España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX
Part 27
Mariano Fortuny... ¿no os despierta este nombre el recuerdo de una fiesta de color, de una página de Gautier? El artista que hoy lleva ese nombre es el hijo del glorioso, del de _la Vicaría_. La gloria asimismo será para él. Y de mí diré que le consagro toda mi simpatía, pues sé que en él alienta un noble espíritu de arte, a quien Angelo Conti, en armoniosa amistad, dedicara uno de los más puros libros de belleza que se hayan publicado en este siglo, _per la ricchezza del tuo ingegno e per la bontá del tuo volere_. La educación artística de este autor es casi toda italiana, a punto de que respecto a él diga un crítico del valer de Vittorio Pica: _Mariano Fortuny figlio, che io non mi so rassegnare a non considerare como un pitore italiano..._ En el Salón Amaré hay un estudio suyo, dedicado por cierto a su tío Raimundo de Madrazo. Es una figura de mujer, de factura delicada, cuyas cualidades de dibujo están realzadas por la vida interior, por el alma que se transparenta a través de las líneas y toques de color.
Es la distinción el mejor de los dones de este artista; la distinción, rara virtud, que hizo brillar en un bello retrato expuesto en el certamen veneciano, el cual retrato alababa el crítico que he citado por su técnica sabia, «por su elegancia exquisita y fascinadora, que hace pensar en las estampas inglesas coloreadas, del siglo pasado».
Un saludo respetuoso y admiración a la obra del maestro Carlos de Haes. En la última Exposición de Bellas Artes, o _Salón_ de Madrid, hubo una sala dedicada al pobre y gran pintor belga español, que en sus últimos años fué preso de la locura. Haes, el maestro de una generación de pintores, quien enseñó la ciencia del paisaje y dió la clave del sentimiento de la naturaleza, intérprete de admirables marinas y de vivientes campañas, lejos de las rudas manifestaciones de las paletas apopléticas, de las atronadoras murgas coloristas; Haes, el buen Haes, que debía tener un busto a la entrada del Museo de Arte Moderno. Hay de él aquí una marina, noble y serena, que se destaca en su marco, soberanamente, entre toda la habilidad circunstante.
Noto una buena cabeza de estudio de Bannas y me detengo ante una escena del Quijote, de Jiménez Aranda. He de repetir lo que otra vez he expresado de este autor: sus traslaciones de las escenas cervantinas dan a entender que el dibujante es excelente, pero el comprensivo, el revelador pictórico del gran novelista no se muestra.
Otra cosa es Moreno Carbonero, con todo y no ser un triunfo de alta visión artística su cuadro enviado a la Exposición de París. En esa tela, ¡cuanto _métier_!
Mas en un cuadrito que aquí encuentro, _La primera salida de Don Quijote_, el espíritu de Cervantes le ha ayudado. Ese es el amanecer, la blanca aurora en las rosadas puertas del Oriente; y ese es Don Quijote, que parte a sus aventuras. La poesía del cuadro es de comunicación inmediata, y la técnica, con ser mucha, no impide el paso suave de la gracia invisible.
Don Raimundo de Madrazo--¿cuántos son los ilustres? _¡Saluez!_--muestra una vendedora de flores, fresca, floral. Quisiera hablaros de otros cuadros, detenerme ante algo de Marinas, de Martínez Cubells, de Masriera; pero Muñoz Degrain me llama con dos telas concienzudas: _Laguna de Venecia_ y _Bahía y puerto de Pasajes_. En ambas el pincel libre hace admirar su maestría de juego, quizá de un _vero_ demasiado atrevido en la sinfonía veneciana, peligrosa ésta por la suma de obras maestras que han brotado al amor de la divina ciudad; en la otra tela, cálida y sentida en su conjunto, como detallada en bizarrías de colorido francamente magistrales, trae por algo a la memoria la bravura incomparable de Favretto, y el favor del numen en premio de la pasión de la luz.
No he de dejar de citar un _Monaguillo_ de Pinazo, hecho con la mayor franqueza de pincel, y una _Cocina_ de Emilio Sala, de valor técnico, de color sabio, pero en donde la única figura no se sabe a punto fijo qué hace. El señor Saint-Aubin, de quien en otra ocasión he hablado, ha enviado dos trabajos en que, como otras veces, se distingue su talento de compositor; es también un enamorado del sol. Del célebre Sorolla hay también dos telas en que, como siempre, prueba su vasto dominio de la pintura y su indigente comprensión del arte.
Amador del arte es Raurich, que no tiene gran fama, y cuyo cuadro principal en la Exposición del año pasado, si tuvo pocos estimadores fué blanco, en cambio, de muchas saetas. El poema-paisaje de Raurich, en esta sala, se llama _Otoño_ y produce el contemplarlo un deleite misterioso de poesía. ¡Es un estado de alma, un estado de corazón! Es una unión íntima del espíritu de la naturaleza, que tiende a manifestarse, con el espíritu del artista; y en esa soledad de agua y de árboles esa unión se traduce; y en la melancolía de las hojas secas y del ambiente, del paisaje todo, hay un encanto secreto, que en estrofas de suaves colores penetra en nosotros por la senda visual, a despertar en nuestro interior reminiscencias de lejanos ensueños.
Algo, muy poco, se expone de escultura, sin que nada de lo expuesto pueda llamar seriamente la contemplación. Todo, por lo común--como en la mayoría de los pintores--, es de asunto temal. Tiende a su colocación en la vidriera de _bric-a-brac_; la anécdota _cocó_ o mediocremente sentimental; el busto de misia Todo-el-Mundo, o los inevitables animales. Aquí se hacen ver una madona de Trilles, que sale de lo usual, y un alto relieve de Susillo, del malogrado Susillo, que se encuentra al paso, aunque no está en el catálogo: _La Oración en el Huerto_. El pobre Susillo, que se suicidó no hace mucho tiempo, produjo algunas obras que dicen lo que pudo llegar a ser, a pesar de la sonora victoria de más de un picapedrero condecorado. Queda suyo poco, pero que conserva su recuerdo entre los artistas: _La Primera contienda_, en el Museo de Sevilla, el _Aquelarre_ y algo más de indiscutible fuerza.
Al salir del Salón Amaré no he podido menos de consagrar un recuerdo al señor Artal, que tanto hace por el arte español en Buenos Aires; y al propio tiempo, a Carlos Malagarriga, que ha tenido el valiente patriotismo de decir la verdad a los artistas de su patria respecto al arte peninsular en la Argentina. No es superior, ni con mucho, la exposición Amaré, por ahora, a las exposiciones que el señor Artal ha llevado a cabo, a costa de sacrificios, es decir, perdiendo en casa de Witcomb. Es el caso, pues, que no se produce nada nuevo ni sobresaliente, porque el público que compra--que es escaso--no quiere otra cosa que lo que está acostumbrado a pagar. Lo que no se vende aquí va a Buenos Aires, en donde, más o menos, se empieza a gustar el buen arte, y hacen competencia los pintores franceses e italianos. Los pintores españoles que ciertamente valen--con las excepciones consiguientes--venden en Europa mismo, o en los Estados Unidos. Esos son los que buscan sendas no usadas de bello arte, y que, por lo general, no gustan en su país.