazase a la política _doctrinaria_, sería lícito al pueblo español _por sí, alzarse en armas_ contra él, para destronarlo, dada la situación política de aquel país, y caso negativo, si a pesar de esto podría intentarlo, siguiendo al llamamiento que le hiciera otra persona que invocase, con más o menos fundamento, sus derechos al trono, o si en la duda de quien sea el _verdadero rey_, debe respetarse el hecho de la posesión de la autoridad y obedecer lo existente.
»Si de ser _lícito_ el alzamiento a que se refiere la proposición anterior es hoy conveniente o de probable _éxito_ o de tenerse por _temerario_.
»Si considerando el estado de las conciencias y la escasa resistencia que los tronos oponen en nuestros días a la revolución, puede decirse que _deja_ de ser _católico_ el monarca que sanciona la _tolerancia de cultos disidentes_. Entiéndase esta proposición no para preguntar si realiza un acto _nulo en sí_, porque éste parece evidente, sino en el sentido de si por tal hecho revela el monarca odio al catolicismo, o pueden aquellas circunstancias y el deseo de consolidar el orden público, cuando los revoltosos enarbolan la bandera de la _tolerancia_, o con ella hacen la _oposición_ al rey, mitigar algo la gravedad de este acto.
»Si dado el hecho de haberse sancionado por el _monarca_ la libertad y tolerancia de cultos, o cometídose cualquier atropello a los sagrados derechos de la Iglesia católica, es _lícito_ trabajar dentro de las vías legales para destronar al rey acusándole por su conducta, o si únicamente pueden censurarse sus actos sin el fin ulterior de quitarle la posesión de la autoridad: si para juzgar este hecho hay que distinguir entre el _usurpador_ y el príncipe legítimo, y cuál de estas calificaciones ha de aplicarse al posesor de la autoridad, cuando el pueblo en que impera no tiene opinión unánime sobre este punto. Si la proposición 63 del Sillabus, de 8 de diciembre de 1864, condena la insurrección en este caso y si es aplicable al monarca cuya _legitimidad_ es reconocida por unos y negada por otros súbditos.
»Si los verdaderos _católicos_ pueden estar al servicio doméstico de los monarcas _católico-liberales_ y asistir a sus recepciones oficiales y fiestas, y si pueden defender su derecho dinástico y su autoridad, _sirviendo voluntariamente_ en sus ejércitos.
»Si se puede ser partidario del régimen representativo y _constitucional_, sin ser por ello _católico liberal_.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por sistema _parlamentario_ y si se puede sostener su conveniencia en nuestros días, sin dejar de ser _católico ultramontano_.
»Si, supuestas unas o ambas afirmaciones, es _lícito_ desear el planteamiento en España de la Constitución de 23 de mayo de 1845, por considerarla apropiada a las necesidades presentes del pueblo español, o si la doctrina de este Código es _católico-liberal_, y, por lo tanto, inconciliable con los derechos e intereses del catolicismo, determinando en semejante supuesto, cuáles son los artículos que deberían suprimirse o modificarse para que fuese francamente _católica_.
»Si aun siendo mala esta Constitución pueden ser tenidas por católico-liberales aquellas personas que sostienen la conveniencia de haberla restablecido en España en el año 1875, como base del orden político, _sin perjuicio de reformarla en sentido más restrictivo_.
»Si es _lícito a un católico verdadero_ prestar juramento a la vigente Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876 y con qué salvedades.
»Si es _lícito_ y _conveniente_ trabajar en las _elecciones_ como elector y como elegible, con el fin de defender el catolicismo; y en todo caso, si es enteramente _libre_ opinar en pro o en contra de esta conveniencia.
»Si el _sufragio universal_ considerado, no como _fuente de la soberanía_ del _Derecho_ o del _Poder_, sino únicamente como _forma de elección_, es incompatible con el catolicismo y está condenado por la proposición 60 del Sillabus.
»Si puede un verdadero católico servirse de la _Prensa periódica_ para propagar y defender la doctrina de Jesucristo y los derechos de la Santa Iglesia Romana; si puede también concurrir a los _Ateneos_, _Academias_ y demás Centros donde impera el _racionalismo_ y el _liberalismo_, para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas las conclusiones católicas. Si esto es conveniente y si es _enteramente libre_ opinar en pro o en contra de su oportunidad.
»Si la llamada _libertad de la Prensa_, entendida, no como un derecho individual, sino como una _concesión temporal_ del poder supremo, y, por lo tanto, _revocable_, y aun así limitada _por las leyes_ que castigan las transgresiones de la doctrina _católica_ y del orden político y social constituyen un principio _católico-liberal_; y si la previa censura forma parte integrante del uso de esta libertad para que sea compatible con el catolicismo.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por _liberalismo_; si es lo mismo que sistema _parlamentario_ y _constitucional_...
»Si los católicos, al defender el catolicismo y los derechos de la Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella les proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la _obediencia pasiva_ a los Poderes constituídos, se separen de aquélla y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál es, en resumen, la conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y si es _completamente libre_ opinar y obrar en uno u otro sentido.--_Ángel García Goñi._--Madrid, abril 14 de 1877.»
Es este un trabajo de casuística política española, que os abre un mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida al Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de las reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La libertad y la individualidad--dice Georges Lainé--son sentimientos accidentales que España ha siempre desconocido. La antigüedad y el Oriente no han imaginado otra forma de gobierno que el despotismo fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen en la intimidad de las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa concepción, ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces sino una variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese osado suprimir la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla por una filosofía del Estado; pero bruscamente, sin preparación, el siglo XIX rompió ese molde social».
Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas no puedo desconocer que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez largamente aun del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa corrompida dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya el mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo un juicio certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío antiguo, la clerecía no tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a su justo puesto en España católica, en donde, ya que no como cuerpo, particularmente se protegiesen las artes y las ciencias. No es un sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he citado, en el papel reservado a la Iglesia en lo porvenir, con tal de que la barca simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia, dice, es una admirable institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno asilo de todos los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos los Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día hacia la Iglesia, sea que--por privilegio de Dios--entren directamente, sea que, paganos, les haya sido preciso, de desilusión en desilusión, seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste.
Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o está unido tan íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las pompas escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida nueva, en la gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises, de las taras vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta doctrina; la «locura de la cruz» no es la insensatez de la cruz.
¡Oh sí! el Máximos de Ibsen podría venir, más no sería sino el mismo soberano Jesucristo, un emperador galileo cuyo fin sería siempre la paz y el triunfo de la verdadera vida. El Anticristo nació en este siglo en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia humana, o superhumana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio al doctor de la Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los sexos y las voluntades; consiguió un ejército de inteligencias, y se cumplió por él más de una profecía. Pero el Anticristo alemán está en el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez.
SEMANA SANTA
[Ilustración]
31 de marzo.
SEVILLA rebosa de forasteros; Toledo lo propio; a Murcia van los trenes llenos de viajantes. No faltan en las estaciones los indispensables ingleses provistos de sus minúsculas «detective». Es en las provincias en donde la santa semana atrae a los turistas. Madrid es religiosamente incoloro, y lo que hace notar que se pasa por estos días de fiestas cristianas, es que desde ayer, por decreto del alcalde--un descendiente del ilustre Jacques de Liniers--, no circulan durante el día vehículos por la capital. Las campanas no suenan, reemplazadas litúrgicamente por las matracas, y jueves y viernes estas mujeres amorosas en la devoción, recorren las calles cubiertas con sus famosas mantillas. En medio de la multitud, algo he advertido de una vaga y dolorosa tristeza. Se escucha que viene a lo lejos una suave música llena de melancolía; despacio, despacio. Luego se va acercando y se oye una canción, seis voces, dos femeninas, dos de hombre, dos infantiles. El coro pasa, se diría que se desliza ante vuestros ojos y a vuestros oídos. Son ciegos que van cantando canciones, pidiendo limosna. Se acompañan con violines, guitarras y bandolinas. Con sus ojos sin día miran hacia el cielo, en busca de lo que preguntaba Baudelaire. Lo que cantan es uno de esos motivos brotados del corazón popular, que dicen, en su corta y sencilla notación, cosas que nos pasan sobre el alma como misteriosas brisas que hemos sentido no sabemos en qué momento de una vida anterior. Se diría que esos ciegos han aprendido su música en monasterios, pues traen sus voces algo como piadosa resonancia claustral. La concurrencia que va al paseo no para mientes. Por los balcones asoman unas cuantas caras curiosas. De lo más alto de una casa, de una pobre buhardilla, cae para los ciegos una moneda de cobre.
En las iglesias se ostentan las pompas sagradas. Los caballeros de las diversas Ordenes asisten a las ceremonias. La indumentaria resucita por instantes épocas enterradas. Mas ayer se cumplió con una antigua usanza en la mansión real que, con toda verdad, más que ninguna otra manifestación, ha podido llevar los espíritus hacia atrás, en lo dilatado del tiempo. Me refiero al acto de lavar los pies a los pobres y reunirles a la mesa, la reina de España. Esta costumbre arranca de siglos; instituyóla Fernando III de Castilla en 1242.
Desde muy temprano el patio de palacio se fué llenando de gente. Visto desde lo alto era una aglomeración oleante de mantillas, sombreros de copa, oros y colores de uniformes. Suena un son de pífanos. Es el desfile pintoresco de las alabardas. Medio día. Compases de un himno por una banda de palacio, y la familia real se presenta en marcha hacia la capilla. Por un momento desaparece el rumor de la vida actual. Esa aparición nos hace pensar en un mundo distinto, en apariencias encantadoras que a las alturas de esta época ruda para la poesía de la existencia, tan solamente surgen a nuestra contemplación en el teatro o en el libro. He aquí que esta buena archiduquesa que sostiene hoy la diadema de Su Majestad Católica, brota de un cuadro, sale de una página de vieja historia, se desprende de un cuento; toda blanca, real, tristemente majestuosa, pues no alcanza a ocultar que su alma no es un lago tranquilo. De sus espaldas se extiende el gran manto; la larga cola pórtala un hidalgo, el mayordomo marqués de Villamayor. El continente impone, el gesto habla por la raza. Por corona lleva María Cristina una constelación de brillantes, y sutil como una onda de espuma, la mantilla blanca le cubre el casco de la cabellera. La princesita de Asturias, que ya viste de largo, va toda ella hecha una rosa, rociada de perlas. Hay en esa joven una distinción graciosa que seduce en medio de la corte, y que no advertís en los retratos expuestos en los escaparates de los fotógrafos y que dan la figura un tanto picante de una modistilla. La infanta Isabel--muy simpática para todos los madrileños, y absolutamente Borbón--va de un amarillo triunfante, y sobre la magnificencia de su manto heliotropo resplandecen las joyas. El altar arde en luces y oros. Los príncipes y los cortesanos parecen orar, con unción y fe. Calvas ebúrneas, barbas blancas sobre estrellas de oro y de piedras preciosas, galones y entorchados, se inclinan al movimiento de los oficios. Serenamente armoniosa, la música de la capilla despierta a Mozart. Como un incienso se esparce por los ámbitos, envuelve todos los espíritus, así entre tantos se erijan los incrédulos, la _Primera Sinfonía_.
En el Salón de las Columnas el gran crucifijo central está envuelto en un lienzo violeta, en el altar, que se destaca sobre un tapiz de asunto religioso. En las tribunas, con los ministros, entre el Cuerpo diplomático y los Grandes de España, están la infanta Isabel y la duquesa de Calabria y la princesa de Asturias.
En los lados del salón, sentados en bancos negros, hay doce mujeres pobres y trece hombres pobres. No sé que vaga luz brota de esas humildes almas en las miradas.
Suenan las dos palmadas de costumbre; es que se acerca la reina con su séquito. La reina viene a paso augusto, entre el obispo y el nuncio. Precédela un grupo de religiosos y cantores, y una cruz alta. _Ante diem festum Paschæ_... resuena la voz del subdiácono; la música, el canto vuela sobre el recinto. De pronto, María Cristina está ya ciñéndose una toalla, mientras las duquesas, llenas de diamantes, las condesas fastuosas, descalzan a los convidados miserables. La reina con una esponja y con la toalla enjuga los lamentables pies de esas gentes, que en un halo de inexplicable asombro deben sufrir extraña angustia. El representante del papa vierte el agua de un ánfora. Os aseguro que por todo pecho presente pasa una conmoción. Y en ese mismo instante, dos voces hablaban al oído del observador meditabundo. La una era la del demonio de la calle, el demonio de la murmuración que se cuela por los misterios de las casas y se propaga en la frase afilada por la inevitable malignidad humana. Esa voz hablaba a la oreja izquierda y decía: «Es hermoso, es de un simbolismo grandioso y conmovedor ese acto de humildad que recuerda a las Isabeles de Hungría, que nos aleja del ambiente contemporáneo asfixiante de egoísmo, quemante de odio y de mentira; pero... ¿y la miseria? ¿Y los innumerables mendigos que andan por la Corte y por toda España crujiendo de hambre? ¿Y los martirios de Montjuich? ¿Y el anarquismo, flor de los parias? ¿Y la prostitución infantil instalada a los ojos de la capital de S. M. Católica?» Y continuaba: «Por ahí se dice que la «austriaca» es avara; que manda arreglar el calzado y los vestidos usados de las infantitas; que hace pagar su «pupilaje» en palacio a la infanta Isabel; que su caridad no se demuestra espléndida en demasía; que en Londres está acaparando millones; que la duquesa de Cánovas, a quien ella antes llamara «la reina de la Guindalera», la gratifica justamente con el apodo de «la institutriz»...» Mas la voz que hablaba a la oreja derecha decía: «No, no hay que proclamar la injusticia o la mala visión como una ley de verdad. Esa noble señora está en una altura que hay que apreciar de lejos; y poco harán en su contra las murmuraciones áulicas, los despechos palaciegos. Su misión maternal es admirable, y las tempestades que han pasado por la corona de torres de la Patria la han visto siempre digna y ejemplar, sosteniendo la infancia endeble de su hijo, dolorida por las penas nacionales, triste en su viudez hasta hoy libre de calumnia. Ciertamente, no es una Isabel II, por ninguna clase de generosidad. No derrocha, pero sostiene asilos, da justas y silenciosas limosnas. Es una reina buena».
Y hela allí, en el salón de armas, sirviendo a los mismos pobres a la mesa. Le ayudan varios señores en su tarea. Esos _garçons_ de semejante comedor se llaman el marqués de Ayerbe, el duque de Sotomayor, el duque de Granada de Ega, el conde de Revillagigedo, el marqués de Comillas, el conde de Atarés, el marqués de Santa Cristina, el marqués de Velados. Todos pudieran entrar en un parlamento huguesco; todos se cubren ante el rey, todos tienen a la cintura la llave de oro. Así las damas que descalzaron a los miserables eran una condesa de Sástago, una duquesa de Medina Sidonia, una marquesa de Molíns, una de Sanfelices. Desde lo alto, en el soberbio techo--_Giaquinto pinxit_--todo un revuelto Olimpo, de un paganismo rococo, se debatía, en vibrantes fugas de colores sobre las magnificencias católicas.
Esta ha sido para mí más que la procesión mediocre, o las celebraciones eclesiásticas en los templos, la verdadera nota principal de la semana santa en la corte española. Pues si hoy la reina, en el ceremonial del viernes santo en la capilla real, ha hecho cambiar por cintas blancas las cintas negras de los procesos, al indultar a los reos de muerte, después de besar el _lignum crucis_, ayer, ha estado, en un acto antiguo, más cerca de Jesucristo.