España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 3
Ahora uno que otro habla de regenerar el país por la agricultura, de mejorar las industrias, de buscar mercados a los vinos con motivo del tratado último franco-italiano, y hay quienes se acuerdan de que existimos unos cuantos millones de hombres de lengua castellana y de raza española en ese continente. Por cierto, la industria pecuaria, dicen, debe ser protegida. ¿Y la agricultura? Ya en la Instrucción de 30 de noviembre de 1883 se señalaban causas locales del atraso agrícola de España, como la intervención de la Autoridad municipal en señalar la época de las vendimias, o la de la recolección de los frutos o esquilmos: la libertad de que en los rastrojos de uno pazcan los ganados de todos: los privilegios que no admiten al consumo de una ciudad más que los vinos que produce su término; los que no permiten entrar una carga de comestibles en un pueblo sin que se extraiga otra de los productos de su agricultura o de su industria, y otras mil anomalías; poco se ha adelantado desde entonces, y lo que os dará una idea del estado de estas campañas en lo relativo a agronomía, es que sepáis que las máquinas modernas son casi por completo desconocidas; que la siega se hace primitivamente con hoces, y la trilla por las patas del ganado; ¿qué pensarán de eso en la Argentina, donde nos damos el lujo de tener a lo yanqui un Rey del trigo? Se trata ahora de la creación de un ministerio de Agricultura; de instruir al campesino, que como sabéis, ha permanecido hasta ahora impermeable a toda noción; pero ya se ha hablado, a propósito de la enseñanza agrícola, de aumentar, Dios mío, el número de los doctores: ¡hacer doctores en agricultura!
Hay felizmente quien en oportunidad ha combatido el plan de los _dómines agrícolas_ y señalado un proyecto en que quedarían bien organizadas las escuelas para capataces, peritos agrícolas e ingenieros agrónomos, estudios prácticos, de utilidad y aplicación inmediata, sin borla ni capelo salamanquino. Las campañas están despobladas, y podrían, si hubiese hombres de empresa y de buen cálculo, repoblarlas; para hacerlo la misma República Argentina estaría llamada a ser la proveedora de cabezas; las praderas andaluzas son excelentes para el engorde, y nuevas fuentes de negocios estarían abiertas para las actividades que a ello se dedicasen en la Península. Así habría que entrar en arreglos especiales por las restricciones que existen en las leyes. Mucho podría ser el comercio hispanoargentino, y al objeto, según tengo entendido, no ha cesado de trabajar el señor ministro Quesada. Aquí podrían venir las carnes argentinas, ya que no en la común forma del tasajo, conservadas por los muchos procedimientos hoy en uso; y la mayoría de este pueblo que tiene casi como base principal de alimentación el bacalao, que importa de Suecia y Noruega, comería carne sana y nutritiva. Luego sería cuestión de ver si se adaptaba para el consumo del ejército y marina. Por lo pronto, la Sociedad Rural de Buenos Aires podría hacer el ensayo, enviando en limitadas cantidades la carne conservada, y por los resultados que se obtuvieran, se procedería en lo de adelante. España enviaría sus lienzos, sus sederías, sus demás productos que allí tendrían colocación; no habría en ningún viaje el inconveniente del falso flete. Estas apuntaciones pueden ser estudiadas detalladamente por aquellos a quienes corresponde la tarea. Tales formas de relación entre España y América serán seguramente más provechosas, duraderas y fundamentales que las mutuas zalemas pasadas de un ibero-americanismo de miembros correspondientes de la Academia, de ministros que _taquinan_ la musa, de poetas que «piden» la lira.
Nótase ahora una tendencia a conocer, siquiera lo americano nuestro--¡lo del Norte!, ¡ay!, ¡lo tienen ya bien conocido!--, y no hace muchos días, con motivo de un banquete a escritores y artistas ofrecido por el representante de Bolivia señor Ascarrunz, hubo declaraciones de parte de ciertos intelectuales, que son de tenerse muy en cuenta. «En cualquier otro momento--decía un escritor de los más diamantinos y pensadores, he nombrado a Julio Burell--, en cualquier otro momento la galantería del señor Ascarrunz habría sido digna de hidalga gratitud, pero en fin, numerosas han sido las fiestas hispanoamericanas a cuyo término apenas si ha quedado otra cosa que un poco de dulzor en la boca y otro poco de retórica en el aire; después, americanos y españoles han permanecido en sus desconfiadas soledades, colocados en actitud y con mirada recelosa, cada cual a un lado del gran abismo de la historia...» Y más adelante: «No, la guerra no levantará ya entre España y América española sus fieras voces de muerte; lo que estaba escrito, escrito queda. Rebuscadores de la Historia, curiosos y eruditos, podrán volver la mirada hacia los negros días de lucha; pero las almas que tienen alas, las almas que tienen luz, los hombres confesados a un ideal de paz y de amor, no descenderán al antro sombrío; volarán más alto y bañarán su espíritu en la claridad de una nueva aurora...» Todo esto se pudo decir hace mucho tiempo; se pudo hace mucho tiempo combatir el alejamiento de la madre patria del coro de las dieciséis repúblicas hermanas; pero no se hizo, ni se paró mientes en ello.
Antes al contrario, apartando a un grupo escasísimo de hombres como Valera y Castelar, se nos procuró ignorar lo más posible, y como lo he demostrado en _La Nación_, de Buenos Aires, y en la _Revue Blanche_, de París, la culpa no fué del tiempo esta vez, sino de España. Gloríanse los ingleses de los triunfos conseguidos por la República norteamericana, hechura y flor colosal de su raza: España no se ha tomado hasta hoy el trabajo de tomar en cuenta nuestros adelantos, nuestras conquistas, que a otras naciones extranjeras han atraído atención cuidadosa y de ellas han sacado provecho. En las mismas relaciones intelectuales ha habido siempre un desconocimiento desastroso. Los escritores que entre nosotros valen se han cuidado poco del juicio de España, y con raras excepciones no han enviado jamás sus libros a los críticos y hombres de letras peninsulares; en cambio, nuestras docenas de mediocres, nuestros vates de amojamados pegasos, nuestros prosistas imposibles, han sido pródigos de sus partos; de aquí que, en parte, se justifiquen los _Clarines_ y Valbuenas de tiempos recién pasados. Más; en las mismas redacciones de los diarios en que se dedica una columna a la tentativa inocente de cualquier imberbe Garcilaso, no se escribe una noticia por criterio competente de obras americanas que en París o en Londres o Roma son juzgadas por autoridades universales. Concretando un caso, diré que la Legación Argentina se ha cansado de enviar las mejores y más serias producciones de nuestra vida mental, de las cuales no se ha hecho jamás el menor juicio. Cierto es que, fuera de lo que se produce en España--con las excepciones, es natural, de siempre, pues existen un Altamira, un Menéndez y Pelayo, un _Clarín_, este amable cosmopolita de Benavente--, fuera de lo que se produce en España, todo es desconocido.
Antes de concluir estas líneas debo declarar que no creo sea yo sospechoso de falto de afectos a España. He probado mis simpatías, de manera que no admite el caso discusión. Pero por lo mismo no he de engañar a los españoles de América y a todos los que me lean. _La Nación_ me ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir sino lo que en realidad observe y sienta. Por eso me informo por todas partes; por eso voy a todos lugares y paso una noche del «saloncillo» del Español a las reuniones semibarriolatinescas de Fornos; en un mismo día he visto a un académico, a un militar llegado de Filipinas, a un actor, a Luis Taboada y a un torero. Y anoche, a última hora, he ido del Real al Music-hall, y mis interlocutores han sido: el joven conde de O'Reily, Icaza, el diplomático escritor, Pepe Sabater, Pinedo y un joven _reporter_... Ya veis que estoy en mi Madrid.
¡Buenos Aires! Hay que mirarlo de lejos para apreciarlo mejor. Aquí está la obra de los siglos y el encanto de un país de sol, amor y vino; París es París; las grandes capitales europeas nos atraen y nos encantan: pero
_¡J'aime mieux ma mie, ô gué!_
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LA LEGACIÓN ARGENTINA EN CASA DE CASTELAR
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10 de enero.
LA legación argentina está situada en un elegante hotel de la calle Alcalá Galiano, núm. 6. Es en el barrio aristocrático de la Corte, el faubourg Saint-Germain de Madrid. Allí concurrí anoche, por amable invitación del ministro Quesada, que había quedado de presentarme a algunos «representativos» de la vida social e intelectual madrileña: en el arte, Moreno Carbonero; en el periodismo, el marqués de Valdeiglesias; estos dos me interesaban en gran manera. Fueron puntuales. Es el primero un tipo nervioso, delgado, de mirada inteligente, no revela al artista desde luego, pero cuando habéis hablado con él las iniciales palabras, la chispa ha saltado, iluminando, bajo un bigote fino y negro, una sonrisa _bon enfant_. El segundo, de pequeña estatura, rubio, calvo, comunicativo, meridional; de seguida se manifiesta el clubman, el mundano, el infaltable a las fiestas y reuniones de la aristocracia, el título _reporter_, que hace en su diario, _La Época_, lo que el príncipe de Sagán hacía en un tiempo en _Le Figaro_. _La Nación_ estaba representada dos veces, pues a mi derecha, en la mesa de la casa argentina, tenía yo al estimado compañero Ladevese. Pocos momentos después, y ya la conversación versaba sobre nuestra Prensa y la española. Reconocía el marqués la inferioridad informativa, por ejemplo, de los diarios peninsulares, y explicaba cómo en España interesaba poco a la generalidad lo que sucede fuera de los términos de la tierra propia. No se sigue, como entre nosotros, el movimiento de los sucesos del mundo; del asunto Dreyfus, de lo que hay ahora de más sonoro en el periodismo universal, se publican unas pocas líneas telegráficas. Naturalmente, el interés público, en tiempo de la guerra, hizo aumentar la vida de los diarios, y la información tuvo su preferencia; telegrama recibió _El Imparcial_, o _El Liberal_ que costó diez mil francos. Mi bonaerensismo se manifiesta; hago un rápido croquis del desarrollo y fuerza de _La Nación_; comento al _Diario_, etc. Y a propósito de corresponsales, se protesta por una carta que publica _La Época_ del suyo de Buenos Aires, en que se dice, entre otras cosas, que todos andamos con el revólver en el bolsillo, y que no vayan más españoles a la República Argentina, pues son repetidos con frecuencia los casos en que hay que levantar suscripciones en la colonia para poder repatriar a los numerosos compatriotas que allá se mueren de hambre. De esos náufragos hay en todas partes; y, no hay duda de que aquel periodista exagera.
El actual marqués de Valdeiglesias ha recibido _La Época_ de manos de su padre, cuyo tacto y largas vistas en asuntos periodísticos demuéstranse no solamente en la propia hoja sustentada por él, sino en la antigua _Correspondencia_ de Santa Ana. _La Correspondencia_ de hoy ha perdido su antiguo carácter; _gorro de dormir_, pertenece al pasado. _La Época_ es en Madrid una especie de _Temps_, el periódico serio, asentado, autorizado; con su poco de _Fígaro_ por el mundanismo y el cuidado de la forma, con la particularidad, digna de elogio, de que demuestra cierta preferencia por lo intelectual. Es un diario gran-señor; no se vende por las calles, y si los demás cuestan cinco céntimos, número suelto, y una peseta la suscripción por mes, _La Época_ vale cuatro pesetas suscripción mensual y quince céntimos número suelto. Claro es que el tiraje es relativamente reducido. No hay que buscar, por otros puntos, comparación con nuestros grandes matinales.
Valdeiglesias es un hombre encantador; su distinción no excluye la abierta gentileza; habla de todo, y sobre todo de arte y vida social, con una volubilidad y amenidad que hacen de él un conversador deseable. Desde luego, se me ofrece como cicerone en mis «viajes alrededor y al centro de Madrid». En un momento me interesa en las colecciones artísticas y de alto mérito histórico que posee el conde de Valencia de Don Juan; me habla de los autores de la nobleza, bibliófilos, conocedores de arte y _sportmen_, casi por completo desconocidos en el público, escritores de libros que circulan en ediciones cortísimas y para especialistas; y a propósito de la obra reciente de _Monte-Cristo_ sobre los salones de Madrid, diserta de entusiástica manera sobre el movimiento social de esta corte, que es indiscutiblemente una de las que tienen para sus mantenedores del gran mundo y para sus huéspedes, singulares atractivos y goces de lo que se puede llamar la estética de la existencia, en un país en donde, aun en el duelo, parece que siempre se escuchara como un canto a lo grato del mundo. El Marqués cuando habla parece que dictase uno de sus artículos amenos y discretos, de una verba correcta; y ya pasemos a hablar de lo mucho que él ha trabajado y piensa trabajar para favorecer, después de un ensayo de aplicación que él costearía, la introducción de las carnes argentinas en España o trate de una reciente publicación sobre esgrima antigua hecha por un título de Castilla o detalle las reuniones femeninas, famosas, por vida mía, en Madrid, de nuestra legación, en donde, hermosa y ricamente, el doctor Quesada sabe recibir a la flor de la Corte, con bríos y humor que mantiene su vejez fresca y firme, una vejez a lo Juan Valera--y a lo doctor Quintana--; Valdeiglesias siempre encarna el periodista, es el polílogo vario y chispeante.
Luego Moreno Carbonero. Estaban conversando con el novelista y diplomático Ocantos, secretario de la legación como sabéis; y a propósito de un decir del ministro sobre una cabeza que un inglés encontrara en España y se atribuye hoy a Miguel Ángel o a Donatello...--desde luego dos maneras tan distintas, dos espíritus de arte tan diversos--oigo, pues, a Moreno Carbonero que dice: «Yo por mi parte, prefiero, entre Miguel Ángel y Donatello, a Donatello». Parecióme muy simpáticamente desenvainada aquella opinión por un maestro que, a pesar de su gran talento, es lo que se llama un «normal»; pero luego caí de mi ascensión, pues a propósito de la pintura «moderna» y por traer nosotros el recuerdo del insigne catalán Rusiñol, manifestó que ese arte--y decía esto después de inclinarse delante del talento del catalán--, que ese arte--el del mejor Rusiñol, el Rusiñol libre y poeta--era solamente bueno para el industrialismo del cartel; algo así como la brocha gorda de los telones teatrales, para ser visto de lejos... Y yo pensaba, aun deteniéndome únicamente en el _affiche_, que en uno de Chéret, de Mucha, del admirable Grasset, del mismo Rusiñol, hay más arte de artista que en muchas telas de canónicos medallados. Es, por cierto, uno de los mayores pintores de la España de hoy Moreno Carbonero, y me explico perfectísimamente la razón de su manera de mirar el contemporáneo arte «intelectual». Él respira su ambiente; ha vivido en París y ha pasado los años indispensables de Italia; pero queda en él el meridional absoluto, o mejor, el español inconmovible. Y esto por otra parte puede ser o será una gran virtud. Ya sabéis, con todo, que es un idealista al ser nacional; su amor por el Quijote es conocido, y el último cuadro suyo que he visto representa la aventura del caballero de la Mancha con los carneros. Picarescamente, esa noche, un respetable amigo suyo calificó ese cuadro como un símbolo... De lo cual resultaría, por esta vez Moreno Carbonero simbolista _malgré lui_. Ahora prepara otro cuadro cuyo tema está extraído de la enorme usina quijotesca; y nos decía que andaba en busca de un tipo campesino que tuviese la figura del Sancho que él se imagina; y que creía haberla encontrado en un bauzán manchego que había visto, como para ser reconocido por Teresa, Sanchica y el rucio.
Recorremos la casa. Desde luego llama el ojo la buena cantidad y calidad de viejos tapices en los salones principales, y de los salones, el amarillo, para el que se ha escogido con sabio gusto esa antigua y rica tela española que impone su aristocracia arcaica a las imitaciones chillonas y estofas advenedizas. Por cierto punto la Legación es un pequeño y valioso museo, pues fuera de tapicería y chirimbolos está lo preferido y mejor entre todo las tallas, esas obras admirables de la famosa talla española que hoy se podría llamar un arte olvidado; pues la que ahora se hace no admite ni un lejano término de comparación con la labor perfecta, aun en la misma tosquedad de lo primitivo, que antaño se acostumbraba. Aquellos maestros perdidos en el tiempo no han vuelto a encarnarse, y los escultores de hoy--con rarísimas excepciones, como ese incomparable Bistolfi, de Italia, y algunos pocos franceses--desdeñan en todas partes, no sé por qué, la madera, que para ciertas cosas supera infinitamente a la piedra o el bronce. Y ante un trabajo de algún desconocido Berruguete... «Vea usted, ¿se puede realizar esto en mármol?...» Moreno Carbonero se ocupa actualmente en hacer el catálogo de las colecciones artísticas del ministro argentino, y una vez concluída la obra, debe resultar por muchos motivos interesante.
¿Y el arte? Y el arte, ¿cómo va en España?
Pues si algo ha quedado sosteniendo la tradición diamantina del arte español es la pintura. Allí Artal ha dado a conocer reflejos de la hoguera subsistente. Hay pintores, hay grandes pintores. En el Museo de Arte Moderno, del que ya os hablaré, he tenido nobles impresiones, como las que tuve en la iglesia de San Francisco el Grande. La escuela española contemporánea, de la cual Buenos Aires posee algunas valiosas muestras--y ya que hablamos de Moreno Carbonero, un cuadro de este pintor que, según me dijo él mismo, es de los que más quieren entre los suyos y fué adquirido por el doctor del Valle--, la escuela española contemporánea tiene justa fama, representada por sus firmas principales, en toda Europa; y algunos pintores españoles hay, de fuerza y valía, que cabalmente en _Europa_ son más conocidos que en España, como me lo decía un artista. Por ejemplo, Baldomero Galofre que, fuera de su ya larga labor, logrará un bello triunfo si realiza conforme con el plan que conozco su vasto poema pictórico _España_. Roma detiene a varios maestros de luz españoles, de los cuales conocéis más de un cuadro cuajado de sol; París lo propio, desde en tiempos de los Fortuny y los Madrazos. No he averiguado aún los detalles de la salida de la producción, de los encargos, de la parte comercial del asunto. Pero desde luego, os aseguro que en este inmenso imperio del color, no se agotará jamás la llama artística; y desde Plasencia o Moreno Carbonero hasta el último pintaplatos que os fastidiará en el café sirviéndoos la marina o el bodegón como un par de salchichas, todos tienen en la pupila un don solar que se proclama a cada instante.
--«¿Y el arte en Buenos Aires?» Digo lo que puedo, alabo los esfuerzos del director del Museo, cito tres o cuatro nombres y me salvo.
Luego he estado en casa de Castelar. Ya convalece de su enfermedad última, en la que llegó momento en que se creyera lo llevase a la muerte. Fuimos tres los que en el momento de la entrevista estuvimos presentes. Uno, su amigo el banquero Calzado, que hace tanto tiempo reside en París, y cuya intimidad con el orador data de larga fecha. Otro el ministro de Bolivia. Desde mi llegada cumplí con informarme en nombre de la _La Nación_ y propio del estado del antiguo e ilustre colaborador. Sus primeras palabras, al verme, fueron: «¡Oh, qué diferencia, del 92, cuando usted me vió por última vez!» En efecto. Recordarán mis lectores en este diario aquella carta color de rosa que escribí hace siete años con motivo de un almuerzo que Castelar me ofreciera en su misma casa de hoy, en la calle de Serrano. Aquel Castelar brillaba aún en la madurez lozana de una vida que apenas demostraba cansancio, aun cuando en la cúpula había nevado ya bastante. El orador todavía se afirmaba sobre los estribos de su pegaso. Los ojos chispeaban vivos en la cara sonrosada; el gesto adornaba la frase elocuente; la potencia tribunicia se denunciaba a relámpagos. El apetito se revelaba en aquellas perdices regalo de la duquesa de Medinaceli, aquellas perdices episcopales regadas con exquisitos vinos de abad. Y Abarzuza, que todavía no había sido ministro, estaba a su lado. Y sobre la gran calva popular se encendía en su apogeo un círculo de gloria. Hoy... Me dió ciertamente tristeza el cuerpo delgado por la dolencia, los ojos un tanto apagados, la voz algo cansada, el rostro de fatiga, todo el célebre hombre en decadencia. Todo no; porque en cuanto empezó a hablar, como le tocara el punto delicado de la política primero y de los asuntos internacionales después, irguió la antigua cresta, cantó. De lo primero, como quien mira las cosas desde su voluntario aislamiento; pero expresando su disgusto por las añagazas y trampas al uso; y su desconsuelo airado por el estado a que han reducido al país los malos dirigentes. De los segundos, lapidando a frases violentas a los Estados Unidos. Hay que recordar como ha sido el entusiasmo de Castelar por la república norteamericana antes de la iniquidad. Y lo mucho que a Castelar han admirado los yanquis--sin duda alguna por lo que ha tenido de _greatest in the world_, a título de Niágara oratorio--. Y el Crisóstomo peninsular hablaba con el despecho razonado de quien ha sido víctima de un engaño, de un engaño digno del país colosal de los dentistas. «¡Cosas de este fin de siglo!» nos decía. «Mientras la autocrática Rusia pide a los pueblos el desarme y aboga por la paz, los Estados Unidos, tierra de la democracia, son los que proclaman la fuerza por ley y se tornan guerreros. ¡Oh, es esto para mí como si los castores se hubieran de pronto vuelto tigres! Tengo en mi casa un retrato de Wáshington, regalo de un ilustre amigo mío norteamericano; y otro amigo y compatriota me hacía cargos porque tenía yo al gran anglo-sajón en lugar preferido de mi alcoba». Le contesté que el pobre no tenía la culpa de lo que hacían sus descendientes, y que el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos, sería el primero en avergonzarse de ellos en esta sazón en que se han convertido en heraldos y ministros de la violencia y de la injusticia.
Calzado nos decía que durante la enfermedad no ha cesado un momento Castelar en su labor de siempre. Que su humor no se ha entibiado, ni sus ejercicios mentales de costumbre han sufrido el menor cambio ni menoscabo. Es el trabajador de antaño. Entonces él nos dijo de qué manera había perdido personalmente en su presupuesto constante una renta que no bajaba de dos mil quinientos a tres mil francos mensuales, pues por voluntad invencible ha resuelto, desde la última guerra, no escribir una sola línea para el público de Norte-América. Y en verdad, Castelar ha sido pagado por los yanquis como muy pocos escritores. Diarios y _magazines_ ha habido que desembolsasen por un solo artículo quinientos dollars, mil dollars. Era un Klondike en la imperial Nueva York, o en la estudiosa Boston, o en la regia Porcópolis. Ese Klondike se lo ha cerrado la lírica sangre gaditana que corre en sus venas. Un yanqui en su caso escribiría el doble y pediría el triple por un artículo. Pero ¿qué dirían el Cid y Don Pelayo?